domingo, 7 de abril de 2013

Tkachenko, Sabonis y la antigua CCCP


Año 1972. Plena Guerra Fría, la CIA y la KGB. Estados Unidos y la Unión Soviética se disputan el mundo. El deporte se sobredimensiona y no escapa al enfrentamiento entre las dos grandes potencias.

El 1 de septiembre, tras 34 años de reinado soviético, Bobby Fisher, probablemente el mayor genio que haya dado la historia del ajedrez, se imponía en Reikiavik a Boris Spassky y su tropel de 36 grandes maestros. En el ciclo de candidatos había dejado a cero, en un hecho sin precedentes, a los maestros Taimánov y Larsen. A la capital islandesa, después de varios desplantes, acudió sólo, tras una llamada de Henry Kissinger. Después de múltiples exigencias y arbitrariedades, no asistió a la presentación del torneo, llegó 6 minutos tarde a la primera partida que perdió y alegando que le molestaba el sonido de las cámaras se negó a jugar la segunda. Remontó ese 2-0 en contra y tras un mes y medio se hizo con el título. No volvió a jugar ningún torneo oficial. A pesar de los 5 millones de dólares que ponía como bolsa el dictador filipino Ferdinand Marcos, rehuyó defender el título en 1975 contra el nuevo genio ruso Anatoli Karpov. Paranoia, miedo a perder, quien sabe… 

En 1984 el joven Gari Kasparov disputó el Campeonato Mundial a Karpov en el inicio de una de las rivalidades más notables de la historia del ajedrez (sólo comparable a la vivida en la primera mitad de siglo por Capablanca y Alehkine) y del deporte. El novel acusó los nervios y perdió las cinco primeras partidas, pero reaccionó y se hizo con las tres siguientes. Tras 6 meses y un día se anunció la suspensión del campeonato, que volvió a celebrarse en septiembre en Moscú al mejor de 24 partidas. Kasparov se coronó con 22 años y estableció un nuevo orden. Era el símbolo de la Perestroika. Gari retuvo el trofeo en las ediciones del 86 y del 87. La celebrada en Sevilla tuvo una cobertura mediática sin parangón: la última partida retransmitida en directo por TVE por el gran Leontxo García alcanzó una audiencia de 13 millones de espectadores. En el 90 en Nueva York y sin banderas de por medio por exigencias de Kasparov a la gresca con el régimen, conservó el título. Cuando años después Gari, feroz opositor a Putin, fue encarcelado, Anatoli fue de los pocos que intentó visitarle y eso no lo ha olvidado el azerbayano por muy enemigos que fueran delante del tablero. 

Los Juegos Olímpicos de 1972 celebrados en Munich quedaron marcados por tres hechos: terroristas palestinos con el sobrenombre de Septiembre Negro entraron en la Villa y retuvieron y asesinaron a varios deportistas israelíes, el nadador Mark Spitz obtuvo 7 medallas de oro y la URSS ganó el título de baloncesto en la final más polémica del olimpismo.

Así es, el 9 de septiembre (8 días después de la pérdida del cetro ajedrecístico) los soviéticos, repararon la afrenta. Doug Collins había puesto por delante a los yankees a falta de 3 segundos con dos tiros libres. Kondrashkin, que en los días previos a los Juegos sustituyó a Gomelski ante el temor de que éste, según un soplo de la KGB, pidiera asilo a los israelitas, solicitó tiempo muerto que no le fue concedido. Transcurrieron dos segundos, sacaron de fondo y el balón tras tocar en un jugador ruso salió del campo. Los americanos se abrazaron celebrando la victoria, pero el secretario general de la FIBA, William Jones ordenó retrotraer el cronómetro a esos 3 segundos. Edeskho dió un pase de canasta a canasta, Forbes y Joyce se entorpecieron en el salto y Alexander Belov anotó bajo el aro. La URSS ganó 51-50. Durante el tumulto, el entrenador derrotado, Henry Iba, perdió la cartera. Esas medallas de plata están guardadas en un banco de Zurich. Los estadounidenses, que volvieron a la patria como los soldados de Vietnam, se negaron a recogerlas. 

Nuestros personajes de hoy nacieron en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y tienen en común su desmesurada altura y una carrera lastrada por las lesiones. El relato no podría titularse “Lucha de gigantes” como la maravillosa canción de Antonio Vega, pues aunque se enfrentaron con sus respectivos clubs, no rivalizaron como sus compatriotas ajedrecísticos. Compartieron selección y marcaron una época, pero su reinado podía haber sido más extenso y prolijo de haberles respetado la salud. Son dos grandes, dos gigantes: Vladimir Tkachenko y Arvydas Sabonis. 

Valodia

Si por la época la RAE (Real Academia Española de la Lengua) hubiera andado más viva, habría incluido como sinónimo de gigante el término Tkachenko, pues todo patio de colegio que se preciara tenía algún chico muy alto y desgarbado al que le apodaban de esa guisa. 

Vladimir nunca pasó desapercibido. Ruso de Sochi, en la parte oriental del Mar Negro, desde niño (que no pequeño) su largura llamó la atención: 1,90 metros a los 12 años, 2,12 a los 15, para pararse en 2,21 a los 19 y un 64 de pié. Curiosamente su primer torneo grande fue en Santiago de Compostela: obtuvo la plata del Europeo junior de 1976 y su primera nominación en un quinteto ideal junto a nuestro Juanma Iturriaga, en lo que serían el mostacho y la barba más reconocibles del basket europeo durante tres lustros. Ese mismo año acudió a los Juegos Olímpicos de Montreal donde los americanos de Dean Smith recuperaron el oro. Rusia cayó en semifinales (con dos puntos de Tkachenko) ante la gran Yugoslavia comandada por un imperial Kikanovic que anotó 27 puntos y se hizo con el bronce a costa de la débil Canadá (8 puntos del gigante). Hasta la irrupción de Ricky Rubio en Pekín, Tkachenko era el medallista olímpico más joven del deporte de la canasta con 19 años. 

En el Europeo del 77 de Ostende se convirtió en el principal quebradero de cabeza del maestro Nikolic, pero el buen trabajo de las torres balcánicas, Jerkov, Radovanovic y especialmente Cosic con 19 rebotes equilibraron el poderío interior ruso. Fue el mejor de su equipo (16 puntos y 18 rebotes en la final) y máximo reboteador del campeonato, pero no evitó que Yugoslavia ganara holgadamente (74-61) con Dalipagic como jugador más valorado de la cita.

Al año siguiente en el Mundial de Filipinas, se reprodujo el resultado, pero con un desenlace más emocionante. Sergei Belov había ajustado el marcador con tres canastas consecutivas y Myskhin forzó la prórroga, pero la quinta falta de Vladimir tras el salto inicial marcó el devenir del encuentro. Los yugoslavos se colgarían el oro tras el 82-81 y el ruso sería elegido otra vez en el quinteto ideal, tras ser la principal baza ofensiva soviética al promediar 14,6 puntos. 

El 79 sería su año de gloria en el Europeo de Turin. Pese al tropiezo inicial ante España, en el que la dupla Tkachenko (20 puntos) y Belostenny fue bien sujetada por los postes hispanos, Santillana (24 puntos) y De la Cruz (23), los soviéticos se rehicieron ante sus rivales más enconados. Los yugoslavos les habían derrotado desde 1973 las últimas once veces que habían jugado, pero los rusos les tenían muchas ganas. Su dominio reboteador (19 rechaces más que los eslavos) y la aparición de un joven Tarakanov fueron decisivos para su victoria. En el último partido de la fase inicial se impusieron a la escuadra local con 23 puntos de Tkachenko y otros tantos de Myshkin. Una serie de sorpresivos resultados arrojaron un finalista advenedizo en estas lides, la Israel del gran Miki Berkowitz, que nada pudo oponer ante el arsenal soviético. Tkachenko redondeaba su enorme campeonato con 29 puntos que le convertirían en el MVP. A final de año la revista la Gazzeta dello Sport le reconocería como Mejor Jugador Europeo del año con tan sólo 22 primaveras. 7
La Olimpiada de Moscú 80 traería el mayor fiasco del baloncesto soviético. En los meses previos a la disputa de los Juegos, Vladimir se hizo un corte muy feo en su mano derecha que le limitó durante los mismos. Italia les eliminaría en semifinales, la gran Yugoslavia subiría a lo más alto del cajón y la URSS se tendría que conformar con un bronce que traería represalias internas, por ejemplo para Belov que tras prender la antorcha olímpica en el Estadio Lenin, fue apartado de la selección, ignorado en el proceso sucesorio inmediato a Gomelski y suprimida su pensión como deportista emérito. Eran los tiempos duros de Breznev.

Praga volvió a ser testigo en el 81 de una nueva final entre la URSS y Yugoslavia. La primera generación de oro balcánica estaba dando sus últimas bocanadas. Los soviéticos se harían con su decimotercer título, segundo consecutivo, con desahogo y relativa sorpresa, pues la incorporación de Valters les había dotado de una velocidad hasta entonces desconocida al contragolpe. Valters, Kikanovic, Dalipagic, Myskhin y Tkachenko compondrían el quinteto del campeonato.

Gomelski, El Zorro Plateado, urdió un plan para atraer a las dos torres gemelas del Stroitel de Kiev, al TSKA, el equipo del ejército rojo: los llamó a filas. En verano el Mundial 82 de Colombia supuso su último gran cénit como jugador. Sus 12,6 puntos por partido resultaron vitales en la captura del oro tras el tiro final errado por Doc Rivers y la exhibición (31 puntos) del finísimo Myshkin. Un espigado príncipe lituano empezaba a despuntar y se vislumbraban serios achaques en Vladimir que ya nunca le abandonarían. Se perdió el Europeo de Nantes y el boicot impidió su presencia en Los Ángeles. En la cita europea de Stuttgart, Rusia fue un rodillo, pero sus limitaciones físicas y el empuje de los nuevos valores (Volkov, Tikhonenko) empezaban a relegar a Valodia. En España sólo actuó la mitad de los encuentros mundialistas y Atenas 87 representó su despedida de la selección, rindiendo a buen nivel, pero sin poder impedir que el Dios Gallis situara a Hellas en lo más cúspide. 

El corpachón de Tkachenko no tomó ningún tren moderno de vía estrecha. El aperturismo de Gorbachov le cogió mayor y mermado. El AVE de la NBA al que se subieron con éxito sus compañeros Sabonis y Marciulionis no pasó por su puerta: hasta Seúl los estadounidenses apenas se detenían en los escaparates del baloncesto europeo. Su salida al exterior en 1990 lo trajo a Guadalajara, entonces filial del Madrid. Wayne Brabender, entrenador blanco, dio el visto bueno a su contratación por 3 millones de pesetas oficiales (dicen que 10 reales), pensando en él como alternativa en un momento dado a Stanley Roberts. No se dio el caso. Realizó una notable temporada (15,7 puntos y 8 rebotes), llegando a liderar la 1ª B para terminar en cuarta posición. Sólo fue un año, pero dejó un gran poso entre los alcarreños. Su cuerpo dijo basta, la espalda le machacaba y las rodillas y los tobillos ya no le sostenían. El deporte de élite exprime los cuerpos, los lleva al límite y sin el descanso y los cuidados debidos, los esfuerzos pasan factura. En cierta ocasión el gigante, permaneció un buen rato inerte en la cancha sin poder levantarse; una hernia de hiato y otra de disco se lo impedían. 

Como verán por los datos de hemeroteca, Tkachenko fue un tío grande de este juego que marcó una época, aunque un tanto efímera. Ha sido injustamente relegado, no se le ha puesto en valor. No era un simple reclamo por su descomunal físico. La Rusia de esos años llegó a jugar para él y para sus terroríficos aleros que le circundaban. Si ganaba la posición dentro, aunque con un repertorio de movimientos limitado, era imparable. Taponaba y dominaba el rebote con claridad. Al final de sus días ganó mano y por la Alcarria hasta se atrevía a lanzar triples con cierta puntería. Hace poco se le vio vetusto y encorvado en un encuentro de los veteranos del CSKA y el Zalgiris que no pudo disputar.

Sobre él se cuentan mil anécdotas. Entraron a robar en su casa mientras dormía y los ruidos le despertaron; cuando se enfrentó a los cacos, éstos huyeron despavoridos de tal manera que uno llegó a saltar por la ventana (de un tercer piso) y se rompió unos cuantos huesos. Las autoridades del Telón de Acero le detuvieron por evasión de divisas (por la época era muy común entre los jugadores soviéticos cambiar pantalones vaqueros por caviar en sus viajes y venderlos a su llegada a la patria para sacar unos cuantos dólares de contrabando, pero al que le cogían…); así se tiró un par de años castigado sin salir de Rusia. Iturriaga relataba en sus memorias que la expedición madridista contempló sorprendida como Tkanchenko esperaba cola en la parada del autobús para volver a su casa a la salida de un partido que acababan de disputar. Juan De la Cruz contaba un día que era tan grande que en cierto lance notó que le oprimía a ambos lados de la cintura, pensando que le tenía agarrado con las dos manos; cuando se giró comprobó asombrado que una de ellas la tenía en alto y era la otra la que le atenazaba y abarcaba todo su talle. Chechu Biriukov alucinaba viéndole subido a un toro mecánico en la Sala Macumba de Madrid… 

En fin, un gigante inmerecidamente postergado, arrinconado en el desván de los vagos recuerdos.


Sabas

El amigo Sabonis me acompañó un montón de años al colegio. Sí, es verdad, mi carpeta iba forrada por la foto de Nuevo Basket en la que destrozaba el tablero del antiguo Pabellón de la Ciudad Deportiva del Madrid. Si mérito tuvo el chaval, más le doy a Del Corral por ponerse debajo (qué huevos tenías Alfonso).

Llamándose Arvydas Romas Sabonis podía pasar por un personaje de La Princesa Prometida. En su niñez parecía encaminar sus pasos hacia el mundo del ajedrez o la música hasta que se cruzó en su camino Juri Fiodorov y cambió el destino del cuento. Se trataba de un formador excepcional, un entrenador de baloncesto de método universal, que no etiquetaba a los chavales por su estatura, sino que intercambiaba sus posiciones en el campo y planteaba sus ejercicios de técnica individual para todos por igual. Le tuteló desde los 12 años. Otro, cuando el adolescente empezó a estirar exageradamente (medía 2 metros a los 13 años, 2,09 a los 15, hasta detenerse en 2,17 en su madurez), hubiera restringido su campo de acción a la pintura, pero Juri no. Sabas era delgado, coordinado, potente y listo. Leía el juego como un base, tenía la mano de un alero de la tierra y los pies de una bailarina del Bolshoi. Lituania, caldo de cultivo de innumerables escoltas de robustas piernas y fina puntería y aleros polivalentes, había descubierto a un pivot capaz de hacer cualquier cosa sobre una cancha. 

La XVI Spartakiada se celebraba en Vilnius y a ella acudían las selecciones de las diferentes repúblicas que pertenecían a la CCCP. La camada de chicos de 1963 y 1964 era excepcionalmente buena. Apunten algunos de los nombres que luego han sonado: Sabonis y Marciulionis acudían por Lituania, José Biriukov era la estrella y capitán de la favorita selección moscovita, Tikhonenko era la principal referencia de Kazajistan, Volkov de Ucrania y Miglenieks de Letonia. Contra pronóstico los locales se harían por un punto con el torneo y Sabonis fue elegido mejor jugador; Chechu Biriukov ocupó la segunda plaza y la derrota la recuerda como una de las más tristes de su vida. Esa generación se presentó en agosto del 81 en Grecia para arrasar en el Europeo Cadete. La Yugoslavia de Drazen Petrovic y la España dirigida por un atónito Miguel Nolis a la que Sabonis le cascó 39 puntos, serían dos de sus víctimas. 

En la temporada 81-82, con 17 años, Garastas lo pone a jugar en el Zalgiris, donde realiza una excepcional campaña, pero pierde la cabeza en el primer partido de play off ante el Dynamo de Moscú, agrede a Govalenko y es sancionado sin poder cumplir el resto de la eliminatoria, que caería del lado de los moscovitas. Gomelski ha detectado su potencial y se le lleva a la selección absoluta para disputar el Mundial de Cali. Toma contacto con el grupo, juega 5 de los 9 partidos con una media de 9,2 puntos, se pica en concursos de triples con el gran Miskhin, y se vuelve con el título. En junio sus compañeros de la junior se habían llevado por delante a Yugoslavia, 97-87 en la final del Europeo de Bulgaria, con Drazen Petrovic, 42 puntos en la final bien respondidos por los 36 de Biriukov, como MVP.

A iniciativa de Gomelski, la Federación Rusa decide realizar una gira por Estados Unidos en la que competirán contra 12 universidades en otros tantos partidos a lo largo de 3 semanas. El Zorro Plateado quiere foguear a los nuevos talentos e iniciar un proceso de renovación del equipo nacional. Sabonis impresiona al panorama baloncestístico americano. Promedia 18 puntos y 9 rebotes, supera (con 25 puntos, 9 rebotes y 3 tapones) al alemán Uwe Blab en su duelo contra la Indiana de Bobby Knight a la que derrota y pone sobre aviso para los próximos Juegos de Los Ángeles, y hace tablas en su enfrentamiento con el mejor jugador universitario del momento, Ralf Sampson. A los 13 puntos, 25 rebotes y 9 tapones del norteamericano, opone 21 puntos, 14 rebotes y 4 tapones. El viaje supone un gran éxito: sólo pierden 3 partidos, dos de ellos por un punto y el otro tras dos prórrogas y muy casera actuación arbitral en Virginia.

A pesar de sus 24 puntos, un tiro de Epi le deja fuera de la final del Europeo de Nantes donde se ha de conformar con el bronce. Durante el torneo ha destrozado dos tableros y ha entrado por derecho propio en el quinteto ideal del mismo junto a Corbalan, Gallis, Epi y Meneghin. Casi nada, cuando todavía no había cumplido los 18 años.

Pero los soviéticos no guardan medida, ignoran su descanso y le convocan para el Mundial Junior de Palma un mes después y así cierra el verano con otra plata de una quinta que por calidad debería haberlo ganado. Fue una muestra de lo que venía: Villacampa, Montero, Binelli, Pichi Campana, Schrempf, Marciulionis, Thikonenko, Volkov, Sokk, Andrew Gaze, Kenny Walker…

El boicot ordenado por Andropov nos dejó con las ganas de saber qué hubiera pasado en Los Ángeles, si el rodillo ruso (tras apalizar a todos sus rivales en el Preolímpico de París) hubiera podido con la selección universitaria de Michael Jordan y Pat Ewing, marcialmente dirigida por Bobby Knight.

La campaña 84-85 trajo varios regalos para Sabas. Su tío, carpintero de profesión le obsequió con una cama nueva de 2,30 metros tras ganar la Liga con el Zalgiris, después de transcurridos 51 años desde la última. En junio se corona como el Mejor Jugador del Campeonato Europeo de selecciones celebrado en Stuttgart: en semifinales le hace un roto de 33 puntos a Italia (al descanso llevaba 26) y no tiene piedad con Checoslovaquia en la final, a la que endosa 23 puntos. La URSS también triunfa en la Universiada de Tokio con canasta postrera de Chomicius. El único desengaño le vino en primavera, en Grenoble, donde el Barsa de Mike Davis, Otis Howard y Manolo Flores le arrebata la Recopa. 

La tristeza de la dura derrota frente a su odiada Cibona de Petrovic en mayo del 86 cuando se le cruzaron los cables y se autoexpulsó tras una agresión a Nakic, vendría parcialmente compensada dos meses más tarde en el Mundial de España. En semifinales, la URSS se enfrentaba a los plavi: tienen el partido perdido a falta de 49 segundos con 9 abajo; Sabonis anota un triple a tablero, Tikhonenko otro, Divac comete pasos y Valters sobre la bocina con otro lanzamiento de 3 puntos lleva el encuentro al tiempo extra. El Palacio de los Deportes de Madrid es una locura: ¡Rusia, Rusia! grita la enfervorizada hinchada (quién lo hubiera supuesto algo más de una década antes). Acceden a la final y caen frente a USA personalizada en el marine David Robinson y el diminuto Tyrone Bogues.

La cuerda se tensa hasta que… se rompe

Durante la preparación del Mundial había sentido molestias en su tobillo derecho. En Tenerife hace un parón en los entrenos y en San Sebastián le diagnostican una rotura fibrilar en el talón de Aquiles. Recae en el inicio de la campaña 86-87 y apenas juega con su equipo: su participación se limita a la Copa de Europa y a la final de liga ante el TSKA. A tres semanas del Europeo de Atenas, se rompe el talón del pié derecho en la concentración de Novogorsk. Le opera el Dr. Vestutis Vitkus que le cose minuciosamente el tendón roto con finísimos hilos sintéticos. Al poco de retirársele la escayola, se cae por las escaleras de su casa y se lo vuelve a destrozar, necesitando una segunda operación. En el lento proceso recuperador le ayuda Aleksandras Kousakas, antiguo preparador de atletas de campo a través, con el que combina la natación, waterpolo y el remo (Arvidas llegaba a tener un ritmo de paladas de 42 por minutos, superior al de algunos integrantes del equipo nacional). 

Gomelski se mueve entre bastidores y recaba la ayuda de los americanos. Ted Turner, propietario de los Atlanta Haws y de la CNN, media con los Blazers, que le habían escogido en el puesto 24 de la primera ronda del draft. Se desplaza hasta Portland, donde permanece tres meses y medio en la clínica del prestigioso Dr. Cook “le curé como hubiese curado a un vietcon”, declaraba. En Oregon ponen a su disposición un lujoso apartamento y disfruta de su pasatiempo preferido, la pesca, en el río Clackamas, y practica el remo en el lago Oswego. Lo del idioma es otro cantar “o el aprende inglés o nosotros lituano”, llegan a afirmar desde el club. John Thompson, el entrenador de la universidad de Georgetown que dirigirá el combinado olímpico estadounidense hace suyas las palabras de Lenin “los capitalistas nos venderán la cuerda con que les ahorcaremos”.

Regresa a la Unión Soviética. El juego interior ruso está seriamente tocado: una hernia discal ha dejado fuera de combate a Tkachenko y Belosteny se acaba de recuperar de una lesión de rodilla en un accidente automovilístico. Sólo Goborov y el tierno Pankrasnkin están sanos. Su inclusión en el equipo genera un debate nacional: “si fuera mi hijo no jugaba en dos años”, asevera el Dr. Cook; “no debe jugar, es un riesgo gravísimo”, implora el Dr. Vitkus. Se prueba en un 3 x 3 y entrena con muchísima cautela sin poder apoyar del todo el pié (todavía le restan unos grados para su flexión completa). En contra de la opinión médica lituana, el consejo facultativo del Sports Comité da el visto bueno. Gomeslki deja en su tejado la última palabra: “Es mi pie, pero también mi cabeza. Cuenta conmigo”, responde Sabas dos días antes del viaje a Corea.

El oro (milagro) de Seúl

Se movía como dentro de una pompa de jabón. “No sé como estoy en realidad. No me atrevo a encestar hacia abajo. No juego desde hace dos años”. Bill Wall el “insigne” jefe de la ABA-USA profetiza “tendrá suerte si supera vivo la primera mitad del partido ante Yugoslavia”.

Probablemente Gomelski no haya sido el entrenador más revolucionario de la historia del baloncesto (sus arcaicas trenzas, ochos y tijeras daban ya sarpullidos en la época), pero sí uno de los más listos y el más adecuado para aunar los distintos caracteres y sentimientos de rusos, lituanos, letones, estonios, ucranianos o kazajos. Se ganó el respeto de sus jugadores. A un grupo lleno de talento le convenció de la importancia de Sabas, que marcaría de manera determinante el ritmo a jugar durante el torneo. A una batería de letales tiradores (Kurtinaitis, Chomicius y Tarakanov) se le unía la fortaleza y el poder de penetración de Marciulionis y la versatilidad de Tikhonenko y Volkov. A la derrota inicial ante Yugoslavia no le dieron excesivo crédito. Lo vital era ir cogiendo tono y que Sabas fuera creciendo. La victoria contra Brasil les dio alas para el enfrentamiento en semifinales ante Estados Unidos. La defensa yankee había resultado asfixiante para sus rivales, pero no contaban con tiradores de solvencia. Sabonis y Volkov se convirtieron en el arma secreta para ayudar a Sokk y Miglienieks (que habían tomado el relevo del indisciplinado Valters, al que Gomelski no había llevado a los Juegos) en la salida de la presión. La URSS con un sólido Sabonis (13 puntos y 13 rebotes) derrotaba a la advenediza USA en un día aciago para David Robinson y Danny Manning (0 puntos). Su entrenador John Thompson echaba balones fuera y señalaba con el dedo acusador a los Blazers que habían recuperado al gigante lituano, y a los Haws, Bucks y distintos equipos universitarios que se habían enfrentado a los rusos a lo largo de los últimos años. 

En la final si se vio algún asiento vacío era porque los estadounidenses habían comprado catorce mil de las veinte mil localidades del aforo. A la misma llegaron los soviéticos con el convencimiento único de la victoria. Tras el inicio fulgurante de los yugoslavos (12-24), Sabonis echó el candado a la zona para completar una actuación descomunal (20 puntos, 15 rebotes y 3 tapones en 37 minutos) y Marciulionis hizo mella desde el perímetro (21 puntos). La URSS se hacía con un nuevo entorchado olímpico apoyada en un gigante que meses antes estaba postrado en una silla de ruedas. Probablemente la larga convalecencia le hizo entender a Sabas, al que se le había acusado antaño de cierta dejadez, displicencia o apatía, de la importancia de lo que significaba el baloncesto y volvió mentalmente mucho más fuerte. Incluso en la sala de espera del control antidoping, con unas cervezas de por medio, restañó viejas heridas con Drazen Petrovic, que esta vez se portó como un señor “para que alguien juegue como Sabonis, en las condiciones que ha tenido que reaparecer, se necesita ser un superjugador” , declaraba el genio de Sibenik.

La Perestroika

La reconstrucción iniciada en 1985 por Mijail Gorbachov trae consigo la glasnost (la apertura) hacia el exterior del régimen comunista soviético, la independencia de sus principales repúblicas y la salida de sus mejores deportistas. Si bien las condiciones iniciales son un tanto leoninas para sus protagonistas. En el caso de Sabonis lo que pagó el Forum por él y por Chomicius (casi un millón de $) a través de una firma de colonias, Victor di Milano, se dividió en tres partes: una para Moscú, otra para Lituania y el Zalgiris, y un 20% (lo normal era solamente el 10) para los jugadores. 

De esta manera el presidente del Valladolid, Gonzalo Gonzalo, lo trajo a España en una operación maquiavélica en el verano del 89, recordado además por la incorporación al equipo de Miguel Juane a través del Decreto 1006 por primera vez en el deporte español. Los desvelos diarios del fisioterapeuta Miguel Ángel Salcedo y el doctor Javier Alonso le rehabilitaron definitivamente. Éste ha labrado una estrecha amistad con Sabas. Cuenta que para su tratamiento diario era conveniente no haber desayunado, pues había que tener mucho estómago para ver el tobillo amoratado y ensangrentado cada mañana. El gigante le invitó a su boda en Kaunas y según relata en una entrevista en Gigantes se tiró 15 días borracho; le era imposible encontrar otra bebida que no fuera coñac, champán o fundamentalmente vodka. Una mañana en Pucela, el médico tuvo la ocurrencia de montar en el ascensor con la madre del artista (la buena señora pesaba 150 kilos), el aparato no aguantó la carga, cedió, se descolgó, y no se mataron de milagro. 

Fueron 3 años a orillas del Pisuerga llevando a los pucelanos a los play offs por el título y otro trienio en la Casa Blanca. Los madridistas recuperaron la hegemonía perdida: hicieron doblete el primer año (llevaban 6 temporadas sin catar la Liga), se llevaron el título liguero el segundo y conquistaron la añorada Copa de Europa en el tercero. Algunos directivos merengues objetaban continuamente que el lituano ganaba mucho (cierto, cobraba mucho más que Radja en Roma o Danilovic en Bolonia), pero la sección no ha vuelto a pasar por un periodo tan florido desde entonces. Probablemente ha sido el mejor jugador que ha pasado por la ACB: sus números así lo demuestran: 20,3 puntos, 12,4 rebotes y ¡28 de valoración! así lo demuestran.

A principios de los 90 se reunió con Juan Antonio Samaranch y logró acelerar el proceso para que su Lituania compitiera en los Juegos de Barcelona 92 donde alcanzaron la medalla de bronce frente al Equipo Unificado de la desmembrada Unión Soviética. Sabas se salió con 27 puntos y 16 rebotes para preservar el orgullo patrio. 

En el 95 se quedó con las ganas de conseguir el Campeonato Europeo de selecciones celebrado en Atenas, con su recién creado estado. Yugoslavia volvía a las competiciones internacionales tras las sanciones de la ONU. La final es recordada como uno de los mejores partidos de baloncesto del Viejo Continente. Divac, Danilovic, Djordjevic y Bodiroga desafiaban a Sabonis, Marciulionis, Karnisovas y Kurtinaitis, entre otros. Fue el encuentro de los 41 puntos con 9 de 12 en triples de Sasha Djordjevic, de los 32 puntos y 6 asistencias de Marciulionis, de los 26 puntos y 17 rebotes de Sabonis, y de los 23 puntos de Danilovic. Fue el partido del lamentable arbitraje del norteamericano Toliver, que irritó de tal manera a los bálticos que a falta de dos minutos y medio se negaban a continuar jugando tras la discutible falta de Strombergas sobre Savic y la posterior técnica al banquillo lituano. La conversación entre Djordjevic y Marciulionis recondujo la situación y terminó el choque con la victoria balcánica por 96-90.

La NBA

Cruzó el charco tras haberlo ganado todo en Europa a la “temprana” edad de 30 años e impactó en la Liga desde el primer momento. “Tiene un sentido único del juego. Puede hacer lo que ningún grande: anotar desde fuera, desde dentro y pasar… pero no el pase fácil, el que todos hacen”, habla Magic Johnson. “Sin lesiones hubiera sido mejor que David Robinson, hubiera sido 10 años All Star”, turno de Radja. “Era un Larry Bird de 2,20”, cierro con Bill Walton. 

En su año de debut quedó en segunda posición en las votaciones por los galardones de Rookie del año y Mejor Sexto Hombre, tras Damon Stoudamire y Toni Kukoc, respectivamente, y lideró diez categorías estadísticas entre los novatos.

Su estado físico limitaba sus minutos en cancha, pero siempre estaba en juego cuando se cocían y decidían los partidos. Lo más lejos que llegó con los controvertidos Blazers (en plantillas llenas de excepcionales y polémicos jugadores) fue la final de la Conferencia Oeste de la temporada Oeste ante Lakers. En el Forum, con 3-3, desperdiciaron una diferencia de +15 y un cuarto por jugarse. Mike Dunleavy se durmió ante la reacción angelina y su equipo encajó un parcial de 13-31 para palmar por 8.

Después de 6 temporadas en Oregon abandona el baloncesto y se instala en Torremolinos donde se toma un año sabático, teniendo la extraña sensación de “levantarse por las mañanas y que no le doliera nada”. Los Blazers, que le adoran, le tientan nuevamente y juega un año más para ellos a razón de 10 millones de $, con la clausula contractual de no actuar más de 20 minutos por noche.


Despedida y susto

Rozando los cuarenta, quiere jugar un último año (2003-2004) para su Zalgiris, al que regresa tras 14 años para hacerle Campeón de Liga. Es designado Mejor Jugador de las dos primeras fases de Euroliga. Son eliminados en cuartos por el Maccabi tras dejarse levantar un partido imposible en Tel Aviv: a falta de 2 segundos ganaban 91-94 y Giedius Gustas dispone de 2 tiros libres que falla; los israelitas sacan de fondo, pues Tanoka Beard había invadido la zona, y un triple de Derrick Sharp conduce a la prórroga en el último segundo. Los macabeos ganaron el partido y la Euroliga. Increíble, como las estadísticas de Sabas en su último partido en competición europea: 29 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias, 4 triples y 39 de valoración. Brutal.

Ese año recogió parabienes y admiración de todas las canchas donde jugó. En Atenas, un hombre se le acercó y le entregó un ramo de flores: “Esto es de parte de la afición griega”. 

En 2011 nos dio el susto padre. Tras jugar una pachanga se encontró mal. Le dio un infarto y le salvaron la vida de milagro. Fue nombrado por unanimidad Presidente de la Federación de Baloncesto de Lituania, donde le idolatran. No me extraña, cuentan que al poco de independizarse prestó 10 millones de $ a su recobrada nación para construir hospitales, colegios, etc.

Algunas veces comenta que no puede ver videos de cuando tenía 17 años porque se echa a llorar, pero cuando echa la vista atrás está contento “nadie que tuvo dos roturas en el talón de Aquiles estuvo jugando a ese nivel tanto tiempo”.

Nunca nadie en Europa jugó tan bien desde tan alto. Nunca nadie en el mundo tuvo semejante lectura del juego desde tamaña atalaya. Nunca. Never, never, never.

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