domingo, 11 de octubre de 2015

En el nombre del Coach


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Eran un equipo de provincias. Lo sabían y lo tenían a gala. Ahí radicaba su fuerza, en su patio, en su reducida cancha cubierta (que más parecía una cochera que un campo de baloncesto) y en su afición. Eran un secreto familiar, generacional, transmitido de padres a hijos, de tíos a sobrinos, de abuelos a nietos, entre amigos, entre primos, entre vecinos. Ahí residía la poción mágica de la “pequeña Galia del basket español”. 


Cuando concluyó el entrenamiento, Pablo chocó la palma de su mano derecha con la de su técnico. Algo le hablaba en su interior. “Gracias coach”, le susurró. “Bien entrenado”, le contestó ensimismado el preparador, para levantar la cabeza después y esbozar una tenue sonrisa: “Ahora a descansar. Mañana te vas al cine con la chavala y no se te ocurra tocar un balón hasta el domingo… que te conozco”. Nunca más volvió a mencionar palabra alguna, ni de baloncesto ni de nada. Esa noche un ictus le dejó sin habla.

“No os voy a decir más. Todo está entrenado y sabéis lo que hay que hacer. Darlo todo y no desfallecer. No os dejéis nada”, dijo lacónicamente su segundo en el expectante y conmovido vestuario. Por la tarde todo el equipo acudió en tropel al hospital. Los médicos arguían que no era buena idea, permanecía crítico, pero Arancha, siempre fuerte y positiva, insistió: “Que entre Pablo”. El capitán pasó sobrecogido a la UCI. Le impresionó observar a su mentor entre cables y tubos. Las máquinas pitaban uniformes, pero su gesto denotaba su habitual paz. Eso le dio ánimo para acercarse y cogerle la mano. No sabía por dónde empezar, ni que decir en esa situación. Respiró hondo y sacó valor. “Ganamos coach, subimos a primera gracias a usted. Cada canasta era suya… cada defensa era suya… cada rebote era suyo. No vea cómo se portaron los chicos… todos. Les tenía que haber oído hablar en defensa. ¡Cómo gritaban cada vez que el atacante se quedaba sin bote! … ¡Botó, botó, botó! … Resonaba tan alto y tan contagioso que en la segunda parte lo chillaba toda la afición al unísono. Aquello era un manicomio… Los contrarios no daban crédito despistados, descolocados. Como había pronosticado la presión a toda cancha les llevó con la lengua fuera, el salto y cambio en tres cuartos después de tiro libre les hizo perder un montón de balones y con la mixta les atontamos… Un minuto antes de concluir ya sabíamos que subíamos, pero mantuvimos la compostura. Sus arengas no cayeron en saco roto: “Respetar al rival hasta el final… hay que ser orgulloso en la derrota y generoso en la victoria…” De pronto un murmullo espontaneo se hizo cántico e inundó el pabellón: “Coach, coach, coach…”. Lo repetían sin parar en perfecta armonía. Me giré emocionado, aquello era un homenaje sincero, agradecido, al artífice del milagro, a usted. Así hasta que sonó la bocina. Después, invadieron la cancha, nos sacaron a hombros y nos hartamos a llorar, a reír, a cantar, a abrazarnos. El Satur se quedó sin cerveza, sin vino, sin refresco, sin ná…” Pablo luego diría que le pareció sentir como que le había apretado la mano. A saber, pero él hubiera jurado que su maestro le había escuchado. Con el tiempo recobró gran parte de la movilidad, más nunca más rescató el habla. Se valía de un bastón para asistir como espectador a todos los entrenos. No se perdía uno. Una mañana, meses después del percance, le señaló un utensilio que siempre había odiado, la pizarra sobre la que escribió en un reglón medio torcido: “Serás un magnífico entrenador”.


Unos cuantos años más tarde Pablo clausuró la última sesión de entreno semanal. Juntaron las manos en el centro del campo “Hala ya está bien. A la ducha. Al que quiera le invito a unas cañas donde el Satur”. Acudieron todos. Al servir la segunda ronda el cantinero volvía a la barra con una media sonrisa. Ante la insistente demanda de su joven auditorio, Pablo estaba relatando a sus chicos la historia de Xavi, “el Pano”. Muchos la habían oído, otros la habían presenciado, pero nunca la habían escuchado al detalle por boca de su entrenador. 


“Lo de Pano no salió de aquí. Se lo puso un periodista de la capital. Es más, no teníamos ni puta idea de a qué se refería, hasta que el “Filo”, el “cultureta” del equipo nos explicó la crónica en la que le comparaban con Panoramix, el druida de Asterix y Obelix. Reíros, pero hace 20 años a los comics se les llamaba tebeos y esos otros aquí no llegaban. Con Mortadelo, Super López y Zipi y Zape íbamos dados”.

“Lo de “El Monedero” también tiene su gracia… Cuando se empezaron a poner de moda las pizarras, él no se dió por enterado. Sacaba cinco monedas de duro (para simbolizar al equipo de ataque) y otras tanta de peseta (al de defensa) y te dibujaba las jugadas en el suelo”. “Anda ya Pablo”, le respondieron desde la segunda fila de sillas. “Que no, preguntarle al Satur cuántas veces vino alguno a por calderilla”. “Ya te digo, y la pelota era un garbanzo”, vociferó el aludido que había apagado la tele y no perdía detalle desde la barra. “Anda cuéntales cuando soltaba el silbato y sacaba a pasear la barriga…”. 

Las miradas regresaron expectantes a Pablo: “Ah, eso lo hacía normalmente cuando ensayábamos el ataque contra zona y nos atascábamos. Le daba el pito al segundo y soltaba su famoso “quita que no os enteráis” para ocupar sitio en el 5 para 5. Su mensaje era sencillo, directo: “Esto está chupado. La zona es para listos y buenos pasadores. Sólo tienes que saber Cuando… Cuando dividir, Cuando pasar y Cuando tirar. Como lo equivoques, estás jodido. A partir de ahí si ocupas los espacios y circula la pelota, un tío se va a quedar sólo más tarde o más temprano y la va a acabar metiendo”. Risas… “¡Qué! ¿Os suena el discurso?”… Más risas. “Habéis si os creéis que este juego lo he inventado yo”, remató Pablo ante el alborozo general. “Lo peor era cuando explicaba la defensa 2-3… Cada vez que recibía el poste bajo, dos contra uno y freía a manotazos al pivot en cuanto metía el bote… Satur, dile a éstos de qué color traían los brazos los angelitos cuando aterrizábamos por aquí”. “Moraos, nazarenos”, soltó el tabernero que estaba terminando de recoger. De camino a la barra se viró para recordar lo que respondía el coach cuando le preguntaban cual era su mayor logro, de lo se sentía más orgulloso: “Siempre mostraba las dos palmas de la manos abiertas para mostrar el número de jugadores suyos (hasta 10), que después habían sido entrenadores. Eso y la escuela de baloncesto, donde se apuntan casi todos los críos del pueblo”.

La velada iba cogiendo calor, los chavales estaban disfrutando e interrogaban a Pablo sobre historias que sonaban a leyendas de época. “Lo del silbato tuvo su miga”. Se detuvo para darle un sorbo al botellín y prosiguió. “Nunca pitaba los partidos de entrenamiento. Se le ocurrió una vez y se lió la de Dios. Todos salieron cabreados”. “Se arbitran ellos y allá se las compongan le iba vociferando al pobre delegado de camino al vestuario”. “No podía con los blandos, con los quejicas”. “Hay que palpar, usar el cuerpo, incomodar al atacante, que esté deseando perderte de vista y huir a casa con su mujer…”. “Te martilleaba con el mismo discurso toda la semana”. 

En ese momento llegó por detrás Satur para dirigirse al grupo. “Señores a partir de este momento la tasca está cerrada”. Ante lo que eran las primeras quejas, el bodeguero apaciguó los ánimos. “No me habéis entendido. Lo que quiero decir es que este pollo se sienta, si me lo permitís, con vosotros e invita a todo lo que bebáis y comáis con la condición de que os sirváis a discreción vosotros mismos, que yo ya no muevo el culo”. La ovación fue de gala. Lo mantearon a la vez que entonaban “el Satur, el Satur, el Satur, que pedazo de cabrón…”. Repitieron el estribillo hasta que se cansaron. Pablo se tronchaba en una esquina. La de generaciones a las que había visto canturrear la serenata… Hecha la calma, el entrenador concedió al ídolo local el papel estelar. “Satur, cuéntales para que quería el Pano la coca cola”. “No la podía ni ver salvo para una cosa”, matizó el nuevo contertulio. “Para echarla en la suela de las zapatillas y que los chicos no se resbalasen… Cuando viajaban fuera siempre me pedía una caja de latas para no jugar con patines, como le gustaba decir”.

Aquello era un partido de ping-pong. Ahora era Satur el que le devolvía la pelota. “Y lo de las zapatillas…”. Las cabezas viraron otra vez hacia el entrenador que susurró “Pobre Felipe, tenía la paciencia de Job… Era un santo varón” “Ya ves tú que culpa tenía él de que “el Piti” apareciera cuando éramos juveniles con unas zapatillas de marca en un entrenamiento… y le hizo quitárselas”. “O todos o ninguno… Ya te las estás llevando Felipe y no vuelvas hasta que consigas unas para cada uno porque son bonitas de cojones… El delegado cogió “las tenis”, que decía en su argot, sin rechistar y cumplió el encargo… Se fue donde la tienda del Cosme y le sacó 12 pares de zapatillas por el morro. A cambio a partir de entonces todas las equipaciones y trofeos para los torneos saldrían de allí. Vamos, que a las dos semanas todos íbamos hechos un San Luis”.

“Y el día que esto era el Hall of Fame ¿Satur?” “Joder, lo teníais que haber visto”, clamaba Satur con los ojos iluminados. “Buah…, Dean Smith y Bobby Knight en mi bareto… No hicimos foto porque en la época ni había móviles ni la gente salía con una cámara a la calle… Y se presentaron de improviso… Había marchado “El Pano” a una charla que daban en la capital y no me digáis ni cómo ni por qué, se los trajo. Tuvimos que dejar al chaval al cargo un rato sólo, mientras la parienta y yo nos acercamos al super a traer viandas para las Bodas de Caná. Corrió la voz y vino hasta el apuntador. El traductor no daba abasto. A mí me faltaban manos, pero entre plato y plato se me iban quedando historias. ¡Qué rato pasamos! De madrugada se fueron los chorbos, que no pararon de agradecer el trato… Unos señores”. Uno de los chicos puntualizó: “Pero dicen que el Knight tenían un pronto de narices”. Satur encogió los hombros y Pablo recordó la anécdota sucedida en pleno clinic: “A un artista se le ocurrió interrumpirle “Usted sólo habla de lo básico. Eso ya lo sabemos”. No le hizo falta que le tradujeran, le tenías que ver cómo se puso. Estaba azul. “Sin la defensa individual, sin lo básico no hay nada. Es el principio y el fin. Lo es todo”. Y salió de la sala malhumorado dando un portazo. Sí, tenía mala hostia el colega, pero aquí se comportó como un caballero”.

“Anda que con lo de los extranjeros, buena se formó”, prorrogó Satur dirigiendo la atención a Pablo que recogió el guante. “¡Uy! Ahí teníamos en contra a todos los mandamases del baloncesto español… Cuando subimos a Primera División todos los equipos tenían dos extranjeros, casi todos americanos. Y al “Pano” no se le ocurre decir otra cosa que los nuestros los buscaríamos en los alrededores del pueblo como muy lejos, que más allá no nos hacía falta. Nos presionaron, nos chantajearon, pero como no lo obligaba ningún estatuto, pues hasta hoy. Sin bajar, con lo nuestro y tan contentos. No creo que ninguna provincia o ciudad se sienta tan identificada con su equipo. Aquí el basket se mama desde chico, es el primer deporte y todo chaval que viva en la zona no aspira a jugar en el Madrid o en el Barsa sino a colgarse la camiseta verde y jugar para nosotros”. 

Pablo se había puesto casi serio para explicar la identificación del club con la tierra en la que se había criado. Contaban que los grandes habían puesto mucho dinero encima de la mesa para llevárselo, pero la realidad es que nunca se fue. “En ningún sitio voy a estar mejor que aquí”, había declarado a los cuatro vientos. En tono jocoso todavía apostillaba algo más: “Y donde voy yo. Con lo desastre que soy… ¿Qué queréis que me pierda en el metro?”. 

“¿Y la selección, coach?”, aprovechó para lanzar uno de los más jóvenes en plena vorágine. Esos días había corrido el rumor vertido desde la prensa de Madrid y los chavales querían saber qué había de cierto. Quince pares de ojos permanecían clavados en el entrenador, que hasta se sonrojó. Trató de quitarse importancia. Balbuceó: “¿Yo? ¡Qué decís! Pero si soy un paleto que no ha salido de este pueblo, que no habla una gota de inglés”. “Tampoco Rajoy ni Zapatero y han sido presidentes del gobierno, no te jode”, terció Satur, “pero no conozco a nadie más capaz para el puesto que tú” insitió en plena declaración de amor baloncestístico hacia el hombre que conocía desde niño. Pablo ruborizado intentó distraer la atención. “La selección es lo que definitivamente me enganchó al baloncesto… Era un crío, pero nunca olvidaré la noche en que levanté a mi padre para que viera conmigo las semifinales de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles… Mi padre era futbolero, pero en la cena le di tanto la tabarra que accedió. El viejo era pesimista por naturaleza… A la que se ponía mal la cosa, siempre pensaba en lo peor. Y en la primera parte los yugoslavos de Petrovic nos iban sobando el morro, pero tras el descanso Díaz Miguel ordenó zona y los balcánicos se atascaron. Llorente les volvió locos con sus correrías, el “Matraco” Margall dio un curso de tiro y Romay se hizo enorme. ¡Dios qué gritos! Terminamos los dos subidos al sillón abrazados hasta que entró mi madre alertada. “Pero ¿qué os pasa? ¿os habéis vuelto locos?”. “Nada, que ya tenemos medalla”, acertó a decir mi padre sorprendido. “Sí, la del niño Jesús… Pero este muchachote se tiene que ir a la cama, que no son horas”. De camino a la habitación Pablito soñaba despierto. “Ya sé a lo que me quiero dedicar de mayor… al baloncesto”. “Y di un beso a mis padres antes de acostarme. Muchas navidades hemos vuelto a rememorar en casa aquella noche calurosa de agosto… De no ser por el baloncesto no sé qué hubiera sido de mi vida porque no sé hacer nada ni regular”.

“Y en tantos años, jugadores habrá habido de todo ¿no?”, inquirió uno de los más tímidos. Los dos amigos se miraron divertidos. “Ni te lo imaginas”, contestó Pablo para hilar unas cuantas batallitas. “Teníamos un jugador que llegaba al 1,80 pelado y jugaba de escolta. “El pecas”, veía menos que un gato de escayola, pero el coach le ponía a cerrar la 1-3-1 porque era un felino. Él decía que tenía vista nocturna y a lo mejor era verdad porque, en medio de la humareda que se formaba en el pabellón, atisbó un pase largo bombeado que tocó y evitó que saliera por el lateral, pero con el impulso se comió un asiento de la tercera fila. Literal. Cuando volvió de la grada tenía empotrado en el abdomen un hierro de 15 centímetros. Como no sangraba, nadie se dio cuenta. Ni él. Hasta que un rato más tarde uno de los entrenadores solicitó un tiempo muerto. De traca”.

Las carcajadas de la tropa animaron a su general que prolongó su cháchara. 

“Tuvimos un junior con unas condiciones de la leche, pero con un despiste como no he visto. Un día cuando “El Pano” le incluyó contra pronóstico en el cinco inicial se dio cuenta de que debajo del chándal no llevaba el pantalón corto. Hicimos un corrillo a su alrededor junto al banquillo y el otro junior se quedó en calzoncillos para prestarle el suyo”. Llegados a ese punto los chavales no podían parar de reír.

“Teníamos a Tomasín, un escolta muy completo, que siempre cumplía, pero que jugaba poco porque el titular era tan bueno que estuvo en la convocatoria de la selección varias veces. Cierto día un rival le tocó las narices susurrándole al oído que le olía el culo a madera de tanto tiempo que pasaba en el banquillo. No dijo nada, pero le hirió tanto el orgullo que hizo 30 puntos y ganó el partido”.

“El Fortu se quedó con el mote “recluso 222”… Como todos los años, en pretemporada fuimos a jugar al penal y a la salida casi se queda cautivo allí. Le teníais que haber visto la cara… Le confundieron con uno de los presos, pensaron que se quería fugar y no le dejaban salir. Llevaba tatuajes por todo el cuerpo y fue el primer “oriundo” que fichamos, aunque nació aquí. Sus padres llegaron hace la pila de años y montaron en la calle Mayor la tienda de empanadas que todavía existe. La criolla está de pecado, ya lo sabéis. Él con sus dos metros justitos no se arrugaba ante nadie y aún hoy no se le ha ido el acento del barrio de Boca y te sigue tratando de vos”.

“Incluso hubo algunos que no llegaron a venir. Cuando Sibilio tuvo problemas en el Barsa circuló el runrún de que podía acabar por aquí. Estamos hablando de un tirador como he visto pocos. Ni sé las veces que fue internacional y formaba un dúo letal con Epi en el Barsa. Pues “Pano” despachó la cuestión en diez segundos para evitar malentendidos ¿Y a quién quito para poner a éste?, zanjó cuando le vinieron con el cuento”. 

“Y lo del Rufino ¿es cierto, coach?”, le cortó intrigado otro de los chavales. “Eso cuéntalo tú Satur, que siempre andabas con él”. El bodeguero tomó el testigo: “El Rufi era un fenómeno. El mayor hincha que ha habido en el club y por eso la sala de trofeos lleva su nombre. Era forofo hasta cuando ganábamos. No he visto cosa igual. Cada vez que conseguíamos una victoria importante le echaban del trabajo. El pájaro se tiraba una semana celebrándolo y no había empresa que lo aguantara. Ahora, nunca tardaba más de quince días en encontrar nuevo curro. Era el mejor comercial del pueblo. Podía vender polos en Alaska. Le importaban un pito las vacaciones, se podía pasar sin verano como los pingüinos, pero no se perdía un viaje con el equipo. Al pobre se lo llevó una pulmonía que le pilló despistado fuera del bar. Un fenómeno con un corazón como la catedral”.

De repente alguien dio la voz de alarma, pero ¿habéis visto qué hora es? Otro levantó el cierre del bar. Estaban entrando las primeras luces del día. El tiempo había transcurrido sin sentir. Pablo sonreía al fondo ante la mirada atónita de los suyos. “Satur, dime cuánto es la fiesta que por hoy ya está bien”. El grupo se había incorporado alrededor del coach. “Nada. Esto va de mi cuenta que el domingo cuando nos salvemos voy a tener esto de bote en bote”, le contestó su amigo. “Gracias salao”, le contestó uno de los veteranos entre risas. Pablo convocó a los suyos para unir sus manos y despedirse, pero se dio cuenta de que el Satur se giraba hacia la barra para dejar unos platos sucios. “Satur, ven para acá que tú eres uno de los nuestros”, le llamó y éste se unió a la cuadrilla emocionado. Juntaron las manos y dieron las tres voces: “Equipo, equipo, equipo”. El capitán bramó a la manada: “¿Quién va a ganar el domingo?”. “Nosotros, nosotros, nosotros”, gritaron todos al unísono. 

Marcharon a sus casas entre soñolientos y emocionados. Habían pasado una noche inolvidable que contarían a sus nietos. Pablo sabía que había roto el manual. Dos días antes de jugarse el descenso y acostarse a las siete de la mañana… Pero estaba muy contento y no tenía dudas. Ganarían. No podían bajar.

Y no bajaron. El lunes la gesta abría en titulares el periódico local “Un lugar llamado milagro”… Cuentan que alguien allí arriba no hablaba, sólo sonreía. Vaya si sonreía. 



Dedicado a aquellos equipos y clubs que aglutinan esfuerzos e ilusiones para que el baloncesto siga presente en los lugares más recónditos. A los entrenadores anónimos que con su dedicación forman deportistas y educan personas por encima de resultados. A ellos, gracias.

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