domingo, 2 de septiembre de 2012

¡Qué altos son!



Hace ya unos cuantos años, a mediados de los ochenta, el concejal o responsable de deportes de uno de los ayuntamientos de la sierra madrileña que tenía un conocido en el Real Madrid, se emperró en que los juveniles fueran a jugar un partido a la localidad. Una vez cuadradas las agendas, y para facilitar el desplazamiento, propuso al club recoger a los chicos y entrenadores en el Santiago Bernabeu. El día acordado, un sábado por la mañana, se presentó con un autobús acompañado de otros tres miembros del consistorio. Los chavales fueron subiendo al autocar y los cuatro se sorprendieron de la altura y fuerza de los mismos. Como el viaje iba a durar alrededor de una hora y el interior del vehículo era muy cómodo, decidieron echar una partidita de mus. En la segunda mano, uno de ellos, después de cortar, lanzó el siguiente comentario:

-          ¡Qué altos son!
-          Normal, tú. Qué quieres, son del Madrid, y a éstos los han alimentado mejor que a nosotros- sentenció el cabecilla. Y ahí quedó la cosa.




A pocos kilómetros del destino, entre envites y órdagos, otro de la timba ahondó en la observación:

-          Pues si son altos, si.

Medio pueblo les aguardaba en el polideportivo y a medida que los chicos iban bajando se sucedían las expresiones admirativas, “qué altura”. Con todos en tierra, se dirigieron a los vestuarios atravesando el campo de fútbol. Cuando el entrenador blanco se percató de que las gradas estaban prácticamente llenas preguntó a su interlocutor:

-          ¿Y toda esa gente?
-          Toma, pues a ver vuestro partido- respondió el otro.
-          ¡Cómo nuestro partido si nosotros jugamos al baloncesto!- espetó sorprendido el técnico.
-          ¿Al baloncesto? No jodas, si nuestro equipo es de fútbol. ¿Y ahora qué hacemos?

Comprobada la confusión, el edil intentó junto a los responsables de las instalaciones reunir a un grupo de críos de la localidad que jugaran al baloncesto y que quisieran disputar un encuentro amistoso contra el Real Madrid. Vista su imposibilidad, altavoz en mano, para arreglar el galimatías y calmar a la multitud, invitó a los asistentes a presenciar un entrenamiento con público del Madrid. El pabellón se llenó y la gente alucinó con la altura, saltos y canastas de los mozos, a los que posteriormente se invitó a comer, marchando de vuelta para la capital como si hubieran pasado un día de picnic. La anécdota, real, me la relató mi amigo Rafa “fenomenal”, que contagia pasión en todas sus vivencias, y no se me ocurrió mejor manera de ilustrar la génesis del nuevo artículo para glosar la historia de los hombres altos en España a través de varios personajes principales.

La evolución del baloncesto moderno viene marcada por el progreso físico y técnico de sus altos. Tiran y corren el campo como antes lo hacían los aleros y han hecho del mismo un deporte tridimensional. Como dice mi amigo Paco García, exjugador de categoría y mejor persona, ahora se juega a lo largo, a lo ancho y a lo alto. En los 80 con la defensa de ayudas y los dos contra uno se limitaron las posibilidades de los interiores, que ganaron algo de sitio con la aparición de la línea de tres puntos. En la actualidad los altos que juegan de espaldas al aro son raras avis en peligro de extinción. Como advertía Darryl Middleton, los jóvenes sólo piensan en parecerse a Michael Jordan, no les gusta pegarse en la zona (el público reconoce poco esa labor y los árbitros son menos condescendientes con sus acciones) y prefieren realizar lanzamientos abiertos. Su futuro pasa por ensanchar las dimensiones de la canchas, cultivar los fundamentos al poste bajo y enseñar a los exteriores a pasar dentro.

Tradicionalmente España siempre ha sido un país de bajitos, pero hace poco leí que, en proporción, la estatura media de sus ciudadanos era la que más había crecido de toda Europa. Según ese informe, mi estatura, 1,78 metros, es la del españolito medio actual, así que no sé si soy medio, mediano o mediocre. También somos un país de cachondos; el humorista Tono, no muy alargado él, se consideraba el gigante más pequeño del mundo.

Altos, pero casi anónimos, fueron Fede Alonso, 2,06 metros y Segun Aspiazu, 2,10 metros. Sus carreras en el Águilas de Bilbao y en el Atlético San Sebastián no llegaron a cuajar, pero fueron los primeros españolitos por encima de dos metros holgados que actuaron en la Liga Nacional.



Alfonso Martínez, el precursor

En los 60 el orgullo patrio lo defendía desde su atalaya de 1,94 metros Alfonso Martínez. Era un maño tozudo que desarrolló su dilatada carrera, jugó las 19 primeras ligas en un record que no se batiría hasta el incombustible Chichi Creus, en seis equipos.  Cuando se creó la Liga fichó con su hermano José Luis por el Real Madrid (le pagaban 15.000 pesetas al mes, que suponía una pasta en el momento),  para ganar los dos primeros Campeonatos y una Copa. Echaba de menos Cataluña y, ante la estupefacción de Saporta, se volvieron al Barsa para conquistar la tercera edición de la Liga. Cuando el presidente Enrique Llaudet deshizo la sección, dejándole a deber 120.000 pesetas, fichó por el Joventut donde permaneció diez temporadas. Luego jugó en el Picadero y el Mataró, del que salió por la puerta de atrás en el sentido literal de la palabra. Se negó a jugar porque le debían 800.000 pesetas y se encontraba enfermo. El entrenador le hizo vestirse y quedando tres minutos le sacó. Falló dos tiros libres decisivos , se consumó el descenso y trescientos hinchas le estuvieron esperando a la salida. Colgó las botas en el Breogan de Lugo.

Tiene el singular honor de haber ganado la Liga con tres equipos diferentes y  es el único también en conquistar la Copa con cuatro distintos. Vistió la camiseta nacional en 146 ocasiones y nadie le quita de la cabeza que no llegó a las 150 internacionalidades porque de esa manera la Federación se ahorró el Seat 600 que según lo establecido entonces le hubiera correspondido.

Fue el mejor reboteador del Europeo de Helsinki del 67 de milagro. En el último partido sin nada relevante por jugarse apenas jugó cuatro minutos. Díaz Miguel decidió premiar al joven Moncho Monsalve, con lo que su perseguidor, el finlandés Vainio, con cuatro rebotes obtendría el galardón, pero en el salto inicial se rompió los ligamentos de un pié.

Era tremendamente impopular entre la afición contraria “yo quería ganar siempre y eso me llevaba a discutir o a hacer un mal gesto que la gente no aceptaba” y a lo largo de su vida deportiva arrastró diferentes estigmas. De vividor “me lo gastaba todo. El dinero es para gastarlo y así lo he hecho siempre” (incluso se fundió los catorce millones de pesetas que pilló en una Primitiva en el 92). De rebelde, al desobedecer al General Querejeta, presidente de la Federación por aquellas fechas, negándose a subir a la chatarra de avión que les traía de vuelta Wroclaw-Varsovia en el Europeo del 63 para hacer el trayecto en taxi. De juerguista, se las tuvo tiesas con Díaz Miguel en el Mundial de Chile “hacia lo que me daba la gana y salía cada noche” ante la incredulidad de su compañero de habitación, Carlos Luquero; pero él reniega de tal fama “si hubiera sido así, no hubiera podido jugar hasta los treinta y nueve años”.

Había nacido para esto. Anotaba fácil (máximo encestador liguero en tres ocasiones) y era un reboteador de fino olfato. Tenía un don para ubicarse en la zona en la que se desenvolvía como pez en el agua. Sus cualidades técnicas y su conocimiento del juego hicieron de él nuestro primer gran pivot y, probablemente el baloncesto español, el que dio sus pasos iniciales en pistas de cemento, frontones y minúsculos pabellones, no se entendería hoy sin su figura.






Clifford Luyck, la revolución

Resumo el prólogo que del personaje hacía el maestro Carlos Toro en su serie Los Inolvidables para la Revista Superbasket: “Clifford Luyck no fue sólo un jugador, sino una revolución. Su estatura (2,03) causaba asombro entonces. Pero más aún la constatación… de que un gigante podía ofrecer un aspecto distinto al de una desmesurada chapuza genética y resultar proporcionado e incluso apuesto; la comprobación de que los movimientos y reflejos de los colosos conseguían ser los mismos que los que caracterizaban a los seres “normales”, pero bajo una lente de aumento. Luyck hacía el trabajo sucio con limpieza; el limpio, con brillantez. Se fajaba con elegancia; se lucía con distinción. Sus pugnas más encarnizadas con los pivots rivales poseían un toque de delicadeza y sus ganchos infalibles la majestuosidad de una bóveda catedralicia…”. Sublime.

Su aparición mutó el panorama del baloncesto en nuestro país. Hubo un antes y un después de Clifford Luyck.

Su traslado a España fue propio del mejor escapista. El siempre inquieto Pedro Ferrándiz que se hallaba por aquellos lares le echó el ojo en uno de de los encuentros de pretemporada que enfrentaban a su equipo, los Knicks (que lo habían elegido en el nº 3, sí 3, del draft del 62) de su Nueva York natal con los Celtics de Boston.

¿Qué le debió decir Pedro Ferrándiz para sacarle de su casa y traerle a jugar a un sitio que la mayoría de los estadounidenses no ponían ni en el mapa? “Un año, te fogueas y vuelves”, quizá. Vete a saber, pero su fichaje constituyó un hito histórico. Hasta ese momento los pivots apenas eran meros reboteadores, acarreadores de balón para que el equipo corriera, o intimidadores, torres que oscurecían los tiros de los rivales, pero Clifford llegó para ser una referencia, la primera opción.

No fue un viaje de ida y vuelta. Vino y se quedó para siempre con nosotros. Un empleado del hotel donde se alojó, José María Aybar, le tomó casi como a un hijo. Le introdujo en la cultura española, le enseñó castellano, se lo llevó a los toros y le familiarizó con el mus, del que dice que es el mejor jugador nacido fuera de nuestras fronteras. Al año se sentía más español que Cascorro. Se nacionalizó en el 66 y cuatro años más tarde conoció a Paquita Torres, Miss Europa, con la que se casó y tuvo tres hijos (Sergio, exjugador al que hace poco se llevó un maldito cáncer, Estefania, modelo de renombre, y Alex, quien también practicó el basket a nivel aficionado).

Fue jugador blanco 16 temporadas y su apetito ganador no pareció saciarse nunca tras 12 Ligas, 11 Copas de España y 6 Copas de Europa con el Madrid y la Medalla de Plata en Barcelona 73 con la Selección, cuya roja camiseta vistió en 150 ocasiones.

Según confiesa, su mejor partido, y son unos cuántos buenos, lo realizó ante los rusos del TSKA de Alachatchan, Korneev, Volnov, Travin y Lipon. Hizo 30 puntos y, tras ser eliminado por faltas, recibió tal ovación de los 20.000 espectadores del Estadio Lenin de Moscú que aún la recuerda. Perdieron 88-81 para enjugar la diferencia en el Frontón Fiesta Alegre, 76-62, y obtener el segundo entorchado europeo consecutivo.

Tras su retirada emprendió una exitosa carrera como entrenador con las categorías inferiores blancas para posteriormente pasar al primer equipo como ayudante de Lolo Sainz. Como primer espada del banquillo también ganó la Liga con Sabonis como principal baluarte. Como anécdota decir que entrenó al Atlético de Madrid de Gil que jugó en Villalba.




Romay, el primer siete  pies

Con catorce años recibió una llamada en su domicilio de La Coruña de Tomás González, entrenador del juvenil del Real Madrid. Éste le preguntó si era verdad que medía 1,90 metros y Fernando le corrigió. Medía 2,02 metros. El gallego desconoce quién descubrió su existencia, pues no jugaba al baloncesto, sólo entrenaba con el Bosco. Para la prueba en la capital le tuvieron que prestar unas zapatillas de Walter abiertas en la puntera. No existían en ese momento zapatillas de su número (un 52 entonces, un 56 en su madurez).  Ese día confundió a Pedro Ferrándiz con el encargado del material. Todavía tardaría cuatro meses en llegar un calzado deportivo de su medida desde Estados Unidos.

En su familia no había antecedentes deportivos, así que con gran esfuerzo y visión de futuro sus padres aceptaron la propuesta del Real. El chico nunca había estado fuera de casa y durante el primer año lo pasó fatal. Vivía en una pensión y le costó adaptarse. Tenía morriña, pero le echó horas y horas en el pabellón con Eduardo Pedraza, Tomás González y Ramón Guardiola para mejorar su nivel físico y técnico. Al segundo año la situación mejoró en lo personal (llegaron nuevos compañeros al hostal, Beirán,Seara y luego “Indio” Díaz, Nicolau y Carlos Herreras, para formar un grupo acogedor) y en lo deportivo (ya jugaba en el equipo, quedaron campeones de España juveniles y le convocaron para la selección junior). Su progresión sería evidente: dos años en el junior (obtuvo el bronce en el Europeo de la categoría en Santiago de Compostela del 76, en el que Iturriaga fue designado en el cinco inicial del torneo, y la plata en el de Rosetto 78, con la histórica generación del 59), pasó al Tempus con Rafa Peiró como entrenador y vuelta al Madrid en la temporada 79/80 junto con José Luis Llorente e “Indio” Díaz.

Su etapa Real concluyó en el 93 con infinidad de títulos, pero con el amargo regusto de no gozar nunca de un papel plenamente protagonista. Por la época no se hablaba de rotaciones y los minutos de los jugadores suplentes estaban contados. Los roles quedaban más definidos y a Fernando le taparon los americanos y en su día el tercer extranjero. Se valoraba su defensa, su intimidación, su rebote y su primer pase de contraataque.  Pasó de “eterna promesa” a jugador revelación”, pero le faltó luz para alumbrar como una estrella. No es que no se le viera; muy al contrario, en ocasiones su corpachón se hacía notar demasiado y era el blanco de los de gris que sancionaban sus acciones con falta. Fue importante, pero no imprescindible; destacado, sin llegar a determinante.

Donde más rindió fue en el equipo nacional. Fernandito era mimado por Antonio Díaz Miguel que le aportaba la confianza y los minutos que reclamaba en el Real. En el Mundial de Colombia (cuartos), en el Europeo de Nantes (plata) y en los Juegos de Los Ángeles (plata) alcanzó la titularidad. Sin duda fueron sus momentos cumbre como jugador.

Juan Fernández, presidente del OAR, que le había perseguido temporada sí y temporada también, se lo llevó a Ferrol (donde ya estuvo a punto de recalar en el curso 81/82 cuando Clesa le ofrecía un puesto como directivo al término de su carrera). Colgó las botas en el Anway de Zaragoza, desechando posteriores ofertas de Gijón y Gran Canaria.

De carácter alegre e inquieto aceptó la propuesta del atleta Coloman Trabado para jugar al fútbol americano con los Panteras de Madrid. Ganaron la liga aunque su participación fue bastante testimonial.

Polifacético y con labia ha participado en diferentes programas y concursos televisivos y ha sido comentarista habitual de los partidos de baloncesto en TVE. Generoso como pocos siempre ha estado junto a los más necesitados, colaborando con multitud de asociaciones para las más variadas causas sociales.

“Romay sin el baloncesto no sería nada” declaró en su retirada. Fernando humanizó a los gigantes, los metió en nuestras casas. Integró al personaje en la persona, a la atracción circense en un deportista. Abrió una puerta, la de los jugadores muy grandes, que hasta entonces había permanecido cerrada y por la que después pasaron Ferrán Martínez, Antonio Martín, Juanan Morales, Carlos Ruf o Santi Aldama. Otros como Miguel Tarín (2,17) se quedaron por el camino. Le enseñaron a andar y sufrió varias operaciones. Unos dicen que pudo y no quiso; los menos, que quiso y no pudo. Unos alegan que le mimaron mucho y le dieron demasiada confianza; otros que no le entendieron y le perdieron pronto la fe. Se quedó en un bicho raro, un excéntrico. El tupé, las largas patillas, el pendiente y la chupa de cuero le convertían en un sospechoso habitual, en un rocker muy alto sin pinta de jugador de baloncesto. Asqueado del deporte se trasladó a Granada con su mujer y su hija para dedicarse a la crianza y adiestramiento de perros.


Dos Ángeles

Una mañana de julio del año 98, en el segundo día de la pretemporada con su equipo el Telekom lisboeta, el corazón de Ángel Almeida dejó de latir. El pivot canario de 2,15 metros formado en la cantera del Barsa fallecía a unos días de cumplir los 25 años. Internacional español en todas las categorías, había recuperado en Portugal la ilusión por el baloncesto “me he vuelto a sentir jugador y no un tío alto que sólo sirve para hacer la rueda de calentamiento”, en el que curiosamente entró a través de su padre, taxista de profesión, que había informado a su pasajero, el futbolista canario del Barcelona, Gerardo, de la estatura de su hijo.
Ángel Castiblanque “Angeloso” tuvo más suerte. Al pivot de 2,13 metros se le detectó en un examen rutinario una dilatación de la arteria aorta que le obligaba a abandonar el deporte profesional con 23 años. Acordó una polémica indemnización con el Estudiantes y se operó en Estados Unidos donde pudo terminar los estudios. Se cortó de raíz una más que prometedora carrera, pero continuó con su vida.
Valga mi recuerdo para los dos y para otro gigantón maño, Rafa Martínez Sansegundo, que nos dejó al poco de volver de Houston, donde fue intervenido de un problema cardiaco.




La parada de bus

Allí fue donde un entrenador de cantera del Fuenlabrada descubrió a Roberto Dueñas, un chico enorme de 2,19 metros con una envergadura de 2,27 y un 58 de pié. Fichó por el club y se puso a trabajar con Ángel Manzano y José Ortiz. Enterado Aíto a través de Juan Llaneza , le convocó para un entrenamiento de exhibición en el Palau y decidió su contratación, con el acuerdo de que permanecería un año más en el club del sur de Madrid por petición expresa del chaval.

Sabida la noticia se le colgó el sambenito de “AntiSabonis”. Él con la cabeza muy bien amueblada sólo pedía tranquilidad y tiempo, disipando falsas expectativas. Le operaron de la hipófisis y al año siguiente se incorporó al Cornellá de Agustín Cuesta vinculado al Barsa. Fue entrando en la dinámica del primer equipo azulgrana y prosperó en lo físico (tenía que ganar velocidad sobre todo en los desplazamientos) y en lo técnico. Confiando en su progresión, el técnico madrileño hizo los fichajes pensando en Roberto y a fe que éste no le defraudó. Ganaron la tercera liga consecutiva, rompiendo por vez primera el factor cancha y con el joven como MVP de la final ante el Madrid (13 puntos, 12 rebotes en el quinto partido con una audiencia televisiva de 6 millones de espectadores). Don Alejandro, poco dado a regalar los oídos, estaba rendido valorando “su capacidad de trabajar y aprender. Es una persona muy inteligente”.

Dueñas era consciente de que transcurrido el aprendizaje inicial su evolución sería más lenta en el futuro. Había asimilado con celeridad y los técnicos veían un margen importante de mejora en su progresión física, en el tiro desde la cabeza de la bombilla y en sus recursos técnicos en el poste bajo. Con Steve Trumbo, por ejemplo, ganó colocación para el rebote de ataque.

Drafteado en el puesto 58 por los Chicago Bulls, con el tiempo decidió aparcar sus sueños americanos para “adueñarse” de la competición doméstica. Seis Ligas, dos Copas, una Korac y una Euroliga y una plata con la selección lo contemplan. Hubiera sido el segundo jugador español en jugar en la NBA. Si Fernando Martín puso la primera tilde en la Liga, Roberto hubiera aportado la primera Ñ.

Sus achaques físicos, fundamentalmente de espalda, fueron menoscabando su rendimiento y, tras marchar al Girona y apenas jugar en el Joventut, decidió cerrar su etapa como jugador.

Pese a los baches producidos por la bisoñez inicial y por las lesiones después, marcó una década gracias a su excelente visión y lectura del juego y a su poder de intimidación.

De gran corazón, cuando se enteró de que Milovan Tasic, antiguo jugador yugoslavo, estaba viviendo en condiciones tan difíciles que había solicitado ayuda a su federación en la búsqueda de un piso y en la localización de un calzado de su número por la dificultad de encontrarlo en las tiendas de su ciudad, decidió enviarle un par de sus zapatillas.




El advenimiento de E.T

Según las últimas informaciones la NASA confirmó el avistamiento de un OVNI el 6 de julio de 1980 en Barcelona. Todo hace indicar que del mismo salió un ser alargado que atendía al nombre de Pau Gasol Sáez. Más tarde vino a nuestro mundo su hermano Marc y entre ambos acaudillaron una generación que dominó el baloncesto europeo la primera década del siglo XXI. Como el Viejo Continente se les quedó pequeño, estiraron las piernas para cruzar al otro lado del charco y convertirse en All Stars. Al mayor eso le pareció poca cosa y ganó la Liga en dos ocasiones con el equipo más famoso del mundo, Los Ángeles Lakers.

Para cerrar el círculo estos días se ha conocido que el pequeño Adriá, ya 2.09 la criatura con 18 años, ingresará en el equipo de baloncesto de UCLA (la universidad más laureada de la historia) el curso que viene. De traca. Serán las alcachofas de Sant Boi de Llobregat… que diría el gran Montes.

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