sábado, 27 de julio de 2013

Celtics-Stevens ¿un cuento con final feliz?


¿Qué tienen en común la elitista Boston y la Indiana rural? Su profundo amor por el baloncesto, su adoración por el mejor jugador blanco que jamás haya pisado una cancha y ahora el advenimiento al estado de Massachusetts del joven técnico Brad Stevens para hacerse cargo de los míticos Celtics. Hasta llegar a detenernos en este último y reciente hecho, daremos un pequeño repaso a la singular y victoriosa historia de los verdes.

Ubicada al nordeste de Estados Unidos, Boston es la capital del estado de Massachusetts, el icónico hogar de los Kennedy y la ciudad más poblada de Nueva Inglaterra, la región con mayor nivel de vida del país. Histórica (con batallas como La masacre de Boston o El Motín del té durante la Guerra de Independencia frente al Reino Unido), aburguesada, coqueta (el distrito Histórico del Sur constituye el más bello ejemplo de la época victoriana), católica (marcada por la inmigración irlandesa e italiana), fina (su “acento” es el más prestigioso y parodiado de la nación), marítima (el puerto es uno de los principales de la costa este), culta (sus más de 100 universidades y colegios la conceden el apelativo de “la Atenas de América” y sus Escuelas Públicas desarrollan el mejor sistema escolar del país), sanitaria (con el impresionante área médica y académica de Longwood), alberga a cuatros de los equipos más reconocibles del panorama deportivo norteamericano -los Red Sox (beisbol), los Bruins (hockey), los Patriots (football) y los Celtics (basket)-, y por sus calles corren todos los años miles de de atletas en su prestigiosa y este año tristemente conocida maratón.

La historia de los Celtics da para un libro y ese ya lo han escrito de manera magistral mi admirado Antonio Rodríguez y el todo terreno Juan Francisco Escudero, así que sólo me detendré en sus momentos más relevantes hasta aterrizar en el presente con la sorprendente contratación de su flamante e imberbe entrenador. 

El mítico Boston Garden constituyó el escenario de las más grandes hazañas célticas desde 1946 a 1995 (curiosamente los Celtics perdieron el primer y el último partido que disputaron en la legendaria pista). Edificado en la parte alta de la North Station, su acústica, la cercanía a cancha de los espectadores levantados de sus asientos de madera y la cutrez de los vestuarios le dieron un halo de viejo pabellón, de gimnasio antiguo dentro de un mundo profesional, con su sala de prensa llena de fotografías, sus estandartes colgados del techo y su genuino e irregular parquet traído de un bosque de Tennessee y esas tablas “falsas” (como las de Magariños) “hay que conocerlo para saber dónde irá el balón; parece que un fantasma juega con él a su antojo”, nos ilustra Bob Cousy. Ninguna otra cancha ha gozado de semejante misticismo. La figura de Leprechaun, ese duende que caricaturizó Zang Auerbach (el hermano de Red), con la pipa, el sombrero, el bastón y, por supuesto, la pelota, preside el círculo central del Garden y representa, junto al trébol verde irlandés tan propio del día de San Patricio, el logo de la franquicia. 

Walter Brown, un empresario que a la vez fue presidente de los Bruins de hockey sobre hielo, creó los Boston Celtics. Fue uno de los principales impulsores de la génesis de la Basketball Association of América (que luego devendría en la NBA), dos años exactos después del Desembarco de Normandía. Recogería también la idea la lanzada por Haskell Cohen (relaciones públicas de la NBA) para asumir la organización del primer Partido de las Estrellas. La camiseta con el nº1 verde siempre le estará reservada. 

Johnny Most fue la voz, el cronista vehemente durante 37 años (hasta 1990) desde su cabina de radio. Vertió ácidas críticas sobre sus rivales y relató las excelencias de sus más laureadas estrellas y de sus más reconocidos y reconocibles actores de reparto. Se deleitó con la inteligencia y el extraordinario tiro exterior de Bill Sharman (un auténtico profesional que empezó realizando footing y sesiones de tiro por su cuenta y que luego triunfaría como entrenador en los Lakers); alabó la facilidad para el juego de Ed Macauley (el primer interior céltico); elogió al considerado primer sexto hombre de la historia, Frank Ramsey; magnificó la bravura del excéntrico Gene Conley, que durante años dio descanso a Bill Russell, y que fue campeón en dos deportes profesionales, en basket con los Celtics y en beisbol con los Braves; glorificó la carrera del inconmensurable Tom Heinsohn, que en el séptimo partido del primer título se fue hasta los 37 puntos y 23 rebotes; ensalzó la impagable labor defensiva de K.C.Jones; vitoreó los tiros a tabla del ingente anotador que era Sam Jones; aplaudió el trabajo grupal y callado de Tom “Satch” Sanders; exaltó la actitud y el juego total del magnífico John “Hondo” Havlicek, que siempre aportaba (“it´s over, Johny Havlicek stole the ball”, vociferaba como poseso en la final de la conferencia oriental del 65); jaleó el juego de pies, la riqueza de movimientos y la incorporación como “tráiler” del bohemio Dave Cowens; o enloqueció con la aportación estelar de Jo Jo White (33 puntos y 9 asistencias) en la victoria clave tras tres prórrogas en el quinto partido de la finales del 76 ante los Suns.

El “puro” ganador

Aconsejado por Sam Cohen, redactor jefe de deportes del Boston Record, Walter Brown decidió contratar como entrenador a Red Auerbach, que sólo contaba 34 años y un bagaje poco abrumador (tras sus discretos resultados en su tres años en Washington y una última campaña en Tri-Cities), en una decisión que marcaría el devenir de la Liga en las siguientes cuatro décadas con un botín de 16 anillos, 8 de ellos consecutivos. Demostró un gran ojo a la hora de seleccionar jugadores, pero como técnico no fue un innovador. Huía de las pizarras y era partidario de un baloncesto sencillo basado en una correosa defensa, el dominio del rebote (que no consiguió hasta la llegada de Russell) y la salida al contraataque. Fue pionero al elegir a un jugador de raza negra en el draft (Chuck Cooper), al poner en cancha un quinteto de color o al colocar en el banquillo al primer entrenador afroamericano (Bill Russell, al que nombró para sucederle en el cargo). Exigía y adoraba por igual a sus jugadores “jamás culpé a ningún jugador mío de una derrota”. Su secreto según su pupilo Jim Loscutoff era “mantenerse alejado de las mujeres de los jugadores”. Odiado por sus rivales “no recuerdo un jugador suyo que sintiese admiración por Red; tampoco a ningún rival que no le odiase”, apostilla Bill Russell. Sus oponentes le llegaron a acusar del mal funcionamiento del agua o del aire acondicionado del pabellón.


En julio del 79, harto de las decisiones del entonces propietario, estuvo a punto de abandonar el club con dirección a los Knicks, pero de camino al aeropuerto el taxista que le transportaba a la terminal oyó la conversación que mantenía con su abogado y le hizo recapacitar. “Usted pertenece a este club y a esta ciudad”, le conminó el conductor. Llamó a su mujer y ambos estuvieron de acuerdo en permanecer en Boston. La incorporación de un chico de pueblo rubio traería otras 3 banderas para la franquicia. 

Red Auerbach encarna el orgullo (la arrogancia para sus detractores que aborrecían el “puro de la victoria”) y el espíritu ganador de la franquicia. “Los Celtics no son un equipo de baloncesto, son un modo de vida”, decía, basado en una concepción del juego solidaria, de conjunto con mayúsculas. Así ganaron una pila de campeonatos sin que ninguno de sus jugadores estuviera entre los que encabezaban las clasificaciones estadísticas de anotación y sin tener en sus filas a un nº 1 del draft. “La parte más divertida del baloncesto no es encestar, es ganar”, ahí se resume su particular credo.

La chistera trajo a un mago

Que Auerbach no es infalible se demostró en la primera decisión importante que tuvo que tomar. Buscaba un jugador grande que le asegurara poder de intimidación y dominio del rebote para correr y Bob Cousy, que había ganado con Holy Cross la NCCA en su primer año universitario, era el base con más talento de su promoción, pero no se aproximaba a lo que el técnico demandaba. Así que contraviniendo la opinión general eligió a Charlie Share. Los derechos de Cousy correspondieron a Tri-Cities, que los traspasó a los Chicago Stags, pero Bob de no jugar cerca de casa, en Boston, sólo pensaba en montar una gasolinera y una academia donde daría clases de conducir. La franquicia de los Stags desapareció, con lo que sus tres bases, Max Zaslofsky, Andy Phillip y Cousy, estaban disponibles. Como los propietarios de las franquicias destino de los jugadores no se ponían de acuerdo, introdujeron los papeles con los tres nombres en un sombrero y el azar trajo al “Houdini del parquet” a los Celtics.


Desde su etapa universitaria lo suyo con la grada del Garden, encandilada con su dominio de balón (su bote entre las piernas o por detrás de la espalda), sus malabarismos o sus pases sin mirar, fue un flechazo, una revolución, amor a primera vista. Su vistoso y electrizante juego terminó por convencer a Auerbach que le había calificado como “paleto local” y la franquicia cerró el año con balance positivo para de ahí en adelante entrar periódicamente en play offs y con la llegada posterior de Russell y Heinsohn someter al resto de la Liga. Cousy se retiró con 6 campeonatos en el bolsillo (siendo designado MVP en el primero), liderando la clasificación de asistencias en 8 ocasiones. Su despedida, anunciada a principio de temporada, fue heroica: en el sexto encuentro de la final ante los Lakers tuvo que abandonar el encuentro lesionado en un tobillo; los angelinos remontaron y Cousy, cojeando, pidió a su entrenador la entrada en cancha “es mi último partido y no lo quiero ver desde el banco”. No anotó ningún punto más, pero posibilitó el quinto anillo consecutivo de los célticos. Auerbach reconoció que Cousy fue el mejor jugador exterior que jamás entrenó.

El señor de los anillos

¿Puede alguien sin anotar apenas cambiar el rumbo de un partido? ¿Y de una Liga? ¿Y de una década? Si. La respuesta es Bill Russell. 

Si la primera gran estrella de los Celtics vino de rebote, la segunda por orden cronológico fue fruto de la tenacidad y testarudez de Auerbach empeñado en fichar un grande que le ganara campeonatos. 

La historia de la gestación de su fichaje tiene su miga. Bill Reinhard, su antiguo entrenador en George Washington, fue el primero que le puso tras la pista y Red, que conocía la estrecha relación que unía a su amigo Pete Newell con Phil Woolpert, entrenador del mozo en la Universidad de San Francisco, encargó a aquel que le hiciera un seguimiento pormenorizado. Russell obtuvo con su USF los títulos de 1955 y 1956 y establecieron una marca de 55 triunfos consecutivos. De esta manera los de Boston tendrían que maniobrar con habilidad para hacerse con el ansiado center en el fértil draft del 56 (en el que además adquirirían a Tom Heinsohn y a K.C. Jones). Red hizo correr el bulo de que la emergente estrella quería ganar muchísimo dinero y el presidente céltico, Walter Brown, llegó a un acuerdo con su equivalente en Rochester para que dejara pasar la elección: a cambio llevaría su espectáculo sobre hielo, los Ice Capades, dos semanas al año a la pequeña ciudad. La segunda elección correspondía a los Haws de Saint Louis a los que Auerbach tuvo que ofrecer a Ed Macauley (que quería regresar a su casa por la enfermedad de su hijo Patrick) y a Cliff Hagan (tan excelente y duro alero en las pistas como sensible y culto fuera de ellas: coleccionaba antigüedades, era asiduo de los museos y tocaba maravillosamente el piano). El trato fue bueno para los Haws que contrataron dos All Starts, que entrarían posteriormente en el Hall of Fame, y ganaron un anillo, y determinante para los Celtics: con Russell se hicieron con 11 de los 13 campeonatos (los dos últimos como jugador-entrenador).


Bill tras regresar de Australia con el título olímpico se incorporó a la Liga un 22 de diciembre y quiso el destino que su primer rival fueran los Haws. En 21 minutos ya demostró de lo que sería capaz: 6 puntos, 16 rebotes y sobre todo 3 tapones seguidos en el último cuarto al gran Bob Pettit para dar la vuelta al marcador. Según Bob Cousy “a su llegada era incapaz de acertar a un toro en el culo”, pero su impacto fue inminente: en su primera confrontación amargó la noche a Neil Johnson (máximo anotador durante tres temporadas), al que colocó 9 tapones y le tuvo 42 minutos sin anotar. Ahí radicaba su secreto “no se trata de taponar todos los tiros, sino de hacer creer al rival que puedes taponar cada lanzamiento”. Auerbach lo vio antes que nadie: “No me importaba los puntos que anotase. Quería que me diera el balón el mayor número de veces posible, con rebotes y tapones. Ya anotarían nuestros tiradores”. En su campaña como debutante y, después de unos reñidísimos play offs finales (con puñetazo de Auerbach en el tercer encuentro en Sant Louis sobre el dueño de la franquicia local, Ben Kerner), el trofeo se quedaría en el séptimo en Boston tras dos prórrogas y un último tiro errado bajo canasta por Bob Pettit (39 puntos y 19 rebotes).

Muchos se quedaran con sus duelos con el gran Wilt Chamberlain (por contrato estableció que quería ganar 1 dólar más -100.001- que su rival), pero su aparición transformó el juego, le dio una importancia capital a la defensa y, contra lo que pueda parecer, lo hizo más veloz. Los Celtics disfrutaban del intimidador que taponaba o hacía variar el ángulo de los tiros, detentaban un mayor número de posesiones y se beneficiaban de un excelente primer pase para lanzar su famoso contraataque (era además un extraordinario distribuidor de juego desde la cabecera de la bombilla). Los rivales a su vez también debían llegar más rápido, para intentar encestar en transición antes de que la defensa verde estuviera formada; de lo contrario su ataque se hacía menos vertical, pues la presencia del coloso disuadía las penetraciones, y se requería una mejor circulación para encontrar lanzamientos cómodos. Su instinto competitivo era tal que la tensión le hacía vomitar antes de los partidos por pequeño que fuese el rival.

Poco amigo de las celebraciones y eventos públicos (no firmaba autógrafos y sólo consintió que los Celtics le retiraran su camiseta con el nº 6 a condición de que el acto se realizase a puerta cerrada), su figura trascendió el ámbito deportivo, siendo un contumaz luchador en favor de los derechos civiles. Vigilado por el FBI en los tiempos de segregación racial, acompañó en sus marchas al reverendo King. En 2011 recibió del presidente Obama la Medalla de la Libertad, el más alto reconocimiento que puede obtener un civil en Estados Unidos.

La llegada del Pájaro

“La primera vez que jugué al baloncesto con pantalones cortos fue en Springs Valley, en el instituto. En mi granja hacía mucho frío”. Allí, en French Lick (un pequeño pueblo del estado de Indiana), se forjó la leyenda de Larry Bird. En su último año había promediado 31 puntos y 21 rebotes y las mejores universidades del país habían puesto sus ojos sobre él. Kentucky era su predilecta, pero su técnico Joe B. Hall no tuvo tuvo a bien ficharlo. Denny Crum, en cambio, el excelente técnico de Lousville, se acercó a su granja y como el chico se hacía el remolón decidió jugarse al H-O-R-S-E la posibilidad de que al menos aceptara visitar el centro: en ocho lanzamientos el coach estaba en el coche de vuelta a su casa con las manos vacías. Por cercanía y prestigio, Larry decidió aceptar la beca que le ofrecieron los Hoosiers de Indiana, pero 24 días después hacía el petate y se volvía a su pueblo: ni sintonizó con los métodos de Bobby Knight ni se encontró a gusto en el grandioso campus. Su madre estuvo semanas sin hablarle. Poco antes sus padres se habían separado y su progenitor se había suicidado. En adelante se dedicó a seguir ensayando en solitario, a jugar con sus amigos y a trabajar como barrendero para echar una mano en la economía familiar.


Al verano siguiente entre Bill Hodges y Bob King le reclutaron para la modesta universidad de Indiana State y ya no se bajó del tren del éxito. Larry promedió 32,8 puntos en su debut, y los Haws lideraron su conferencia durante tres años para en la última campaña plantarse en la final de la NCAA (no tuvo su mejor noche con una serie de 7 de 21 en el tiro para 19 puntos y 13 rebotes) ante los “espartanos” de Michigan State y Magic Johnson, que les ganaron la partida y se hicieron con el título en el partido con mayor audiencia televisiva de la historia, en el comienzo de una hermosa amistad y de una histórica rivalidad. Quedó segundo máximo anotador del curso, entre Lawrence Buttler y el griego Nikos Gallis ¿les suena?, que jugaba en Seton Hall. 

“Cuando le fichamos parecía el típico patán campesino, pero su mirada era ya la de un ganador nato. No nos equivocamos”. Palabra de Auerbach, que un año antes decidió en una maniobra histórica seleccionarle en el puesto nº6 del draft. Curiosamente el equipo al que correspondía elegir en la primera posición era los Pacers de Indiana, pero ni ellos ni los Blazers (a los que finalmente cedieron su lugar) lograron convencer al rubio para que ese año diera su salto a profesionales, por lo que desecharon su contratación. Red decidió asumir el riesgo, pues tenían que esperarle una temporada, pero el chico no le defraudó: fue nombrado novato del año y los verdes ganaron 32 encuentros más que la campaña precedente. Sin embargo, no pudo dejar de mirar con envidia como el anillo iba a parar a los Lakers del gran Magic Johnson que en una actuación sublime desde el puesto de pivot (Jabbar estaba lesionado) se despachó con 42 puntos ante los Sixers y un clinic desde el poste bajo. 

El prestidigitador Auerbach no había concluido con los trucos. Esa primavera los Celtics disponían de la primera elección del nuevo draft. El neoyorkino, sabedor de que su equipo necesitaba robustecer su línea interior, decidió canjear su puesto con los Golden State Warriors (que escogieron a Joe Barry Carroll) a cambio de recibir a Robert Parish y la tercera elección, que los célticos gastaron en el inconmensurable Kevin McHale. Sólo hicieron falta unos meses para comprobar las bondades de los cambios. Los de Boston remontaron un 3-1 a los Sixers del colosal Julius Erving en la final de la Conferencia Este, imponiéndose en los últimos 3 encuentros por una diferencia global de 5 puntos y un último tiro de Larry que les otorgaría la victoria 91-90. Los Rockets del inmenso Moses Malones sucumbirían en las Finales y los nuevos Celtics con un quinteto -Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird y Kevin McHale- que todo buen aficionado cita de carrerilla recogerían, bajo la paciente y discreta dirección de K.C. Jones, en años posteriores otros dos anillos.

A lo largo de los años Larry Bird obtendría tres trofeos de Mejor Jugador de la Liga, batiría el record de anotación de la franquicia con 60 puntos una noche en Nueva Orleans, vencería en los tres primeros concursos de triples organizados por la NBA (en el del estreno entró en el vestuario preguntando a sus rivales quién iba a quedar segundo y en el tercero, sin quitarse la parte de arriba del chándal, levantó el dedo antes de comprobar cómo entraba el último tiro) y tendría actuaciones portentosas como cuando se desató en el Garden en la Final del 86 sobre las incipientes Torres Gemelas (Sampson y Olajuwon) con 29 puntos, 11 rebotes y 12 asistencias, o con el milagroso robo de balón en el saque de fondo a Isiah Thomas en las finales de Conferencia del 87, o el admirable duelo que sostuvo con Dominique Wilkins en el séptimo partido de las semifinales del 88 (el de Atlanta hizo 47 puntos, el de Boston 34; encestando 9 de los 10 lanzamientos que probó en el último cuarto para pasar a la siguiente ronda).

Más allá de los logros, que fueron muchos, Bird y Magic marcaron el baloncesto de los ochenta, lo acapararon, lo rescataron para el público americano y lo publicitaron para todo el globo. Hicieron suyo este deporte desde dos concepciones contrapuestas; más austera y clásica una, más estética y vistosa la otra, pero con un objetivo común: ganar. Siempre desde el respeto y admiración mutua compitieron al límite en la mayor y más sana rivalidad de la historia del deporte. “Es el jugador más inteligente contra el que me he enfrentado. Siempre disfruté jugando contra él porque siempre me hacía jugar al máximo nivel” afirma Johnson, que acudió al Garden el día que los Celtics colgaron de su techo la camiseta con el nº33 para proclamar micrófono en mano “no habrá nunca, nunca, nunca jamás otro Larry Bird” (ni otro Magic Johnson, matiza el que esto escribe).

Sólo hace unos días, Paul George, estrella actual de los Pacers contó la última de su actual presidente que estaba observando en la banda el entrenamiento del equipo: “Se nos escapó un balón y le llegó rodando. Larry se agachó, se remangó la camisa y se puso a tirar desde el triple. Metió quince seguidas y salió del pabellón como si nada. Fue lo más increíble que he visto en mi vida. Nos quedamos sin palabras. No sabíamos si seguir entrenando o irnos a casa”. De traca. ¡Vaya pájaro!

Sorpresa, sorpresa

Retirados los héroes de los ochenta tuvo que pasar década y media para que los célticos volvieran a la vida (nunca mejor dicho tras los decesos de Len Bias y Reggie Lewis). Los All Star Kevin Garnett y Ray Allen se unieron al gran capitán, Paul Pierce, y al pujante base Rajon Rondo, en el proyecto que gobernó “Doc” Rivers con sabiduría y brillantez. Su “Ubuntu”, su particular filosofía “una persona sólo es persona a través de otras personas”, que subrayaba el trabajo en equipo, convenció a su grupo de estrellas y condujo a un nuevo campeonato, a otra final y al mejor juego colectivo (equiparable al de los Spurs de San Antonio) de toda la Liga. 

Escindido definitivamente el Big Three, con la salida de Rivers hacia los Clippers, los verdes debían reinventarse esta primavera y la decisión corrió a cargo de su jefe de operaciones, Danny Ainge, que sorprendió al mundo con la elección de Brad Stevens. De los últimos siete entrenadores contratados por la franquicia, sólo Rick Pitino y “Doc” Rivers tenían experiencia como primeros entrenadores de la NBA. Su juventud, cumplirá en octubre 37 años, tampoco parece echar para atrás a los de Boston, que antes firmaron en el puesto a Dave Cowens con 30 años en el año 78, a Bill Russell con 32 en el 66, a Auerbach con 33 en el 50 o a Tom Heinsohn con 35 en el 69. Pero el envite tiene su riesgo, más teniendo en cuenta los precedentes de afamados coach universitarios (Pitino o Calipari) que se han quemado el culo en los banquillos de los profesionales. En el contrato -22 millones de $ en 6 años- ambas partes salen de su área de confort: los Celtics podrían haber apuntado hacia cualquier preparador mediáticamente reconocido y Stevens lo hubiera tenido más sencillo aceptando los ofrecimientos de las universidades de Oregon, Clemson, Wake Forest, Illinois o UCLA que han llamado a su puerta con un fajo de billetes similar. Ahora veremos qué tiene el agua cuando la bendicen o el por qué en Boston han puesto en manos de este novel (que será el entrenador nº17 de su historia) el proyecto de reconstrucción de la franquicia que espera pronto izar su bandera nº18 en el TD Garden.

“Es difícil no sentir amor por el baloncesto cuando creciste en Indiana”, confiesa Stevens. Y es que allí no se juega, se mama el baloncesto. Cualquier pequeña granja del interior tiene su canasta y si el concurso universitario tiene un seguimiento sin parangón, las contiendas colegiales constituyen una religión. El Estado acoge nueve de los diez pabellones de instituto más grandes del país y a cuarenta millas del “downtown” de Indianápolis, en el pequeño pueblo de New Castle, se puede visitar el Hall of Fame del baloncesto escolar de Indiana. En el museo se recuerda, por ejemplo a Damon Bailey, el mejor jugador de instituto de todos los tiempos que elevó el récord anotador a 3.134 puntos, ganó el campeonato estatal del 90, jugó 4 años para Bobby Knight y fue seleccionado por los Pacers en el draft del 94, pero al que una gravísima lesión de rodilla cercenaría su prometedora carrera. Allí se pueden contemplar vestigios de El milagro de Milan, la proeza de una escuela de apenas un centenar de estudiantes que en 1954, tras batir a centros como el poderoso Crispus Attucks del gran Óscar Roberson o el favorito Muncie Central en la finalísima con un tiro sobre la bocina de Bobby Plump, se hizo con el título estatal. El encuentro desbordó todas las previsiones: 5.0000 personas se quedaron fuera del ya repleto, con 15.000 afortunados, Hinckle Fieldhouse, cancha de la Universidad de Butler. Las entradas que inicialmente costaban 2 dólares y medio se llegaron a revender por 50. La victoria abrió el camino de nueve de los diez chicos campeones que pudieron estudiar en la universidad. Seis de ellos fueron entrenadores de baloncesto y Bobby Plump fue becado en Butler y llegó a profesionales. Todavía hoy en la torre de agua del diminuto pueblo de Milan se puede leer “State Champs 1954” y en su vetusto gimnasio el arcaico marcador señala el 32-30 definitivo. La gesta quedó recogida e inmortalizada para siempre en “Hoosiers”, probablemente (así lo votaron los lectores de USA Today) la mejor película deportiva de todos los tiempos, donde Gene Hackman borda el papel del entrenador original, Marvin Wood. Obra maestra. 


Stevens fue un notable jugador y un distinguido estudiante. Tras graduarse en Economía con altas calificaciones aceptó un buen empleo en la farmaceútica Eli Lilly, pero su mundo era otro. Vislumbró la oportunidad de entrar como voluntario en el departamento de baloncesto de la Universidad de Butler, lo debatió con su novia y futura esposa, que continuó con sus estudios de Derecho (ahora es una experta laboralista y su representante), y para allá que se fue. Los padres de Tracy los tomaron por locos. “Teníamos 23 años y nos dimos cuenta de que era una oportunidad. Íbamos a ser mucho más felices si los dos nos apasionábamos con lo que hacíamos”. De labores administrativas pasó a coordinar las operaciones de basket hasta que como entrenador asistente asumió cometidos propios del juego, en el reclutamiento de jugadores, la planificación de los partidos, el entrenamiento o la enseñanza de fundamentos. Después de una buena temporada donde cayeron en el torneo NCAA ante los posteriores ganadores, los Gators de Florida, a los que tuvieron contra las cuerdas con una ventaja de 9 puntos, el entrenador Lickliter decidió emigrar a la Universidad de Iowa. Barry Collier, director deportivo de Butler, le había observado detenidamente durante sus 6 años como ayudante y le confió el cargo de entrenador jefe, convencido de que era el idóneo para conducir “El camino de Butler”. Desde su estreno recibió los parabienes de algunos de sus más prestigiosos colegas, así el legendario Bobby Knight manifestaba tras caer derrotado “me gustaría que jugásemos tan inteligente como ellos lo hacen”. Saldó con un impresionante balance de 30 victorias y 4 derrotas su primera temporada, para no amilanarse en la posterior, pese a los 4 jugadores que habían terminado su ciclo académico, y concluir con un recuento 26-6. 

En la tercera su dirección calmada, su análisis exhaustivo, su énfasis defensivo, su concepto de juego colectivo y su absoluta confianza en las acciones y cualidades de los suyos, había calado entre sus jugadores. Su quintero titular: Hayward, Mack, Howard, Nored y Veasley ha encontrado un hueco en la historia. Tras perder en navidades ante UAB ya no volvieron a conocer la derrota hasta la Final Nacional. 25 victorias consecutivas. Ganaron su conferencia y fueron pasando obstáculos en el Torneo de la NCAA: UTEP; Murray State (providencial un robo de balón de Hayward); Syracuse -¿te das cuenta de que Jim Boeheim lleva más tiempo como entrenador del que tú has vivido?, le preguntaron-, a la que tuvieron casi 5 minutos sin anotar; Kansas State en la Final Regional, con un tiempo muerto ejemplificador “juega tu juego, simplemente”, para serenar a sus huestes. 

Así aparecieron en la Final Four en el Lucas Oil Stadium de Indianápolis con capacidad para 70.000 espectadores. Un rival de prestigio, Michigan State, llevó el partido igualado hasta el tramo final. Con 3 puntos arriba Stevens ordenó a sus Bulldogs realizar una falta para evitar que les igualaran con un triple. El “espartano” Lucious erróa intencionadamente el segundo tiro libre, pero Hayward cerró el rebote para sellar el paso a la Final. “Si no estuviera aquí dirigiendo un partido, sería un hincha de Butler. Me gusta cómo juegan. Me gusta su historia”, Tom Izzo. No se me ocurre un mejor agasajo y comportamiento de un entrenador derrotado. ¡Chapeau!

El New York Times denominó al choque con Duke “El partido más esperado en años”. La vieja historia de David frente a Goliat: un centro de 4.200 estudiantes con un presupuesto diez veces inferior, diez chicos procedentes del estado de Indiana y el segundo entrenador más joven en llegar a una Final, contra la todopoderosa Duke, con jugadores de ocho estados, pingues ingresos televisivos y el adiestrador Krzyzewski que reunía por entonces un puñado ingente de victorias y 3 títulos nacionales. No pudo ser. Duke recogió su cuarto entorchado (61-59) al no entrar un último tiro de Hayward desde medio campo. El partido resultó grandioso y dignificó la historia del deporte y a sus protagonistas. Butler se convirtió en la universidad más pequeña en jugar una final desde Jacksonville (3.173 alumnos) en 1970. Stevens se mostró orgulloso: “Aceptamos cualquier resultado por lo que dieron en la cancha; dieron todo de sí. No hay que bajar la cabeza. Lo que han logrado, lo han logrado juntos y eso dura más que una noche, pase lo que pase con el marcador final”. Fue felicitado por el Presidente Obama e invitado al Show de David Letterman, pero su mensaje no mutó, permaneciendo fiel a los valores fundamentales que le habían llevado hasta allí.

Aún con la salida hacia la NBA de Gordon Hayward, su jugador estrella, Butler volvió al lugar de los hechos la temporada siguiente para caer nuevamente en la Final NCAA ante Connecticut. Culminaron un año sensacional con un partido horrendo. Con 41 puntos y un 18,8% en tiros de campo no se puede ganar ni una liga municipal, pero para los nostálgicos que todavía le tienen fe al baloncesto universitario, al comprometido con el juego solidario, al que desarrollan programas ejemplares de reclutamiento de jugadores y comportamiento ético en la cancha como el coach Stevens, la victoria siempre será de Butler. Para vergüenza de la propia organización del torneo y de todo el deporte americano, unos días después la NCAA sancionó al entrenador ganador Jim Calhoun con tres partidos oficiales, que habría de cumplir la temporada venidera, por prácticas ilegales en la incorporación de jugadores. Una nimiedad que apestó. 

En las dos últimas temporadas Butler se ha mantenido en la senda del triunfo, pero no ha llegado tan lejos. Ahora le toca a Stevens, el entrenador de rostro aniñado “parece que comprueba el espejo cada mañana para ver si es el momento de afeitarse”, observaba jocoso un periodista, al que algún guarda de seguridad ha tomado por jugador, ganarse el respeto de los profesionales. Probablemente como arguía otro periodista “por su calma no sea el hombre indicado para sacarte de un edificio en llamas”, pero sus vastos conocimientos, su fortaleza moral, su pasión por el exhaustivo análisis estadístico, su sabia dirección de grupo y su examen pormenorizado de los rivales le han llevado hasta el Garden. Sólo falta que los Celtics le den tiempo y jugadores (tendrán 9 selecciones de primera ronda en el próximo lustro y sólo un verdadero jugadorazo, Rajon Rondo, que está saliendo de un grave lesión) para redecorar su vida. Tan importante es lo primero, paciencia, como lo segundo, talento, porque al final, salvo en contadísimas excepciones, los que ganan campeonatos son los grandes equipos de muy buenos jugadores. Suerte Brad porque la mereces y porque tú éxito será una gran noticia para el baloncesto.

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