viernes, 24 de mayo de 2013

La casa de los Martínez (Arroyo, claro)


Para el ciudadano medio español ya madurito, el título inicial del artículo le traerá a la memoria la magnífica serie (luego llevada al cine) que a finales de los sesenta tenía postrados ante el televisor a millones de personas que seguían las peripecias de la singular familia. Para el avezado en el deporte, el común apellido no necesitaría de la aclaración entre paréntesis, pues sabría que alude a una de las más grandes dinastías que ha dado el mundo de la canasta. El patronímico va asociado al Estudiantes desde su creación y ha perdurado seis décadas después. La saga (como otras tantas en el club: los Bermúdez, Codina, Ramos, Sagi-Vela, Martín, Reyes, etc) merecía un relato, que centraré en su representante más reconocido, Juan Antonio, y sus dos hijos varones, Pablo y Gonzalo.

 
En el principio de los tiempos, que diría Manolito Gafotas, en la postguerra, un grupo de chavales comenzaron a practicar en su instituto un deporte hasta entonces minoritario, el baloncesto. Cautivaron al profesor de latín y jefe de estudios, Don Antonio Magariños, y con su apoyo formaron un equipo y comenzaron a competir a nivel regional bajo el nombre del instituto Ramiro de Maeztu. Problemas logísticos les hizo trasladar durante un año su cancha de juego fuera del centro educativo hacia el cercano barrio de Prosperidad y cambiaron la denominación del equipo, para el que los chicos no se rompieron la cabeza cuando idearon el nombre: Estudiantes, pues todos tenían esa condición. Corría el año 47 y Luis Martínez Arroyo fue miembro cofundador de esa primitiva plantilla, cuyo tesorero y también jugador era José Luis Cela, el hermano del insigne Premio Nobel de Literatura. A Luis se le unió su hermano Manolo en el primer equipo para quedar campeones de la 1ª B . Manolo inauguró una singular tradición: fue el primer “traidor” de la historia del club al fichar por el Real Madrid. Luis jugó nueve campañas para los colegiales y desde la 53-54 ya formaba parte de la junta directiva. La temporada precedente a la de la creación de la Liga Nacional supuso su último año en activo. Su vida seguiría ligada al club como directivo, entrenador del equipo filial u organizador de los campeonatos internos del Ramiro.

En el mismo año, 1944, que Luis había llegado al instituto para iniciar su bachillerato, vinieron al mundo los gemelos de la familia, a los que pronto les entró el gusanillo del baloncesto. Fernando jugó durante 8 temporadas en Estudiantes y luego desarrolló durante años una ingente labor como gerente. Juan Antonio inscribió su primera licencia a los 12 años y es el jugador estudiantil que durante más campañas ininterrumpidas ha jugado en su primer equipo. 

Juan

El chico apuntaba cualidades desde muy joven. Su equipo, dirigido por Roberto Bermúdez, cayó en la final del Campeonato de España de la categoría ante el Madrid entrenado por Ferrándiz (con el que el destino le llevaría a cruzarse en múltiples ocasiones) y que tenía en Pepe Laso y Sevillano a sus mejores jugadores. Con 17 años Jaime Bolea ascendía al senior al pujante escolta, en lo que se presumía una campaña, la 61-62, complicada, tras la salida de Abreu, Podi Codina y Salaberría. Pero Juan se hizo con el puesto de titular, que nunca abandonaría en su carrera, y terminó como octavo máximo anotador del campeonato, lo que unido a la gran temporada de José Ramón Ramos (tercero en la tabla de encestadores) les haría quedar terceros en Liga y llegar a la final de Copa ante el Madrid. El año además pasaría a la historia por la célebre autocanasta de Alocén ordenada por el genial Ferrándiz, que obligaría a la FIBA a cambiar el reglamento. La guinda la puso la convocatoria a la selección junior de Antonio Díaz Miguel para el Europeo de Bolonia, donde el dúo estudiantil tendría una actuación muy destacada para traerse la medalla de bronce, tanto que José Ramón fue el máximo anotador del torneo. Lástima que a mediados de noviembre declinaran la invitación para acudir con la selección absoluta en la exótica gira por Taiwán y Filipinas, pero el viaje les ocasionaba un serio contratiempo en sus estudios. 

El curso 62-63 sería histórico para Estudiantes por el subcampeonato de Liga, las tres victorias sobre sus eternos rivales (que llevaban dos años sin perder) y el título de Copa en San Sebastián. El escenario, el Frontón Urumea, con una parte de su superficie de parquet y la otra de cemento. Para los encuentros ligueros el inteligentísimo Bolea había desplegado una táctica tan simple como eficaz: colocar a sus pivots en las esquinas para alejar de la zona a los pivots blancos, Luyk y Burgess, y que sus talentosos exteriores (Martínez Arroyo, JR Ramos y Chus Codina) pudieran jugar libremente un tres para tres frente a sus equivalentes en el Madrid (Sevillano, Sainz y Emiliano). En la Copa no podían inscribirse extranjeros, por lo que el juego era mucho más abierto e igualado. En la segunda parte, la cuarta falta de José Ramón Ramos (26 puntos) y el tirón en el cuádriceps de Emiliano condicionaron el choque. Juan cogió el testigo anotador (25 puntos), bien apoyado por Codina (18 puntos) para cerrar la victoria (94- 90). Las 15 horas de vuelta en una tartana de gasóleo merecieron la pena. Les esperaba una cena ofrecida por el club ¡con langosta! que algunos cataron por primera vez y el jamón que compró el patriarca de los Ramos, que degustaron todos con voracidad salvo el musulmán “Baby” Mimoun. 

En mayo el trío fue llamado por Joaquín Hernández, a la sazón entrenador entonces de la Selección Española y del Real Madrid, para disputar el Pre-Europeo ante las débiles Libia y Portugal, en lo que constituyó la primera de las 70 internacionalidades de Juan, con 8 puntos en su debut. Ese otoño del 63 resultó de lo más convulso. Hernández los citó nuevamente para los Juegos del Mediterráneo de Nápoles que servirían de preparación al Europeo de Wroclaw posterior, pero Ramos y Martínez se autoexcluyeron para acudir a sus exámenes de septiembre. Anselmo López intercedió en su favor y pudieron incorporarse al grupo en semifinales. El torneo concluyó con una exitosa plata que suponía 6.000 pesetas para cada jugador. Pero la bula obtenida no fue del agrado del entrenador que sometió al voto de los jugadores el reparto de la parte de la prima proporcional de los dos jugadores ausentes en esos tres primeros partidos: el plebiscito sólo recogió el voto en contra de Chus Codina. El ambiente se enrareció, haciéndose palpable el antagonismo Estudiantes-Madrid, Anselmo López-Raimundo Saporta. En Polonia tras un aterrizaje milagroso del Dakota, al que Alfonso Martínez se negó a volver a subir, afloraron las desavenencias: los jugadores y técnicos rechazaron el lúgubre hotel escogido y se marcharon al de los directivos; el terceto estudiantil compartía habitación triple y almorzaba en una mesa separada del resto; Codina tras el partido contra los rusos le cantó las cuarenta a Hernández en el vestuario y fue apartado del grupo. A todo esto se añadirían más contratiempos a lo largo del campeonato: Juan Martínez Arroyo pilló una gripe que le tuvo postrado en cama y sólo pudo comparecer el último día ante Bélgica, Buscató también cogería un buen resfriado, Lluis se rompería el tobillo izquierdo, Monsalve se dañaría una cornea y Sevillano se lastimaría un tobillo. El séptimo puesto final (con Emiliano designado como mejor jugador) suponía el liderato de la Europa Occidental, pero quedó la incógnita de saber a dónde se hubiera llegado de mediar una mejor convivencia y no establecerse un hospital de campaña en mitad de la competición.

En una decisión sin precedentes y del todo errónea e injusta, la directiva colegial enseñó la puerta de salida a Jaime Bolea para ofrecer el cargo de entrenador-jugador a Chus Codina y así evitar que el base aceptara una suculenta oferta del Reus. Como en la época los jugadores del Ramiro no cobraban, los dirigentes disfrazaron la propuesta bajo esa nueva fórmula. Para dar la razón al Madrid, que había pretendido ficharle ese verano, Juan se estrenó en la siguiente Liga con victoria ante los blancos. En la vuelta se marcó un partidazo, aun con derrota, haciendo 28 puntos en el Frontón Fiesta Alegre en el primer encuentro televisado en la historia del Estu. 

El experimento duró un año. Se marchó Codina y la junta directiva, contraria a la idea del patrocinio y el profesionalismo, dimitió en pleno. Anselmo López presidió una junta gestora y evitó la desaparición del club, a la vez que tuvo el buen ojo de ofrecer a Juan Martínez Arroyo trabajo en una de sus empresas, Transfesa. Se puso en manos del preparador físico, Francisco Hernández, la dirección del equipo; no llegó a estar cómodo con las cuestiones técnicas y a mitad de año presentó su dimisión, pero los jugadores le obligaron a reconsiderar su postura. Los chicos estaban como toros y se terminó en una muy meritoria cuarta plaza. Juan Martínez Arroyo y José Ramón Ramos fueron convocados por Ferrándiz para disputar con la selección el Europeo de Tiblisi y Moscú, donde el alicantino cosechó uno de los pocos y sonados fracasos de su vida deportiva.

En la temporada siguiente, 65-66, José Hermida accedió a la presidencia colegial y fichó a un mago, a Ignacio Pinedo, posiblemente el mejor entrenador de la historia del club. Así lo asegura Juan en el artículo titulado El irreductible que le dedicó J. Dioni López en ACB.com “Es el entrenador de más calidad que he tenido. Tenía las ideas muy claras para adaptarse a las altas y bajas y todos los años confiábamos en que a él se le ocurriera algo”. El excepcional e imprescindible trabajo “Club Estudiantes, 60 años de baloncesto” lo ratifica: “Pinedo no era amigo de tácticas”. Decía: “Como esos dibujitos que hacen en la pizarra hago yo cien en media hora…” “Hay que elegir a los once mejores posibles y a uno que toque muy bien la guitarra”. Y encontró un músico excepcional en Juan Antonio Martínez Arroyo, al que hizo capitán y trasladó del puesto de escolta al de base, convirtiéndose en el más inteligente director de orquesta de la época. De su batuta saldría el baloncesto inteligente que el aire tranquilo del donostiarra preconizaba, con una fuerte defensa, un ritmo endiablado, un ataque sencillo aprovechando las cualidades de los suyos y un factor motivacional imprescindible para que el jugador se creyera el mejor. Listo como pocos, cuentan que cuando iba a salir a entrenar se escondía primero, echaba una miradita para saber si estaban todos y si faltaba alguna de las figuras esperaba un rato hasta que llegaban, haciendo ver que el que se había retrasado era él. Pinedo cada año se reinventaba y encontraba felices soluciones a las bajas que el dinero ajeno ocasionaba, vía fichajes, en su plantilla. Así en la campaña 67-68, con “La Nevera” ya cubierta se alcanzó el tercer puesto y en un partido histórico le destrozó la Liga al Madrid con dos canastas épicas de Emilio Segura, que tres minutos antes había salido por nuestro protagonista, eliminado por faltas. Ese año tres talentos estudiantiles terminarían entre los diez primeros anotadores del Campeonato: Martínez Arroyo (3º), José Luis Sagi-Vela (6º) y Vicente Ramos (9º). Al final de esa temporada se organizó en Barcelona un curioso campeonato mundial para jugadores bajitos (inferiores a los 180 centímetros); al conjunto español de jugones lo dirigía, quién si no, Ignacio Pinedo, con Juan como uno de sus principales componentes. Se alzaron con la plata por detrás de Estados Unidos. 

Las lesiones le diezmaron en la siguiente campaña, excelente para el equipo que ocupó la segunda plaza a una victoria de los merengues: la ausencia de Juan resultó determinante en la derrota en casa por dos puntos. Al final de la misma, Díaz Miguel, a pesar de su maltrecha salud, le convocó para los Juegos Olímpicos de Méjico. Los problemas musculares que arrastraba no le permitieron disputar los encuentros preliminares, pero sí conocería a los míticos Oscar Robertson y Jerry Lucas que formaban parte de un combinado que en Cincinatti se enfrentó a España. Ya en la villa, se puso en manos de José Luis Torrado, entonces masajista de la selección de atletismo y las hierbas y masajes de éste sanaron el isqueotibial de Juan y el bíceps clural del saltador italiano Gentile que obtuvo medalla olímpica. Cuenta la leyenda que a lo largo de los años los emplastes de “El Brujo” casi le cuestan un disgusto, pues en cierta ocasión, enterada la comitiva rusa de las bondades del fisioterapeuta recurrieron al gallego para tratar a uno de sus pivots; la temperatura del ungüento era tan alta que el gigante aulló de dolor, con lo que en segundos entraron dos miembros del KGB provistos de metralletas. A Torrado no se le ocurrió otra cosa para demostrar que las quejas del ruso no eran para tanto que meterse el invento en los testículos… cuando llegó a su habitación le ardía todo. Bueno, el caso es que tras perderse los dos primeros partidos de competición olímpica ante Estados Unidos y Filipinas, que acabó como el rosario de la aurora con paliza a José Luis Sagi-Vela incluida, Juan debutó ante Méjico y jugó otros cinco partidos, siendo clave en la victoria ante Italia en la disputa por el séptimo lugar, realizando probablemente su mejor partido con la selección, de la que se retiraría (junto a Emiliano) tras el triste Europeo de Essen. 

En aquellos años Juan vivió la diáspora de sus más talentosos compañeros: José Ramón Ramos al Picadero, Aito al Barsa, Vicente Ramos al Madrid o su entrañable José Luis Sagi-Vela al Kas bilbaíno, que pagó un millón de pesetas de las de entonces que sirvieron para colocar parquet en La Nevera. En realidad, Lester Leane venía a por la parejita, pero Juan además de ingeniero industrial no tenía un pelo de tonto y le dijo en cheli al americano que nones cuando le ofreció la mitad del salario que a su compañero. Se conoce que los centímetros valían más perras. Fue testigo directo y actor principal en la inauguración del nuevo Polideportivo en 1970. Si en los albores del nuevo milenio Juan Carlos Navarro patentó su “bomba”, tres décadas antes otro Juan registró su célebre “chiribito”: tomaba el balón en el centro de la bombilla, fijaba a su oponente, le engañaba con una finta que hacía caer para atrás al defensor, lo que aprovechaba el base para levantarse en el aire y lanzar al centro del tablero. Eran dos, seguro. Esa fue la primera canasta oficial que vio el Magariños. Estrenó la camiseta con publicidad del llamado Estudiantes Monteverde. Abrió competición europea con el Estu, la Recopa, donde en semifinales fueron eliminados por el Estrella Roja de Asa Nikolic y Moka Slavnic. Colgó las botas y tras 18 temporadas en el club (13 en su equipo senior) recibió un homenaje en octubre del 74, pero esa temporada Estudiantes caminaba por tierras movedizas y la sombra del descenso se hacía más alargada. Se lesionaron los dos bases, Nacho Pinedo y Quintero, y Fernando Bermúdez que había sustituido a Codina pensó en Juan que llevaba 9 meses inactivo. Se reunió con los hermanos Bufalá y entre los tres le convencieron para que regresara. Quedaban siete partidos y había que ganar un mínimo de cuatro (que fue lo que se hizo) para salvar la categoría: la historia siempre traerá la victoria épica en el Palau con 10 puntos y la dirección magistral de Martínez Arroyo. No contento con eso, metió al equipo en la final de la Copa ante el Madrid, en lo que supuso su retirada definitiva… y la de Ferrándiz (tras su décimo primer doblete). Los viejos aficionados estudiantiles tienen en Juan a su Cid particular. 

Juan Antonio Martínez Arroyo encarna la fidelidad a unos colores (Ferrándiz reconoce que fue el único jugador al que no pudo fichar y, como San Pedro, Juan le negó no una sino tres veces). Ejemplifica el baloncesto amateur, pues antepuso sus estudios de Ingeniería Industrial a los cantos de sirena del vil metal e incluso a las convocatorias de la Selección Nacional. Los que tuvieron el gusto de verlo jugar le consideran el base más inteligente de su tiempo y el mejor arquero conocido en la calle Serrano… de su cuerda salían al contraataque las más veloces y certeras flechas en forma de aleros (los Ramos, Aíto, los Sagi-Vela, Victor Escorial…) que se recuerdan por aquellos lares. 


Pablo

Ser los hijos de un mito no ha de resultar sencillo, más si cabe cuando practicas la misma disciplina deportiva que tu progenitor. Ya podían meter 30 puntos y dar 10 asistencias que siempre encontraban la réplica en la grada de algún veterano seguidor que apostillaba “el bueno de verdad era el padre”, pero Pablo y Gonzalo decidieron no entrar en comparaciones y asumirlo con cierta naturalidad. 

Pablo tenía (tiene) especial facilidad para los deportes de pelota (es un excelso jugador de tenis y de golf) con la particularidad de que es diestro para todos ellos, excepto para el baloncesto. Como alumno del Ramiro desde siempre tuvo una pelota naranja entre las manos. Aún conserva nítido el recuerdo de su primera camiseta blanca ¡sí, blanca! con sus letras en rojo y su número 4 en el premini de Estudiantes. Estaba en cuarto de EGB y desde entonces (salvo el año que estuvo en un high school en Miami) fue escalando por todas las categorías inferiores del club. Crecía idolatrando al genial Isiah Thomas, del que tenía un poster en su habitación. En abril del 87 Miguel Ángel Martín le convoca para la selección nacional cadete, pero en verano se suspende el Europeo que había de celebrarse en Grecia. En juveniles coincide con una generación colegial sobresaliente: en enero del 89 ganan la final del prestigioso torneo de Hospitalet al Grupo IFA con un triple en el último segundo de Joe Alonso (una enciclopedia de fundamentos dentro de un cuerpo no demasiado esculpido para el basket que paseó su talentazo durante años en la LEB); Pablo haría 11 puntos y su amigo Alfonso Reyes, nominado mejor jugador, 28. En la primavera, en San Javier, se llevan de calle el Campeonato de España ante el mismo oponente en la final (93-78) con 25 puntos de Pablo, 19 del gran Ángel Castilblanque (qué pena lo de su dolencia cardiaca), 26 de Alfonso Reyes y 12 de Joe Alonso. Todavía le emocionan las palabras de su entrenador, Pepu Hernández, dos horas después: “Pablo, gracias por esto”. Su talentoso y atrevido juego no pasa desapercibido para Wayne Brabender, que le reclama para disputar con la selección junior la Copa Mediterráneo en Venecia (hace un total de 46 puntos y ganan el torneo). Como si se tratara de una premonición, debuta con el primer equipo ese 24 de mayo en el Día del Minibasket en el Magariños ante la Universidad de Arizona del célebre Lute Olson y asiste a la exhibición anotadora de su idolatrado compañero Ricky Winslow que convierte 49 puntos. 

En septiembre se asoma al Torneo de la Comunidad de Madrid y disputa una eliminatoria de Copa ante el Cajacanarias. Para las navidades tras cubrir con el combinado nacional los torneos de El Corte Inglés y el Seis Naciones, es llamado con urgencia por Miguel Ángel Martin para cubrir la baja del lesionado Azofra. Abandona la concentración de Pepinster, se estrena con 2 minutos ante el Grupo IFA y sale tan airoso en los 10 minutos que juega en la victoria en Girona ante el Valvi (72-75) que Miguel Ángel Martín pide un aplauso para él en el hotel y participa en otros dos encuentros ante Villalba y Joventut. Luego de participar en el primer partido de play off en el Palau, una lesión en verano le incapacita para el Europeo Junior de Holanda, del que su amigo Alfonso Reyes regresa como Mejor Jugador. En el estío una cruel enfermedad se lleva a los 46 años al entrañable José Luis Sagi-Vela, compañero durante cuántas tardes de parquet y charla de Juan Antonio.

En la temporada 90-91 ya se fraguaba un gran Estudiantes con el Barsa como verdugo en la final de Copa y las semifinales ligueras, pero fue en el curso siguiente, 91-92, cuando el grupo se doctora. Pablo ocupa el sitio de Antúnez que había emigrado al Madrid, Alfonso Reyes se gana un sitio y Aísa buscaba una oportunidad. Con la media de edad más baja de toda la ACB, jugaban de memoria. 13 victorias seguidas de salida. En la previa de la Copa de Europa Pablo se fractura el tobillo derecho; su falta la suple con solvencia un gran Quique Ruiz-Paz que también lleva el basket en los genes. El Viejo Continente asiste a victorias insospechadas ante rivales de postín: Aris Salónica, Partizán, Phillips Milán… Pero el equipo llega tan justo a la Copa nazarí y con tan poca fe que ni siquiera tiene reservado hotel para el segundo envite. Nacho Azofra se ha magullado seriamente un codo y su concurso parece imposible. El marrón se lo comen Juan Aísa y Pablo. Un triple del primero echa al Madrid de cuartos. Pablo hace el partido soñado en las semis ante la Penya con 17 puntos y una soltura descomunal y el Estu se mete en su segunda final copera consecutiva vistiendo el uniforme posiblemente más bonito azul claro (que representa la rama de letras) – oscuro (la de ciencias) de la historia del Estudiantes. El CAI Zaragoza del “sheriff”, el gran Manel Comas, les espera. Como no hay dos sin tres (y era el torneo de los bases colegiales), el “Cura”, mediada la segunda parte, echa mano de un mermadísimo Azofra, que sin poder tirar y apenas botar, roba dos balones y recarga las pilas de sus compañeros para investirse campeones. La celebración fue de las que hacen época y Pablo se dio el gusto de vivirla con su hermano que había acudido como tercer base. Cuentan que Gonzalo vio muy de cerca el techo del garito con los manteos del grupo. 

Dos días más tarde esperaba en los cuartos europeos el Maccabi en su mítica Mano de Elías. Un punto en la prórroga separa al equipo de la gloria. En la vuelta el vendaval irreverente de los mocosos del Ramiro arrasa a los hebreos. Para el partido de desempate el Palacio se viste de gala: esto es, turbantes, chilabas, velos, gorros,… Quizá en el club no se haya conocido otro ambiente igual (en las imágenes televisivas no se adivinaba un hueco ni en las escaleras). “La Demencia”, la madre de la ciencia, parece dar cabida a todo el pabellón. Pero el partido iba a costar sangre, sudor y muchas lágrimas… de alegría. Fue tosco, trabado y con muchos nervios. Dos acciones fundamentales de Pablo, con 5 descarados puntos seguidos y un robo de balón, ponen al Estu por delante, pero la última posesión es macabea. Bloqueo por línea de fondo para reciba y tire el letal Doran Jamchi, que resbala donde antes había caído Pedro “Picapiedra” Rodríguez y no puede atrapar el balón. El delirio, la locura, el paroxismo. El Estu se va a Estambul chin pun, a Estambul chin pun. Lo vivido a orillas del Bósforo sólo sería una fiesta para los aficionados. La sensación de los jugadores fue otra bien distinta, tras recibir dos palizas y no entrar en ningún momento en los partidos.

Aún sin final feliz, los encuentros de semifinales ligueros ante el Joventut han pasado a los anales del Ramiro. Los madrileños se adelantaron 0-1 en Badalona, pero el daño que les hizo la derrota en Cataluña en el segundo tras regalar dos prórrogas fue irreparable. En Madrid, tablas, un partido para cada uno. En el regreso al Olímpico victoria final para la Penya, con un Estudiantes que llevó ventaja hasta el descanso. Con 21 años Pablo alcanzó su cénit.

El trienio posterior supone un trasiego de jugadores importante con las semifinales ligueras como techo. Al final del primer año termina el ciclo del mejor dueto americano conocido en el club, Pinone y Winslow. Concluido el segundo quien sale es Azofra. El tercero supondría el último de Pablo. Compartiría puesto con su hermano Gonzalo y con “Chinche” Lafuente, pero resultaría un ejercicio de lo más agitado con el cese de Miguel Ángel Martín y el advenimiento de Pepu. La eliminación en dos partidos por el Unicaja marcó el séptimo puesto. Pablo lideraría la clasificación de mejor porcentaje de tiros libres de la Liga, pero su juego no terminó de asentarse y puso rumbo a Cáceres (en el 97 sería pieza importante en el subcampeonato de Copa donde se deshace del Estu). Inicia un lento peregrinar que le conduce al Ciudad de Huelva, al Forli italiano (en el que compartió vestuario con el famoso “Sugar” Ray Richardson) y al Le Mans francés. No cuaja, no se asienta y las continuas lesiones minan su confianza. Con 29 años decide poner fin a su carrera y en 2001 retorna al Estu como coordinador del club deportivo y crea las Series Colegiales bajo un mensaje “Jugar al baloncesto en el colegio será la mejor experiencia de tu vida”. Se suelta como “plumilla” y colabora en distintos medios de comunicación (ya apuntaba maneras en la conmovedora carta de ánimo que en la revista Gigantes dirigió a su compañero Ángel Castilblanque). Codirige TSC, una empresa dedicada al asesoramiento, da charlas en centros educativos y comenta los partidos de Euroliga. Su gran talento le llevó hasta un punto medio del camino “chaval, como quieras ser profesional sin defender, no creo que te dejen muchos años”, le auguraba su padre. En Gigantes hacía una cruda reflexión: “O me faltaba nivel o la gente no confiaba en mí… No podía ir todo el mundo en dirección contraria a mí: si no encontraba un lugar en la ACB o donde yo quería era por algo. Seguramente estuve más tiempo de lo que un niño sueña”.


Gonzalo

El benjamín de la prole también se tiraba horas entre canastas. Y no se le daba mal. En su primer partido federado en el Colegio San Patricio asombró a su progenitor y a su hermano con 28 puntos en la victoria de su equipo 36-31. Desde su diminuto cuerpo dominaba los partidos. Fue estirando, pero se quedó en ciento setenta y tantos centímetros… muy justitos para llegar a la élite, salvo que tuvieras el talento natural, la velocidad, el tiro y la cabeza de Gonzalo. Sus potentes piernas le dotaban de un salto tan portentoso que la metía para abajo. En agosto del 91 acude al Europeo Juvenil de Salónica; en el plantel destaca por encima de todos Ricardo Peral, muy bien escoltado por Alzamora, Escudero, Montaner y Luengo, pero el cerebro del grupo que vuelve con el bronce es Gonzalo, que de paso anota 72 puntos en los 7 partidos disputados. 

El 92 es el año más exitoso en la dilatada historia del Estu, el año de Kobi, de los maravillosos Juegos Olímpicos de Barcelona, donde todos comprobamos que la vida es sueño al asombrarnos con el Dream Team. Ese verano trajo una nefasta noticia para el baloncesto patrio, el “Angolazo” y otra particularmente mala para la familia Martínez: preparando el Europeo de Hungría con la junior, Gonzalo se rompe los ligamentos de su rodilla izquierda. Las lesiones le habrían de limitar y perseguir a lo largo de su carrera. 

Tras la salida de Mike Hansen (un escolta de tiro prodigioso más que un director de juego), Gonzalo compone en la temporada 94-95 la terna de bases del primer equipo junto a su hermano Pablo y Lafuente. En competición europea hace la canasta europea ante el Alba de Berlín, en una suerte que repetiría unas cuántas veces en el tiempo. Pero la hermanada sociedad sólo habría de durar un año: en el verano del 95 Pablo busca nuevos aires y retorna el hijo pródigo, Nacho Azofra. En el último minuto de un partido de pretemporada en Valladolid, Gonzalo choca contra la base de la canasta y se rompe el tendón rotuliano de su rodilla derecha. Su lugar lo ocuparía su amigo y compañero de siempre Paco García y se fichó de urgencia al “Conguito” Jennings. No vuelve a jugar de continuo hasta el curso 96-97: Herreros había partido hacia el Madrid, pero el bloque se recompone y termina en una privilegiada tercera posición. Gonzalo completa una magnífica campaña, pero en agosto del 97 se rompe el cruzado de su rodilla derecha. Otros seis meses, con sus correspondientes días y horas, parado.

Especial protagonismo cobraría Gonzalo en la campaña 98-99. La Korac se disputó en Magariños, y allí toman ventaja los que han vivido su frío y conocen sus traicioneras tablas. En octavos ante el Ruda Slaska polaco muestra sus mejores virtudes, en semis un triple suyo en el último segundo gana el partido en Bélgica, pero Chandler Thompson se hace polvo el cruzado en la vuelta en el momento clave de la temporada. Ya en la final les espera el Barsa que se lleva un revolcón en el Palacio en un partido sublime de los del Ramiro; sin embargo en el Palau los azulgranas voltean la diferencia de 16 puntos que se habían llevado en contra y obtienen el título. En la competición doméstica Gonzalo se sale en el cruce con el Tau Vitoria con 15 puntos en 16 minutos en el tercer partido y 10 puntos, 4 asistencias y 4 balones robados en 17 minutos en el cuarto. El Barsa, su bestia negra particular, les corta el camino el camino hacia la final.

Si en Granada Gonzalo había sido un convidado, en la Copa del 2000 en Vitoria fue ya un actor principal en el título y la coronación de los hermanos Reyes. La visita a Magariños de Pablo (10 puntos) con el Le Mans condujo a un singular duelo fraternal con 8 puntos de Gonzalo. Las semifinales europeas ante Unicaja y domésticas ante el Madrid enmarcarían un gran año (mira que si Adecco aprovecha el cierre patronal USA para traerse a Michael Jordan…) con el sabor agridulce del tiro fallado bajo aro por Thompson en el Pabellón blanco. El Madrid ganaría la Liga y tentaría al pequeño de los Martínez y a Felipe Reyes para cambiar de acera. 

En junio del 2002 Pepu decide fichar a un base americano, Corey Brewer, y Pedro Martínez le invita a dirigir su proyecto en el Gran Canaria. Gonzalo, con el rol de titular, plasma el juego de conjunto diseñado por su técnico y durante tres años entran en play offs practicando un baloncesto rápido, sencillo, ordenado y vistoso. La llegada de Salva Maldonado y el fichaje de Marcus Norris le llevan al banquillo, pero promedia 18 minutos del partido. Un triple final suyo, con 16 puntos (8 de los últimos 13 de los insulares), evita que Estudiantes entre en las eliminatorias por el título. Para el siguiente año los del Ramiro contratan a Pedro Martínez y el catalán vuelve a acordarse de Gonzalo que regresa a su casa. Las cosas no marchan bien y a mitad de año es destituido. Un jovencísimo Mariano De Pablos salva los muebles, pero apenas permanece un año en el cargo. Un triple de Gonzalo da el triunfo ante el Madrid ante la locura de la grada. En la temporada siguiente con el fantasma del descenso apareciendo por el Ramiro contratan a Perasovic que posterga a Gonzalo. Éste no desfallece y sus pinceladas de calidad son decisorias en la increíble remontada (con ayuda arbitral) en enero ante el León. En mayo con el agua al cuello y la nave a punto de zozobrar, el croata se acuerda de Gonzalo en el angustioso partido contra el Menorca en casa: le pone a falta de dos minutos para el descanso y ya no lo vuelve a quitar. Su equilibrada dirección y las heroicidades de Pancho Jasen dan un triunfo agónico. El Estu salva en León la categoría con 7 puntos en 18 minutos de Gonzalo y un partidazo de Sergio Sánchez (30 de valoración). Su último viaje le conduce a Murcia, pero “al comenzar la temporada me di cuenta que no estaba al nivel para aportar al equipo… Cada año me ha costado más jugar porque siempre he estado en desventaja. Progresivamente el baloncesto ha sido más físico y rápido y últimamente veía una inferioridad exagerada que no suplía tan bien con otros recursos que tenía” declaraba tras su precipitada retirada en diciembre a Miguel Panadés en Gigantes, que le definía con gran tino “Un base con carnet”. Su honesta decisión puso fin a una dilatada carrera acotada por su físico y masacrada por las lesiones que no difuminan siquiera la enorme calidad de Gonzalo. Qué merito.

En mayo del 2009 fallecieron, con horas de diferencia, Luis Martínez Arroyo (cofundador de Estudiantes) y Juan Francisco Moneo, presidente del club durante 15 años. “Sal Moneo que esto se pone feo”, le cantaba con gracia La Demencia. Quién sabe si el futuro nos deparará algún chavalito de la estirpe ganando partidos para los del Ramiro. De momento, comparto la pasión de la familia por el basket y alabo el mensaje que Pablo transmite en sus charlas “el baloncesto como herramienta para educar en valores como el trabajo en equipo, el respeto a las reglas del juego, la aceptación de la derrota y la necesidad de esforzarse y de competir al máximo para lograr sus objetivos”. Amén.

Muchas gracias a la familia Martínez Arroyo por el agradabilísimo rato que me dedicó y especialmente a mi amigo Coque que lo hizo posible. 

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