domingo, 18 de septiembre de 2016

Mike Hansen, I love this game


De cuando se batía en duelo en los patios y canchas madrileñas frente a mi amigo Juanjo Ranea “el mejor jugador de Mini que he visto en mi vida”, según Mike, han pasado muchos inviernos, casi todos ligados al baloncesto. Se formó en las canteras de Canoe y Estudiantes, saltó el charco junto a su añorado Sergio Luyk, capitaneó la universidad donde cimentó un tal Shaquille O´Neal  su leyenda, rascó chapa (bronce) en el Europeo de Roma, pero quedó fuera de la lista definitiva de Díaz Miguel para los Juegos del 92 de Barcelona. Regresó a España, jugó en una riestra de equipos ACB y triunfó como expatriado en Alemania. Disfrutó siempre en todos los apeaderos de su extenso camino.
El niño que en las madrugadas de marzo ansiaba algún día jugar la NCAA cumplió su sueño. Ahora el adulto se ha liado la manta a la cabeza para embarcarse en otra aventura onírica y fascinante: devolver a Valladolid a la élite del basket. Así es Mike Hansen, otra historia de amor perenne con el baloncesto.




De la Base de Torrejón al Pez Volador y a La Nevera
Ahora que repetimos elecciones como si no hubiera que hacer otra cosa, se han cumplido tres décadas del Referéndum sobre la OTAN y por extensión del Sí o el No a las bases americanas en España. En una de las mismas, en Torrejón de Ardoz, se crió Mike Hansen Mejías. Allí ejercía su padre, norteamericano, como profesor del colegio. En su pabellón se curtió Mike durante incontables sábados y domingos frente a los soldados norteamericanos. Más altos, más fuertes, más rápidos y en su mayoría afroamericanos, como le sacaban ventaja en casi todos los aspectos del juego, excepto uno (el tiro), tenía que espabilarse para estar al nivel y ganarse su respeto.
Antes papá Hansen (Eduardo) había comenzado el adiestramiento del muchacho (cuando sólo contaba 6 años) en el Royal Oaks de El Encinar de los Reyes. Cinco cursos dieron un balance inmaculado de 110 victorias por ninguna derrota. El pequeño, sin embargo, fantaseaba con la posibilidad de ser algún día un famoso quarterback de football americano. Con sigilo la cesta fue ganando terreno al balón ovalado y Eduardo condujo casi a empujones al crío a uno de los templos del basket capitalino, el Canoe. En la prueba, el talento del niño en la cancha supera a su timidez y es escogido. El examen le resultó relativamente sencillo, de juguete, pues jamás había jugado en canastas pequeñas. Un año en el Mini y dos en el Infantil (con mi amigo Jorge Osma) serían fundamentales en su génesis formativa. Era curiosa la imagen del padre sentado en una sillita extensible, en silencio, viendo las evoluciones de su vástago sobre cualquier patio colegial madrileño.
En la primavera del 85 el apellido Hansen suena entre los más destacados proyectos de los jugadores nacidos en el año 70. En mayo, en el Campeonato de España Infantil de Granada, Canoe quedaría relegado a la séptima posición con el honroso honor de vencer al definitivo campeón (Colegio Leonés) en la fase de grupos. Un mes más tarde, el dúo Hansen-Ranea está a punto de quebrar la primacía catalana en el campeonato de selecciones autonómicas, pero caen 65-62. Llega julio y Miguel Ángel Martín distingue a lo mejor de la camada para acudir a una especie de europeo de la categoría en Alemania, bajo el llamativo nombre de Operación Pasadena. Salen imbatidos con Francia como principal oponente y si hubiera tenido lugar una final se habrían enfrentado a los yugoslavos (invictos en el otro lado del cuadro). En la chavalería enraizó la fuerte defensa y el contraataque como patente de corso. De premio les convidaron a una cena con sus ídolos de la selección senior que por aquellos días andaban disputando su Europeo en Stuttgart. En su bautizo internacional hizo camaradas para siempre, compartió el puesto de base junto al barcelonista Jordi Morella y el verdinegro Tomás Jofresa, soltó las bridas del badalonés Antonio Medianero y continuó chanzas y encestes con su compañero el canoísta Lino Sánchez.
A la vuelta, Miguel Ángel Martín y “Pepu” Hernández (delegado de aquel combinado adolescente) le convencen en una cafetería de Avenida de América para que fiche por Estudiantes. En el Ramiro, compartirá puesto y minutaje en el juvenil con Nacho Azofra. Alcanzan la final del Campeonato de España del 87 en Cádiz.  Mike (28 puntos) fuerza la prórroga con un triple sobre la bocina (con falta no señalada –todavía hoy proclama que le agarraron del pantalón-). Reman, para quedarse en la orilla: el Madrid del añorado Carlos García Ribas (41 puntos) se hace con el título.

 
Una dulce medalla de chocolate
El verano le devuelve a la selección (juvenil para España, cadete en el hemisferio  FIBA). Miquel Nolis, un excelso “hacedor” de jugadores tiene en sus manos un plantel talentoso, pero bajito. Nolis es uno de esos profesores eméritos de nuestro baloncesto que moldeó las habilidades de varias generaciones. En medio de las sofocantes solanas de julio, Manuel Montesinos aumentó la cilindrada de la muchachada para llegar cual motos GP en las duras sesiones físicas de Font Romeu. La ciudad húngara de Videoton les aguarda.
Rumania supone un incómodo estreno con dos postes, Popa (que ya había debutado en la absoluta) y Bobrocxzky por encima de los 7 pies. Mike (27 puntos) cambia el ritmo de una España embotada, propulsa a un incontenible Medianero (17) y Fran Murcia (10) se faja entre los tallos para una victoria justita (82-79).
El letargo no se evapora frente a los belgas que plantan una zona que aturulla a los nuestros. 12 puntos de desventaja al descanso. Jordi Morella (9) pone criterio en la dirección, Hansen (17) y Medianero (15) afinan, y José Miguel Hernández (12) expone su valor dual (dentro/fuera), para salvar los muebles (60-58).
Frente a los rusos, los hispanos salen al abordaje (+15 en el minuto 13), pero la diferencia se esfuma en un periquete (empate a 37 al intermedio). Los puntos de los bases, Hansen (15), Jofresa (14), resultan baldíos ante el esplendor de Minashkin (36) y Miglieniks en la segunda parte. 85-71 para los soviéticos.
El encuentro bisagra es el de Alemania. Los de Nolis se amotinan atrás para forzar 16 errores de los germanos, Pedrera (15 puntos) y Hernández (13) despachan rivales en la pintura y Benítez muestra su clase (24) para horadar la zona. Triunfo holgado 77-58. Con la clasificación lograda, el partido frente a los húngaros (75-70 para España) sirvió para dar entrada a los menos habituales. En la jornada de descanso visita obligada a la bella Budapest y cena como Dios manda en una pizzería.
Al intermedio de las semifinales la suerte estaba echada (28-49). Al que decían sucesor de Petrovic, Arian Komazec, se le caían los puntos (52 del angelito). El marcador final es incontestable (67-94).
En la lucha por el bronce, el encuentro llegó igualado a la media parte (39 a 40 para Rusia). En la reanudación, tras un esperanzador inicio, España se duerme y encaja una parcial descorazonador (0-16) en cuatro minutos. Los triples de Medianero (21 puntos) y Hansen (18) ajustan el resultado para entrar en el último minuto con desventaja de 2, pero los rusos mantienen la mano más firme para apropiarse de la presea (76-84).
La selección concluyó el campeonato en el puesto que por plantel le correspondía. Hansen fue el jugador más utilizado (27,8 minutos por encuentro) en las dos posiciones perimetrales y el mejor anotador (13,4 puntos). Komazec emergió como incuestionable figura del torneo, MVP, con 36 puntos de media y los yugoslavos arramplaron otro oro para su colección, en una final que acabó (83-77) como el rosario de la aurora frente a los correosos italianos.

“Ir a perseguir vuestros sueños”
De esa guisa despachó el gran Luyk a su hijo Sergio y a Mike Hansen en la despedida de Barajas. En Pula (Croacia), Clifford había conocido al entrenador del instituto University Height Academy de Hopkinsville, un pueblo a 80 km de Nashville (Tennessee). Éste ofreció al tierno dúo la beca que les haría soñar despiertos. El high school privado sólo contaba con 240 alumnos, pero se ubicaba en el epicentro (junto a Indiana) del baloncesto colegial estadounidense. En Kentucky la vida gira alrededor de la recogida de maíz, la religión y el baloncesto. La biblia y el balón van de la mano. La imagen peliculera del equipo de baloncesto viajando en el autobús amarillo animado por toda la aldea era una postal semanal.
A Mike el verano del 86 le había abierto los ojos a un mundo fascinante. Estuvo en el Five Star Camp de Syracuse y  dos semanas en Nueva York entre el mítico Rucker Park de Harlem y las canchas de la 22 con Lexington Avenue. Aquello era el paraíso al que más pronto que tarde quería volver.
Los chicos agarraron su oportunidad y no defraudaron. Sergio destacó entre los jugadores de primer año (sophomores) gracias a los 12,3 puntos y 11,9 rebotes, mientras que Mike (22 puntos y 8 asistencias) se postuló entre los mejores en su puesto, pero había calculado permanecer dos años en el instituto, cuando le comunicaron que había rebasado el número de créditos y cumplido el ciclo del bachillerato, por lo que debía graduarse. Las universidades de mayor relieve habían cerrado sus plantillas. Urgía  tomar una decisión si quería quedarse y estudiar una carrera. Escogió un pequeño college, Tennessee Martin, que participaba en la División II de la liga. En los primeros encuentros amistosos frente a centros de mayor empaque, Mike causó muy buena impresión. Frente a Missouri hizo un partidazo y ante Louisiana State University (LSU) deslumbró a su entrenador, Dale Brown, tras una exhibición anotadora (42 puntos). Su ayudante le felicitó y le echó el ojo. Concluyó el curso como mejor rookie de su conferencia (Gulf South Conference) y en el quinteto ideal de la misma. Estaba claro que liga y escuela se le quedaban pequeñas.

Cumplir el sueño
Ha llovido para hundir el Arca de Noé, pero Mike siempre relata que con 9 años su padre le despertó y le llevó desde el domicilio familiar en Pinar de Chamartín hasta la Base para contemplar la final de la Liga Universitaria Americana (el punto culminante del March Madness) cierta noche de marzo del 79. Entretuvieron la espera en la bolera, cenaron una hamburguesa y abrieron los ojos de par en par para visionar el encuentro más seguido de la historia, el enfrentamiento de Larry Bird y Magic Johnson. Crepuscular. De aquella, Mike no se ha perdido ninguna. Así que aquel adolescente, desde siempre anheló jugar en la NCAA y que su padre y sus amigos lo siguieran en Torrejón. Por eso, cuando llegaron las ofertas de universidades de enjundia, no podía negarse, a pesar de que el traslado de expediente llevase aparejado un año en blanco, sin jugar, al ser “red shirt”. Rechazó atractivos ofrecimientos de West Virginia, North Carolina y Arizona (que era la preferencia paterna al conocer al entrenador), para decantarse por LSU.
Su año en el dique seco no cayó en saco roto, pues al estar en el segundo equipo le tocó defender todos los entrenamientos a Chris Jackson, segundo máximo anotador universitario la temporada 88/89 tras Hank Gathers y “el mejor jugador que me he cruzado jamás”, sigue aseverando Mike. El catálogo de fundamentos y recursos que atesoraba Jackson (no se marchaba a la ducha sin anotar 10 triples seguidos limpios) le hizo exprimirse y mejorar exponencialmente en defensa. Chris padecía el “Síndrome de Tourette”, un trastorno neuropsiquiátrico que derivaba en reacciones nerviosas y tics incontrolados. Según Mike, la dolencia le “hacía tener un poder de concentración mayor”, y quizá por eso lideró el porcentaje desde la línea de tiros libres en la liga profesional. En el draft del 90 salió elegido en el número 3 del draft por los Denver Nuggets para desarrollar una sólida carrera con varias campañas rozando los 20 puntos de promedio. Abrazó el Islam, cambió de nombre por el de Mahmoud Abdul Rauf y cayó en desgracia en la campaña 95-96 cuando (amparado en sus creencias religiosas) se negaba a permanecer de pié en la interpretación del himno norteamericano. La NBA le multó e inhabilitó un partido. Llegó a un acuerdo con la Liga, más ya estaba señalado por la opinión pública. Fue traspasado a los Kings de Sacramento, pero la incómoda situación y las lesiones no le permitieron rendir igual y acabó dando tumbos por Europa. Un jugadorazo.
En su llegada al campus de Louisiana (35.000 alumnos), Hansen compartió habitación con Stanley Roberts. El pivot era un diamante, por entonces “mil veces mejor que Shaquille O´Neal”, su alter ego en la pintura, pero Stanley “no sabía decir que no”. Le faltaba mentalidad y madurez. Un pedazo de pan que venía de un ambiente pobre, difícil, y regateaba esfuerzos en su trabajo diario. Su desastroso expediente académico le hizo salir precipitadamente de la universidad al año. Cayeron eliminados en primera ronda ante Georgia Tech de la famosa “Lethal Weapon” -Kenny Anderson, Dennis Scott y Brian Oliver-. Su destino sería un Real Madrid convulso. Pese a sus números, apenas contaba 20 años y promedió 13 puntos, 7 rebotes y 2 tapones, la temprana eliminación del equipo en playoffs frente al TAU propició su salida. Aíto, siempre al quite, estuvo a punto de llevarlo al Barsa, pero regresó a la NBA. En 9 años se calcula que se fundió 35 millones de $ (llegó a tener 22 coches de lujo). Su incremento de peso se tradujo en lesiones importantes, En noviembre del 99 dilapida el contrato firmado meses antes  con los Sixers (120 millones de $) cuando es expulsado de la NBA por consumo de éxtasis. Después de unos cuantos años de aquí para allá y sucesivos problemas con la ley, cuentan que John Lucas afortunadamente lo ha rehabilitado de sus adiciones y se dedica a la venta de coches. Bendito sea.
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En la siguiente temporada (ya sin Jackson y Roberts), Mike Hansen Mejías, como hacía que le llamasen en homenaje a su padres (el sueño “se lo debía a ellos”), ya era miembro oficial de la plantilla y co-capitán junto a Shaquille O´Neal. La labor de la pareja fue alabada por Jim Childers, asistente de Brown: “Son un ejemplo para los demás, por su trabajo en la cancha y fuera de ella. He visto a pocos jugadores que sean líderes de baloncesto y que se esfuercen tanto para conseguir buenas notas en sus estudios”. Shaq, al contrario que Stanley, se había criado bajo una estricta educación (su padastro era sargento). Era disciplinado, muy trabajador y modélico en los estudios. A su enorme fortaleza natural, “nunca vi jugador más dominante… parecía que jugaba con niños”, tercia Mike, fue añadiendo fundamentos de ataque. Dominaba el rebote, contaba con un excelente e intimidante tiempo de salto, corría el campo como un alero y poseía una buena lectura del juego. “Jamás tiré tan sólo”, apostilla Hansen. Una bestia que de primeras se mostró muy tímido y, aunque parezca mentira, hasta esquivo y monosilábico con la prensa. En el vestuario adquirió fama de guasón. Rapeaba. Siempre entre músicas, se compró unos platos para convertirse en disc-jockey. Después de varias semanas con las mismas canciones, en el equipo (hartos) hicieron una colecta para comprarle varios discos y que ampliara el repertorio. Era tan ejemplar en sus deberes académicos que, en cierta semana en que se le agolparon los exámenes, se cargó en un cuarto de hora los dos aros de la cancha central de entreno para que el coach (entre medias sonrisas) enviara a sus pupilos a estudiar. La “criaturita”, All American for ever, estaba llamada a dominar la siguiente década profesional. Mike desvela la causa de la poca puntería de su amigo (el que le regaló su última camiseta de los Magic de Orlando) desde la línea de tiros libres: “Tenía una manaza más grande que un folio, con lo que perdía mucho tacto –toque- en distancias largas”.
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Mike fue el primer español en jugar (con el número 11 de su ídolo Juan Antonio Corbalán; también lo fueron Nikos Gallis y Julius Erving) en la División I de la NCAA. Cada noche se mostraba delante de más de 20.000 espectadores (participó en el partido benéfico que supuso un récord ante 78.000 personas en el Superdome de Nueva Orleans para ayudar a los damnificados del Huracán Andrew). Su madre su suscribió a la revista de la universidad, Tiger Rog, y su rostro aparecía con frecuencia en el Morning Advocate, el periódico editado en Baton Rouge. Ganó físico, velocidad, agresividad y anotación, aunque por el camino se dejara piezas de un base más clásico. Alternó las posiciones de point guard puro y de escolta, entre T.J. Pugh y después Terrell Brandon. A nivel de resultados sólo se puede reprochar la brevedad del recorrido entre los 64 grandes de la NCAA (eliminados en primera ronda frente a Connecticut en el 91, en segunda ante Indiana en el 92 y un curso más tarde, Jason Kidd convertía una canasta en el último segundo para acceder a la segunda eliminatoria con su California). La opinión de Dale Brown (con el que hoy todavía se intercambia correos casi semanalmente) era inmejorable: “Es muy inteligente y vital para nosotros por su capacidad de liderazgo”. Fueron los 4 años más felices de su carrera deportiva enfrentándose a jugadores que marcaron época posterior en los profesionales (Larry Johnson, Billy Owens, Kenny Anderson, Stacey Augmon, Christian Laettner, Alonzo Mourning, Jim Jackson, Harold Miner, Calbert Chaney, Jamal Mashburn, Bobby Hurley o Penny Hardaway…). Ni los rumores de salida hacia el Real Madrid, le sacaron de su aventura colegial.
Nunca olvidará las pachangas de aquellos veranos pegajosos de Louisiana cuando se juntaba en el mítico “Dungeon” con sus colegas de equipo o jugadores de postín como Tim Hardaway, José Vargas, Tito Hortford, Avery Johnson, Dan Majerle, John “gordo” Williams o el fallecido Bobby Mills.

La llamada de la Selección Española
En el año 91, durante su visita anual a las Américas, Díaz Miguel se acerca una semana por Louisiana y vive en directo su explosión televisada por la ESPN (31 puntos de Mike y otros tantos de Shaq) ante Illinois. En primavera le llega una carta con la convocatoria previa a la selección absoluta. En el horizonte el Europeo de Roma. Antonio facilita una primera lista de 15 convocados, a la que posteriormente se unieron los jugadores del Barcelona y Joventut que estaban enfrascados en la final liguera. En la nómina de bases figuraban, Antúnez (recién firmado por el Madrid), Salva Díez, Pablo Laso y Nacho Suárez. La concentración granadina fue eterna y la criba lenta. Hansen promedió 5,8 puntos en los encuentros preparatorios, distinguiéndose en las victorias ante la Cibona (12 puntos) y la selección checoslovaca (16 puntos). Tras casi dos meses de batallar, Mike entró en la relación definitiva acompañando a Rafa Jofresa y a Antúnez en el trío de directores de juego. Se mostraba eufórico y ambicioso: “Nuestro objetivo es el oro. Aquí el base es más organizador y los sistemas más lentos”. Tuvo poca presencia en cancha, disputando 3 de los 5 partidos. España cayó con honor y escándalo arbitral en las semifinales ante los italianos (90-93), para desquitarse en la lucha por el bronce (99-83 sobre Francia) con 6 puntos (2 triples) de Hansen. La competición, en la despedida oficial de Yugoslavia (oro, con Kukoc como indiscutible MVP), destapó al mejor Antonio Martín (entró en el quinteto ideal) de siempre.
España entera se frotaba las manos de cara a los esperanzadores Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Hansen entró en el inventario inicial, disputó un torneo preparatorio en Trieste, pero quedó cortado a las primeras de cambio. Se perdió el acontecimiento al que todo deportista quiere acudir, pero se ahorró el mayor sonrojo de la historia de nuestro deporte.

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Vuelta al Estu
Cumplido su periplo universitario, recibió la invitación para acudir a probar al campamento de verano de los Houston Rockets. Lastimado en el tendón de Aquiles y ante la premura en la oferta de Estudiantes, decidió no acudir y volverse.
Para los desmemoriados, entre los que me incluyo, que pensaran que el Año I después de la salida de Pinone, Winslow y Azofra fue un lunar en la  historia del Ramiro, hay rebatirlo por la cuarta posición final (quintas semifinales ligueras consecutivas) de un buen equipo, con Pablo Martínez y Hansen a los mandos, Herreros, Cvjeticanin y Schlegel destacados en las alas y Vecina, Orenga, De Miguel  Kotnik y el sancionado Sanders como pivots. Sin embargo, el cuadro entrenado por Miguel Ángel Martín se mostró irregular durante todo el campeonato, sin la chispa ni el pegamento de años precedentes. Al final de la campaña marchó a la meseta en busca de minutos y relevancia.

Tres años en el Forum
A orillas del Pisuerga. Hansen disfrutó de buen baloncesto, conoció a Paula, su mujer, coincidió con algunos jugadores extraordinarios y hasta fundaron una peña con su nombre en Quintanilla de Onesimo. El viaje de ida no se le ha borrado. A la altura de Olmedo un guardia civil detuvo su auto; era majo e incluso le reconoció, pero no le quitó la multa por exceso de velocidad.
El equipo venía de un año complicado, en que por méritos deportivos había descendido en Murcia. El Caja Bilbao no pudo ascender ¿les suena?, con lo que Valladolid se quedó la plaza. Óscar Schmidt, ahogado en lágrimas en el desenlace de la campaña precedente, no quería pasar el mismo trago, y aceptó de buen grado la directriz marcada por el entrenador Brabender para que asumiera menor protagonismo anotador. Wayne buscaba un juego más coral y equilibrado para disminuir la dependencia hacia el astro brasileño y el giro táctico dio sus frutos, pues mejoraron 8 puestos la posición anterior (terminaron undécimos), rozando los playoffs. Alex Bento y Mike Hansen compartieron puesto y virtudes anotadoras, Lalo García se asentaba como escolta titular (pero ya asomaban Odriozola y Mateu), Óscar “bajaba” sus dígitos hasta los 24 puntos (con un acierto del 48% desde la línea de 3), Fetissov (¡qué talento!) se mostró intermitente, Lavodrama quizá aportó algo menos de lo esperado, mientras que Alex Rodríguez se reveló como un magnífico complemento interior. De la última temporada de Óscar en España, se recuerda el día en que tras un entreno en Vitoria él seguía tirando triples mientras el resto del equipo estiraba… El segundo entrenador se acercó al grueso del grupo, que permanecía entre flexiones sobre en el parquet: “Lleva 22 seguidas”, susurró. El carioca, a lo suyo, ni se inmutaba, con la diana entre ceja y ceja. Los demás, concluidos sus ejercicios físicos, estaba deseando marchar al hotel, por lo que realizaron maniobras de distracción para que Schmidt errara. El brasileño abandonó la cancha cabreado después de encestar 68 consecutivas.  
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La cofradía nacional (Hansen, David Brabender, Lalo, Alex Rodríguez y Sergio Luyk) se conjuró en la temporada siguiente para salvar la categoría, aunque fuese por un sólo puesto. La terna foránea (Sanders, Fetissov y Radulovic) naufragó y estuvieron en un tris de recibir el finiquito a la vez en primavera.
En la 96-97 las cosas se torcieron de salida. Para cuando Paco García se hizo cargo del equipo el balance era desalentador (2-13). El técnico vallisoletano se mostró muy duro en la presentación y en el vestuario cantó la gallina a sus discípulos. Sin tapujos, a cada uno le dijo a las claras delante de todos lo que hacía bien, lo que hacía mal y lo que esperaba de ellos. Mano de santo. La arenga recogió el compromiso grupal y las prestaciones reboteadoras de Jerome Lane y anotadoras de Tony White resultaron providenciales. Tras desarrollar una segunda vuelta memorable alcanzaron los playoffs de permanencia, donde zarandearon al Fuenlabrada (3-0). Objetivo cumplido. Como “recompensa” la directiva había firmado, un mes antes de concluir la liga, a Gustavo Aranzana para el curso venidero. El nuevo entrenador no contaba con Hansen, que se fue con la música a otra parte.

Ciudad de Huelva y el drama de Murcia
El proyecto andaluz pecó de bisoño. Tuvieron que desplazarse como locales a Sevilla hasta que acondicionaron su pabellón para acoger 5.000 espectadores. Dos de los bases se bajaron del carro, Alex Montecchia y el francés Sciarra. La llegada de Pablo Martínez liberó a Mike de responsabilidad en la dirección para convertirse en referencia anotadora (en sus mejores cifras en la península, 399 puntos en 39 partidos). José María Oleart retomó el excelente trabajo de Sergio Valdeolmillos. Por su parte, Granger Hall, Davis y Oliver sumaron toda su experiencia para  llegar con esperanza a las postrimerías del campeonato. En el encuentro de desempate, John Williams anota una canasta inverosímil en el último segundo para dejar al Granada en primera.
Un año después, en la ciudad pimentonera sufrió una bofetada de realidad.  En la desastrosa temporada murciana hubo de todo: cambio de entrenador (entró Manolo Flores por Felipe Coello), más de 20 jugadores desfilaron por la plantilla (7 no terminaron el curso), contrataciones rimbombantes (David Wood y Alanovic) que no valieron para nada, descalificaciones públicas del presidente Valverde a los jugadores y pocos triunfos (sólo 4). Una calamidad.

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“El baloncesto ni empieza ni termina en España”
Estalla la Ley Bosman y maneja ofertas de Francia, Lobos Cantabria, Panionios (le llegan informaciones de problemas en los cobros) y Bayer Leverkusen. Un tanto quemado con sus últimas experiencias, acepta la oferta del país germano. Se encuentra con una estructura seria y muy profesional. Firma el mejor contrato de su vida deportiva y responde con sus mejores números (promedia más de 16 puntos en la Bundesliga y más de 15 en Euroliga). Alcanzan dos finales del campeonato (frente al coco Alba de Berlín), disputa el All Star, gana el Concurso de Triples, participa en dos Korac y una Suproliga y es elegido mejor “Bosman” de la BBL dos años seguidos.
Sintoniza inmediatamente con el entrenador americano Calvin Oldham, al que Mike, entre risas, acusa de ser su mayor impedimento para aprender alemán. Recoge toda la confianza que le otorga el coach y forma una letal pareja exterior con el estadounidense Chuck Evans (el típico base carente de egoísmo que siempre te encuentra y sitúa la pelota en el lugar preciso).
Vive 3 años deportivamente excepcionales en Centroeuropa y rescata una anécdota curiosa: “Hicimos una pretemporada en Filipinas (donde el baloncesto es una locura) porque la Bayer tiene una fábrica allí. Llegamos a Manila en la época de los monzones. Jugábamos todos los días con reglas NBA contra equipos locales que eran durísimos. Eran jugones y muy rápidos. Por el sofocante calor cada partido perdías entre 3 o 4 kilos. Estuvimos en el famoso hotel Shangri La, el mismo en el que habían se habían alojado Alí y Frazier antes de su famosa pelea del 75. Participamos en un montón de actos benéficos y me asombró la pobreza de la gente. Un día al cruzar un semáforo vi que un hombre se descalzaba y luego se orinaba en los zapatos… Luego me contaron que lo hacían para curarse los hongos… Terminamos reventados y nos llevaron a Cebú, una isla paradisiaca para recuperarnos… El Bayer era un club señor”.

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Cáceres, el chasco alemán y la EBA
Los inviernos en Alemania son muy largos y duros, por lo que decide regresar a España. Destino Cáceres. Coincide con Ferrán López, Orenga y Manolo Hussein de entrenador. Los problemas económicos surgen nada más llegar y a mitad de temporada Bobby Martin, Deon Thomas y Veselin Petrovic se apean del burro. Los nacionales dan el callo hasta el final (aún sin cobrar durante 5 meses). La grada emocionada agradece el esfuerzo de los suyos con una gran ovación, pese a consumarse el descenso. Una pena después de 11 años en ACB.
Animado por su anterior experiencia germana coge el hatillo para emprender camino cerca de Dortmund. Brandt Hagen era un equipo peleón de mitad de tabla. Como El Almendro, Mike retorna a casa por Navidad, con la mosca detrás de la oreja. Se ha caído el sponsor y les deben dos mensualidades (raro, raro en el país de de la puntualidad). Sus sospechas se ven confirmadas cuando al concluir un entreno se persona un delegado del gobierno que les comunica que los números no salen. El club está en bancarrota y se echa el cierre. El gobierno asume el agujero y cubre los pagos que se adeudaban. Mike ostenta un gran cartel en Alemania, pero declina ofertas. Ya está bien. Los niños crecen y el basket se le acababa.
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Monta una empresa con su inseparable amigo Sergio Luyk de equipos purificadores de aire acondicionado que provienen de Estados Unidos. Rechaza propuestas LEB. Vive en Valladolid, trabaja en Madrid y mata el gusanillo en el EBA de Palencia, donde pese a perder el último partido contra Vic ascienden a LEB Plata tras solicitar la plaza. Renuncia a seguir con los palentinos, pues no puede comprometerse a entrenar todos los días.
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Gerardo Hernández de Luz (presidente de CB Zamora) le convence para que juegue con ellos en EBA y compatibiliza trabajo y baloncesto. Juega tres últimos años reconfortantes en los que retorna a su pasado con viajes en autobús interminables “Vuelves con las piernas muy cargadas, pero me encanta”. A los 39 tacos pone punto y final a su primitiva relación con la canasta.
En España la crisis se agudiza, baja el volumen de pedidos de los clientes y los cobros se retrasan. Sergio fallece al poco de serle detectado un cáncer terminal. Mike lo habla con Paula y, antes de deber nada a nadie, deciden cerrar la empresa.
 

¿Y ahora qué?
“Los deportistas profesionales somos los únicos que nos jubilamos dos veces”. Revelador, jodidamente revelador. De ser un personaje público, reconocido, privilegiado y querido, a pasar a la vida ordinaria, al anonimato. El tránsito es duro.
Sin tener claro hacia dónde reorientar su vida, para matar el rato da clases de inglés a sus vecinos. Un día acerca a uno de sus hijos a un colegio de Valladolid en el que tiene éste que disputar un partido. Le deja en la puerta y da una vuelta para estacionar el coche. La casualidad le descubre una nueva vida. Justo enfrente de la plaza de aparcamiento ve un cartel en una academia de inglés: “Se buscan profesores nativos”. Entra, pregunta y realiza una entrevista. Pasa por un estricto proceso de formación durante 15 días en Madrid. Se convierte así en nuevo profesor de Vaugham en la capital vallisoletana. Hoy siete años después continúa allí como coordinador de profesores y es feliz. “Te das cuenta de lo importante que es tener una formación (se licenció en Relaciones Internacionales) en la que apoyarte”. Un loco del basket como él recalca la importancia de los estudios en sus charlas colegiales “hay que competir primero en clase y luego en la pista. La cancha es un premio”.
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Uno de los nuestros
Mike ha sido un excelente jugador y un apasionado del baloncesto. En mi opinión era un escolta en la carcasa de un base y como bien dice “el baloncesto siempre tendrá un hueco para un tirador”. Es un axioma universal del juego: al final hay que meterlas por el aro. Antes, ahora y siempre. El tiro es una moneda de curso legal en todas partes y el suyo salía limpio, pulcro, espontáneo, letal. Su ciencia residía en sus poderosos remos (piernas) y en el canto de sus muñecas.
Cuando echa la vista atrás, desgrana vivencias fantásticas y se le apelotonan los recuerdos. Echa en falta a su hermano Roberto (al que se le llevó un infarto), a su íntimo amigo Sergio Luyk y a su querido cuñado Lalo García. Conmueve y conviene recordarlos. La vida a veces da bocados de cruda realidad, pero Mike tenaz sigue su andadura con Paula y sus tres hijos (Mario, Sergio e Iñigo), que por supuesto juegan a basket.
Señala que “el deporte se lo ha dado todo… conocer gentes y lugares maravillosos, aprender a ganar y a perder, competir al máximo, respetar a rivales y a árbitros, acatar la disciplina del entrenador. Sé que es imposible, pero quiero devolver al baloncesto parte de lo que le ha dado…”
Y en esas está, en el maravilloso proyecto de reintegrar a Valladolid a la planta noble, de devolver la ilusión a una ciudad que siempre tuvo y quiso baloncesto del bueno, de categoría. La ciudad que alumbró una pareja única, Carmelo Cabrera-Nate Davis, que se emocionó con las lágrimas de Óscar, que se quebró con el dolor irreparable de Thikonenko, que rescató a Juan Corbalán o que resucitó a Sabonis. La ciudad de Luyk, García y Salvo, sí la ciudad de Sergio, Lalo y Quino. Esa ciudad merece recobrar su sitio.
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Y en esas está Mike, sin prisa, pero sin pausa. Sin gastar lo que no tienen. Llamando a las puertas de instituciones y empresas, volviendo la mirada a una cantera que siempre dio frutos. Ha convencido a un excepcional entrenador de la tierra, Paco García, para llevar a buen puerto su peregrina idea. Salen en LEB Plata con ocho chicos de casa. Paciencia, que habrá que ir quemando etapas. Suerte y al toro, pareja. ¡Aupa Pucela!
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Mil gracias a Santos por su hospitalidad y por abrirme puertas. Memorable el lechazo y la charla con Paco. Habrá que repetirlo.

No tengo palabras para Mike. Solamente gracias. Estoy seguro que se cumplirá otro de tus sueños. 

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