sábado, 16 de marzo de 2013

De cuando los griegos subieron al Olimpo



Por el trabajo convivo a diario con números, con dinero, con volatilidades, con primas de riesgo (cuando lo más parecido a prima que había visto era la de algún amigo, que estaba muy buena y que, por supuesto, no me hacía el menor caso), con tipos (que no personas) de interés… Tiene bemoles en un tío de letras de toda la vida, pero… Qué aburrido dirán. Pues no es precisamente el adjetivo que aplicaría a mi actividad diaria, porque entretenido es un rato, pero divertido tampoco.

A Dios gracias los pronósticos más agoreros de los mayas no se cumplieron y seguimos vagando por este valle de lágrimas. Bueno, pues en este entorno apocalíptico, con el paro, el desencanto en la clase política y la corrupción instalados de pleno, todavía existe un país mediterráneo más ninguneado que el nuestro, otrora cuna de la civilización occidental, al que algunos cínicamente han señalado como origen del mal. En Grecia, que diría con pausa y sorna el maestro Gila, está todo roto y por el suelo, pero no siempre fue así. No se asusten, no voy a hacer un ejercicio histórico y remontarme a las guerras entre las antiguas polis (ciudades) griegas ni a los tiempos de Platón, Aristóteles o Sócrates, para el que no existía paradoja en matar hombres por la defensa de Atenas y la práctica de la dialéctica, ni entraré en diatribas filosóficas. Pisaré mi terreno, el deportivo, y me iré a un tiempo cercano. Echaré la vista sólo tres décadas atrás, en las que un puñado de aguerridos y talentosos jugadores de baloncesto fueron ejemplo de coraje y se atrevieron a discutir títulos a los esbeltos y poderosos eslavos de las antiguas repúblicas de Yugoslavia y Unión Soviética, que por entonces todavía competían unidas.




Los Soprano

El siguiente relato tiene su génesis en lo que fue el centro de operaciones de la familia más popular y mafiosa (Los Soprano) creada por la cadena HBO. Y es que en el año 1957 de nuestra era vino al mundo el cuarto hijo del matrimonio compuesto por Giorgo y Stella Georgalis que había emigrado hasta Nueva Jersey desde la isla de Rhodas. Treinta años más tarde el pequeño Nikolaos (nuestro particular Tony Soprano), junto a dos compañeros de fatigas, que tenían por idéntico nombre Panayotis, hizo historia para siempre en el baloncesto del Viejo Continente situando a la antigua Grecia en el Olimpo de los dioses.

Vuelta a los orígenes

Después de unos primeros escarceos siguiendo los pasos de su padre en el mundo del boxeo, el pequeño Nick se dedicó por completo al baloncesto. Pronto destacó en el instituto de Union Hill y consiguió una beca para estudiar y jugar durante cuatro años en la prestigiosa Universidad de Seton Hall. En su última temporada con los Piratas promedió 27,5 puntos por partido (la tercera marca anotadora del país tras el gran Larry Bird y Balder) lo que le abriría las puertas del draft. En la célebre hornada del 79, quedó relegado muy atrás por los Celtics, en el puesto 68 de la 4ª ronda. La desidia de su agente, más preocupado por los negocios de otra de sus representadas, la cantante Diana Ross, y una inoportuna lesión durante el campus de entrenamiento hizo que los de Boston de Bill Fitch se decantaran por Gerald Henderson en su lugar, en un error que años más tarde admitiría el propio Red Auerbach. Enterados en Grecia del traspié, los principales equipos helenos pusieron sus ojos en él, siendo el Aris el que más empeño puso y se quedó con el jugador. Como jocosamente relata Sergio García-Ronrás en su excelente artículo “En manos de los dioses” de Cuadernos del Basket, la llegada al aeropuerto del rebautizado como Nicos Gallis, trajo sus chanzas, pues debido al desconocimiento de los medios locales se esperaba a un escolta de 1,90 cuando apenas superaba los 180 centímetros “lo han debido lavar y ha encogido”, bromeaban. Pero las coñas duraron el tiempo justo de verlo en acción. Era época de dominio verde del trébol del Panatinaikos, pero ese fichaje apenas relevante venido de ultramar haría virar el epicentro del basket griego hacia la antigua ciudad macedonia de Salónica. En su segundo año ya se hizo con el cetro de máximo anotador de la Liga Griega (lo consiguió 11 veces) con una media escandalosa por encima de los 44 puntos. En 1983 se alzó con el primero de sus 8 campeonatos de Liga (con 4 designaciones como MVP), a los que hay que añadir 7 Copas griegas. Con la selección fue máximo anotador del Mundial de España 86 y de cuatro Europeos (1983, 1987, 1989 y 1991).

Su uno contra uno enamoraba a sus seguidores y martilleaba a sus rivales. Basado en la fortaleza de un par de piernas que eran columnas dóricas y un excelente manejo de balón, desbordaba a sus oponentes con incontestables cambios de ritmos o reversos eléctricos. Para cuando se quería dar cuenta su primer defensor, ya se había marchado y estaba lanzando con una potencia de salto descomunal sobre la ayuda. Sus rectificados y sus canastas con tiro adicional se hicieron célebres. Sin tener un diámetro de tiro largo (sus lanzamientos no iban más allá de cuatro metros), era prácticamente imparable.

En octubre del 83 un imberbe Michael Jordan alucinaba tras un partido amistoso a orillas del Egeo con la Universidad de Carolina del Norte al lidiar con el astro griego “no esperaba encontrar en Europa un jugador con semejante calidad ofensiva”. El gran Audie Norris no podía ocultar su admiración por el escolta que les había metido 45 puntos (con sólo 7 fallos en el tiro) y ganado en el Palau “lo que ha hecho esta noche sólo pueden hacerlo dos o tres jugadores en el mundo”. Por poner coto al cupo de admiradores reflejar el pensamiento de una estrella allá dónde estuvo, un tal Bob McAdoo, “a Gallis le he visto hacer cosas en una cancha que no he visto a ningún Laker o Celtic”, decía. El mandamás histórico del Aris, Anestis Petalidis, cierra la cascada de epítetos, “Gallis es un jugador de esos que sólo nacen cada cien años”.

Panos

Panayotis Yannakis sería la perfecta estatua griega de cuerpo robusto y rostro esforzado. Es el símbolo del orgullo, la personificación de la fe, el triunfo de la inteligencia y un canto a la razón. Todo en uno. Casta y conocimiento.

Vino al mundo pronto, el primer día del año, de 1959, para no perderse nada, en el popular barrio de Nikea de la populosa Atenas. De mente audaz y concentración perpetua, desde temprana edad coqueteó con el baloncesto. Con tan sólo 13 años Giorgos Vassilakopoulos lo puso a entrenar con el primer equipo de Ionikos, en el que permanecería 12 años, siendo máximo anotador del campeonato en la temporada 79-80. En la siguiente se enfrentaría por primera vez a la nueva sensación del campeonato, Nicos Gallis, en un partido de otro planeta. En la era de twitter se hubieran presentado más o menos así: Hola soy Panos 74. Encantado, soy Nikos 62. Ese es el balance numérico de los puntos aportados por cada cual en un envite que se llevaron los del Aris en la prórroga. Brutal.

Los Celtics ahondaron en la rama griega y lo escogieron en el último puesto (205) de la novena ronda del draft y para las Américas que se fue a probar en el 82. Fue convenciendo a los dirigentes verdes, pero se quedó fuera cuatro días antes del comienzo de la competición cuando cambiaron a Dave Cowens por Quinn Bickner, que jugaba en su posición. Se rompió el ligamento cruzaron anterior y su aventura profesional quedó en agua de borrajas, pero su tenacidad le hizo recuperarse y unirse en el 84 al proyecto más sólido de la Liga Griega. En el Aris tomó la presidencia del club el constructor Cristos Mijailidis, cuya primera decisión ese verano fue la contratación de Yannakis, que constituyó con Gallis la pareja de bajitos más determinante de la competición y una de las más temibles del Continente. Bajo la batuta de Yannis Ioannidis, el Aris (el Dios de la Guerra) dominaría durante casi una década de manera abrumadora la competición doméstica, pero se quedaría a las puertas de la gloria continental. Su mayor logro sería alcanzar durante tres ocasiones consecutivas la Final Four, para caer al primer partido, y su mayor decepción el llamado “Partido de la vergüenza” cuando la Tracer les eliminó en la fase de grupos al remontar en Milan los 31 puntos que traían de renta. La relación del peculiar presidente con sus dos estrellas y su entrenador pasó por muchos altibajos, enzarzado en las cifras de los contratos con los primeros y en el límite de las funciones y parcelas de cada uno con el segundo. Con los años aparecieron las deudas, el patriarca del equipo, Anestesis Petalidis, encontró un primer respaldo económico, pero la crisis económica se hizo insostenible y salieron del club (que ahora se encuentra fuera del primer plano) entrenadores y jugadores de tronío.

Yannakis es el gran capitán histórico de la Selección Griega. Vistió su camiseta en 350 ocasiones y la hizo Campeona de Europa como seleccionador en 2004 en Belgrado. Su garra, su ambición, su defensa, sus lanzamientos lejanos de tres puntos le hicieron inolvidable. 

La Araña

Al dúo de marras se le uniría un tercer personaje para trasladar el foco baloncestístico heleno de Atenas a Salónica (la estatua de Alejandro el Grande que preside el puerto junto a la Torre Blanca se hartó de recibir trofeos) y situar a Hellas en el primer nivel de la canasta europea.

Ese tío de percha desgarbada, patas de alambre y brazos infinitos que atendía al nombre de Panayotis Fassoulas fue el soporte defensivo, reboteador e intimidatorio de su Paok y de la selección. Probó un año con la North Carolina State de Jim Valvano, al final del cual fue seleccionado por los Trail Blazers de Portland en el puesto 37 de la 2ª ronda del draft, pero no llegó a jugar con los profesionales USA. Donde realmente se asentó fue en el Paok de Salonica para rascar una Liga y dos Copas al imbatible Aris y ganar una Recopa y una Korac a nivel Europeo. Los blanquinegros con Ivkovic en el banquillo llegaron a gozar de enormes jugadores como Prelevic, Barlow o Walter Berry. Era la época en que el país nadaba en la abundancia, los clubs estaban en manos de armadores o constructores ¿les suena?, y se asistía a procesos de nacionalizaciones de jugadores masivos e indecentes con madres que declaraban que sus hijos venían de una relación extramatrimonial con un marinero griego que había atracado en el puerto de Tallin, por ejemplo, como en los casos de los letones Sokk y Kuusma. La estrella más elevada y menos luminosa del trío fue capital e imprescindible para los éxitos del combinado nacional.

La hazaña

Corría el año 1987 y el país heleno organizaba el Campeonato Europeo de baloncesto. Sus diez millones de habitantes aguardaban ilusionados el comienzo del evento. El entrenador Kostas Politis había armado un grupo serio y guerrero, donde además de los citados destacaba el alero Christodoulou, de gran mano y férrea defensa. En su grupo estaban todos los gallos, pues los anfitriones habían de enfrentarse a Yugoslavia, España, Rusia y Francia (sólo Italia iba por el otro lado del cuadro). A los balcánicos les ganaron en la segunda jornada en medio de la locura general con un Gallis sublime que se fue hasta los 44 puntos. España les puso freno la tarde siguiente en uno de los últimos grandes partidos de la era Díaz Miguel: Romay probablemente hizo el mejor partido (y campeonato de su vida) con 19 puntos, 21 rebotes y 4 tapones en los 40 minutos que disputó; Montero logró rebajar los porcentajes de Gallis, dirigir con criterio y anotar con precisión (15 puntos); Villacampa se hizo con Yannakis y también sumó (14 puntos); y Epi, que era largamente ovacionado en las presentaciones de los equipos, y Andrés Jiménez estuvieron sublimes con 27 y 22 puntos cada uno. En la cuarta jornada los helenos harían temblar a la poderosa URSS para terminar claudicando por 3 puntos y en la última de la primera fase se impondrían a los galos para cruzarse con Italia en cuartos. 

El choque contra los trasalpinos no era moco de pavo. La victoria suponía dos hitos: ganar por primera vez en competición oficial a sus vecinos mediterráneos y plantarse en semifinales. El triunfo fue hasta más cómodo de lo previsto con Gallis como martillo pilón (38 puntos) y Yannakis (22 puntos) y Kambouris (14 puntos) de escuderos de lujo.

Y llegó el primer reto inverosímil, la Yugoslavia de los Petrovic, Kukoc, Paspalj, Grbovic, Vrankovic, Divac o Cvjeticanin en semifinales. Los balcánicos eran todavía un grupo de talento excelso e incipiente, en el Cosic no consiguió amalgamar a sus estrellas ni mantener una línea consecuente con su segundo, el excéntrico Moka Slavnic. En el partido de la fase inicial habían saltado chispas y el público abroncaba los malos modos de los plavi, que encontraron sus demonios, los propios y los arbitrales con una actuación de lo más casera del colegiado francés Mainini. La defensa local diluyó el caudal anotador de los jóvenes genios y emergió la figura de un Christodoulou, que olvidó los problemas físicos que arrastraba en su rodilla desde el inicio del torneo, para clavar 3 triples capitales e irse a los 18 puntos que resultaron decisorios en la victoria local contra pronóstico por cuatro. Será recordada la jugada defensiva de Yannakis lanzándose en plancha para, tras resbalar varios metros tocar el balón, evitar que un jugador yugoslavo hiciera una canasta vital para el desenlace del partido.

14 de junio de 1987. El desafío final parecía imposible, la gran URSS que había llegado imbatida y que, a pesar de las ausencias de Sabonis, Belostenny y Kurtinaitis, partía como clara favorita con Volkov, Homicius, Valters, Tkanchenko, Marchulonis (que se presentó a lo grande en sociedad), Iovaisha o Pankraskin en sus filas. El Pabellón de la Paz y de la Amistad (pusieron el nombre antes de disputarse encuentro alguno allí) acogía a 17.000 enfervorecidos hinchas que ansiaban un milagro. Igualdad. 42-41 al descanso para los locales. Mediada las segunda parte estirón de los de Gomelski 63-71. En el minuto 37 más palos entre las ruedas locales: Yannakis y Fassoulas eliminados por faltas. Con 36 segundos por jugar Tkachenko comete su quinta personal y Andritsos convierte dos tiros libres para empatar. Los soviéticos yerran la siguiente posesión e Ioannou desperdicia un contraataque en lugar de pasársela a Gallis. Con el reloj al límite Iovaisha (que realizó un buen partido con cuatro triples) anota sobre la bocina, pero los colegiados (Sanchís y Steeves dieron un clinic de exquisito arbitraje) anulan la canasta por convertirla fuera de tiempo. Prórroga, con la ausencia añadida en los soviéticos de Marchulonis. Dos triples de Valters echan más leña al fuego y se llega con empate a 101 con 4 segundos por jugar. Ioannou desperdicia la segunda oportunidad de pasar a la historia como un héroe, pero el rebote lo atrapa Kambouris que recibe la falta de Goborov. El papel estelar le queda reservado a este modesto albañil que aterrizó en el mundo de la canasta a la tardía edad de 20 años para convertir los dos tiros libres de la victoria helena. 

El público estalla al son atronador de The Final Countdown de Europe y los 700 policías desplegados no pueden contener a la masa. Gallis refrenda su cetro de máximo anotador con 40 puntos ante los soviéticos y sólo deja de jugar durante 4 minutos el primer día ante Rumania. Yannakis concluye el torneo como mayor asistente y Fassoulas lo hace como máximo taponador y tercer mejor reboteador. La Ministra de Deportes, la desaparecida actriz Melina Mercouri, fuma como una carretera en la grada y enloquece entre gritos. La ciudad cuenta a partir de esa noche con 14 nuevas licencias de taxis: es la prima que reciben los 12 jugadores y 2 entrenadores protagonistas de la gesta. No se trata de ninguna bagatela, cada una estaba valorada en 5 millones de pesetas de las de entonces. La decadente Atenas no dormirá, las plazas de Sindagma y Omonia se llenarán de fastos, de petardos, bengalas y sirenas. 

Y luego…

Grecia no obtuvo plaza para los Juegos Olímpicos de Seúl 88 donde la URSS de un resucitado (en Portland) Sabonis se llevó el oro al merendarse en semifinales a la última selección universitaria estadounidense de David Robinson y deshacerse de la pujante Yugoslavia en la final.

En el 89 Zagreb acogió un nuevo Europeo. Rompiendo todas las previsiones, los helenos tumbaron en la semifinal a la Unión Soviética, que estuvo pesimamente dirigida por Garastas que había ocupado el puesto de Gomelski. La perestroika había abierto las puertas a la salida de jugadores y muchos de los soviéticos estaban más inmersos en sus nuevos contratos que en el juego. Algo ayudaron también los 43 puntos de Gallis.

La final, misión imposible. La antigua Yugoslavia fue un rodillo. Drazen Petrovic promedió ¡un 76% en tiros de dos y un 70% en lanzamientos triples! durante el torneo, siendo el segundo anotador (tras Gallis) y el mejor asistente, con 30 puntos y 6 asistencias por noche. Para el último partido aparcó 28 puntos y 12 pases a sus compañeros. Kukoc, Paspalj, Vrankovic, Divac, Zdovc o Radja harían el resto, desplegando uno de los baloncestos más bellos que se recuerdan. Ivkovic se permitió el lujo de dejar fuera de la lista por motivos disciplinarios al subidito Komazec. Si la primavera había traído dos trofeos continentales a sus clubs, Jugoplastica y Partizán, el inicio del estío representó el estallido y la consagración de una generación de jugadores plavi probablemente única. El orgullo griego les llevó hasta la plata, más era inalcanzable.

Con los años la crisis fue haciendo mella en el país heleno. Gallis pasó por momentos personales muy delicados (en el 88 falleció en accidente de tráfico Jenny, su mujer, de la que estaba en trámites de separación), pero logró recomponerse. Salónica perdería brillo y sus jugadores más importantes pondrían rumbo a la capital. Gallis primero y Yannakis después se vestirían de verde. Fassoulas engrosaría las filas de los vecinos de Olimpiakos. A Nicos le daba sarpullido el banquillo y un buen día en el descanso le dijo a Politis que ahí se quedaba y se marchó para su casa. Yannakis fue más paciente y se coronó campeón de la Copa de Europa con el Panatinaikos en la final del tapón ilegal de Vrankovic a Montero. Como entrenador hizo campeona de Europa y subcampeona mundial a su selección. Fassoulas fundó y presidió el sindicato de jugadores, para luego embarcarse en la política como diputado y posteriormente alcalde de El Pireo.

Hay hechos y personajes que marcan el devenir de la historia, de un país y de un deporte. Severiano Ballesteros “se inventó” el golf en España, Björn Borg descubrió el tenis a los suecos. En Grecia hay un antes y un después tras aquel junio del 87. Papaloukas, Diamantidis, Fotsis o Spanoulis, eran apenas unos críos con grandes referentes a los que imitar y emular. Un año después de la proeza, el baloncesto griego había multiplicado ¡por cuarenta! el número de sus licencias federativas. Ahí es nada. 

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