martes, 15 de abril de 2014

La Penya y la Liga de Moka Slavnic

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Llevaba tiempo queriéndole hincar el diente a la Penya. El bressol (la cuna) del básquet siempre me había seducido y sentía la extraña sensación del que tiene una deuda sin pagar. Me cautivaron sus uniformes, ese verde con la raya en medio siempre daba bien. Su juego alegre, desenvuelto, innegociable me llamaba la atención y su inagotable cantera nunca dejó de producir talentos, jugadores creativos (Villacampa, Montero, Raúl López), listos (Ricky Rubio), finos estilistas (José María Margall), cerebrales (Rafa Jofresa), físicos (su hermano Tomás), totales (Rudy, Mumbrú) o legendarios (Alfonso Martínez, Enrique Margall, Buscató) a los que entrenadores de la talla de Broto, Kucharski, Serra, Manel Comas, Aíto, Nolis, Julbe, Pedro Martínez, Lolo Sainz, Obradovic o Salva Maldonado un día les pusieron a jugar y allí se quedaron.

Lo “fácil” hubiera sido rascar en el contexto del vigésimo aniversario de la primera y única Copa de Europa que el Joventut guarda en sus vitrinas, pero como el tema estaría muy trillado me impuse un reto más complicado. Hacía meses, desde mi relato “Los Balcanes y el Negro”, que no escribía sobre mi admirada Yugoslavia, así que decidí repasar someramente la historia del Joventut y vertebrar un relato que uniera los dos mundos, el plavi y el verdinegro, que tuviera como colofón a un genio inaprensible e indescifrable, Moka Slavnic, que un día aterrizó para ganar la Liga.


Spirit  of Saint Louis

El 20 de mayo de 1927 Charles Lindbergh fue el primer hombre en cruzar en avión el Atlántico hasta el continente europeo sin escalas. Cubrió él solito a bordo del monoplano Spirit of Saint Louis la travesía de Nueva York a París en 33 horas y 32 minutos. La heroicidad le reportó los 25.000 $ que había ofrecido el filántropo francés Raymond B. Orteig. Cinco años después el piloto volvería tristemente a las primeras planas de los periódicos: su hijo de 20 meses fue secuestrado y hallado muerto posteriormente. Del oscuro episodio se acusó y condenó a muerte a un carpintero de origen alemán, Bruno Hauptmann.

Imbuídos del espíritu aventurero del aviador, un grupo de amigos ponen en marcha una agrupación bajo el nombre Penya Spirit of Badalona el 30 de marzo de 1930 con la idea de realizar actividades deportivas desde excursiones en bicicleta, pasando por el fútbol, el polo o el ping-pong, hasta la primordial, el baloncesto. Los socios pagaban una cuota de 50 céntimos (lo que venía a costar una entrada de cine). Jaume Pettit acudió con el encargo de comprar la equipación a La Samaritana en la calle del Carme de Barcelona; adquirió unas camisetas de color verde y negro que eran las únicas con el número de existencias suficiente para vestir a todo el equipo. El precio 18 pesetas. El primer partido de baloncesto lo disputaron Estruch (socio número 1, jugador, entrenador y hasta posterior presidente), Capmany, Janer, Massot, Lloret y Parés ante la Penya Ni Cinc (Peña Ni Cinco). Los verdinegros se impusieron por 6-3 a  los de tan singular, ocurrente y desgraciadamente actual denominación. En 1932 se estableció como Centre Esportiu Badaloní y tras la victoria franquista en el 39 y la castellanización de todas las entidades se mutó a Club Juventud Badalona.

El Huracán Verde

En el año 48 la Penya se hace con su primera Copa del Generalísimo. En semifinales los de Josep Vila habían dado la vuelta a la ventaja de 17 puntos que traía el Barcelona de Fernando Font. En la final en Burgos, la velocidad badalonesa desarboló al Real Madrid. Oller, Kucharski (que después se tiraría un año sin jugar por querer regresar al Barsa) y Maneja (aquel supersónico base que en los 50 botaba a un palmo del suelo y pasaba sin mirar) anotaron 36 de los 41 puntos en la triste despedida de los hermanos  Pedro y Emilio Alonso en los blancos.

En el 53 un tiro de Oller sobre la bocina dio el segundo título y en el 55 la dirección desde el puesto de base de Juanito Canals y la portentosa actuación de Brunet (21 puntos) condujo al tercero. A finales de la década (y siempre con el Real Madrid como rival), en el 58 caería milagrosamente el cuarto tras remontar 11 puntos en 2 minutos; Jorge Parra condujo el encuentro a la prórroga al convertir los dos tiros libres de la absurda personal cometida por Alfonso Martínez. El triunfo catalán en el tiempo añadido le costó a Pinedo el puesto. A la mañana siguiente, la expedición comandada por el aragonés Joaquín Broto acudió a la Basílica del Pilar para agradecer a la Virgen la “ayudita”. La victoria ablandó al industrial badalonés Antoni Viñallonga (conocido para siempre como el Abuelo) que había adquirido los terrenos de la calle Latrilla donde jugaba el Joventut para ampliar su empresa metalúrgica. Llegó a un acuerdo con el ayuntamiento para urbanizar los solares de la Plana donde se construiría el pabellón para 1.500 espectadores en el año 62. De aquella se convirtió en el principal valedor e impulsor de la institución hasta su fallecimiento en 1971.

La primera Liga

Lleva un nombre, Emilio Segura. Dos canastas del estudiantil el día de San José del año 67 amargaron la mañana a Ferrándiz en la única Liga que se le escapó, dando la victoria a los del Ramiro y el trofeo voló hasta Badalona. Los de Kucharski, que había regresado de su periplo como técnico en la Virtus de Bolonia, habían reunido un bloque magnífico con el gran Alfonso Martínez (que disputó veinte ligas seguidas, ganándola con tres equipos diferentes en un caso sin precedentes); el legendario “Nino” (muñeco) Buscató que unía a su portentoso tiro, una casta incomparable, una ambición fuera de lo común y un comportamiento deportivo exquisito, que le valió una condecoración de la UNESCO por renunciar a convertir una canasta al encontrarse lesionado su oponente Vicente Ramos; el siempre eficiente y efectivo Lluis Cortés, ejemplo de tenacidad (con el primer sueldo encargó un tablero a un carpintero, un herrero le soldó un aro y su madre le cosió unas redes que remataron la canasta en la que poder seguir practicando a todas horas en casa)  y espíritu colectivo; y el imprescindible y siempre recordado Enrique Margall, el mayor y precursor de la mítica saga (llegó a coincidir con sus hermanos Narciso y José María en el primer equipo entre los años 71 y 73). Ese conjunto se hizo con la Copa del 69, ante el Madrid por un punto, con 24 tantos de Enrique Margall, 11 de Alfonso Martínez y 18 de Buscató.

Competencia, nueva casa y extranjeros

A principios de los 70 la ciudad llegó a acoger hasta 3 equipos a la vez en Primera División. A la Penya se le unió en singular competencia el carismático Círculo Católico, conocido coloquialmente como Can Cartrons (Casa Canastas). Apoyado por la empresa algodonera Cotonificio, durante un tiempo le comió la tostada. Magníficamente dirigido por Domingo Tallada en los despachos y Aíto García Reneses en el banquillo, se convirtió en el matagigantes y, como veremos, durante una temporada en el juez de la Liga. De su cantera asomaron enormes jugadores como Joaquín Costa, Jordi Freixanet y Andrés Jiménez, llegaron a quedar campeones de España Junior y atinaron con las contrataciones foráneas (sirvan de ejemplo Jack Schrader o Brian Jackson) lo que les llevó al tercer puesto liguero, sólo por detrás de los dos grandes con una propuesta de juego atrevida y atractiva. El histórico San Josep se mantuvo en la élite entre los años 68 y 74, con el renombrado Brunet a los mandos los primeros años.

En 1972 los anhelos de Antonio Más (presidente y personaje vital que fundó los Amics del Joventut y la Escuela de Basquet) y su secretario técnico Daniel Fernández se vieron cumplidos. La Penya se trasladaba al coqueto Ausías March y el club llenaba la nueva cancha con 4.500 socios. La proximidad de la grada encantaba a los jugadores y la modernidad de sus instalaciones llevó a la FIBA a considerarlo el mejor pabellón de Europa en su momento. Todavía hoy en Badalona persiste la opinión entre parte de la gente de que el club no debería haber abandonado nunca su escenario más acogedor.
  
Si en el 64 el Joventut había incluído por primera vez la rotulación de un anunciante en las camisetas con el patrocinio de la empresa local Fantasit, en el 75 caería otro tabú. Después de un fuerte debate interno, que a la postre generaría una crisis institucional de grandes dimensiones, Daniel Fernández convenció a Antonio Más para contratar jugadores extranjeros. Hasta entonces la Penya no había contado con jugadores foráneos ni entró en la compulsiva batalla de nacionalizaciones. La gran labor desarrollada por el americano Clinton Morris durante la campaña 72-73 en el desarrollo de los jóvenes jugadores (Santillana, Filbá, José María Margall, Juan Ramón Fernández o Manel Bosch) allanó el camino. El fichaje de Víctor Escorial y Miguel Ángel Estrada constituyó el segundo paso aperturista hasta la definitiva firma de Frank Costello (del Círculo Católico) en principio como refuerzo para la competición europea. Tras la eliminación europea, a la vuelta de Turín, Dani Fernández anunció su definitiva marcha del club, que arrastró a Kucharski y a Buscató siguiendo el camino de su principal valedor. El equipo quedó en manos del entonces preparador del junior, José María Meléndez, y se impuso contra todo pronóstico al Real Madrid en la final de Copa de Cartagena del 76. Los 38 puntos de Brabender no fueron suficientes frente al  juego colectivo badalonés con Santillana (19 puntos) de isleta interior, la sabia dirección de Manel Bosch y la puntería de Fernández (26) y el “Matraco” Margall (14). El encuentro dejó un héroe, Víctor Escorial (22 puntos), pletórico, en su mejor y último partido como verdinegro.

Slavnic

A comienzos del verano del 77 (26 de junio) se anunció un fichaje que revolucionará la Liga: Jaime Serra, nuevo secretario técnico, y Antonio Más, habían cerrado el fichaje de Zoran Slavnic. Salía de Yugoslavia a punto de cumplir 28 años a razón de 4,2 millones de pesetas la primera temporada y 5,6 la segunda. A su llegada a Badalona el presumible genio no se recataba “Quiero ser el Cruyff del Joventud”. ¿Era tan bueno o era pura fanfarronería?

Desde luego su curriculum vitae era irreprochable y enviadiable cuando aterrizó en Badalona: 2 Ligas yugoslavas (años 69 y 72), 3 Copas (71, 73 y 75) y una Recopa (74) con Estrella Roja de Belgrado; 3 Eurobasket, una plata olímpica y otra mundial con la selección (después añadiría el oro mundial en Manila 78, el bronce europeo en Turín 79 y el oro olímpico en Moscú 80). Casi nada. Impresionante. La antigua Yugoslavia (“unión” de los eslavos del sur) fue la dominadora absoluta del baloncesto de los 70 y Slavnic uno de sus principales referentes.

Su primer entrenador, Zdravko Kubat lo descubrió y orientó para el baloncesto (tenía dotes para el balonmano, natación o atletismo) y Milan Bjegojevic lo hizo debutar en el primer equipo con apenas 15 años en la temporada 68-69, permaneciendo en Belgrado hasta la 76-77. Jugó 222 partidos para los rojiblancos donde anotó 2829 puntos a una media de 12,7 por encuentro.

Después de obtener la plata en el Europeo Junior de Vigo 68, algunos de sus compañeros de generación (Jelovac, Simonovic y Solman) dieron el salto a la absoluta para proclamarse Campeones del Mundo en Ljiubljana en 1970. El torneo daría el empujón definitivo al baloncesto plavi, pero Moka tardó en hacerse un sitio entre los héroes nacionales. A Ranko Zeravica no le cuadraban las excentricidades del pequeño genio, le colgó el cartel de desordenado e indisciplinado y recurrentemente le dejaba fuera de las convocatorias de la selección. Tuvo que llegar Mirko Novosel para hacerle un hueco en el Europeo de Barcelona. Moka no le decepcionó y se hicieron con el oro al batir en la final a España. Después de 16 años (desde 1957) y ocho ediciones consecutivas concluía el dominio ruso, para instaurarse el balcánico al  llevarse el triunfo en los años 75 (la mítica Sala Pionir se inauguró para el evento) y 77. Curiosamente Moka repitió anotación en esas tres finales ganadoras: 12 puntos. En los Juegos de Montreal 76 un tiro lejano suyo (convirtió 18 puntos) culminó la remontada ante Italia y les dio acceso a las semifinales. En ellas se impondrían a los soviéticos con 8 puntos y 6 asistencias de Slavnic. La USA de Dean Smith resultó inabordable y se trajeron la plata a casa.

Llegaron a aburrir a los rusos con 13 victorias consecutivas, a mofarse de ellos en el famoso tuya-mía con hasta 9 pases-palmeos estilo voleibol entre Kikanovic y Slavnic en el medio campo con el partido decidido en la final del Europeo 77 en Bélgica, a superarles por un punto en la prórroga del Mundial de Manila 78 y a levantarles el título olímpico de sus propios Juegos en Moscú 80 (al pobre Serguei Belov le costó la degradación en el ejército). Si en el combinado nacional compartió alegrías con alguno de los mayores monstruos que haya dado el basket del Viejo Continente (Kikanovic, Dalipagic, Delibasic o Cosic…), en la Liga rivalizó encarnizadamente con ellos en la mejor competición doméstica de la época, donde hasta 6 equipos (Jugoplastika, Estrella Roja, Radnicki, Zadar, Bosna y Partizán) se hicieron con el título entre las temporadas 72 y 78. Antes de firmar por la Penya finiquitó su etapa con el Estrella Roja en su mejor promedio anotador de siempre (23,4 puntos).

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En Badalona habían cerrado a un crack, que les había echado de dos eliminatorias europeas.  “Tenía un talento tremendo. La vida y el baloncesto siempre fueron para él sólo un juego”, según el maestro Nikolic. El juego, puntualizaría yo, pues Moka (así lo apodó un amigo con 10 años por su desmesurada afición a los pasteles de ese sabor y con el mote se quedó), no quería perder, no sabía perder. “Siempre hay que ganar y cuántos más puntos haya de por medio, mejor”, resolvía. Cuentan que en el Mundial de Manila y con 2 tiros libres a lanzar por Mirza Delibasic para ganar a Brasil, Moka le apostó a su compañero 100 $ a que no los metía; éste mucho más flemático aceptó el reto sin inmutarse y por supuesto se llevó la pasta.  Moka nunca soltó un dinero más feliz. Margall ahonda en la visceralidad ganadora de su compañero que se valía de cualquier tipo de artimañana para imponerse en un 1 contra 1 o al que se las veía negras para derrotar al mus. En un partido con el Manresa, Antonio Serra le lanzó un envite, arguyendo que no era capaz de dejar al base rival Josep María Soler (de perfil anotador) en menos de 8 puntos; Moka se puso las pilas atrás y su oponente sólo anotó 4. Por si alguien tenía dudas de quién era el faro en Badalona, Moka, como contaba en Nuevo Basket Pere Ferreras, marcó pronto su territorio: llegó al vestuario y en el lavabo donde el resto de los compañeros bebían y se aseaban, él, Moka Slavnic, echó una meada. “Quins collons que te” le llegó a decir Santillana boquiabierto a su compañero Ernesto Delgado. Todo un carácter.


La Liga de Moka

Aún con el bagaje que traía la excéntrica estrella, el Madrid mantenía su Real dictadura con  10 títulos consecutivos y la empresa parecía faraónica. La Penya había cerrado como técnico a Antonio Serra, tras su exitoso periplo en Mataró y Manresa, y José María Meléndez quedaba como director técnico de todos los equipos y de la Escuela. Se había dado la baja a Cairó y a Costello y se había ascendido del junior a Abadía. Los aficionados apodaron a su triunfal quinteto (Slavnic, José María Margall, Juan Ramón Fernández, Filbá y Santillana), los “Cinco Magníficos”. El banquillo de calidad, pero falto de experiencia, lo formaban Manel Bosch, Mula, José María Ferrer y Jordi Ribas, y para la Korac Serra se había traído de la mano a Ed Johnson. En el escaparate liguero Coughran (craso error elegirlo en lugar de a Walter), Chicho Sibilio y Slavnic partían como principales estrellas a seguir. Moka imantaba por ingenio y personalidad o repelía por arrogancia, pero no dejaba indiferente a nadie. Era capaz de anotar con destreza desde cualquier posición, dar los pases más inverosímiles o rodar por el suelo en busca de un balón suelto. Todo por ganar, sólo para ganar.

La Penya, pese al disgusto del entrenador, decidió hacer una gira de pretemporada en Argentina y el equipo fue cogiendo el tono físico a base de partidos (7). A la vuelta esperaba la liguilla de Copa, otros 12 encuentros también saldados con victoria. Así que la Liga comenzó más tarde que de costumbre, un 20 de noviembre. Serra había dibujado dos sistemas básicos de ataque, en función de si jugaban con 2 pivots (formación de 1-4 inicial) o con uno, y buscó alternativas para que coincidieran sus 2 bases en cancha, pues Manel Bosch (MVP del Europeo Junior de Orleans) era el jugador de más talento en la rotación. En la tercera jornada el Madrid visita el Ausías March y sale derrotado 86-79, El domingo siguiente dieron un puñetazo encima de la mesa ganando 63-66 en el Palau. La primera vuelta la concluyeron invictos. Por Europa su camino también permanecía inmaculado, con triunfos en los dobles enfrentamientos de Korac ante Orthez, OKK Belgrado, Hagen y Xerox. De esta guisa, con 34 victorias (41 si sumamos la gira argentina) consecutivas –que iban apuntando en la pizarra del vestuario-  en partidos oficiales (13 en Liga, 12 en Copa y 9 en Korac) se presentaban en el antiguo Pabellón para enfrentarse al Real Madrid. Entre semana habían ganado al Partizán de Belgrado (114-109) la ida de las semifinales de la Korac en Badalona: a los 32 puntos de Slavnic y 29 de Santillana, Kikanovic había opuesto 35 y Dalipagic 34. Brutal.



Ese 5 de marzo, en la Ciudad Deportiva el Madrid salió lanzado y se fue con 20 puntos de renta al descanso (50-30). La Penya redujo distancias en la reanudación hasta ponerse a 7 (89-82) a 53 segundos, pero el Madrid cerró el partido (96-86) con el botín del basketaverage particular a falta de 7 jornadas.  Luis María Prada realizó su mejor partido como blanco (30 puntos), acompañado del infalible Brabender (26); los 22 puntos de Santillana y los 19 de Margall esta vez no fueron suficientes.

Tres días más tarde una nueva desilusión: Kikanovic (31) y Dalipagic (36) volvían a ver el aro como una piscina en la vuelta para enjugar la desventaja inicial y meterse tras el 107-95 en una final europea que pasaría a los anales de la historia con el Bosna como rival. Los partisanos se hicieron con el título en la prórroga gracias a la épica anotadora de su pareja de marras, Dalipagic (48), Kikanovic (33), pese a los 32 de Delibasic y los 22 de Varajic. Los de Sarajevo se recuperaron 4 días más tarde de la afrenta y devolvieron el golpe para arrebatarles el título de Liga en el mismo Belgrado (109-112). Las metralletas siguieron a lo suyo: Delibasic (26), Varajic (28), Dalipagic (otros 48) y Kikanovic (26). Planeta plavi. Alucinante.

En la Liga, la misma jornada en la que el Madrid tropezaba en el Palau ante el Barsa de Kucharski y Daniel Fernández (101-95), la Penya hacia lo propio en Pineda (95-86). La esperanza se ponía en el “vecino pobre” de la ciudad. El 15 de abril el Cotonificio de Aíto recibía sin nada que jugarse (ya tenían el cuarto puesto asegurado) a los blancos en la histórica cancha de San José de la que eran usufructuarios. El Coto no había ganado al Madrid en los 5 años que llevaban en Primera y le tenían ganas. Los merengues venían pletóricos de alcanzar la Copa de Europa en Munich frente al Varese, pero enseguida se enfrentaron a la cruda realidad. Joaquín Costa los llevaba con la lengua fuera y Angstadt se adueñaba de las zonas. 62-43 al descanso para los algodoneros frente a todo un campeón de Europa. Vivir para ver. De salida en la reanudación, la presión suicida ordenada por Sainz menguaba la diferencia (68-62), los badaloneses estiraban el chicle y aumentaban a 13 la renta, pero el Madrid no se rendía y empataba a 87. Otra vez se hacía la goma (101-91) y nuevamente recorte para un marcador final 101-97 para los locales. Es cierto que se vieron beneficiados por el lamentable y escandaloso  arbitraje de Salvador Vidal  que, envuelto incluso en sospechas de amaño, abandonó el colegio catalán y no volvió a pitar, pero los badaloneses hicieron un partido memorable a ritmo suicida con Joaquín Costa (24), Angstadt (26) y Mendiburu (19) estelares. Esta vez la Penya no marró el favor, aprovechó la lesión de Gonzalo Sagi-Vela que sufrió un esguince al poco de iniciarse el partido para sacar una victoria cómoda del Ramiro (78-92). Posteriormente ganaba de 35 al Hospitalet y de 47 al Baskonia en Vitoria para coronarse campeón sin ser ni la mejor defensa ni el más fructífero ataque. El primero de mayo fue fiesta grande en Badalona. El éxito se forjó en el equilibrio, en la sabia dosificación de esfuerzos y en el liderazgo de un Moka Slavnic que aglutinaba el juego. Todo comenzaba y terminaba en el serbio. Paradójicamente ninguna casa patrocinó la camiseta verdinegra aquella temporada en la que la Penya ganó el 92% de sus partidos oficiales (44 de 48).

En la Copa, el club de Chamartín se tomaría cumplida venganza en unas disparatadas semifinales. 102-86 para la Penya a la ida con 24 puntos de Slavnic y 28 del malogrado Filbá por 23 de Brabender y 21 de Coughran y 132-109 para los blancos en el Pabellón tras prórroga con 54 puntos de Wayne Brabender y 26 de Moka Slavnic. Sin embargo, el trofeo se lo llevó el Barsa con lo que el recién estrenado  presidente José Luis Nuñez, que decidió no echar el cierre  a la sección. A nivel de reparto de títulos es la temporada más democrática que se recuerda.

El entusiasmo se apagó la temporada siguiente. Antonio Más había abandonado la nave tentado por la política, el equipo apenas se reforzó (el interesante fichaje de Josean Querejeta se evaporó) y el grupo comenzó a resquebrajarse. Moka tiró por la calle de en medio y se enfrentó a Luis Miguel Santillana, hasta entonces su mejor amigo y principal aliado, al entrenador e incluso a rivales (la trifulca con el madridista Randy Meister fue de las de aupa). Se perdió hasta 7 partidos por sanción. En junio del 79 salía por la puerta de atrás de Badalona en dirección a Sibenik. Allí ocuparía el puesto de entrenador-jugador durante dos años y daría la alternativa a Drazen Petrovic, al que según Moka “no le podías sacar de la cancha ni con un fúsil”, por la cantidad de horas que entrenaba.  Su odiado Partizán sería su siguiente destino, el Indesit Caserta dirigido por Bodgan Tanjevic con Óscar Schmidt de fulgurante estrella su próximo apeadero, para cerrar sus días como jugador en el modesto Buducnost. Como entrenador demostró olfato en la detección de grandes talentos y atrevimiento al ponerlos (Kukoc y Radja en la Jugoplastika, Djordjevic y Tarlac en el Partizan o Sasa Obradovic en el Estrella Roja), pero no se labró una carrera victoriosa. En Badalona dejó buenos amigos como Joan Mas, el entrañable propietario del restaurante de La Plana donde los jugadores acudían para celebrar las cenas de equipo, al que visitó en su domicilio antes del fallecimiento de éste. En el 2013 entró en el Salón de la Fama de la FIBA y la ACB lo estimó entre los 25 jugadores más importantes de la historia del baloncesto español, incluyéndole en el quinteto ideal de los años 70 junto a Corbalán, Brabender, Walter y Luyk.

Las Korac

La vida sigue y la Penya para festejar sus bodas de oro, en plena tormenta institucional, se hizo milagrosamente con su primer título europeo. La  final de la Korac 81 en el Palau ante el Carrera Venezia de Dalipagic, Haywood y Della Fiori se llegó a poner tan fea que el delegado del equipo, Salvador Ferrer, con 9 abajo y dos minutos por jugarse, dejó de apuntar. Ni “El Sheriff” Manel Comas, ni los jugadores se rindieron. El encuentro entró en los terrenos de la épica: con un segundo por jugarse Germán sacó de banda y Galvin forzó la prórroga en un tiro de película que entró limpio. Un americano fantástico ganador de la NBA (Al Skinner que nizo 19 puntos) y un montón de pipiolos (Margall, Santillana y Delgado habían sido eliminados por faltas), entre los que figuraba un jovencísimo Jordi Villacampa, se encomendaron a la defensa y a las buenas artes de “El Duende del Ramiro”. Sí, Gonzalo Sagi-Vela (27 puntos) se vistió de héroe para dar a los de Badalona su primer título europeo (105-104). Comas concedía la alternativa a una generación talentosa. Sin mirar el carnet de identidad empezó a dar bola a Villacampa, al que de pivot quiso resituar de base y ante la extrañeza del chico le soltó “Tú harás lo que te mande, como si te digo que vayas a pasearte por la Rambla con una pamela en la cabeza”. José Montero también debutó con 16 años en el homenaje a Santillana y Manel se atrevió a pronosticar: “Será mejor que Delibasic”. Nivelazo, pero a tanto no llegó.

En el 82 Luis Conesa y Francesc Cairó toman los mandos del club y poco a poco viran en la dirección adecuada. En el 88 las plaga de lesiones (con Crespo fuera y Margall, Montero y Meriweather muy diezmados) y la falta de experiencia hacen imposible la Recopa en Grenoble. Esta vez la prórroga culmina con el Limoges en campeón. Dos años después, el grupo había madurado lo suficiente y se legitima con la segunda Korac. Pedro Martínez había sustituido a Herb Brown a mitad de curso y el Joventud lograba un valioso empate en Pesaro a la ida. En Badalona, el Scavolini de Scariolo sucumbió por 10 puntos ante el huracán verdinegro, magníficamente dirigido por Montero (28 puntos y 10 asistencias). El gran Reggie Johnson se despide de la afición con un título.

La época dorada

La senda estaba marcada y aparecieron Lolo Sainz (y su saber estar y sentido común), dos americanos de campanillas (Corney Thopmson y Paul Presley) y Ferrán Martínez del Barsa ante la incredulidad de Boza Maljkovic: La cantera verdinegra siguió dando sus frutos: Rafa Jofresa compartía posición con su hermano Tomás  en lo más parecido a una ducha escocesa (frío-calor), para hacer el base ideal; Dani Pérez y Jordi Pardo aportaban calidad y tiro en las alas; y Ruf y Morales constituían la versión mediterránea de las “Torres Gemelas”. Villacampa se estableció como gran capitán y el conjunto se borraba el cartel de “equipo simpático” (que no ganaba). El club se convierte en Sociedad Anónima Deportiva y se roza la hazaña ante los Lakers en el Open Mcdonalds de París. El Olímpico se convirtió en el nuevo marco incomparable de las gestas badalonesas. Llegó a ser el pabellón con más entrenadores (socios) de Europa. Dos títulos de Liga llegaron y una Liga Europea se escapó por mor del tiro perfecto en Estambul, el de Sasha Djordjevic. En el 94 Zelkjo Obradovic devolvió a la Penya lo que dos años antes le había quitado. El “coleccionista de títulos” hizo por fin Campeón de Liga Europea a un equipo maravilloso. La foto del triple de Corney Thompson que ponía el definitivo 59-57 ha quedado para la posterioridad. Se cumplen 20 años.

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Y después llegó la crisis y los vaivenes. El club se mueve entre dos aguas. En el 96, la debilidad económica obligó a vender el Ausías March. En lo deportivo, Alfred Julbe  vuelve a casa y sostenido por una tripleta americana de lujo (André Turner, Andy Tolson y Tanoka Beard) se trae una nueva Copa del Rey de León, tras remontar 19 puntos al Cáceres.

El Siglo XXI

En el 2000 Jordi Villacampa accede a la presidencia del club. Sigue haciendo de la necesidad virtud y explota el filón de los nuevos valores que emergen de las categorías inferiores. Así aparecen Raúl López (el primer jugador de la cantera verdinegra en llegar a la NBA), Mumbrú, Rudy Fernández, Ricky Rubio o Pau Ribas. Todos ellos se forman en la Penya para continuar sus carreras en otras latitudes, como casi siempre. El Joventut no tiene el dinero suficiente para competir con los salarios de los grandes de Europa o las franquicias de la NBA.

Aíto regresa a la que fue su casa y abre la puerta a una generación magnífica. Crea un equipo cargado de talento a su imagen y semajanza que recuerda al añorado Coto. Con 14 años se atreve a subir a Ricky Rubio, que crece exponencialmente al amparo de Bennet. Rudy Fernández se convierte en el jugador más completo de la Liga. Durante 3 años los badaloneses creen vivir en Nueva Orleans; el conjunto tiene ritmo, agita los partidos con agresividad y descaro y recupera las señas de identidad del club con una apuesta valiente y trasgresora. Sin saber cómo, los rivales creen haber sacudido un avispero; las rotaciones, las alternativas defensivas, los traps, el contraataque, las veloces transiciones, los tiros de tres puntos, el juego por encima del aro… Todo y todos al son que marca el maestro madrileño con la vocación de siempre: el ritmo. La atractiva propuesta recoge títulos: Eurocup en abril 2006 (84-63) al Kimki con Rudy (MVP y 17 puntos), Huertas, Mumbrú o Bennet como caras más destacadas; Copa del Rey en febrero 2008 en Vitoria ante Baskonia (82-80) con Rudy (MVP, 32 puntos y 29 de valoración), Ricky (9 puntos, 4 asistencias, 4 robos y 18 de valoración) y Desmond Mallet (el primo de Shaq O´Neal hizo 13 puntos en la segunda parte con 2 triples decisivos) estelares y la zona planteada por Aíto en el último cuarto y medio como factor desequilibrante; ULEB en abril 2008 (79-54 al Akasvayu Girona en Turín) con Rudy otra vez MVP, Mallet 26 puntos y Moiso (10 puntos) vital en su defensa a Marc Gasol. Con un poco más de piernas a final de temporada ese equipo hubiera optado al triplete con la Liga. Una delicia.

En la actualidad la Penya se recompone, se adecúa a los tiempos y mantiene su proyecto tradicional de cantera (olé para el trabajo de los entrenadores de formación). Los nuevos brotes verdinegros (Vives, Llovet, Ventura, Barrera, Suárez, Sans…) piden pista y la sabia mano de Salva Maldonado va dando paso ordenado. El club capea la crisis y se mantiene en una zona intermedia rozando la clasificación de la Copa del Rey y los playoffs. Suficiente, no se le puede pedir mucho más. Pero por historia, tradición y el bien común del baloncesto español, Joventut (Badalona ha sido la tercera ciudad en licencias federativas) ha de volver a las finales, Valencia y Zaragoza asentarse como plazas ganadoras, Vitoria recuperar pasados laureles, Estudiantes dejar de andar por el alambre, los canarios seguir tiñendo de alegre amarillo el campeonato, Sevilla ganarle un espacio al fútbol,  y en Bilbao, cobrar, coño, que ya les vale.

Parafraseando a Leño, el broche se lo dejo al gran Zelkjo Obradovic: “La Penya no es sólo un club, es una manera de vivir”.


Mi agradecimiento a mi amigo Ricard (el descubrimiento en la Copa de este año) por la imprescindible información proporcionada desde Badalona. Una recomendación, si se acercan por allí y van con hambre, su restaurante El Café de las Antípodes no les defraudará. Es un deleite para los buenos paladares. Mi reconocimiento otra vez a Carlos Laínez y Raúl Barrera por su paciencia en la biblioteca de la Fundación Pedro Ferrándiz Espacio 2014 FEB.

1 comentario:

  1. Slavnic era el mejor base europeo de aquella época, un espectáculo verle jugar y un lujo de jugador que hasta entonces no estábamos muy acostumbrados a ver, fué un jugador de otra dimensión en aquella liga española.

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