jueves, 28 de agosto de 2014

Joan Creus y el milagro de Manresa


Concluyó el curso en junio con la final entre los grandes y se repartieron las notas. Al Madrid se le hizo bola la temporada. Hasta marzo, paseó su juego atractivo y desenfadado por Europa y colmó de “highlights” a sus seguidores. Aparecieron las lesiones y desde arriba se racaneó: no puso ni tiritas con interinos y los jugadores de peso llegaron con el depósito justo al desenlace de la obra. Del varapalo macabeo en Milán no llegó a restablecerse. El Barsa en cambio, tras la bofetada continental, tomó cierto aire y distancia. Marcelhino salvó el culo a Pascual (dando la razón a los que consideran las rotaciones un cuento chino) en Valencia y Navarro (qué crack, Juan Carlos devolvió la pala a los que ya le estaban enterrando) y Tomic (el mayor talento interior que pulula por Europa) tiraron de galones. El Barsa demostró y se demostró que podía con los blancos en una batalla de igual a igual, aparcando el sopor que, en ocasiones, prensa y afición le echaban en cara. A su solidez defensiva y fortaleza en la pintura añadió alegría, desparpajo y un excelso acierto exterior. El “matraco” Margall siempre ha considerado que el secreto del tiro está en las piernas y ahí pudo residir una de las muchas claves del triunfo catalán. Más allá de consideraciones tácticas, al final hay que meterla y arribaron más frescos y anotaron con más fluidez y puntería que el Madrid, que ya en sus eliminatorias previas había dejado entrever que atrás no se manejaba como en los meses precedentes. Justísimo campeón. Muy grandes, tanto que en lo más alto del cajón sólo cabe uno. 

La “justicia poética” del resultado devolvió la sonrisa a Pascual, al que su currículum plagado de títulos debería servir como escudo frente a los ataques que de continuo ponen en tela de juicio su labor. Al alabado Laso ahora le ningunean desde la planta noble de Concha Espina. Alucino. Si algunas de las decisiones o lecturas de partido del vitoriano pueden ser cuestionables, ningún entrenador desde Lolo Sainz (y han pasado unos cuántos) ha dado tanto a una sección histórica que se ha visto relegada durante años. Los aficionados merengues han vuelto en masa al Palacio, se han triplicado el número de abonos y, sobre todo, se han identificado con su equipo y su manera de jugar. Vamos, que se lo han pasado bomba. Que el Madrid ha rescatado sus señas de identidad es una evidencia. Que la gente se ha plantado en Goya como el que va al Parque de Atracciones, salta a la vista. Eso, independientemente de los trofeos que se alcancen (que nadie te los garantiza) debería cobrar una importancia capital. De momento, parece que Pablo se salva de milagro de la quema. Allá los dirigentes y sus decisiones. Los que saben de esto en el club le han defendido a capa y espada. Que la tropa se le ha soliviantado, denle mando en plaza y se acaban los caprichos y las bromas. Por ahora, el Barsa, como casi siempre, parece cobrar ventaja de cara al año venidero: las contrataciones de Satoranski, Doellman y Pleiss suenan mejor que los refuerzos blancos, aunque el “Chapu” Noccioni dará un plus de intensidad que los blancos agradecerán. Veremos. 

Al final me he liado con una reflexión sobre el presente, pero lo que quería rememorar era la historia de la mayor sorpresa que ha dado la Liga en su historia, la del Manresa y el maravilloso Joan “Chichi” Creus. Ahí va. Démosle a la máquina del tiempo.

El escenario: Manresa

Ubicada en el centro geográfico y religioso de Cataluña, Manresa es la capital de la comarca barcelonesa del Bages. La zona, atravesada por el río Llobregat, vivió la revolución industrial del XIX con importantes fábricas textiles y empresas químicas. La Seu, la colegiata-basílica de Santa María, con el retablo gótico del Espíritu Santo, es el lugar de recogimiento de los parroquianos locales. A pocos kilómetros el Monasterio de Montserrat acoge cada año a miles de creyentes. 

La relación de la ciudad con el baloncesto viene de muy antiguo. El Manresa Baloncesto Club se fundó en 1931. Tres años más tarde se fusionaba con el Club Baloncesto Bages en la Unión Manresana. En el 40 se constituía en apéndice del Centro de Deportes Manresa Club, de tradición eminentemente futbolística. 

Lo interesante llega a finales de los sesenta. En la temporada 67-68 el Club Deportivo Manresa obtiene junto al San José Irpen de José Brunet una de las plazas de ascenso a la Primera División Nacional. Al año siguiente, con José Massaguer de entrenador y un balance de 7 victorias y 15 derrotas terminarían penúltimos, pero su paso por la división de plata sólo duraría una campaña: en la 69-70, de la mano de Antonio Serra regresan a la máxima categoría. El brillante cuarto puesto posterior con el célebre Juan Martínez como tercer máximo anotador abre un período de consolidación, que vive su máximo apogeo en la ciudad con el ascenso del Club Baloncesto Manresa. Así en la temporada 72-73, Manresa con apenas 60.000 habitantes, tendría el efímero honor de albergar dos equipos en Primera. A la postre, el actual club es el resultado de la fusión para la élite del Manresa E.B. y C.B. Manresa. 

En los setenta el equipo se afianza en las posiciones medio-altas de la clasificación. En el primer lustro, el tándem Serra en el banquillo y Martínez en la pista causa estragos. El Congost inaugurado en noviembre del 68 es una china en el zapato de los grandes. El equipo sale incluso a Europa y en el curso 71-72 participa por vez primera en la Copa Korac. Para la 73-74 se firma al gran Ed Johnson como refuerzo foráneo. La década se cierra a lo grande. Un cuadro fabuloso entrenado por Basora con un base clásico (Miguel López Abril), un americano de los que dejan huella (Bob Fullarton) y dos grandes jugadores (Víctor Escorial y Miguel Ángel Estrada) que habían salido por la puerta de atrás del Palau, se plantó en la final de Copa ante el Barsa. Ferrol fue testigo de su digna derrota (83-92). Para el evento se alcanzó un acuerdo con la tabaquera Marlboro y se lució la publicidad de la marca en las camisetas. 

A principios de los 80, Jaime Ventura se hace cargo de la nave y Jordi Creus, Germán González y Goyo Estrada se constituyen como principales estandartes. En la temporada 83-84 se pierde la categoría para recuperarla un año después. Juan Jiménez recibe el premio al mejor entrenador con una pareja americana de lo más seria, Frazer y Mayes. Luego vendría Gavaldá y más tarde el dúo Ángel Palmi y Pedro Martínez que ponen al club en la pista definitiva. Su proyecto caló y apuntalaron las bases del esplendor venidero… En la ciudad nadie olvida la canasta del “Lagarto” De la Cruz frente al Tenerife Nº1 que evitó un descenso, ni los heroicos y comprometedores esfuerzos de Carlos Casas por mantener a flote el club, ni el fiel patrocinio de TDK (desde el 85 hasta el 2000), ni la triste desaparición en accidente tráfico de uno de los suyos, Pep Pujolrás, una mañana que acudía a un entreno (10 minutos después su compañero Joan Peñarroya que conducía por el mismo camino se topó de golpe con el drama), en el trago más duro que pueda sufrir un equipo, una afición o un club… Muchos nombres (tres grandes presidentes: Josep Salido, Carlos Casas y Benjamín García), conocidos y no tanto, con su empeño diario, hasta alcanzar la gloria… 

El prota: Joan Creus

A “Chichi” (el mote se originó en su infancia y deriva de chincheta) el baloncesto le venía de cuna. Su padre fue jugador de nivel, alcanzó la Primera División y jugó en la Selección Catalana. Liviano, pequeño, su amor por el juego escapaba a cualquier limitación física. Joan Todolí le inculcó su pasión por el basket en su etapa juvenil. Circunstancias económicas hicieron al Ripollet renunciar a su plaza en 1ª B, por lo que otro entrenador del equipo de su pueblo, Juan Coma, decidió llevárselo al Hospitalet. Debutó en Primera División el 22 de septiembre de 1975 frente al Basconia anotando 6 puntos. Tras dos años en el Hospi, donde gozó de la confianza posterior de García Guevara, recaló en Granollers. Creció en el Vallés durante tres temporadas: sabiamente dirigido en su estreno por Vicente Sanjuan, su progresión exponencial con Ángel Palmi (con los puestos sextos y quintos en Liga) le llevó al salto a un grande, el Barsa. 

El primer año gozó de minutos, cobrando especial relevancia en el triunfo en la Ciudad Deportiva Blanca y en la final de Copa (sus 16 puntos hicieron mucha pupa al Madrid). Doblete, aunque por el camino se quedó la Recopa que se fue hasta Cantú: Jeff Ruland (todo un personaje que tenía por costumbre entrenar con las llaves de casa atadas a los cordones de las zapatillas) no se aclimató, su lesión implicó la entrada de Mike Phillips en la competición liguera, y su aportación en la final continental resultó insuficiente. Al chasco europeo se sobrepuso Ruland con 5 años estelares en los Bullets de Washington donde promedió con asiduidad más de 20 puntos y 10 rebotes. El Madrid tomó nota y firmó a dos genios (Fernando Martín y Delibasic) para recuperar el cetro liguero, pero el Barsa no soltaba la Copa del Rey con Creus estelar (16 puntos). Con los años Joan reconoce que jamás jugó en una plantilla mejor, pero, a pesar de que le ofrecieron un contrato por 3 temporadas, tomó el camino de vuelta a Granollers en busca de importancia y minutos. Disputó otras 11 temporadas de vallesano hasta la triste desaparición del club en 1993 por problemas financieros. El histórico Areslux o Cacaolat Granollers de Creus, Mendiburu o Slab Jones (al que Joan recuerda como el mejor americano con el que haya compartido vestuario) siempre estuvo en las zonas altas de la competición y su defunción hizo pensar a “Chichi” muy seriamente en la retirada. Contaba con 36 años, había sido internacional (plata en el Europeo de Nantes, mundialista en España 86, pero con la espina clavada de no haber participado en Juegos Olímpicos), cuando casi de rebote le surgió la posibilidad de sustituir a su hermano Jordi (dos años más joven que él) en Manresa. “Os dejo con ventaja… y doy paso a la juventud”, le cedió los trastos y el número 7, socarrón, Jordi en su despedida. 

Su dedicación, seriedad e implicación encajó a la perfección con la filosofía del club, que en el 92 se transformó en la primera Sociedad Anónima Deportiva del baloncesto español, y lo que iba a ser para un año se convirtieron en seis (a petición propia las renovaciones se producían año a año).

El primer sorbo a una Copa

Septiembre de 1995, tercer año de Joan Creus en Manresa. La directiva presidida por Benjamín García cuadra un presupuesto justito de 325 millones de pesetas. Francesc De Puig y Valentí Junyent ponen en manos de Salva Maldonado (que había llegado en el 91 como segundo de Pedro Martínez) una plantilla equilibrada y de calidad. Creus comparte con Jesús Lázaro la dirección, Joan Peñarroya (el capitán) y Esteller conceden plenas garantías al puesto de escolta, Lisard González da descanso al fino Linton Townes en el alero, los experimentados Harper Williams y Tellis Frank sellan la pintura y para el andamiaje, fontanería y trabajos varios en el interior se recurre a Paco Vega y Jordi Singla. Los 2.500 abonados se frotan las manos. Por los vomitorios del Nou Congost (que se estrenó en septiembre del 92) se cuela una agradable sensación: aquello tiene buen tufo. 

Ese año la Copa se disputa bajo el formato actual de concentración en Murcia. Compiten ocho equipos, entre los que faltaban el último campeón, Taugrés, y los históricos Estudiantes y Joventut, y El Corte Inglés se deja una pasta (50 millones de pesetas de los de entonces) en su patrocinio. Manresa llega de puntillas, pero en forma tras vencer sus últimos 9 choques ligueros. 

En cuartos se vive un encuentro de lo más extraño. Hasta el minuto 25 dominaba el BC León con facilidad. Lasa conducía con su habitual sabiduría a sus huestes, Yebra veía aro con facilidad y nada hacía suponer que un equipo con los experimentados Brian Sallier y Corney Thompson se podría caer como un castillo de naipes. La zona 1-3-1 se le atraganta a los de Aranzana que se comen un parcial de 42-14 en los 15 minutos finales. 

El cuadro local, el sorprendente Murcia que había eliminado al potente Unicaja de Imbroda, espera en semifinales. El partido se movió entre cómodas ventajas manresanas de hasta 12 puntos, pero los pimentoneros tocaron a arrebato y dispusieron de balón en su poder con desventaja de un punto. No lo aprovecharon y Peñarroya desde el tiro libre puso el cierre. En el otro cruce, Aíto le ganó la mano a Obradovic en un día aciago en el tiro para los bancos (1 de 15 triples), que desperdiciaron una renta de 10 puntos en la segunda parte. 

La suerte estaba echada. David contra Goliat. El modesto Manresa se había colado en la final ante el todopoderoso Barcelona que casi le cuadriplicaba el presupuesto (1.100 millones de pesetas). Al descanso, ventaja azulgrana 51-43, pero los del Bagés se aferran al partido. No se van ni cuando Tellis Frank cae eliminado por faltas. En la prórroga, a falta de 4 segundos y con el marcador 92-91 para los culés, el balón llega en una esquina a las manos de Creus “en el triple final no pensé nada, ni cuando iba a tirar, ni cuando el balón entró. Sólo quería meterla”. Y la metió. Después de completar una actuación brillante con 25 puntos en una serie brillante de 4 de 7 en lanzamientos de 2 puntos, 5 de 8 en triples y 2 de 2 en tiros libres, a sus 39 años alzó la Copa para Manresa y de paso quebró todos los pronósticos. Las variantes zonales de Maldonado atoraron al Barsa. Esteller (16) y Peñarroya (13) “escoltaron” al base y Harper Williams puso los puntos (20) interiores. En el Barsa, sólo Xavi Fernández (26) estuvo a su altura. Karnisovas se quedó en 14 puntos. Aíto pareció parapetarse en el arbitraje para justificar la derrota: “No han tenido el mismo criterio con ellos que con nosotros”. En la rueda de prensa Maldonado bromeaba con los periodistas: “Me alegro mucho por “Chichi”. Ahora que está terminando su carrera deportiva y le quedan tres o cuatro temporadas por delante al máximo nivel, siempre es una inyección de moral”… De coña, pero no se equivocaba. 

En el colofón de la temporada, el equipo estuvo en un tris de acceder a su primera final ACB, pero el Caja San Fernando sevillano, puso fin a la campaña más brillante en la historia del Baloncesto Manresa… de momento. 

La gran borrachera

No se tiene constancia exacta de los gin tonics que Pere Capdevila se había tomado el día de 1998 en que realizó la entrevista para la revista Gigantes. A la pregunta formulada por Miguel Panadés: ¿hasta dónde puede llegar el TDK Manresa? Respuesta: “Pues creo que ganaremos la Liga y la Korac”. Adiós King Kong, vaya sobrada (pensamos todos). 

Para acometer la campaña, la directiva había apostado por un entrenador casi desconocido, Luis Casimiro, que venía de un proyecto LEB en Gijón. El manchego, agregaba al maestro de Ripollet y al “inconsciente” Capdevila (que ese año conoció la internacionalidad) tres americanos de postín (Herb Jones, Brian Sallier y Derrick Alston) en su quinteto titular. Jesús Lázaro compatibilizaba las labores de base y escolta para cambiar el ritmo de los partidos, Paco Vázquez despuntaba como certero tirador y Enrique Moraga hacía sus pinitos en la élite. De los campeones de Copa, Lisard González y Jordi Singla no se había movido de la foto y permanecían en el plantel aportando solidez. De abajo, Román Montáñez ya apuntaba a jugador de categoría.

Cuando tras la derrota en Cáceres en el último partido de temporada regular el grupo cayó en el desánimo, pues la victoria les hubiera aupado hasta la cuarta posición y de esa manera caían hasta la sexta plaza, el abuelo Creus tornó el ambiente al observar que durante el año habían vencido a los tres posibles rivales en cuestión.

La primera víctima propiciatoria resultó ser Estudiantes que había completado un curso notable. Los manresanos, que en los últimos meses habían lubricado su escueta maquinaria como si se tratase de un reloj suizo, se impusieron 3-1. El Pabellón del Congost viviría los últimos momentos como profesional del gran Rafa Vecina. Su vestuario acogió las lágrimas desconsoladas del inteligentísimo jugador que siempre jugó lastrado de una rodilla.

Al Real de Tirso Lorente le sobrevino igual fortuna. En Madrid los manresanos hicieron saltar la banca con dos victorias a domicilio, pero los blancos reaccionaron en el primer encuentro del Congost para abrir su casillero. Para el cuarto, los aficionados acumularon hasta dieciocho horas de colas para hacerse con una entrada. Los manresanos acompasaron el pulso, funcionaron los sobremarcajes a Bodiroga, la tripleta americana restableció su poderío y Creus decantó el sino del choque con dos triples. Los cinco mil aficionados se rindieron admirados cuando Casimiro sentó a su héroe. El “vidente” Capdevila daba de nuevo con la clave: “Nuestro secreto es que no hacemos más de lo que sabemos”.

En la final Tau Vitoria era claro favorito. Había comandado con solvencia la clasificación y se había desembarazado del Barsa por la vía rápida (3-0) con un triple en el último segundo de Beric. Bennett copó juego y focos (su canasta de costa a costa sobre la bocina en el segundo partido quedará para el recuerdo), los tiradores (Beric y Espil) ajustaron las mirillas y el poderío interior (Scott y Burke) resultó incuestionable. Scariolo, que en su debut en España ya impresionó por su buen hacer, parecía disponer de un fondo de armario algo más amplio que el de su oponente. Movió a lo largo del año sus piezas con destreza: Millera, Lucio Angulo y Santi Abad suponían recambios de calidad para los titulares y Carlos Cazorla y Jorge Garbajosa empezaban a asomar en la élite. 

Si no quieres leche… toma dos tazas. Por si la rebelión de los modestos no hubiera removido los cimientos clásicos de la ACB, la puesta en escena de la Final no pudo ser más emocionante: prórroga tras canasta milagrosa de Santi Abad (que sin embargo desperdició el tiro libre adicional para dar el primer punto a los vascos) y puñetazo en la mesa de Manresa que se llevaba el primer órdago. En el descanso los locales dominaban por 11 puntos, pero los cambios defensivos de Casimiro trastocaron el ataque vitoriano y deslucieron las habituales penetraciones de “Benito” que, con espacio, había campado a sus anchas frente al Barsa. Esta vez el papel protagonista lo asumió el excepcional Brian Sallier (31 puntos). En el tiempo extra, después de un primer enceste de Alston, el vértigo se adueñó de los jugadores que únicamente anotaron desde la línea de tiros libres. Lo bueno es que esos minutos los vieron casi 2 millones de personas por televisión, demostrando que hay vida más allá de los grandes. 

Para el segundo envite Scariolo hizo los deberes. Sus órdenes priorizaban el juego interior (a los siete minutos Alston ya había cometido la tercera falta personal) y el cansancio del motor visitante, “Chichi” Creus. Así la serie llegó empatada a Manresa. 

En el Bagés el desarrollo de los dos encuentros fue parecido. Notables ventajas forasteras en la primera parte con Beric como lanzadera espacial desde la línea de los tres puntos, paciencia local para ir recuperando terreno con Creus y Capdevila afinando puntería y Lázaro afilando las uñas, y mano más firme manresana en el tiro libre. La partida de ajedrez de los maestros debutantes desde el banquillo fue apasionante y el hermanamiento de las aficiones daba para un anuncio de la Liga Endesa. En el partido de clausura la charanga vitoriana fue acompañada por la parroquia local desde el casco central hasta el Nou Congost. Aleccionador. 

Con el sonido de la bocina, Joan Creus que finiquitó la serie con dos tiros libres capitales, corrió de lado a lado como loco. Cuando por fin se detuvo dedicó la hazaña a su hermano Jordi, al malogrado Pujolrás y a su amigo Joan Peñarroya. En el vestuario la emoción se desbordaba: “Somos un equipo”, clamaba a los cuatro vientos el capitán Jordi Singla. Casimiro confesaba otra de las claves: “Me he divertido mucho. Sólo durante los primeros veinte minutos del cuarto partido dejamos de divertirnos. Así nos fue de mal”. Scariolo interrumpía una entrevista para abrazar y felicitar al ídolo local: “Eres grande Chichi”. Éste, ya incontenible, confirmaba lo que había apuntado en Murcia: “Los títulos conseguidos en un equipo modesto dan mucha más satisfacción”

El desenlace se concibe como el guión de una buena película. El 4 de junio de 1998, Manresa, un club histórico, de exiguo presupuesto (el decimocuarto de entonces) y con la desventaja de campo (se deshizo de los terceros, segundos y primeros de temporada regular) se alzó con su primer título de Liga, echando por tierra todas las cábalas. 

El resacón

Al año siguiente Manresa disputó la Liga Europea y se atrevió a pintar la cara a rivales del calibre de Cibona y Maccabi, pero tanta competición no abarcó para que el equipo se metiera en los play offs por el título. Superados los 42 años y con 24 de carrera profesional, Creus colgó las botas, no por baja productividad, que sus números (34,1 minutos por partido, 9,5 puntos, 3,5 asistencias y unos buenos promedios de tiro, 60% en lanzamientos de dos, 37% en triples y 86% en libres) le situaban entre los mejores, en lugar de en la senda de los retirados. Recibió homenajes por doquier: de la ACB en su Partido de las Estrellas (apareció en el Nou Congost “de paquete” en la moto de Carlos Checa), del Manresa en un partido contra la Selección Catalana (en el que el inolvidable Manel Comas hizo “el cambio que no le hubiese gustado hacer jamás” y le dio las gracias “por lo mucho que nos has enseñado a todos”). Entró en el “Walk of Fame” de Nike en Portland: la placa con su busto comparte espacio con deportistas de talla mundial como Michael Jordan, Pippen, Bubka, Carl Lewis o Agassi (él que siempre había sido un gran admirador del sueco Bjorn Borg). Se le otorgó la Medalla de plata al Mérito Deportivo y Orden del Mérito Olímpico.

Lo malo para la entidad vino más tarde. Sólo 24 meses después de asombrar al mundo caía en desgracia y descendía a LEB. Desde entonces, la franquicia ha intentado recobrar fuelle al amparo de su cantera y de los retales prometedores de Barcelona y Joventut. Esta temporada ha descendido, pero los requerimientos administrativos de la ACB impidieron por segundo año subir al Burgos. De esta manera, Manresa conserva la categoría. De momento, han tomado una sabia decisión: poner las riendas del equipo en manos de un super preparador, Pedro Martínez

Un lujo para un entrenador

Y si no, lean lo que decían de él en la Revista Gigantes algunos de los que le tuvieron a su cargo.

Luis Casimiro, su último técnico alababa la modestia de Joan “A Creus sólo le gusta hablar en la pista”, para ahondar en la labor de un base como correa de transmisión “él interpreta las consignas del entrenador y las mejora”.

Salva Maldonado lo ponía de ejemplo de liderazgo “Todo entrenador sueña con tener un jugador así. Capaz de rendir al cien por cien en todos los entrenamientos y además ser una persona diez”.

Pedro Martínez lo consideraba un aliado “facilita la labor del entrenador. No tienes que perder energías ya que su disciplina se convierte en un ejemplo para el resto de jugadores. Jamás se inmiscuía en el trabajo del técnico. Su condición de veterano la utilizaba en beneficio del equipo”.

Se sacó el título de entrenador nacional en el 2002, en la promoción de Pablo Laso o Alberto Angulo, y entró a formar parte del cuadro técnico de la Federación Española, siendo ayudante de Moncho López, Pesquera y Pepu Hernández en la selección absoluta. Ejerció eficazmente labores de comentarista televisivo hasta que en Can Barsa le incorporaron como Director Deportivo a la sección. 

El secreto no está en la masa

Para el que le vea por la calle, jamás podrá pensar que ha sido un jugador de baloncesto. Su cuerpo enjuto y su estatura media no llamaría la atención del viandante. El misterio sólo se desvela desde una depuradísima técnica individual que le hacía dominar todos los aspectos del juego. Pedro Martínez disertaba por esa vía “Es el mejor jugador que he entrenado. Técnicamente era mucho mejor de lo que todo el mundo pensaba. El mejor fabricándose su propio tiro”. Su inferioridad física a la hora de defender a bases más altos y fuertes la compensaba desde el conocimiento, la inteligencia, la sagaz lectura de las situaciones y el dominio de los fundamentos individuales. Aún siendo vistoso, era mucho más pragmático que espectacular. 

La otra incógnita de la ecuación hay que encontrarla en su profundo amor por el baloncesto. Tuvo la suerte y el privilegio de hacer de su pasión su profesión. La ilusión perenne, la ausencia de lesiones importantes y el esmerado cuidado de su cuerpo le hizo prolongar su carrera hasta un tiempo insospechado. No me imagino cuántos entrenamientos se pudo perder o cuántos partidos dejó de disputar, pero pocos, muy pocos. Interrogado sobre el enigma de la pócima de su eterna juventud, respondía inteligente: “Hay una edad en la que dejas de mejorar físicamente y esa me llegó hace años. Pero desde entonces me he estabilizado”.

Si entramos en su comportamiento como deportista hay que ponerse de pié y quitarse el sombrero. No le recuerdo un mal gesto, ni metido en trifulcas, ni un desplante a un rival, ni una discusión con compañero o técnico. Su bonhomía traspasa el rectángulo de la cancha. Sí, Joan Creus siempre pareció un buen tipo, quizá demasiado bueno para ejercer de ejecutivo ejecutor en el actual Barcelona. Tampoco parece de los que esquilmen el mercado a diario en busca de jugadores. Igual esas labores las desarrollan otros en el club. De lo que sí estoy seguro es que en Creus, Xavi Pascual ha encontrado un aliado fiel a lo largo de los años y los jugadores de la primera plantilla una persona que empatiza con ellos, que no olvidan que ha sido cocinero antes que fraile. 

Uno de los nuestros, un grande de la historia del baloncesto español que, pese a su modestia, vivió en papel protagonista la mayor hazaña que ha conocido la Liga. 

Mil gracias otra vez y mi reconocimiento por su ayuda y dedicación a Raúl Barrera y Carlos Laínez del Espacio 2014 FEB.

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