sábado, 19 de septiembre de 2015

La importancia de la "C"



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Al alba cavilaba todavía extasiado por lo vivido la noche anterior. Entre jabones, espuma de afeitar, colonias y el vaho del espejo rememoraba las jugadas de un equipo que había imantado al televisor a todo un país orgulloso de los suyos. El BA LON CES TO abría los noticieros, las matinales de las radios y daba de maravilla en la primera plana de los periódicos. Después del frenesí y la épica, mi amigo Rafa Fenomenal, ronco de gritar y desatado por la emoción, me la tiró: Juanpa ¿escribirás algo? Me hice el remolón, le dí largas, pero mientras me preparaba para el curro pergeñé un ensayo de andar por casa sobre un equipo que nos ha enamorado la última década y media. Un año antes lo había esbozado con las chicas en el Mundial, ahora tocaba mi pequeño homenaje a los tíos que metieron una Ñ en las siglas profesionales. No sé porqué, pero me dio por pensar en una letra, la “C”, que reuniera y resumiera las características de los nuestros. Sí, porque por la tercera letra del abecedario, comienzan muchas palabras que definen a nuestro equipo de ensueño. 

Cohesión.- Nunca parecieron una selección, más bien un grupo de amigos que se juntaban en verano para pasárselo bomba y de paso colgarse todas las medallas que pillarán en la excursión. La aventura se inició en Varna, tuvo su continuación en Lisboa y de ahí en adelante se colaron con desparpajo y frescura en el mundo de los mayores. La Generación de los 80 fue cumpliendo años y sumando adeptos dentro y fuera de la cancha. Los nuevos, desde la naturalidad y el talento, se subían al carro sin aparentes fisuras.

Calidad.- Casi una decena de los nuestros han cruzado el charco y se ha batido el cobre en el mundo profesional USA. En dos ciclos Olímpicos han estado en un tris de destronar a las omnipotentes estrellas americanas. Dos hermanos de apellido a idolatrar, Gasol, abrieron el salto inicial del pasado All Star. ¡Viva la madre que os parió! Un tío (Juan Carlos Navarro), esmirriado, de aspecto despistado, ha hecho lo que le ha dado la gana en el Viejo Continente, convirtiendo en peleles a sus incansables defensores. Los exteriores del Madrid y un irrepetible Reyes han convidado a su parque de atracciones a toda la Euroliga. La tableta de chocolate de Ibaka y la barba de Nico Mirotic se han sumado a una foto multicultural, de la que las lesiones han borrado lamentablemente con demasiada frecuencia a Calderón y a Ricky. No se olvidan los Garbajosa (¡qué tío más listo!), Carlos Jiménez (El Gran Capitán), Raúl López (¡qué talento!), Mumbrú, Cabezas, Berni… Ahora Ribas, San Emeterio, Claver y los noveles… Cada uno siempre en su rol. 

Capacidad.- Para sobreponerse, para levantarse ante las adversidades. En Japón el grupo se repuso a la orfandad tras lesión de Pau ante Argentina y devoró sin piedad a los griegos. En muchos de los campeonatos hemos empezado con el paso cambiado, pero el bloque se ha aislado de críticas y malos rollos para tomar el carril del éxito. El año pasado, tras el fiasco del Mundial en casa, llovieron palos para todos. Ayer los franceses pagaron la afrenta. A los nuestros, dolidos, no les asustó ni la conmovedora e impactante Marsellesa. Las caras delataban concentración, seguridad, hambre. No estaban para bromas. Pau tamborileaba su pecho tras un mate: todavía le escocía el torso tras la palabra que les había grabado a fuego el “herrero” Scariolo: Ganar. No había otra. 

Competir.- Ese es el vocablo mágico en el deporte de élite y nuestra cuadrilla lo conjuga desde críos. No se amedrentan ante los más grandes ni menosprecian a los más chicos. Nacieron con ese gen, pulido y cincelado en cientos de encuentros. No regalan ni un metro ni una canasta. El que los quiera ganar ha de sacarlos del campo. Se adaptan al sino de los partidos: se mimetizan con el fango si toca arrastrarse a bayoneta calada por el parqué, bajan el culo atrás y vuelan como ángeles cuando dominan el rebote para salir en transición. Los halagos por lo general no los desorientan, las críticas las digieren e interiorizan como factores motivadores. 

Complicidad.- Desde su irrupción, hace ya 15 años, estos chicos nos han ganado para la causa. Sus modos, fachadas y comportamientos han embelesado a familias enteras. Las abuelas ven a los mozos como los nietos perfectos, las madres los sentarían a su mesa cada domingo y los padres los tomarían como el yerno ideal con el que debatir sobre cualquier cuestión deportiva en los postres. Altos, bien hechos, encima… son más majos…, repetiría la gente si metieran un micrófono en Preciados. 

Recorremos ahora el cuerpo en la particular lección de anatomía:

Cabeza.- Son un grupo inteligente, de mentes preclaras, que hablan con sensatez y conocimiento de causa. Honran el juego y respetan al adversario. Son ejemplo para jóvenes que los admiran y los copian. Saben ganar y, aunque les duela, muestran nobleza en la derrota. La testa es tricéfala. Pepe Sáez mima a la panda juvenil, creando un área de confort estival a la que todos se quieren apuntar. Scariolo, capaz, versado, perspicaz da un paso atrás o hacia un lado para poner el foco en los jugadores. Ahora ha devuelto un toque clásico a la gestión del grupo y la conducción de los partidos, relegando las actuales y programadas rotaciones para poner en manos de 8 o 9 jugadores la suerte del campeonato. Vamos, lo de siempre. Pau Gasol es el líder de la banda que aglutina voluntades: puso de moda la barba, los pelos largos y el aspecto desaliñado (vas hecho un Adán que hubiera dicho mi abuela Juana), para recortar cabellos y afeitado en su madurez y restaurar su apariencia de niño bueno. En Saitama nos conmovieron sus lágrimas. El jueves en Lille mutó en monstruo de porte guerrero y actitud espartana tras cada mate. Los alcaldes de cada pueblo habrían de pensarse situar una estatua del héroe en la plazas mayores. Dios mío y decían que estaba viejo… Ahora que dirán los que le tildaban de blando. La “C” aquí cobra sentido hasta numérico: ¡qué bueno es el Cuatro!

Cara.- Descaro, personificado en el Chacho, ese prestidigitador canario (Spanish Chocolate) que disfruta como un niño con un balón naranja entre sus manos, capaz de convertir en realidad los sueños infantiles de la mayoría.

Cojones.- Aquí me vale un patrón para todos: Felipe Reyes. Del que dice mi primo Pablito que no puede saltar más de lo que le pesan las pelotas. Y estoy de acuerdo. 

Culo.- Y tiene mérito porque en ocasiones el talento mezcla mal con el sacrificio. El día o el campeonato (como éste) que no están tan finos, bajan las posaderas para apretar en defensa y sacar los partidos. Los títulos como dice Obradovic no te dejan ganarlos al contraataque y éstos, que son muy listos, lo saben y se remangan. 

Corazón.- Uno muy grande que funde 46 millones reducidos.


El jueves 17 de septiembre tuvo premio para los más pequeños de la casa. Esa noche no se fueron a la cama tras la cena. Tal y como estaba el paño obtuvieron licencia paterna/materna para ver el partido (¡y encima prórroga!). No había sueño ni tampoco remolonearon para ir al cole. Lo estaban deseando. En los corrillos del recreo no se hablaba de otra cosa, las canastas de los patios no daban abasto. Claro que para los mayores, para la gente del baloncesto de toda la vida, la mañana también traía regalo porque compañeros de trabajo y familiares te felicitaban como si tú hubieras taponado a Parker (en lugar de Rudy) o le hubieras dado una asistencia a Pau (en lugar de Llull). De traca. Ventajas de enamorarse de un deporte seguido, simpático, pero minoritario. 

Esta maravillosa generación nos brindó otro guiño histórico (me viene la semifinal de los Juegos de Los Ángeles) para recordar siempre y sacaron su billete para el último baile, que diría Phil Jackson, en Brasil 2016. Antes, el domingo se subirán a lo más alto del cajón europeo. Seguro. Y si no, que nos quiten lo bailao… 

¡¡¡¡¡Vamos!!!!!

Domingo 20 de septiembre de 2015. 21.00 horas. Estos pájaros lo han vuelto a hacer: nos han metido a todos en su Canasta. Al relato le falta una última "C", la de Campeones de Europa... Con un par.


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