martes, 1 de octubre de 2013

Amaya Valdemoro, una grande


Ahora todo parece “sencillo”. La selección femenina de baloncesto ha subido a lo más alto del cajón en el Europeo disputado en Francia y las chicas que vienen detrás han copado los pódiums de sus respectivos campeonatos (oros en los Europeos sub 20, sub 18 y sub 16 y cuartas en el Mundial sub 19) en un verano de ensueño. El presente parece espléndido y el futuro, si salvamos la tan manida crisis, más que prometedor. Sin embargo, poca gente conoce que hasta el año 74 el equipo nacional sólo había disputado 10 partidos internacionales, datando el estreno del 16 de junio de 1963 ante Suiza en Magrat. Cae lejos, pero no tanto. El 50 aniversario no ha podido deparar mejores regalos. 

Mis primeras imágenes llegan en color (que no soy tan mayor), pero sin alta definición. Recuerdo a Anna Junyer y Rosa Castillo, en su magnífico equipo de juguete, el Comansi, dirigido por María Planas, esposa de Eduardo Portela. Rememoro la polémica que en su día se suscitó en torno a la sensacional Marisol Paíno (y las dudas sobre su feminidad) y evoco los pequeños pasos que se dieron hasta cristalizar los primeros éxitos. El programa ADO tan cuidadosamente elaborado por Chema Buceta fructificó un año después de los Juegos Olímpicos de Barcelona donde se concluyó quintas. Perugia 93 es el principio con mayúsculas. Un día antes del inicio de la competición una noticia conmocionó el evento: la muerte de Drazen Petrovic en accidente de tráfico. Doce mujeres (Laura Grande, Carolina Múgica, Blanca Ares, Mar Xantal, Pilar Alonso, Wonny Geuer, Pilar Valero, Ana Belen Álvaro, Mónica Messa, Marina Ferragut, Betty Cebrián, Paloma Sánchez) y su seleccionador (Manolo Coloma) entraron en la historia para siempre. Campeonas de Europa al imponerse a Francia 63-53. Los 24 puntos de Blanca Ares y la entrada de Ferragut (9 puntos y 10 rebotes) resultaron determinantes. En el podio las chicas hacían piña entonando el tan tarareado por entonces “Indurain, Indurain” (el navarro ese día repetía Giro). Meses antes el Dorna Godella se había hecho con su segundo entorchado europeo consecutivo de clubs. Han pasado los años y España se ha instalado definitivamente en la élite. Nada es casual. Detrás hay una ardua labor de multitud de clubs, el trabajo diario de un porrón de entrenadores y la ilusión de una legión de niñas. La Federación ha hecho lo suyo. Sus ojeadores han cubierto campeonatos nacionales de base y han separado a lo más granado en el Colell en julio. Ha seguido un Programa de Detección de Talentos hasta los 15 años y ha creado una Comisión de Seguimiento Individualizado a partir de los 16. Si toda esa capacidad la pones al servicio de entrenadores del nivel de Carlos Colinas, Jordi Fernández, José Ignacio Hernández, Evaristo Méndez o Lucas Mondelo, los resultados llegan. El baloncesto es el deporte femenino con mayor número de federadas. Ahí radica el secreto: de la cantidad bien conducida sale la calidad.

Tras el Europeo nuestra más insigne representante, Amaya Valdemoro, ha anunciado su retirada de la Selección. Así que creo llegado el momento de, a través de un recorrido por su carrera, rendir un humilde homenaje a su trayectoria y a todo el baloncesto femenino.

Una atleta

Si alguien preguntara a Amaya qué hubiera querido ser, respondería sin dudarlo que campeona olímpica de los 1.500 metros. Y en esas estaba, corriendo, saltando y lanzando (obtuvo el título infantil de la Comunidad en la disciplina de peso) cuando siendo una niña, un día cualquiera el baloncesto se cruzó de manera fortuita en su vida. Con 12 años acudió a ver un partido de su hermana Virginia en el Sagrado Corazón; el equipo contrario no se presentó y las faltaba una para jugar la pachanga. Amaya completó el partidillo y desde entonces no se ha bajado del carro. Pasó por el histórico Tintoretto y por la Complutense. Aún adolescente, con 15 años, empezó su peregrinar por el mundo: emigró a Salamanca y resultó concluyente en la fase de ascenso a Primera División (23 puntos de la mocosa en la final). Un año más tarde debutaba en la máxima categoría, la firmaba el Dorna Godella y con 17 gozaba desde el banquillo con los títulos nacionales y continentales de las valencianas y hacía sus pinitos en la selección absoluta (en categorías inferiores ya abría su despensa de medallas –platas- en los europeos cadete y juvenil de los años 93 y 94).

“Siempre quería pelea“

Así la define Miki Vukovic en el magnífico y emotivo reportaje que el año pasado emitió Informe Robinson. Su espartano entrenador en la capital del Turia va más allá: “con 16 años tenía más nivel de juego que algunas de las americanas”, pero Amaya no olvida y parodia con gracia las tremendas broncas del balcánico, que la bajaba los humos y la ponía en tierra. Vukovic frotó su ego con piedra pómez limpiando toda impertinencia e idolatría juvenil. Su carácter ganador “no soporto perder, ganar es adictivo” fue asomando en esos primeros años. Retornó a tierras charras con el Halcón Viajes para, tras dos temporadas, salir envuelta en la polémica con dirección al Pool Getafe de Guimaraes. Allí coincidió con Antonio Díaz Miguel y Blanca Ares, mejor jugadora española y europea del momento (25, 39 y 37 puntos en la final de la Liga del 97), con la que tuvo sus roces. Análogo espíritu combativo y dos gallos en el mismo corral. La estrella consagrada acusó en Gigantes a la joven de falta de carácter, de anotar en los partidos fáciles, pero “cuando llegan los choques importantes se ve que todavía está por hacer, no es capaz de aguantar la presión”. Amaya replicó “No merece la pena hablar de una tipeja como ésta. Todo el mundillo del baloncesto femenino la conoce”. Polémicas pretéritas, afortunadamente olvidadas por dos extraordinarias competidoras: “Ella fue una grandísima jugadora que, como yo, sólo quería ser la mejor. Y chocábamos. Era competición pura. Ahora ya no hay duelos así”, conciliaba añorante tiempo después la Valdemoro. 

Salamanca-Valencia / Valencia-Salamanca

Entre esas dos ciudades ha consagrado 12 años de su vida deportiva. Su relación con la ciudad castellana se debatió entre la profunda adoración de los aficionados cuando era local, a la más honda ojeriza como rival. Allí hizo la burrada de 49 puntos –su récord- en una semifinal liguera frente al Ensino de Lugo. Por cierto, en la ciudad gallega se declaró el primer Partido de Alto Riesgo del baloncesto femenino y Amaya respondió con dos sopapos a un individuo que la tiró de la coleta y la golpeó en la nuca. En cambio, a orillas de la Malvarrosa siempre se la llenó de afecto. Su caudal de títulos en Levante (6 Ligas, 6 Copas, 4 Supercopas y un Mundial de Clubs) justifica el apego y el cariño de los seguidores ches. Probablemente fue el lugar donde más disfrutó del baloncesto cuando su exuberancia física le permitía arrollar a sus rivales con sus penetraciones hacia el aro y sus lanzamientos largos. Así los incondicionales de la Fuente de San Luis contemplaron una insólita pancarta una mañana de domingo, mediado el partido: “Amaya ¿dónde está el Cola Cao?”, anunciaba el rótulo. Cuando la Valdemoro contempló la escena no pudo menos que carcajearse ante las interpelaciones curiosas de sus compañeras. Un puñado de amigos de Madrid se había acercado el fin de semana y pernoctaban en su piso. Tras la cena y a una hora prudencial Amaya había abandonado el séquito, que siguió de fiesta. Cuando se levantó tardó un buen rato en encontrar la ropa de juego que había dejado doblada cuidadosamente la noche anterior. Aquello era un desbarajuste. Buscó y buscó hasta que dio con ella. Uno de los colegas la tomó como pijama. Le despertó, recogió el uniforme y se fue al pabellón pensando que la tropa se quedaría en brazos de Morfeo. Pero los visitantes no la fallaron. Hicieron de tripas corazón y se levantaron para verla jugar, no sin que por ello no dejaran claro en público a su anfitriona el descontento con la ausencia del imprescindible ingrediente en el desayuno. Tiempos felices. 

WBNA: luces y sombras

Con 21 años Amaya decidió emprender la aventura americana destino Houston. Las Comets habían ganado el campeonato anterior y reforzaban el puesto de alero con la incorporación de la de Alcobendas. La competencia en la posición era brutal, pues tenía por delante a las tres mejores alas del mundo: Janet Arcain, Cynthia Cooper y Sheryl Swoopes. En las escasas oportunidades que el laureado entrenador Van Chancellor (4 veces campeón con las profesionales, 14 con las universitarias en Mississipi, oro olímpico en Atenas 2004) le dio entrada en cancha, Valdemoro cumplió de largo. Los cinco veranos tejanos dieron para mucho bueno: tres títulos de la WBNA (con remontada histórica –caían por 11 a 4 minutos del último partido- en el primer campeonato ante las Mercury de Phoenix, entrenadas por la gran Cheryl Miller), recepciones en la Casa Blanca con los presidentes Bush (que la habló en castellano sobre su amigo Aznar) y Clinton (mucho más simpático), pabellones de 15.000 personas repletos, sorpresas de grandes estrellas de la NBA (Charles “el gordo” Barkley había encargado un ramo de rosas para cada una de las jugadoras el día de la apertura del torneo o las felicitaciones de Clyde Drexler), un poster enorme de Michael Jordan (la Valdemoro es muy mitómana y tiene al de Brooklyn en su Santísima Trinidad, junto a Drazen Petrovic y Fermín Cacho) que no había podido encontrar y que un día alguien dejó en su taquilla y el título en un concurso de culos (¡eh! en pantalón corto, por supuesto, que la broma no fue a más), al que la apuntó un cheerleader de la franquicia. Para morro… la madrileña. 

También le depararon algunos sinsabores: vivió el drama del fallecimiento de Kim Perrot, base titular del equipo en los dos primeros anillos de “las cometas”, a la que en febrero del 99 se le detectó un cáncer de pulmón, poco después se le extendió al cerebro y en agosto, en los días previos a las finales, falleció. Se le otorgó a título póstumo la tercera alianza y se retiró su camiseta con el número 10. 

A Amaya siempre le quedará el pesar de no haber gozado de mayor protagonismo en las escuetas rotaciones de su coach. En los entrenos podía pasarse dos horas seguidas defendiendo con el quinteto suplente hasta que las titulares atacaran bien. En su inicio su inglés le jugó una mala pasada: entendió “four, forty” (4,40), en lugar de “four, fourteen” (4,14) para la hora de la convocatoria, el equipo se marchó y a ella la recogió una limusina. “Rookie como perdamos lo vas a pagar muy caro”, le avisó su entrenador. Menos mal que ganaron. Llegó incluso a entrenar durante un par de semanas con un dedo roto para no perder la forma. Tras los dos primeros años pensó cambiar de equipo: Indiana, Seattle y Miami mostraron interés, pero no la dejaron salir. A la cuarta -en 2001- parecía ir la vencida, tras la retirada de Cynthia Cooper, pero el físico no le aguantó. La tendinitis crónica en el rotuliano de ambas rodillas, la hacía levantarse con dolores varias veces cada noche y la impedía conducir y permanecer sentada mucho tiempo. Se operó sola en Estados Unidos y se perdió el bronce Europeo en Francia. Tres días después de la intervención un tornado casi arrasa la región. La Valdemoro, imposibilitada, se tiró un día entero comiendo galletas, pues la persona que tenía que llevarla la comida no pudo acceder a la zona. En su quinto verano en la liga americana, la cortaron en el último momento. Después, en el Mundial de China, Van Chancellor y su ayudante “sorprendidos” por su juego la animaron para que regresara. Harta de no poder demostrar sus cualidades, no volvió más. 

Desde Rusia con… frío

Concluyó otro ciclo exitoso en Valencia y en junio de 2005 le llegó la oportunidad económica de su vida. Fichó por el Samara ruso, entonces vigente campeón de Europa, que la triplicaba el sueldo. Sabía lo que la esperaba: frío polar con temperaturas de hasta -40º, un idioma imposible, un chalecito precioso en las afueras, chofer –Dimitri- a su disposición las 24 horas, monotonía (de casa al pabellón y del pabellón a casa), un club profesional con 30 empleados, desplazamientos larguísimos cubiertos en avión o en tren (coche cama), un gran espectáculo con cheerleaders y rayos laser antes de cada encuentro de Euroliga y la plantilla más completa en la que haya jugado en el Viejo Continente, con gente de la talla de María Stepanova, Ann Wauters o Ilona Korstin. Triunfó (fue nombrada mejor extranjera de la Liga en su debut y escogida para el All Star Game de la Euroliga en 2006, 2007 y 2008), pero en los tres años que permaneció en Rusia (dos en el Samara y otro en el CSKA) le quedó clavada la espinita de la Copa de Europa. En su estreno estuvieron cerca, pero una colosal Nykesha Sales encestó 16 puntos en el último cuarto y aupó al local Brno hacia el título. Fue una etapa dura de especial maduración personal, donde convivió consigo misma y desterró sus manías en la cancha con la ayuda de un psicólogo deportivo. Se hizo adicta al Skype, leyó sin descanso y visionó un montón de películas que sus amigos la grababan. De buen saque, echó de menos como nunca el cocido de su abuela Lucía o las lentejas de la madre de Elisa Aguilar. Con frecuencia añoraba el placer de sentarse a la mesa de un buen restaurante español. 

Madariaga

Amaya tuvo la inmensa desgracia de perder a su madre muy jovencita. Con apenas 18 años un cruel cáncer se la quitó. Días antes de morir tuvieron una conversación: “Siempre que metas una canasta acuérdate de mí”. Esas palabras la han acompañado y la vinieron a la cabeza después de alcanzar su sueño, participar en unos Juegos Olímpicos. 

La empresa no fue fácil y llegó por el sendero de la épica. España acudió al Europeo de Grecia con el objetivo de clasificarse para los Juegos que un año después tendrían lugar en la capital helena. Para ello era requisito imprescindible colgarse una medalla, pues sólo acudían las tres primeras. Tras el temido y sufrido cruce de cuartos ante Serbia y Montenegro (una zona y tres triples de Ferragut ayudaron a pasar el trance), se cruzaron nuevamente en semifinales con las imponentes rusas, a las que se había vencido en la fase inicial. Se llegó con opciones hasta el último minuto para finalmente caer 78-71. Había que levantar el ánimo porque en el bronce estaba el premio olímpico. Esperaba Polonia y una de las mayores hazañas del baloncesto español. El equipo llegó fundido, sin la actividad defensiva habitual: no se pasaban por delante los bloqueos, las ayudas llegaban tarde y Bibrzycka (19 puntos) y la gigante Dydek (21) campaban a sus anchas. Los parciales eran desalentadores: 35-49 al descanso, 56-71 al final del tercer cuarto y 56-71 a 9 minutos. Cuando todo parecía perdido, España tiró de casta y Cholas de las piernas frescas de las suplentes: Rosi Sánchez había abierto la lata de la zona eslava con 2 triples y las jóvenes Marta Fernández (19 puntos en 20 minutos) y Nuria Martínez (14 en 15) voltearon el marcador con un parcial de 31-10 en el último período. El deseado bronce. Un milagro que emocionó a todo el país. Amaya, máxima anotadora del torneo, loca de alegría declaraba que era el momento más feliz de su vida deportiva. 

Primer partido de los Juegos y Amaya sorprende incluso a su gente. Cuando se despoja del chándal para acudir al salto inicial, el apellido que aparece inscrito en su camiseta no es el habitual. Nueve años después de su fallecimiento, Amaya rinde su particular y sentido homenaje a su madre. En España, su padre Álvaro y su hermana Virginia, que ignoraban la ocurrencia, lloran a lágrima viva. El apellido rotulado era Madariaga. Los norteamericanos, en cambio, pensaron que se había casado y había tomado el apellido del marido. España borda el primer cuarto ante China y Amaya sale poseída (sin duda auxiliada desde arriba) y ve el aro como una piscina “tiraba y las veía todas dentro”, confiesa perpleja. Hace 22 puntos en 10 minutos en una serie estratosférica (5 de 6 canastas en lanzamientos de 2 puntos y 4 de 5 triples). España completa un torneo excelente, pero Brasil (con la veterana Janeth Arcain y sus 27 puntos) le impide el acceso a las medallas en cuartos. Un sexto puesto más que digno y el orgullo de sentirse olímpica con el recuerdo emocionante de la entrada al estadio en la ceremonia inaugural. A la vuelta las desavenencias de las jugadoras con los métodos del exigente Vicente “Cholas” Rodríguez, trajeron la destitución de éste. 

Su equipo: la Selección

Podía llegar exprimida por la competición, maltratada por las lesiones, pero la Valdemoro estaba deseando que entrara el verano para concentrarse con el equipo de su vida, la Selección Española. Ningún hombre o mujer ha vestido tantas veces la elástica nacional como ella: 258 ocasiones. La quedaba como un guante (incluso el cacareado body que tanto aborrecía del Mundial del 2002). La camiseta roja estaba hecha a su medida. “Aún se me pone la carne de gallina cada vez que me pongo la camiseta de España”, manifestaba emocionada.

Pese al curriculum de Amaya, nadie gana siempre ni casi nadie pierde eternamente. La Valdemoro ha vivido y participado (salvo, por lesión, en el bronce Europeo de Francia 2001 con aparición estelar de Nieves Anula) en todos los éxitos del combinado nacional los últimos 20 años. Sus vitrinas custodian 5 medallas europeas (una de oro, una de plata y tres de bronce) y una presea mundial de bronce. A nivel individual ha sido varias veces máxima encestadora de estos torneos y en 2007 fue elegida MVP del Eurobasket. 

Pero quizá lo más importante sea su contribución al crecimiento del baloncesto femenino en las dos últimas décadas. La selección acudía a los campeonatos en clara inferioridad física en relación a sus principales rivales, que eran mucho más altas y fuertes. Su baloncesto de conjunto había de rozar la perfección defensiva, con agresividad, pasando los bloqueos por delante para evitar los cambios, ritmo alto con rotaciones de 10 jugadoras, “sembrando desde el minuto 1 para recoger en el 39”, como argumentaba Evaristo Pérez. En ataque había que dar sitio al talento de las jugadoras exteriores obligando durante años a que las pivots estuvieran muy cerca del aro; así se ganaba espacio para que las pequeñas aprovecharan su uno contra uno. Hasta la impensable aparición de Alba Torrens con sus 192 centímetros y sus inabarcables condiciones, Amaya se veía obligada a sujetar a la 3 rival, que normalmente la sacaba la cabeza, y echar una mano considerable en el rebote, en lugar de asentarse en su posición natural, la de escolta. Hasta la llegada de Sancho Little, las interiores no han competido en condiciones naturales de equilibrio. Qué trabajo han hecho en este tiempo Woonny Geuer, Betty Cebrián, Marina Ferragut o Anna Montañana, por ejemplo. Toda una evolución. Toda una revolución.

Si tuviera que elegir un solo partido de los 254, quizá me quedaría con el de cuartos de final frente a Francia en el Mundial de la República Checa donde la fe nuevamente llevó a la victoria. Era viernes 1 de octubre del 2010, en pleno veranillo de San Miguel. La cosa tenía muy mala pinta. Se llegó a marchar 12 puntos abajo y se entró en el último medio minuto con seis puntos de desventaja y posesión gala. España pierde de 1 y Francia saca desde la línea de centro con 10 segundos por jugarse. El tiempo muerto de José Ignacio Hernández es histórico (vean Youtube). Diseña una jugada para Amaya, que antes de salir a pista da un grito a sus compañeras: “Si yo no puedo, la que la coja, para adentro”. España hace falta y la francesa sólo convierte un tiro libre, Alba Torrens rebotea y pasa el balón a Amaya que recorre el campo, finta el cambio de dirección y se va hacia canasta con todo. Deja una entrada a tabla y empata sobre el segundero. ¡Dios qué subidón! ¡Qué saltos en casa! “Es lo que todos querríamos ser de mayor, Amaya Valdemoro” vocifera emocionado el gran Quique Peinado en la retransmisión de Marca TV. Amaya ha hecho 7 puntos en los últimos 27 segundos del tiempo reglamentario y el encuentro llega a la prórroga. España se impone 74-71, con 28 puntos de Amaya en 43 minutos, y se toma con calma las semifinales ante el imposible equipo estadounidense (70-106). Esa no es su guerra. En la final de consolación, la defensa colectiva y los puntos de Little (22), Torrens (18) y Valdemoro (16) nos imantan al bronce. 

Un año después llegó la gran decepción. El equipo que pretendía regresar del Europeo de Polonia con el oro colgado no pudo sobreponerse a la mala suerte y a las lesiones de Marta Xargay, Amaya Valdemoro (su problema de circulación –varices internas- en su renqueante gemelo derecho le viene de lejos) y de Sancho Little. Cayó en la fase de grupos y se quedó sin los Juegos Olímpicos de Londres en la mayor decepción de la carrera de la Valdemoro. Tragaron saliva y en 2012 jugaron el PreEuropeo. Verano del 2013 y Francia les esperaba en la final de su Europeo: la victoria con Torrens, Little y Lima sublimes, supuso el broche perfecto para la despedida de la selección de dos amigas inseparables (que recogieron la copa juntas), Amaya Valdemoro y Elisa Aguilar. Por fin campeonas de Europa.

¿A dónde ibas?

Octubre de 2011. Amaya ha vuelto a Madrid. En su primer año en Rivas ha ayudado al equipo a adjudicarse su primera Copa de la Reina. Ilusionada inicia su segunda temporada en el debut en casa en Euroliga. A falta de 24 segundos va a taponar un tiro debajo del aro, se desequilibra y apoya los brazos antes de caer de espaldas. Se rompe las dos muñecas. Sus gritos desde el suelo sobrecogen a un pabellón mudo. El dolor es tal que se desmaya varias veces. Sale del campo encorvada, como un guiñapo, ayudada por el fisioterapeuta “nunca llegué a pensar que una persona podría soportar tanto dolor”, manifestaría más tarde. “¿A dónde ibas? Que tú ya no estás para esas cosas”, la dijo sabiamente su padre. La escayolan la muñeca derecha y la operan de la izquierda. Durante días necesita ayuda para todo: no puede coger los cubiertos para comer ni vestirse sola. La rehabilitación es dura. Raúl Martínez, José Antonio Fernández y David Baos la aguantan y la recuperan. Llegado el momento llama a su amiga del alma para la prueba del algodón: “Elisa vente a tirar conmigo”. La prueba no puede ser más desalentadora, los lanzamientos a dos metros no tocan ni el aro. El trayecto de Rivas a Alcobendas lo hace llorando como una Magdalena. Pero lo que no mata te hace fuerte y Amaya vuelve a ser jugadora de baloncesto 4 meses después de su infortunio. En primavera caen en Estambul en la final del Euroliga ante el Ros Casares (que tristemente desaparecería poco después).

En septiembre del 2012 firmó por el Tarsus turco. Viajes rocambolescos e interminables, un presidente despótico que repartía las primas a su antojo. Como El Almendro, vuelve a casa por Navidad, pero decide rescindir el contrato. Se va de vacaciones a Brasil y, asqueada, no quiere saber nada de baloncesto durante un mes y medio. A su vuelta tiene claro que quiere jugar el Europeo con la selección y recibe un trato patricio (criticado por algunos círculos) desde la Federación. Desecha ofertas, se pone en forma (entre físico y pilates) y entrena y juega con el Canoe. En junio vuelve con el oro colgado de Orchies. 

¿Y luego?

Probablemente Amaya no ha tenido la elegancia de Laia Palau, ni la facilidad de Alba Torrens ni la fuerza de Sancho Little, pero nadie ha puesto en tela de juicio su compromiso febril, su casta ganadora, su carácter inquebrantable. Siempre ha estado ahí para jugarse el último tiro. Ha endurecido la mandíbula para defender a la figura rival (que a unas cuántas ha anulado), ha torcido el gesto para dar el grito de alerta o la voz de aliento. Ha sido un espejo, un referente, una imagen en la que miles de niñas se han mirado ilusionadas. Un torrente, un volcán en erupción. Ha sido Amaya Valdemoro. La mejor.

El pasado lo ha escrito con sangre, sudor y lágrimas (es muy “llorona”) y lo ha cincelado en letras de oro, plata y bronce, que de todo ha habido. El futuro es una página en blanco que Amaya habrá de rellenar: más baloncesto, escuelas, medios de comunicación (que piquito tiene un rato la amiga)… Quién sabe. Algo relacionado con el deporte, eso seguro. Si el genio de la lámpara se le apareciese para concederle un deseo deportivo, tengo claro lo que diría: “Dame salud para jugar otros 10 años”. Mucha suerte y gracias eternas de toda la afición. 

Mi agradecimiento a mi amigo Héctor que hizo posible la enriquecedora charla con la crack y a Amaya por su naturalidad y generosidad al dedicarme un buen rato de su tiempo.

4 comentarios:

  1. Ha sido un placer echar una mano amigo Juanpa. Enorme artículo homenaje que le has hecho a Amaya. Gracias, enhorabuena y no lo dejes, porque lo haces de cine!!

    ResponderEliminar
  2. esta chica es un ejemplo de superación. Ojalá sirva de inspiración a muchas niñas
    gracias, Juan Pablo. Me ha encantado

    ResponderEliminar
  3. Nieves Castellanos7 de octubre de 2013, 9:23

    Como siempre, un lujo leerte.
    Gran mezcla de datos y anécdotas.
    Gracias de parte de todos los seguidores de este precioso deporte.
    Grande Amaya

    ResponderEliminar