martes, 10 de junio de 2014

El caballero Mirza Delibasic



En ocasiones no hace falta ser el que más puntos mete o el que más rebotes atrapa para marcar diferencias, ni siquiera ser nominado mejor jugador para permanecer durante años en el imaginario de la gente. Muchos extranjeros han vestido la casaca blanca del Real Madrid (Petrovic y Sabonis fueron en mi opinión los más estelares), pero ninguno (no consideremos a Brabender y a Luyk que son tan nuestros como la siesta o el aperitivo) dejó la impronta y el recuerdo de un enjuto jugador bosnio de principios de los 80. En sólo dos años se ganó el corazón y el reconocimiento de un vestuario de alcurnia y la más profunda admiración de un público abducido por un tiro de postal y unos pases oníricos.

Lunes de Semana Santa de 2014. Aprovecho la mañana y me acerco a la Biblioteca deL ESPACIO 2014 FEB para preparar nuevos relatos. Entra una persona conocida, charla un rato con Carlos, me saluda y me pregunta cortésmente qué estoy haciendo. Se lo explico, me alegra que conozca el blog y me dice que muy bien, que a seguir y se marcha. Al rato regresa requiriendo a Carlos que ha salido, así que me suelta:

- ¿En qué estás ahora?
- Con varios temas a la vez, pero estoy recabando información para hacer uno de un amigo tuyo que me apetece mucho - respondo con timidez. 
- ¿Amigo mío? - prosigue picado por la curiosidad. 
- Sí, Mirza Delibasic.

Abre los ojos como platos, resopla y deposita su enorme humanidad en una silla que se acerca.

- ¡Uff! La polla, la polla. Mirza era la polla, vocifera emocionado. Fue un antes y un después. He jugado con muchos, pero sólo pongo a Sabonis a su nivel. Y como tío era extraordinario

Ya pierdo la vergüenza y le pido al baloncestista español más grande que ha jugado en el Madrid (y hasta ahí puedo leer) que me cuente alguna cosa del monstruo. ¿Alguna? No paró, enlazaba anécdotas entre divertido y nostálgico. A la hora, ya me dijo:

- Macho, me voy que te estoy interrumpiendo y no te dejo que sigas con lo tuyo


Me despedí agradecido por la charla. Dimos vueltas alrededor del baloncesto de antes y el actual y, sin arreglar el mundo, pasamos un rato cojonudo. 

Me doy un capricho y rescato la historia de uno de mis ídolos (y el de muchos) de adolescencia, la de uno de los jugadores más distinguidos que haya dado nunca el continente europeo. ¿Se puede ser el más añorado habiendo ganado únicamente una Liga y un Mundial de Clubs en un equipo del bagaje del Madrid? Sí. Si te llamas Mirza Delibasic.


El poeta de Tuzla

Tuzla es la cuarta ciudad más grande de Bosnia y Herzegovina y alberga el único lago salado de Europa, visitado por 100.000 personas al año. Su nombre proviene de la palabra turca “sal”. Allí nació y creció nuestro protagonista. Los Delibasic (Izet y Duda) procuraron dar a sus hijos una formación basada en la educación y el respeto. Cuentan incluso que el patriarca, profesor de gimnasia, cambió de colegio para no coincidir con el de sus chicos y evitar malentendidos. El deporte siempre estuvo presente en la casa. Mirza destacaba con la raqueta y con 14 años se coronó como campeón cadete de Bosnia-Herzegovina, pero el duro invierno sólo le permitía practicar el tenis muy pocos meses al año. Guiado por su hermano se decantó por la canasta. En otoño del 68 entró a formar parte del Sloboda (“libertad”). Con 15 años debutó con el primer equipo, donde permaneció 4 años. 


Pronto su elegante desenvoltura llamó la atención y fue convocado para el Europeo Juvenil que se disputaría en la ciudad italiana de Gorizia en el verano de 1971. La competición estaba destinada a los nacidos en el año 54 y posteriores. Los yugoslavos “colaron” a Dragan Kikanovic, un genio venido al mundo un año antes. Sea como fuere, el cuadro rebosaba talento. A la renombrada pareja de aleros, acompañaba un base con cabeza que haría carrera, Dragan Todoric, y dos interiores de categoría, Mirko Grgin y el gigante Rajko Zizic. Los de Novosel se harían con el título después de desembarazarse de los rusos en semifinales y de los anfitriones en la final por 74-60. La “parejita” se hizo notar: Delibasic culminó el torneo con 99 puntos y Kikanovic con 90.

Sólo hubo que esperar un año para que el grupo (esta vez con Zeljko Jerkov, que no había viajado a tierras transalpinas por lesión, como referencia interior) diera otra alegría. En la ciudad dálmata de Zadar se organizó el Europeo Junior. Todo el país (a través de las imágenes televisivas) pudo constatar la voracidad enfermiza de Kikanovic y la poética destreza de Mirza. Si Dragan jugaba con el cuchillo entre los dientes, Mirza escribía los más delicados versos. No hubo color. Los “plavi” aniquilarían nuevamente a los “azurri” (89-65). Quedaba claro: los “mayores”, que dos años antes habían sido Campeones del Mundo en Liubliana, tenían el relevo asegurado. 

El Bosna de Sarajevo y la Reprezentacija (la selección).

Todos los grandes querían hacerse con los chicos de moda, pero la Federación no estaba por la labor. Había que salvaguardar el ecosistema de la Liga y por extensión del baloncesto patrio bajo dos pautas: el equilibrio de la competición y el desarrollo de los nuevos valores, por lo que no permitió que el Partizan (que ya contaba con Todoric, Kikanovic y Dalipagic en su línea exterior) pescara también al de Tuzla, de tal manera que “recomendó” su traspaso al Bosna. Otras fuentes arguyen que fue el propio Delibasic el que decidió salir del Partizan (con el que ya estaba entrenando) para firmar por los de Sarajevo. 

En el 72 llegó a la preciosa “Jerusalén de Europa”, la cosmopolita ciudad donde desde hacía siglos musulmanes, ortodoxos, católicos y judíos convivían entre sus cinco grandes montañas en los Alpes Dináricos. Lo esperaba un equipo joven, con un proyecto que maduró bajo la supervisión del gran Bodgan Tanjevic desde la 2ª división, de la que se ascendió en 1972, hasta la sorprendente corona europea en 1979. El ingente anotador Zarko Varajic y el valiosísimo pivot Ratko Radovanovic componían con Mirza el trío de lujo que daría días de gloria a los bosnios. El bloque fue creciendo alrededor del talento de Mirza, que se llevó el primer gran chasco de su carrera al caerse de la convocatoria para el Mundial de Puerto Rico 74. Pese a su excelsa temporada, Mirko Novosel lo dejó a las puertas (fue el jugador nº 13). “Aquello me marcó, pero me sirvió para mejorar como persona y como jugador”, diría con el tiempo. Lo que no mata, te hace fuerte.

Desde el siguiente acontecimiento con el combinado nacional, ya no se apearía del burro. 14 años después de albergar su primer Europeo, Yugoslavia organizaba el Campeonato del 75, para lo que ponía de largo su maravillosa Sala Pionir en Belgrado. Los 7.000 espectadores que llenaron el complejo disfrutaron de una final apoteósica ante los temibles rusos. Los plavi se marcharon al descanso con ventaja (44-37), pero en la reanudación los 16 puntos de Salnikov estrecharon la soga. Con 86-84 para los locales el árbitro italiano Albanesi pitó unos más que dudosos pasos a Milosedov. A la postre Cosic fue el mejor jugador del torneo (16 puntos y 18 puntos en la final), pero la endiablada mano de Kikanovic emergió anotando el tiro decisivo. Delibasic contribuyó con 6 puntos a la presea dorada. 

Su primer metal olímpico llegó un año más tarde en los Juegos de Montreal. La remontada épica ante Italia (en el descanso caían por 16) les dio confianza para semifinales, donde pasaron por encima de la Unión Soviética. El primer escalón del podio era cuestión de estado para los americanos tras el descalabro de Munich, con lo que los balcánicos estuvieron muy lejos de los entrenados por Dean Smith. 

En la temporada 76-77 los de Sarajevo tomaron una ventaja de dos partidos que parecía inalcanzable sobre Partizan y Jugoplastika cuando Delibasic encestaba el tiro decisorio en la victoria sobre los de Belgrado al poco de comenzar la segunda vuelta, pero los bosnios tropezaron en casa frente a los croatas y en su salida a Zadar. La Prva Liga se decidiría con un encuentro de desempate en Belgrado, donde el baloncesto le devolvió al gran Damir Solman la gloria perdida en la final de Copa de Europa frente al Varese. Si cinco años atrás erró la última posesión, esta vez la convirtió para redondear con el triplete una campaña fantástica para los de Split. A Mirza no le consolaría el trofeo de mejor jugador de la competición, pero el éxito ya estaba llamando a su puerta. 

Tras otro verano bañado en oro a las órdenes del profesor Nikolic (tercer Europeo consecutivo, con los rusos otra vez de miranda y Drazen Dalipagic como estrella), aguardaba otro campeonato doméstico emocionante. El Partizan se postulaba como el rival a batir: Kikanovic y Dalipagic estaban poseídos y promediaban más de 33 puntos por noche cada uno. Cuando la parejita se fue a los 33 y 48 tantos respectivamente para hacerse en la prórroga con su primera Korac, pese a los baldíos esfuerzos de Mirza con 32 puntos, toda Yugoslavia daba por hecho que los partisanos harían en la misma semana doblete en liga. Las actuales casas de apuestas se hubieran forrado, pues el Bosna asaltó Belgrado (102-109). Sus cuatro internaciones limpiaron miedos y tiraron de orgullo, carácter y puntería. Varajic hizo 28 puntos, Djogic 20 y Radovanovic 17; Delibasic acaudilló el partido con 26 puntos y un lote de asistencias. Ahí no quedó la cosa: a su primera Liga unirían la Copa unos días más tarde. Paradójicamente el premio al mejor jugador del año iría para Kikanovic.

Su partido preferido

De todos los que disputó a lo largo de su carrera el que Mirza recordaba con más agrado tuvo lugar en Estados Unidos. Como todos los años, Nikolic se llevaba a los chicos de gira por tierras americanas. Si tradicionalmente el viaje servía como aprendizaje y fogueo para los nuevos talentos, esta vez la excursión cobraba tintes más serios, pues ayudaba a preparar el próximo Mundial que se había de disputar en octubre en Manila. En la primavera del 78 se celebró el World International Tournament. Los plavi echaron sal en la herida abierta a la armada rusa y les dieron otra buena tunda (97-79). La clausura del rimbombante torneo cobró rango casi de final olímpica. Los americanos agrupaban a sus mejores universitarios, unos tales Magic Johnson, David Greenwood, Phil Ford, Joe Barry Carroll, Larry Bird, Darrell Griffith, James Bayley o Sidney Moncrieff. Igual les suenan, gran parte de ellos cimentaron leyenda posterior en la NBA. Los cuatro últimos no habían olvidado las provocaciones de Kikanovic en un choque el verano anterior en territorio balcánico que concluyó como el rosario de la aurora con victoria local por un punto. Vamos que les tenían ganas. 

Chapel Hill, cuna del baloncesto universitario, acogió el evento. Ningún equipo se separó en el marcador, que reseñó hasta 13 empates. Un resbalón de Dalipagic devino capital y los jovencitos norteamericanos se llevaron el gato al agua 88-83. Los europeos no simpatizaron con los árbitros que les señalaron 27 infracciones por pasos. Mirza Delibasic estuvo excelso con 19 puntos, acompañado por el dúo de aleros partisanos –22 Kikanovic, 18 Dalipagic- y del gran Kresimir Cosic (16). Siempre presumía contando que al día siguiente habían sido portada de los principales periódicos deportivos y que la gente les paraba por la calle felicitándolos por el nivel mostrado. Mirza, al igual que años antes había hecho Dalipagic con los Celtics, declinó la invitación de los Haws de Atlanta para acudir a su campamento estival. A veces se arrepentía de la decisión, más por entonces el gobierno de Tito no permitía la salida de jugadores al extranjero hasta cumplir los 28 años y su ingreso en la liga profesional le hubiera impedido volver a la selección.

De Manila, Mirza trajo colgada otra medalla de oro. Molestias en la espalda le impidieron disputar algunos encuentros, pero no faltó a la final más repetida de la década. Tras las canastas de Kikanovic y Myshkin tuvo en su mano la suerte del partido, pero su lanzamiento desde la prolongación de la personal no entró y se llegó al tiempo extra. En la misma sobresalió la figura de Kikanovic, sabiamente escoltado por Mirza desde el puesto de base. Un pase picado a una mano aprovechando una puerta atrás de Kica terminando el partido da para ponerlo en un clinic.

Campeón de Europa, Campeón Olímpico.

Si a nivel local la temporada 78-79 el Partizán copó los títulos, en las postrimerías de la misma se asistió a un hecho sin precedentes: por primera vez en la historia un conjunto yugoslavo, el Bosna de Sarajevo, alcanzaría la Copa de Europa. El Emerson Varese de Ossola, Morse, Yerverton y un diezmado Meneghin compadecía a su décima final consecutiva como gran favorita, pero los bosnios no se amilanaron. Varajic se llevó las portadas al anotar todavía hoy una cifra récord de 45 tantos en una extraordinaria serie de 14/22 en lanzamientos de 2 puntos y 17/21 en tiros libres, pero el verdadero dominador fue Mirza con 30 puntos (14/23 y 2/2), 6 asistencias y 5 robos. El marcador final reflejaba un sorprendente 96-93 y el Viejo Continente caía rendido al talento del bosnio. En la memoria de los aficionados madridistas la edición pasaría a la posteridad como la de los tres tiros libres fallados por Prada, pero el rastreador de exquisiteces reparará en el primer partido de la tradicional liguilla de semifinales a seis. En Sarajevo, a la salida a la repleta cancha, una foto enorme de Mirza cubría uno de los fondos como alertando a los blancos: entraban en territorio Delibasic. Las estrategias de Lolo cayeron en agua de borrajas: el de Tulza hizo 40 puntos sin despeinarse para alcanzar el triunfo 114-109 en la prórroga.

En el 80 Mirza se hace con su segundo título liguero. En Split, exhibe una actuación portentosa -28 puntos- y se desquita de la derrota que tres años antes le habían infligido los dálmatas. La Copa de Europa deja un aroma inolvidable en el viejo pabellón del Real Madrid. Dos jornadas antes de concluir la liguilla de semifinales, aterriza el actual campeón, el Bosna, para jugarse el cocido y la afición asiste a un episodio incomparable. Nadie de los que abarrotaron la grada ha podido olvidar el muestrario de canastas y asistencias que Delibasic enseñó esa noche. El personal fascinado llegó a aplaudir algunos de los trucos del mago y cuando desde la línea de tiros libres dio dos botes para terminar en un gancho limpio lateral que hubiera firmado Luyk la ovación fue general. Su elegancia natural, su señorial comportamiento y su juego pret a porter deslumbró. Spielberg ya le puso nombre a la película “Encuentros en la tercera fase”. Sus 44 puntos empequeñecieron junto al halo de grandiosidad que dejó el genio. A la parroquia local la deberían haber cobrado doble: la victoria 95-93 le valió al Madrid para meterse en la final de Berlín que le daría la séptima ante el Maccabi y un tipo chupado, liviano como una voluta de humo, les adentró en el baloncesto del futuro, les cambió la mirada.

Mirza se despidió de los Juegos Olímpicos a lo grande. Los rusos, sabedores del boicot americano y con el aval del título europeo del 79, los habían preparado con mimo, creyéndose acreedores del oro, pero a la gran generación yugoslava aún le quedaba una bala en la recámara. Después de un lustro, dos ángeles (Delibasic y Dalipagic) y dos demonios (Slavnic y Kikanovic) seguían peleándose los minutos, mientras que en la pintura Cosic daba sus últimas pinceladas maestras. La CCPP perdió pie (pobre Belov) y yugoslavos e italianos entraron en la final. Mirza se viste de Armani para la ocasión. Arma el juego con aparente facilidad, hace llegar el balón al compañero mejor situado (Kikanovic 22 puntos, Dalipagic 16), desempolva todas las suertes de la asistencia (da 7) y planea con sus maravillosas suspensiones por los linderos de la geografía transalpina (20 puntos). Total, que impartió un curso. Yugoslavia alcanzó el título que le faltaba, el oro olímpico, si bien Kikanovic no pudo acudir a la ceremonia de entrega. Los italianos le tenían tantas ganas que Meneghin se las cobró todas juntas en uno de los lances finales del encuentro. El brutal rodillazo-bocadillo en el muslo que recibió en una entrada a canasta le llevó directo al hospital. Cuenta la leyenda que en su época posterior en el Scavollini de Pesaro, los mejores jugadores azzurri hacían una porra con pasta de verdad y se la llevaba el que a final de curso le hubiera dado la galleta más gorda.

El Real Madrid

Mirza lo había ganado todo en su país y tras cumplir con sus obligaciones militares se le abrió la puerta para salir al exterior. Con media Europa detrás, el Madrid fue el que maniobró con mayor diligencia. Llegó a la Casa Blanca por mediación de Vorghi, el entrenador de la sección de voleibol (que luego fue preparador físico del Celta y del propio Real) con un contrato firmado por tres años a razón de 7, 7 y 9 millones de pesetas. La guinda al proyecto la puso el fichaje de Fernando Martín birlado al Joventut ante el cabreo de Manel Comas que lo tenía cerrado. 12 millones de las antiguas pesetas percibió Estudiantes por su traspaso. Era abril del 81.

El impacto de la pareja fue brutal e inmediato. En junio, a los pocos días de cerrarse sus contrataciones acudieron a disputar en Brasil el Mundial de Clubes. Martín pronto desmintió su papel de promesa. Sus 50 puntos al Santa Kilda hicieron ver a la curtida plantilla que se trataba de un crack. Fernando desbarajustó la definición de roles que el vestuario blanco tradicionalmente establecía. Desde la cercanía y la tranquilidad, Mirza se ganó al grupo, que en la cancha no tardó en darse cuenta de la grandeza crepuscular del balcánico. Los imberbes del Sirio de Óscar y Marcel no fueron oponente en la final (109-83). Delibasic refrendó una notable actuación con 35 puntos. 

A la vuelta del verano, Mirza hablaba “cheli” y en 10 días envidaba a pares y echaba órdagos a juego cual paisano castizo de Chamartín. Sus compañeros no daban crédito. Los Delibasic alquilaron vivienda muy cerca da la Antigua Ciudad Deportiva y Mirza no tardó en hacerse con las costumbres de la capital. Le encantaba Madrid y sus gentes. Sin profesor, aprendió castellano en el trato diario. Sintonizó con todos y el matrimonio frecuentó la compañía de los Brabender. La derrota en Badalona ante el Cotonificio (103-92) en la tercera jornada con 28 puntos de Mirza genera los primeros debates en prensa. Lo típico: “que si sus compañeros no le entienden, que si no se ha adaptado…”. La primera vuelta concluye con victoria blanca en el Pabellón sobre el Barsa (95-93): los 36 puntos de Delibasic volatilizan las críticas. Ya nadie recuerda haberlas pronunciado. 

El Madrid accede inmaculado a la final de la Recopa en Bruselas. En semifinales ha dejado fuera a la Sinudyne Bolonia de Nikolic y se presenta como claro favorito. El ambiente de preguerra que vive en los días previos la capital de la Unión Europea por el conflicto siderometalúrgico parece anticipar un desenlace no pronosticado. La Cibona de Novosel enmaraña a los merengues que reaccionan a lomos de Llorente, Brabender, Itu, Romay y Martín. En la zona Cosic y Knego han hecho pupa y Alexander Petrovic ha llevado el partido a la prórroga tras un enceste milagroso. El cansancio pasa factura y Lolo echa mano tarde de Delibasic (que había pasado la segunda parte orillado en el banquillo por las faltas personales) y de Juan Corbalán. Un error arbitral termina por sepultar justamente al Real. 

En España, el título liguero se dirime en la última jornada en el Palau. En la semana previa Mirza no se esconde y salta a los medios con naturalidad: “¿Nervioso? Para ganar estos partidos me trajeron, no para meterle 40 puntos al Naútico”. Fernando Martín anota los 9 primeros puntos visitantes. Tras fallar sus dos primeros lanzamientos, Mirza coge carrerilla y anota los 7 siguientes. Como siempre, Epi y Sibilio mantienen a flote al Barsa. Las faltas de sus interiores son una vía de agua para el Madrid: a 2 segundos para el descanso es expulsado Romay y Martín toma el mismo camino en el primer minuto de la reanudación. “Houston, Houston, tenemos un problema”. A Rullán no se le ha olvidado jugar (12 puntos) e Iturriaga rescata juveniles sensaciones en la pintura (23 puntos). Brabender ajusta la mirilla (19 puntos) y Corbalán gobierna a su antojo. La presión obra en contra de los azulgranas que son un manojo de nervios. Con Delibasic no parece que fuera la cosa: a 5 minutos para la conclusión, durante un tiempo muerto, se le observa de pie apoyado sobre el hombro de un compañero con las piernas cruzadas como si estuviera en la barra de un bar. Cuando el partido está en el fogón reclama la pelota para cerrarlo entre aclarados. 26 puntos le entronizan en la leyenda vikinga. 

El Barsa se toma cumplida revancha en la Copa. Badajoz fue testigo de la remontada catalana. Al Madrid le mató la lesión de Martín que a los 12 minutos tuvo que abandonar la cancha y la ventaja (16-32) se diluyó. En el 21 se quedó sin pivots titulares y Chichi Creus hacía carburar a los suyos (14 puntos). Sibilio (28) sacó a pasear su muñeca de seda y Perico Ansa le tomó las medidas a Delibasic (20) con un marcaje sensacional. Brabender (28) acudió al rescate, pero no fue suficiente y la Copa volaría a la Ciudad Condal (110-108).

Mirza había completado una excelente temporada: cuarto asistente de la Liga con 65 asistencias (el primer puesto lo acaparaba Carmelo Cabrera con 91, mientras Corbalán quedaba relegado al sexto) y séptimo máximo anotador bajo un promedio de 25 puntos por tarde (651 en total). Para la revista Nuevo Basket fue el segundo mejor jugador de la competición, tras el mítico Essie Hollis (le adelantó en una décima en sus calificaciones, 7,5 por 7,4 del bosnio). La Liga eligió a Fernando Martín como su jugador más sobresaliente. Por vez primera los blancos desvirgaban sus camisetas, rotuladas por la marca Zanussi.

Para el siguiente curso los seguidores merengues se las prometían muy felices: en la Copa de Europa habían incorporado como refuerzo al gran Dalipagic. El presumible chorreo de puntos exterior auspiciaba grandes metas, pero con el transcurrir de las jornadas se demostró que aquello no pitaba. Delibasic no alcanzaba el nivel pretérito, quizá influído por sus problemas conyugales que con posterioridad condujeron a un traumático divorcio. Durante partidos vagó como alma en pena. En Copa de Europa sólo se recuerda un gran partido conjunto a la Doble D: en Zagreb Dalipagic convirtió 33 puntos y Delibasic 26 para una cómoda victoria. El Madrid se quedó por el camino: la Billy Milán cercenó su paso a la gran final y en España un palmeo de Luis Miguel Santillana provocó un partido de desempate en Oviedo para allí la Liga troncarse culé.

El adiós

De todos es sabido que en deporte los vientos viran a velocidad de vértigo. Mirza era plenamente consciente del barco en el que navegaba. Ese yate nunca fue diseñado para segundos puestos, así que con un año de contrato por concluir habló cara a cara con su entrenador: “Lolo, si necesitas mi plaza de extranjero para fichar un pivot americano, hazlo sin temor. El interés del club está por encima de todo”. Con todo el dolor de su corazón, pues Sainz respetaba a Mirza como probablemente a ningún otro jugador (le llamaba “maestro”), aceptó la “proposición indecente”. A cuadros se quedó el gerente cuando fue a liquidar con Mirza el finiquito del año venidero: “No quiero nada. No me parece honesto cobrar sin trabajar. Bueno, sólo una cosa, hacerme socio del Real Madrid”. Y al momento dejó pagada una anualidad por adelantado. 


Tenía plazas dónde elegir. Europa entera le abría sus brazos. Escogió el Indesit Caserta de su amigo Bodgan Tanjevic “Ha sido el mejor entrenador que he tenido. Su forma de trabajar me impresionó desde el primer momento. Lo mismo me pasó con el profesor Nikolic, quién me demostró que iba por delante de su tiempo. Con éste, en la selección hicimos una revolución no sólo por el juego de ataque sino también por la defensa. Gracias a ella ganamos muchos partidos”. No llegó a debutar. En pretemporada un derrame cerebral le obligó a dejar el baloncesto con sólo 29 años. Sin tiempo para lamentarse, rehízo su vida. Volvió a casarse y tuvo otro hijo. 

La maldita guerra

Como tantos, Mirza, ingenuo, no la vio venir, no se imaginaba que la barbarie humana pudiera alcanzar el punto de matarse entre los que hacía cuatro días eran hermanos. Primero estalló en Eslovenia, luego alcanzó Croacia y finalmente el 6 de abril de 1992 (curiosamente 13 años exactos después de que el Bosna se coronara como Campeón de Europa) explotó en Sarajevo. Ese día su vida empezó a languidecer por dentro. Mandó a su mujer y a su hijo a Split y luego a Trieste, a casa de Tanjevic, pero el permaneció en la capital bosnia. En medio de los bombardeos, de la vigilancia contumaz de los francotiradores, de los cortes de luz, agua y teléfono, de la carestía alimentaria, era un símbolo para su pueblo. Daba igual que llevara una diana a su espalda. No podía abandonarlo. En septiembre, muy desmejorado, demandó dramáticamente en las cámaras de Antena 3 el auxilio internacional. 

3 de abril de 1993. Como si se tratara del guión de una película de suspense, una expedición compuesta por 18 personas, elude el asedio a la ciudad, sorteando las balas enemigas en el aeropuerto. Su destino, el Europeo que había de celebrarse en Alemania en junio. Mirza será el primer entrenador de la recién constituida selección de Bosnia y Herzegovina. Se movieron sigilosos, pernoctaron en colegios y autobuses hasta alcanzar después de varias noches la frontera croata. De Split se trasladaron a Zagreb donde tomaron su primer contacto con el balón. Algunas fuentes relataban que la aventura costó la vida a tres mujeres, víctimas de las balas “de los hombres de la montaña”. Durante el campeonato, Mirza ejerció de portavoz de una nación castigada “sólo seguimos por la fuerza de los cojones”, declaraba a Robert Álvarez en El País. El octavo puesto fue celebrado en Sarajevo como un triunfo. Mirza regresó al infierno y el cerco a la ciudad se prolongó hasta el 29 de febrero de 1996, constituyéndose en el más largo de la historia contemporánea, dejando por el camino 12.000 fallecidos y 50.000 heridos. Tozudo y patriota se mantuvo en Sarajevo hasta el final del conflicto. 

Su salud empeoraba, descuidada. Desoía las opiniones de los médicos. No cortó con el alcohol y fumaba como un carretero. En su etapa en “el foro”, Lolo Sainz, con la venia de la plantilla, tuvo que negociar un armisticio. Acordaron reducir sus dos paquetes diarios a un par de cigarrillos después de cada comida. El ritual se repetía en cada sobremesa con presencia ajena: Mirza aducía cualquier pequeño malestar para salir a tomar el aire y de paso echarse un pitillo. En cierta ocasión, un veterano directivo que desconocía la componenda recriminó al resto del grupo que nadie saliera a acompañar a un colega enfermo. 

Cuando en otoño del 2000 visitó por última vez Madrid como invitado especial a la puesta de largo de la Euroliga, sus amigos se dieron cuenta del grave deterioro que había sufrido. El 8 de diciembre de 2001 se anunciaba la noticia que conmocionaba a todo el baloncesto: con sólo 47 años Mirza Delibasic fallecía víctima de un cáncer linfático. Él, siempre irónico y socarrón aducía que había vivido el doble, mitad de día, mitad de noche. Tras su retirada, su biografía se asemejó más a la de un poeta romántico de salud quebradiza que a la de un mito del deporte.

¡Qué jugador!

Torneo de Navidad, temporada 82-83, partido frente a un combinado americano. Mirza otea un compañero que ha salido disparado buscando el aro rival. Desde su campo y sin pensarlo da un pase picado a una mano que atraviesa el campo en diagonal. Distancia: cerca de 20 metros. Resultado: canasta. La grada enloquece, el pabellón entero se levanta agradecido y la ovación se prolonga durante un minuto largo. 

Como éstas mil. Mirza era el Dios de las pequeñas y de las grandes cosas. Como Van Gogh, no fue el que más cuadros vendió en vida (Vincent sólo vendió uno, El viñedo rojo), pero sus brochazos dejaron lienzos inolvidables, trazos que ni antes ni después ha podido igualar nadie. Su paleta de pases era infinita: por detrás de la espalda, por detrás del cuello, de beisbol, de petanca (mi preferido, cuando le caía el balón al palomero de turno aquello era poesía en movimiento), por debajo de las piernas suyas o ajenas, a una mano o a dos, en el aire cuando se levantaba para tirar… Un catálogo infinitivo pleno de imaginación, de fabulación. Inventariar toda la gama llevaría un rato largo. 

¿Y su tiro? Fácil, el que se enseña en las escuelas, en los clinics. Su mecánica era elegante, natural. La suspensión de estampa, el codo recto en perfecto ángulo de 90º, el balón impulsado por la yema de los dedos dando vueltas hacia atrás. De manual, para ponerlo en un sello conmemorativo. 

Y que nadie se equivoque, el juego de Delibasic no era efectista sino efectivo. Se movía por las pista con la elegancia de un vals vienés. Convocaba la admiración y el respeto de aficionados, compañeros, entrenadores y rivales. Atendía por igual el exquisito paladar de los hinchas y la exigente mirada de sus técnicos. No se adornaba en vanos artificios, su objetivo era ganar y sus alardes (imposibles para el resto) le salían solos, sin frotar ninguna lámpara.

El periodista Joan Cerdá escribía un artículo en mayo del 82 en Nuevo Basket titulado “Delibasic, el Aleph del baloncesto”, en que comparaba el juego de Mirza con la definición del término que hacía Borges en su ensayo filosófico. Aleph como “uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”, “el lugar donde están sin confundirse todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Amén. No puedo estar más de acuerdo. 

¡Qué tío! 

Es difícil, ha pasado mucho tiempo, pero los veteranos de la sección blanca siguen hablando con fervor reverencial del Delibasic persona. Nadie olvida el día que apareció con una moto para Angelito, el utillero del equipo, que le recriminaba sus noches de timba en el casino. Tras una racha afortunada se presentó de tal guisa ante la estupefacción y el agradecimiento eterno del empleado que tuneó (antes no existía el vocablo) el vehículo con rótulos alusivos a su ídolo. Todos veneran sus charlas entre cañas, su extrema sensibilidad, su ironía, su refinada educación. Todos recuerdan con tristeza su mirada atravesada por la pena cuando la vida se le volvió perra entre tanta enfermedad, dolor y guerra. 

A su sepelio en el cementerio Bare de Sarajevo acudieron más de 10.000 personas sin distinción de bosnios, serbios y croatas y por supuesto una amplísima representación de los que habían sido sus compañeros: Kikanovic, Slavnic, Jerkov, Dalipagic, Solman, Novosel, Ivkovic, Brabender, Corbalán… Algo tendrá el agua cuando la bendicen. 

Su amigo Juan Antonio Corbalán, en su más que recomendable novela “Conversaciones con Mirza” recordaba un dicho recurrente del personaje “Qué bueno es perder sueño para compartir cosas”. Me quedo además con la reflexión que en varios parajes del libro se cita: “Hay que ser generoso en la victoria y orgulloso en la derrota”. Mirza lo era, en su baloncesto y en su vida. Por eso, antes de que los recuerdos amarilleen en las páginas del tiempo, había de recordarle. 

2 comentarios:

  1. Unico e inolvidable.Como aficionado del Barcelona, el jugador rival mas admirado de todos los tiempos.Un patrimonio del baloncesto.

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  2. beautiful Mirza
    El jugador madridista mas querido y admirado por los aficionados del Barça

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