domingo, 14 de diciembre de 2014

Carlos García Ribas, Pasión por el Baloncesto

Con toda seguridad al ciudadano medio que hoy bandea la crisis no le diga nada el nombre. Al aficionado al baloncesto de nuestros días igual le suena de algo, pero habría de peinar ya canas y llevar inoculado el veneno del basket desde siempre para conocerlo. Y sin embargo, Carlos apuntaba alto en la cantera del Real Madrid, fue testigo directo desde el banquillo del alunizaje céltico en Madrid, se comió el marrón del final de la “Liga de Petrovic” y abanderó todos los equipos de EBA y Primera División en lo que participó. Nadie le ganó a una cosa: su pasión por el baloncesto. En los tiempos del “Basket Lover” no busquen más, no hubo mayor amante del deporte de la canasta. Es imposible. Y tiene una historia que merece ser contada. Pasen y lean.



Pasión por el baloncesto

“Cuando me casé sabía que me casaba con Carlos y con el baloncesto. Era así… Al principio incluso me acerqué con él al Pabellón de Torrelodones, que alquilaba, para pasarle la pelota y que pudiera tirar… Un día le fui a ver jugar un partido, me caí por las escaleras del pabellón, me hice un esguince y ni se enteró. Fue el único del equipo que no se dio cuenta. Durante los encuentros no tenía ojos para nadie ajeno al juego. Bueno cuando nacieron las niñas, saludaba con la mano y seguía a lo suyo… Se cuidaba muchísimo, no bebía. Se hartaba a fantas de naranja, pero el alcohol apenas lo probaba. No le gustaba nada correr, pero se lo exigía para mantener la forma. Incluso en el viaje de novios se enfundó las zapatillas para hacer unos kilómetros a primera hora de la mañana… Nunca tuvo lesiones serias. Cuando se rompió ya avanzada la treintena el tendón de Aquiles le dieron un plazo de recuperación de 6 meses. Era imposible mantener a Carlos tanto tiempo alejado de una canasta. A diario se metía en una piscina helada para acelerar la rehabilitación. En 3 meses estaba jugando”. Nadie como Almudena puede resumir la idílica y vehemente relación de su marido con el baloncesto. 

San Agustín

En los lindes del Bernabéu, se ubica San Agustín, uno de los colegios más reconocidos y reconocibles del centro de la capital. El cemento de su patio ha cuajado desde tiempos inmemoriales un montón de buenos jugadores: los Llorente, los García Ribas, Juan Antonio Orenga, Marcos Carbonell, Darío Quesada, Imanol Rementería, Rodrigo De La Fuente, Sergio Luyk… Si en los 70 Rafa Peiró y Javier Sampedro habían coordinado el trabajo irreprochable de un excelente grupo de entrenadores, en el 81 Raimundo Gorgojo tomó el relevo junto al padre Manolo Vázquez “el auténtico alma del baloncesto en el colegio”. Se firmó un acuerdo de colaboración con su vecino de Concha Espina y el colegio pasó a ser una especie de filial blanco. Gorgojo simultaneó sus labores de profesor y encargado del baloncesto en el centro educativo con las de entrenador en los equipos de formación del Real Madrid, donde conquistó campeonatos de España cadete y juvenil. El trasvase de jugadores y entrenadores constituyó práctica habitual. Por la época muchos docentes eran a la vez entrenadores y con el mecenazgo de la lechera Clesa, que ponía 800.000 pesetas de las de antaño, se sacó un equipo senior. Asomarse a la entrada de la explanada y no encontrar a algún chaval lanzando a alguna de las decenas de canastas colocadas, resultaba una quimera. Sólo mucho tiempo después, en 1999, se construyó un magnífico pabellón.

Carlos destacaba entre sus compañeros de generación que en Minibasket culminaron un curso magnífico: Campeones de Castilla sin conocer la derrota, con García como máximo exponente. Su paso al Madrid (donde ya jugaba -y muy bien- su hermano Javier) resultó natural. Al poco se enfrentó a una situación irreparable: la pérdida de su madre después de una cruel enfermedad. 

El Madrid

En la fábrica blanca, Gorgojo, Luis Sordo, Tirso Lorente y Ángel Jareño moldearon las virtudes del mozo, tratando de canalizar sus inagotables energías. Sus descollantes actuaciones en los campeonatos de España, 44 puntos al Barsa en la final cadete y 41 al Estudiantes en la juvenil con prórroga en Cádiz, y sendos títulos, le hicieron acreedor de una bien ganada fama de excelso tirador. En la primavera del 87, un par de meses antes de su eclosión gaditana, había sido convocado para disputar con la selección española juvenil (llegó a ser internacional en 21 ocasiones) el célebre Torneo de Mannheim. Carlos asumió un rol secundario entre nombres que parecían llamados a marcar época: Jordi Soler, Willy Villar, Carlos Ruf, Juan Antonio Morales o Santi Abad. El puesto de escolta titular lo ocupó Alex Echevarría, pero Manel Comas valoraba así el compromiso de García Ribas: “Es un gran defensor, con una buena mentalidad defensiva y un aceptable tiro entre los 4 y 6 metros. Ha hecho un gran trabajo defendiendo al próximo sustituto de Petrovic, Komazec”. Compitieron en la final ante los norteamericanos (89-96) y se vinieron con una valiosísima plata. Carlos regresó contento, pese a su papel menor y sólo anotar 11 puntos. Comas nunca escurría el bulto, veía tanto potencial en la camada del 69 que decidió salir del CAI para preparar en exclusividad el Europeo del verano del 88 a celebrarse en Yugoslavia. Tenía tanta fe en el grupo que a quien le quisiera oír lanzaba una proclama de favoritismo. Lamentablemente la plaga de lesiones truncaron, como veremos, la suerte de la quinta en el torneo. 



Algunos decían que Carlos era “el niño bonito de Lolo” y junto a Willy Villar -al que las lesiones apartaron muy pronto de una exitosa carrera como jugador de élite (era buenísimo) para resetearse hasta llegar a ser uno de los mejores directores deportivos de la ACB en el actual CAI Zaragoza-, Javi Pérez o Fernando Mateo, comenzó a doblar entrenamientos con el primer equipo. A Carlos todo le parecía poco, su idilio con los aros y el balón resultaba casi enfermizo. Para él no había entrenamientos voluntarios (mayormente de tiro), sino sesiones con todo el equipo o prácticas en las que sólo algunos se le unían. Su jornada habitual no solía bajar de 5 horas dedicadas al basket, amén de sus interminables pachangas en el SEU y sus correrías en la liga universitaria de la Autónoma, “con que luego me dejéis en la puerta del pabellón, que no llego… me basta”, reconocía su compañero Roberto Adrados en su Web Muevetebasket.es.

En su primer año junior los merengues conjuntaron un gran equipo, reforzado por Pep Cargol fichado del Santa Coloma. El Campeonato de España disputado en las postrimerías del mes de mayo del 88 reunió a una pléyade de futuras estrellas. Baste indicar que Santi Abad (151 puntos), Jordi Pardo (135), Eduardo Piñero (115), David Solé (108) y Juanan Morales (101) fueron los máximos encestadores (Carlos ocupó la décima posición con 86 puntos y su compañero Suárez la séptima con 93). El certamen tuvo su miga al adelantarse debido a los compromisos de la selección nacional absoluta. Romay se había lesionado de gravedad y Díaz Miguel convocó para suplirlo en el Preolímpico de Holanda a los imberbes Ferrán Martínez y Morales. Además de todos los citados en Andújar asomaron talentos venideros: Carlos Ruf, Tomás Jofresa, Dani Pérez, Juan Rosa, Jordi Soler, Óscar Cervantes, Fernando Román, Pep Cargol… Muchos salían en viaje relámpago de la concentración de sus primeros equipos inmersos en los play-offs ligueros para disputar de manera intermitente los encuentros del torneo. En la final se impuso una irrepetible generación verdinegra que se haría con 3 entorchados consecutivos, sabiamente dirigida por Pedro Martínez, ante los emergentes valores del IFA Español. Al Madrid le pesó como una losa la baja de uno de sus referentes interiores, Fernando Mateo, que tras insultar a los árbitros fue sancionado con un partido por la organización. Tirso Lorente se mostró más expeditivo y lo mandó al momento para casa sin importar las consecuencias. De ahí en adelante los blancos sólo acumularían derrotas hasta conformarse con la cuarta posición. Nivelazo de campeonato. 

Y en éstas llega Petrovic…

El verano del 88 se presentaba largo y calentito: aguardaban los Juegos de Seúl para los grandes y el Europeo de Yugoslavia para los juniors. Carlos quedó fuera de la preselección novel. Comas escogió para la posición de escolta a Piñero y a Cervantes más rodados con muchos minutos de calidad en el IFA Español, al talentoso Jacinto Castillo malagueño y al bilbaíno Alex Echevarría. Pero al plantel lo miró un tuerto: Morales se rompió un tobillo en el Preolímpico, a Santi Abad se le sometió a una artroscopia de su rodilla izquierda (en presencia del atónito Comas) y Dani Pérez se rompió el meñique de su mano derecha. Los hispanos, enclavados en el grupo de la muerte, con yugoslavos (Komazec, Tabak y Alihddzic) e italianos (Espósito, Bossini y Moretti), a la postre oro y plata de la competición, no pudieron sobreponerse a las tres sensibles bajas y concluyeron sextos. Carlos se perdió una experiencia definitiva y se ahorró un berrinche con el posterior desenlace. Así que como todos los años marchó a Isla Cristina a pasar sus vacaciones, jugar a diario y a todas horas con sus Bedoyas y preparar una temporada en la que alternaría con algunos de sus ídolos. 

Ramón Mendoza había tirado por la calle de en medio. Comprobado que no podían con su enemigo público número 1 decidió ficharlo. Dos pesos pesados, Corbalán y Juanma López Iturriaga habían salido del equipo y dejaban el camino expedito al croata Drazen Petrovic, que reclamó de inmediato las llaves del pabellón de la Ciudad Deportiva para proseguir con sus inacabables entrenos individuales de tiro. Jamás se iba para casa sin meter menos de 500 lanzamientos. Con frecuencia, y a petición del astro, un chaval le acompañaba y le pasaba los balones: era Carlos García Ribas, que vivió de cerca el año del genio balcánico en el “foro”. Carlos se quedó con las ganas de jugar contra los Celtics la final del Open McDonald´s, pero la estrechez del resultado desbarató la “promesa” de Lolo. Sí formó parte de la expedición blanca que en La Coruña se hizo con el primer título, la Copa del Rey, de la que se suponía extensa etapa ibérica del de Sibenik y salió en primera fila en la foto de los campeones. Como junior Carlos viajaba asiduamente con el primer equipo junto a Javi Pérez, pero sólo el segundo recibía algún minuto de propina: el equipo senior únicamente albergaba un base puro, José Luis Llorente, mientras que el sitio de escolta lo copaban Petrovic, Biriukov y Villalobos. Curiosamente hasta el final de los play-offs, en la serie ante el Barcelona, Carlos no hizo su debut oficial con el primer equipo, para participar de manera testimonial en los partidos primero (2 puntos en 1 minuto), tercero (otro minuto) y definitivo quinto (2 puntos en 5 minutos) en el que el Madrid se quedaría con 4 jugadores en cancha. Los choques de alto voltaje han pasado a la historia como la “Liga (no ganada) de Petrovic” y por el arbitraje de Juanjo Neiro. 

En la categoría junior, el Estudiantes de Alberto Herreros y Nacho Azofra y el Collado Villalba fueron los representantes madrileños en el Campeonato de España de Badalona, nuevamente ganado por la Penya, por lo que su despedida del Madrid, después de tantos años, fue un tanto agridulce. 

Gil entra en el baloncesto

Ofertas de equipos ACB tuvo unas cuantas y, según los que saben, si hubiera dado el salto hubiera jugado unos cuántos años en la máxima categoría, pero prefirió no abandonar su entorno familiar y permanecer en la capital. Madridista desde la cuna, aceptó el ofrecimiento del recién creado Atlético de Madrid que había comprado la plaza de Oviedo en Primera División B (el escalón inmediatamente inferior a la ACB). Jesús Gil entraba de puntillas, pero haciendo ruido: “El Atlético será modesto, pero no piojoso”. El encargado de llevar la nave a buen puerto, Alfredo Calleja, uno de esos entrenadores de toda la vida del baloncesto madrileño, soñó un proyecto con semejanza al juego de las universidades americanas –tipo Mayoral Maristas de Málaga- para lo que ideó un equipo repleto de novatos, Alberto Rubio, Alberto y Carlos García (del Real Madrid), Álvaro López Corcuera (del Estudiantes), Chus Bueno (del Barsa), dos pivots con experiencia en la categoría (Pedro Ramos y Nicolás Sanz), un veterano de Vietnam (Quino Salvo), un base, Paco Velasco, que iba para figura y que buscaba un lugar donde consagrarse y un americano (Jeff Chadman) del montón que no duró ni un mes, y al que relevó Rayford, que se mostró cumplidor. En septiembre, García Chapulí se añadía a la tropa. 

Pero la aventura en el pabellón de Arganzuela pareció demasiado bisoña desde sus albores. Tras unas cuantas jornadas, Gil bajó del tren en marcha a Calleja y le orilló en la secretaría técnica. Mateo Quirós, su juvenil sustituto de 24 años, tampoco logró enderezar del todo el rumbo. En el último partido de la temporada regular cayeron de 1 en la prórroga ante el LLiria. La derrota les abocó a la eliminatoria de descenso frente a Lagisa. En el primer encuentro un triple en el último segundo de Bosch dilapidó la ventaja de campo. En Gijón, un colosal Salvo llevo el equilibrio a la confrontación, pero en Arganzuela los asturianos cobraron nueva ventaja. La situación se tornó surrealista cuando Gil quiso obligar a Quirós a compartir su puesto en el banquillo con Calleja para el partido siguiente. Aquel se negó, dimitió y se consumó el descenso a orillas atlánticas. En ningún momento Carlos le tomó el pulso a la competición, flojeó en una campaña tirando a discreta con un tope de anotador de 12 puntos. 

Disermoda

Clemente Gómez de Zamora era uno de esos empresarios, mecenas, que de cuando en cuando se dan en el mundo del deporte y al que su afición le cuesta mucha pasta. Dueño de un grupo de distribución textil de primeras marcas, se terminó de enamorar del baloncesto en uno de sus viajes a Trieste en los primeros 90. Stefanel -una de las firmas que comercializaba- patrocinaba al equipo de la ciudad, que vivía una auténtica locura con la llegada de un tal Dino Meneghin. A Il Monumento Nazionale se le unieron Dejan Bodiroga y Gregor Fucka. Casi nada. Para cuando el mito colgó las botas, Ferdinando Gentile, se subió al barco. La bella localidad del Norte de Italia, que limita con Eslovenia, se quedó a las puertas de la gloria cuando su equipo alcanzó la final de la Copa Korac. Los griegos del PAOK Salónica les despertaron del sueño. 

A Clemente le entusiasmó la idea y buscó un equipo de baloncesto madrileño al que apadrinar. Dribling era un club modesto ubicado en el barrio de la Concepción. Su humildad no ocultaba su solera. En tiempos, el tándem de los malogrados José Luis Cantero (en la presidencia) y Pedro García Losada (en el banquillo) dieron lustre a las vitrinas del club: su equipo senior logró el ascenso a la Primera División B y sus juveniles se plantaron en el Campeonato de España. 

Los hermanos Garrido (Paco, Ángel y Amador) habían salido de Estudiantes y Clemente apostó por el clan familiar para liderar la apuesta. Y hasta allá que se fue Carlos, tras su desalentadora experiencia en el Manzanares, con su íntimo e inseparable Nacho Mugüerza. Como los sueldos eran los que eran, Clemente encontró una solución para atraer a los mejores jugadores de Madrid: darlos trabajo en la empresa. Con las mismas, un año más tarde aparecieron Abel Amón, José Manuel Abelleira, José Luis Criado y Fernando Román (éstos dos últimos todavía permanecen en la compañía). Con la mayoría de ellos Carlos guardó una relación muy estrecha durante años, pues a las horas que le echaban currando se juntaban las de la cancha y las de los incontables concursos 3X3 a los que se apuntaban. Carlos representaba a la marca Stones y era imagen común verle salir corriendo de su coche atestado de ropa para llegar justito a entrenar. 

De “La Concha” se trasladaron a Alcobendas y después a San Fernando. En total, los 5 años que Carlos permaneció en el club, hasta 1998, dieron para un montón de canastas y experiencias entre amigos que compitieron a un excelente nivel en la segunda división del baloncesto nacional. Muy a su pesar, con 27 “tacos”, vislumbrando otros horizontes laborales, abandonó la práctica profesional del baloncesto. 

Colmenar

Fue su amigo Javi Juárez quien le rescató para su aventura EBA en Colmenar Viejo. Nunca había dejado de jugar y con 31 años tenía la forma física de un chaval de 18 y la ilusión intacta de siempre. Casi demandaban un balón para cada uno y a menudo su innegociable carácter ganador les hacía discutir sobre la cancha. Nada que no solucionaran fuera en un periquete. Ambos tenían idéntico lastre: de vez en cuando se les pelaba un cable, cortocircuitaban y se iban del partido. Los sistemas estaban diseñados a su medida: o para el endiablado lanzamiento de Carlos a la salida de los bloqueos o para la exquisita técnica individual de Juárez. Sus compañeros tenían la paciencia del Santo Job, pues muchos ratos los pasaban de “miranda” o en labores de suministro y abastecimiento, pero el día que entraban los tiros, aquello era el salvaje oeste. Dos pistoleros con licencia absoluta para matar. 

Para la temporada 2003-2004, Carlos había perdido cualquier tipo de pudor. Mediada la campaña la revista Gigantes publicó un reportaje bajo el título “Se tira hasta las zapatillas”. Cierto, en aquel momento lanzaba una media de 13,25 triples por encuentro para un acierto estratosférico del 45,8% y más de 29 puntos cada noche (siendo el máximo anotador de todas las categorías). Se sabía observado, pero a sus años obviaba el rumor que su cascada de lanzamientos generaba. Calcaba la figura del chupón, pero es que aburría a sus defensores. A Getafe le masacró con 13 triples y 51 puntos, a Puertollano todavía le hizo un punto más. Concluyó el año promediando 27,6 puntos y más de 6 triples por encuentro. Ahora eso sí, la noche que no estaba de Dios que la pelotita entrase (2 de 17 triples frente al Fadesa Gran Canaria), la grada entera maquinaba que ese tío era un “caradura”.

Se regaló tres añitos en Colmenar (de 2001 a 2004) y uno más (campaña 2004-2005) en Creff Hola. Ya sólo le quedaba el equipo de veteranos del Madrid… Bueno y cualquier liga de empresas, pachanga o 3 contra 3 para el que le llamasen. 


En USA lo llaman Streetball… aquí era el SEU.

Algunos de los mejores jugadores de los más famosos parques neoyorquinos jamás han pisado una pista NBA, ni falta que les hace. Pero cuando los profesionales han llegado a su descascarillada cancha descubierta, han marcado su territorio y se los han comido con patatas. En el cemento a los reyes se les caen los anillos. 


José Manuel Abelleira, Carlos, Nacho 
Mugüerza y Abel Amón 

En la mítica pista del SEU (en Madrid no hubo jugador de nivel que no se acercara por la Ciudad Universitaria), que a algún iluminado se le ocurrió derruir, nadie desgastó más suela que Carlos García y su compadre Nacho Mugüerza. La vieja pista complutense de cemento acogía en pleno verano a la pareja desde la sobremesa hasta el atardecer: “Para que quieren que hagamos pretemporada –ambos la odiaban- si nosotros vamos más que entrenados”, se decían entre ellos. En invierno, Carlos todavía sacaba un rato el sábado –en su día libre- a primerísima hora de la mañana para sin el permiso del Madrid, echarse un partidillo (o dos o los que fueran, pues no tenía medida). Cuenta Nacho, que ya casados mantenían su rutina y más de una vez Carlos apareció con Elisa, su hija mayor, que se quedaba en un lateral haciendo deberes o jugando a cualquier cosa mientras su padre seguía dándole al vicio del balón naranja.

Los veteranos del Madrid


Allí encontró Carlos el sitio de su recreo una vez que dejó definitivamente el basket semiprofesional. Le daba igual dónde y contra quién fuese el partido o la razón del mismo. Podían acudir a una cárcel a jugar contra los presos, a inaugurar un pabellón, a las fiestas de un pueblo o a recaudar fondos para una causa humanitaria. A él tanto le daba. Sólo quería jugar. La llamada de Javier Artime convocándole le cambiaba la cara. Así lo atestigua Almudena, su mujer: “Al día siguiente de nacer Elisa sonó el móvil. Por la expresión de alegría que puso supe que era Artime. Cuando colgó observé que remoloneaba con cara mustia… Tenían partido… Anda tira, le dije. Nos dio dos besos y se fue más feliz que unas castañuelas”.

Entrenaban una vez a la semana y Carlos tampoco fallaba nunca. En cierta ocasión, le preguntó a Nacho a qué hora entrenaban al día siguiente. “A las nueve en el Canal de Isabel II”, le respondió su amigo. Tuvo que pegarse el madrugón del siglo y kilómetros hizo unos cuantos para salir destino Alicante y después pasarse por Sevilla, pero a la hora pactada estaba como un clavo en la puerta del pabellón. 

Con los veteranos conoció mundo… Finlandia, Israel, Croacia o Rusia. Visitó la antigua Unión Soviética en varias ocasiones: el viaje a San Petersburgo incluyó a las esposas y la pareja lo pasó de maravilla. Cuando visitaron Moscú llamó a su amigo Abel Amón, que vivía allí y accedió a sentarse en un banquillo de lo más coral junto al periodista Tomás Roncero y al corresponsal de Televisión Española, Luis De Benito. El motivo del encuentro era el cumpleaños del “zorro plateado”, Alexander Gomelski. A los rusos les faltaban sus emblemáticos pivots, pero en el perímetro estaba toda la Armada Roja. Kurtinaitis (50 puntos) y Beirán (47) mantuvieron un duelo épico de muñecas rotas. José Biriukov ejerció de eficaz anfitrión y el festín concluyó al modo ruso, con vodka como si se fuera a terminar. 

En mayo de 2008 se celebró en Madrid la Final Four. Paralelamente la Euroliga preparó un torneo de veteranos en Magariños. La Jugoplastica de Kukoc y Radja ganó bien al Madrid, pero Carlos se hinchó a triples. Cuando terminó el partido el siempre exigente Dusko Ivanovic se acercó a Carlos para darle la mano y felicitarle: “Pero tú qué haces que nos estás jugando en ACB”, le dijo. 

En ocasiones, el deporte se olvida de sus héroes más anónimos, aquellos que se entregaron a su práctica sin esperar moneda ni foco a cambio. Hoy era tiempo de arrojar la historia de uno de sus más fervientes practicantes. El 15 de diciembre de 2009 Carlos García Ribas falleció en accidente de tráfico a la altura de Collado Villalba en el que no tuvo culpa alguna. La Asociación de Veteranos del Real Madrid se volcó con su esposa (que les está eternamente agradecida) y familiares desde el primer día, demostrando que el deporte es compromiso, educación, compañerismo y vida. El deporte tiene memoria y quiere a los suyos. 



La que hay liada ahí arriba…


Cuentan que estos días el cielo anda revuelto. San Pedro no da a basto. Primero fueron los juegos de llaves del Pabellón El Firmamento… Hace dos décadas las pidió un chico de pelo alborotado de nombre Drazen que siempre anda con un balón y Carlos, tres lustros después, no iba a ser menos. Ahora hasta se disputan quién madruga más y abre el gimnasio. Durante horas sólo se advierte el sonido de la pelota al besar la red ¡chof! San Pedro está hasta el gorro y dice que dimite, Dios le ha metido el embolao de pitar los partidos. Y hasta ahí podíamos llegar… A Fernando Martín se le llevan los demonios (¡uy! Herejía)… se muerde la lengua para no jurar en arameo porque allí se entiende todo…, pero se queja con razón porque no huele una bola. Entretanto, Delibasic y Pinedo fuman sonrientes en la primera fila de la grada y Díaz Miguel no para de pintar jugadas, nervioso. Vamos que aquello es un “sindios” en el que Carlos sigue enchufando triples. En los descansos echa un vistazo hacia abajo para ver cómo sigue su gente, sus tres chicas de sus amores ¡Jesús qué guapas están las niñas! A ellas y a todos sus amigos y familiares va dedicado este relato.

GRACIAS. A David Ubiera por darle alas a mi primitiva idea y abrirme puertas. A Abel Amón por la nostalgia claretiana y tus testimonios rusos, en la “Conce” y en el SEU. A Nacho Mugüerza por la pasión contagiosa al hablar de Carlos y hacerme partícipe de tus vivencias con un amigo. A Almudena: por todo, por tu valor, por tu fortaleza, por tus recuerdos, por dejarme pasar sin conocerme de nada.




8 comentarios:

  1. Enhorabuena por el gran artículo y gracias por ser tan buena persona. La mejor canasta de mi primo la metió en nuestros corazones, y esa valdrá siempre. ¡Vivan los bedoyas!

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    1. Muchísimas gracias. Por lo que me han contado, Carlos disfrutaba un montón los veranos con sus Bedoyas.

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    1. Mil grecias. Bonita y muy real de un auténtico enamorado del baloncesto.

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  3. Excelente y emotivo articulo, narrado con mucho cariño, de nuestro querido Carlos.
    Gracias, J Pablo.

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  4. Mil gracias, Javier. Me alegro que os haya gustado a todo el entorno familiar. Intenté hacerlo con todo el cariño y el respeto que Carlos merecía. Un abrazo fuerte.

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  5. Ruf, Jordi Pardo, Morales...... que mayor se hace uno........

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  6. Fui compañero suyo, de curso primero y de clase después, en el San Agustín. Le conocí, por tanto, con pelo; aunque no éramos amigos, sólo compañeros. El primer recuerdo que tengo de él fue cuando le dijeron, poco antes de subir a las aulas, que su madre había muerto: sentado en una de las entradas cercanas a la escalinata y llorando amargamente. Todo el patio en silencio escuchándole. Sobrecogedor.

    No jugué mucho al baloncesto con él porque era yo mucho peor, claro, y poco deportista. La del 69 fue una generación extraordinaria en el San Agustín. Creo recordar un partido de vuelta contra Cajamadrid, después de las clases, por el Campeonato de Madrid. Acabaron subcampeones, aunque ganando el partido de casa (67-63 o algo así).

    La última vez que le vi me parece que fue en las pistas de la Complutense, hace un milenio. Se cambiaba de equipo, me dijo.

    Me he enterado hoy por casualidad de su muerte. No podía creérmelo. La muerte de alguien que ha crecido contigo, aunque sea en la distancia, te deja conmocionado.

    Sólo cuarenta años y con mucho por disfrutar.
    Hasta siempre.
    Rodolfo.

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