sábado, 5 de diciembre de 2015

El punto y la i, Tyrone Bogues y Manute Bol





Éstas son dos historias en una, o mejor dicho muchas historias en una. Las de dos tipos a los que les alejaban 70 cm de altura y a los que les entroncaba un corazón enorme. Dos hombres a los que sus orígenes les caían demasiado lejos de una cancha de basket, dos siluetas singulares y antagónicas cuya convergencia les aproximaba a una atracción circense. Pero ésta es una fábula fascinante de humanidad y de superación. Los tomaron a chiste, a chirigota, cual viñeta disparatada de comic, pero durante más de una década cerraron bocas a descreídos. Es la epopeya de dos supervivientes salidos de la selva, surgidos del lejano Sudán y de las calles de Baltimore. Desafiaron barreras físicas, idiomáticas, sociales y culturales para entrar en la leyenda. Medían lo mismo, uno sentado y el otro de pié. Manute Bol y Tyrone Bogues. Cuando el tamaño no importa… ¿o sí?




EL PUNTO 

The Wire

Quien haya visto la idolatrada serie de David Simon (el que no ya está tardando) estará familiarizado con la durísima atmósfera marginal de las calles de Baltimore, donde la violencia, los trapicheos y las drogas dejaban poco hueco al deporte. Alejados del glamour y la riqueza de las grandes urbes sus pobladores bastante tienen con sobrevivir. Allí creció (más bien poco) nuestro primer protagonista, Tyrone Bogues, un pigmeo urbano al que a los cinco años una bala perdida rozó un brazo. 

Nunca lo tuvo fácil. Su escasa estatura no le auguraba un futuro en el deporte. Su entorno tampoco ayudaba: los proyectos de vivienda pública Lafayette del lado este de la ciudad no eran precisamente el Palace y al cumplir los 12 años, su padre, estibador del puerto, ingresó en prisión acusado y condenado a 20 años por un atraco a mano armada. Elaine, una madre coraje, hizo de tripas corazón parar compaginar estudios y trabajo y sacar adelante a sus cuatro vástagos.

El centro recreativo del barrio ahuyentó al pequeño de malos pensamientos en el ghetto. Allí practicó el ping-pong, el baloncesto, la lucha y hasta halterofilia, pero a “Muggsy” (algo así como asaltante o ratón) le atrajo la canasta, aunque fuera fabricada con cajas de leche que colgaban en una valla. Compartió con los futuros NBA Reggie Williams y David Wingate sueños y juegos infantiles y fue el entrenador Leon Howard el que les orientó hacia un deporte más organizado. 

Tras jugar un año en la Escuela Secundaria del Sur consiguieron dar el salto al instituto Dunbar en el que se les uniría Reggie Lewis (otro próximo “pro”) para llegar a convertirse en uno de los mejores equipos de high school de todos los tiempos con 59 victorias, sin mácula, en dos años. El entrenador Robert Wade amalgamó el talento de los “poetas”, construyó un vínculo, mantuvo los egos controlados (Dwayne Woods era la estrella antes del advenimiento del prometedor cuarteto) y estableció roles para levantar una escuadra invencible. Pero por encima de todo fue un educador para muchos de aquellos chavales que carecían de una figura paterna. 


Wake Forest

A los componentes de aquel mítico equipo no les iban a faltar ofertas universitarias. El pequeño “Muggsy” se situó en el radar de los grandes: Carlesimo le reclamaba para Seton Hall y John Thompson para Georgetown, pero quiso convertirse en “Diácono” en Wake Forest, como posteriormente lo harían Tim Duncan y Chris Paul. Su aterrizaje en el campus del estado de Carolina del Norte no resultó sencillo y chupó banquillo en su estreno. Carl Tracy sólo le concedió 9 minutos por partido y colocaba por delante a un muy maduro senior Danny Young (viviría sus mejores años profesionales en Seattle y Portland) que condujo al equipo al Final Eight donde fue apeado por Houston. 

En el segundo turno, el nuevo técnico, Bob Stakk, le otorgó galones para pilotar la nave y Bogues no le defraudó. Cada curso sus prestaciones ascendían. En el 86 Lute Olson le escogió para formar parte de la Selección USA que terminó campeona en el Mundial de Madrid. Los ovetenses alucinaron con el marcaje del enano al Dios Europeo, Drazen Petrovic, al que dejó en 12 puntos, y Sabonis y los suyos no pudieron con el empuje de los universitarios en la final. Cuenta Bogues que ese campeonato le abrió los ojos y comenzó a barruntar, pese a los prejuicios de alrededor, un mañana entre los profesionales. El mítico Dean Smith se deshacía en elogios ante el diminuto director de juego “La bola pasa más tiempo en el parquet que en el aire. Y allí abajo es el territorio de Muggsy”. Se graduó en Comunicaciones y la escuela le retiró su camiseta nº 1 en una emocionante ceremonia, tras unos excelentes promedios en su curso de despedida (14,8 puntos y 9,5 asistencias). 

Sus estadísticas globales universitarias (11,3 puntos, 8,4 asistencias y 3,1 robos) le acreditaban entre la zona noble de una buena camada de bases (Kenny Smith fue a parar a Sacramento y Mark Jackson cayó en NY) a elegir en el próximo draft. Cuando Bob Ferry, director deportivo de los Bullets, le escogió en el puesto 12 de la primera ronda, comentó irónico “hemos seleccionado cada centímetro de Tyrone Bogues, aunque sabemos que no son muchos (159)”. Los “adivinos”, los “cicutas” de siempre, los “mercaderes del templo”, recelaron y elevaron al grado de aventura publicitaria la contratación (lo cierto es que el Capital Center acogió un 30% más de espectadores). Pero él se tuvo fe: “Siempre pensé que en el baloncesto había un sitio para mí”. Por entonces su padre no perdía detalle en el talego, coleccionaba recortes y presumía de chaval ante el resto de los reclusos. Parte de las ganancias del primer contrato profesional (firmó a razón de 1 millón de $ por 4 años) las invirtió en un Mercedes, una casa para su madre y en un abogado criminalista que sacó a su progenitor de la cárcel. 




Un profesional 

Washington había formado un conjunto muy atractivo para el espectador, repleto de nombres ilustres (Bernard King, Moses y Jeff Malone, John Williams y Manute Bol), pero entrados en años la mayoría. El inconmensurable Bernard King volvía a sentirse jugador de baloncesto tras la grave lesión que casi le retira en los Knicks y el ritmo que le convenía al equipo era más bien lento, subordinado a la edad y peso principalmente de sus pivots. Bogues sintonizó inmediatamente con la grada y los compañeros (hizo muy buenas migas con Moses y Malute). En los partidos de preparación fue el jugador más utilizado e hizo su puesta de largo un 6 de noviembre en Atlanta frente a los Haws del otro chiquitito, Spud Webb (en total llegaron a enfrentarse en 22 ocasiones en su carrera, con 12 victorias para Webb). En casa debutó frente a los míticos Celtics unos días después.

Pero con el transcurrir del tiempo aquello no carburaba y Kevin Loughery fue destituido. Los palos y las dudas sobre el fichaje arreciaron en los medios de comunicación. A su relevo, un mito como Wes Unseld, no le encajó el vertiginoso juego que Bogues proponía y al final de temporada le incluyó en el draft de expansión con el que la NBA daba la bienvenida a dos nuevas franquicias, Heat y Hornets. De esa manera, Tyrone regresaba a su segunda casa, Charlotte (Carolina del Norte), muy arraigada en cuanto a baloncesto universitario, pero sin experiencia en el profesional.

No importó en exceso el balance negativo del estreno (20-62), pues para la consolidación del proyecto a medio/largo plazo a los dueños les interesaba más el apoyo del público que cada noche copaba el pabellón (99% de ocupación) que una victoria de más o de menos. El entrenador Dick Harter sospechaba de la estatura y la capacidad de Bogues y si no se le cargó fue por la frontal oposición del patrono, George Shinn, y del graderío. Mediada la segunda campaña, su asistente Gene Littles tomó el cargo. Le encaramó al puesto de titular y apostó por un juego mucho más agresivo atrás y dinámico en ataque, que le iba como anillo al dedo al minúsculo base. 

Transcurridos tres años lo que viró la dinámica en Charlotte fue la incorporación de Allan Bristow como técnico y, sobre todo, la llegada en años sucesivos (91 y 92) de dos superclases vía lotería del draft, Larry Johnson y Alonzo Mourning (con los que Tyrone mantiene una gran amistad). Así en el 93 alcanzaron por vez primera los playoffs. Pero la felicidad dura poco en casa del débil. El verano trajo dos noticias funestas para Muggsy: el fallecimiento en medio de una cancha de baloncesto de su amigo Reggie Lewis a causa de un infarto y, tres días más tarde era su padre, Richard Bogues, quien moría por una neumonía. De ahí en adelante, los problemas de salud asolaron a las principales estrellas del equipo que, con el tiempo, serían traspasadas. Otra celebridad, Dave Cowens, tampoco comulgó con Tyrone que, en el 97 fue franqueado junto a Tony Delk a cambio de B.J. Amstrong a los Warriors. Hasta la fecha es el máximo asistente histórico y mejor ladrón de balones de los abejorros. En San Francisco disfrutó de un gran año, que le hizo acreedor del título al mejor regreso, pero ya no era el mismo, sus eternos problemas de rodilla le habían quitado chispa. A los Raptors los condujo a playoffs, pero sus siguientes paradas en los Knicks y Mavs fueron testimoniales. No se llegó ni a vestir de corto. El fallecimiento de su madre aceleró una retirada que, con el deterioro de sus dolencias físicas, tenía más que pensada. Cuando dijo adiós ocupaba el puesto 16 del histórico ranking de asistentes en la NBA. Mark Cuban tuvo un comportamiento exquisito al pagarle hasta el último dólar de su contrato (y eran 3,5 millones) sin haberse enfundado jamás la casaca tejana. Para que luego digan…

Promedios de 7,7 puntos, 7,6 asistencias, 2,6 rebotes y 1,5 robos, jalonan casi 900 partidos distribuidos en 14 años de notable carrera profesional. 

Apareció en la celebrada película de dibujos animados Space Jam, junto a Michael Jordan (siempre en el papel protagonista), como a uno de los jugadores a los que les roban sus habilidades. 

Ha dedicado parte de su tiempo de retiro a la enseñanza, como coach de las Charlotte Sting (la jugadora más bajita de su equipo, Helen Darling, era 7 centímetros más alta que él) en la WNBA femenina, en equipos de instituto o como conferenciante y educador en barrios marginales de EE.UU o en la lejana India, donde le adoran. La marca K1X vende artículos con su nombre, que van desde ropa hasta comics en los que aparece como superhéroe. En enero de 2014 fue designado embajador de los nuevos Charlotte Bobcats. 




Una gran cabeza en un cuerpo minúsculo

Capaz de filtrarse por cualquier rendija, saltaba 44 pulgadas (1,05 metros), cruzaba la cancha a la velocidad de la luz, en el cálculo asistencias más balones robados menos balones perdidos tan importante en la posición de point guard siempre andaba entre los privilegiados. Atrás era un dolor de muelas: “no podía bajar el balón, porque él siempre estaba ahí para robarlo” (Michael Jordan); “es como una mosca que tienes en la cara cuando te intentas dormir; cada vez que piensas que te has librado de él, vuelves a tener su zumbido detrás de ti” (Magic Johnson).

Pero la clave de su éxito residía en la confianza en sí mismo, “Siempre creí… perseguí mis sueños sin miedo al fracaso” y en su profundo conocimiento del juego desde el puesto de base “donde tienes la capacidad de verlo todo, incluso antes de que tenga lugar… el base es el único que pone a los demás en posición de tener éxito… es una extensión del entrenador… para tratar de guiar e inspirar al grupo a lograr sus objetivos”. Sí, llámenle líder, envuelto en una menuda carrocería, pero líder. 




LA i



Cuentan que de niño mató a un león dormido con una lanza, cuentan que pagó 80 vacas como dote por contraer matrimonio con una mujer dinka, cuentan que le descubrió un entrenador estadounidense en una foto, cuentan que los albores de su vida inspiraron el guión de la entretenida película The Air Up There (Una Historia en la Cancha), cuentan que en su pasaporte figuraba una talla de 1,58 metros (le habían medido sentado), cuentan, cuentan, cuentan… En él todo trasciende en leyenda urbana o tribal. Podría haberse quedado en su tribu para ser jefe, podría haber vivido como un rey de sus ganancias como profesional, podría haberse olvidado de sus ancestros, de una Sudán que se desangraba en plena guerra civil, podría…, ya, pero entonces no hubiera sido Manute Bol. Mucho más que el primer africano que pisó la NBA, mucho más que el segundo jugador más alto en la historia de la Liga, mucho más.




Un dinka más alto de lo normal

Sudán es el país más extenso de África. La tribu dinka vivía en el sur del estado sin leyes escritas, escuelas, medicinas, agua caliente ni electricidad. De espaldas al mundo civilizado subsistía con los que les daba la tierra y el ganado, fundamentalmente la vaca. Los chavales pastoreaban y no se libraban de los más antiguos y estrictos rituales: a los 4 años les quitaban los dientes de leche y dejaban de ser niños; a los 11 les hacían cuatro cortes en la cabeza y pasaban a ser adultos. Prohibido llorar durante el ceremonial. 

Dicen que el pivot sudanés Dud Tongal, becado por la universidad de Fordham, mostró una foto que dejó sin palabras a su entrenador Tom Penders. En la misma brotaba como un tallo sin fin un escuchimizado muchacho que agarraba el aro sin levantar los pies del suelo. Era su primo Manute Bol que medía 231 centímetros. Eso sí, 8 menos que su abuelo Bol Chol, jefe de la tribu. 

Manute no había oído hablar de un deporte llamado baloncesto. Su primo Víctor, piloto de líneas aéreas, le convenció para viajar a Wau, la ciudad más grande del sur, y probar con el equipo de la policía. Cuando en las primeras prácticas Víctor le instruyó para que realizara un mate, Manute se dejó dos dientes en el intento. Enseguida estaba ganando de calle la floja liga sudanesa junto a otros dos de sus primos en el Catholic Club de Jartum como el jugador mejor pagado de la misma (cobraba 7 veces más que los demás). En nada dominaba en la selección. Allí, durante unas semanas estivales el esquelético gigante recibió las enseñanzas del entrenador estadounidense Don Feeley, que antes de regresar a New Jersey le había comentado la posibilidad de abrirse camino en USA. El 23 de mayo de 1983 aterrizaba en Boston junto a otro jugador sudanés, Deng Nihal, sin un dólar en el bolsillo y sin saber ni una palabra de inglés. Feeley lo había ofrecido a Kevin Mackey, entrenador de la Universidad de Cleveland a cambio de un puesto como asistente. La promesa no llegó a concretarse por lo que contactó con Frank Layden, el orondo técnico de los Utah Jazz, que desechó la posibilidad al contar con otra torre, Mark Eaton. Feeley descolgaba el teléfono para realizar la proposición a Jim Lynam, entrenador de los Clippers, en los días previos al draft del 83. Sin haberle visto jugar, éste se tiró al monte y le seleccionó en la quinta ronda (posición 97). Finalmente la NBA desestimó la elección alegando que el jugador (que esperaba ajeno a todo en Cleveland) se había declarado elegible fuera de plazo y no contaba con la edad necesaria, pues “oficialmente” (los dinkas no contaban con registro civil) sólo tenía 19 años. Lynam se quedaba sin su diamante y Feely sin un futuro empleo.

Resultó imposible enrolar al inmigrante africano en el college. No sólo desconocía el idioma, sino que era un completo analfabeto. Para la ingente labor contrataron como profesora a Arleen Bialic, que explicaba “debía empezar por debajo de cero, no sólo en lo que a inglés se refiere, sino a toda la cultura del siglo XX”. La Universidad de Cleveland State fue sancionada con dos años sin competir por la puntillosa NCAA que consideraba las gestiones realizadas como reclutamiento ilegal por los más de 6.000 $ que habían supuesto el viaje y la estancia de los sudaneses. El entrenador Mackey fue despedido.

Tras el verano su inglés había mejorado gracias a los desvelos de Arleen, su particular hada madrina, y a las horas que le echaba Manute visionando los culebrones y anuncios televisivos, pero las puertas de Cleveland State seguían cerradas para la NCAA. Feeley encontró en la minúscula universidad de Bridgeport de Washington acomodo para él como asistente y para Bol como estudiante y jugador gracias a una beca especial. Al entrenador Bruce Webster le asombró el tamaño del chico que fue presentado en una rueda de prensa multitudinaria. El eco de la noticia sirvió para que un dentista le arreglase su destartalada boca y un fabricante de camas le hiciera una a medida de al menos ocho pies. El impacto en el campus fue inmediato. El pabellón Harvey Hubbell con capacidad para 1.800 espectadores se quedaba pequeño. En su estreno Manute hizo 20 puntos, 20 rebotes y 6 tapones ante Stonehill. Alcanzaron la final regional después de un año con 26 victorias y 5 derrotas y unos promedios individuales de 22,5 puntos y 13,5 rebotes. A los pocos días, y con la opinión en contra de todo Bridgeport, expresaba sus deseos de inscribirse en el próximo draft. Frank Catapano, se frotaba las manos. Para mostrar y pulir su gema la colocó en el escaparate de la USBL, una liga estival menor en la que entre finales de mayo y mediados de junio podría disputar unos ocho partidos en los Island Gulls. Entre los compañeros de vestuario figuraban otros buscavidas de entonces como el pequeño Spud Weeb, cuyos brincos causarían tal sensación en el universo pro, que llegaría a alzarse campeón del concurso de mates con una estatura de 1,69 metros, o John “Hot Rod” Williams. Manute ganaba sus primeros 25.000 $ al otro lado del charco. En su debut, sus 16 tapones cautivaron a Don Nelson: “es el mejor taponador de la historia, incluso mejor que Bill Russell”. Otros como Dick Motta o Marty Blake apreciaban el valor defensivo del africano, pero desconfiaban de su enclenque armazón. Bob Ferry, manager general de los Washington Bullts, emocionado con el hallazgo, hizo personarse a su entrenador Gene Shue para testar las virtudes de Bol, pero el técnico recelaba del chasis del pivot. Dudaba que un físico tan liviano le sostuviera en el mundo profesional. Cuando en la noche del draft los Bucks de Nelson emplearon su número 22 en Jerry Reynolds, el ala de Lousiana State, Ferry vio el cielo abierto e impuso su criterio para elegir en el puesto 31 al dinka (que había promediado 13 tapones por partido en la efímera competición primaveral).



Un sueño cumplido 

Los Bullets contrataban por 3 temporadas a Bol, a 100.000 $ por cada una. Las grandes marcas publicitarias encontraron un filón en el hasta entonces jugador más alto que hubiera pisado una cancha de la NBA, que ya en su año rookie añadía otros 100.000 $ vía mercadotecnia. Comenzaba una colosal labor: instruirle en los fundamentos técnicos (trabajo para el asistente Fred Carter), integrarle en la civilización moderna (tarea encomendada a un pipiolo, Chuck Douglas, un estudiante de 23 años, que se ocupó desde enseñarle a conducir hasta pagarle las facturas) y la misión imposible: engordarle. Su fortalecimiento físico pasaba por una dieta elaborada por el dietista Mackie Shiston (que había conseguido que el boxeador Michael Spinks saltase de la categoría de semipesado a los grandes pesos) e incluía cinco comidas al día, lo que suponía un suplicio para Bol. Un exigente programa de pesas diseñado por el trainer de los Bullets, John Lally, y el entrenador de halterofilia de la Universidad de Maryland, Frank Costello, pretendía ganar masa muscular y ensanchar el escuálido cuerpo de Manute. La báscula decía que en los primeros meses había sumado 5 kilos a los ochenta y pocos con los que aterrizó de África, pero pese a los ímprobos esfuerzos de todos, jamás sobrepasó los 95 kilos para aguantar las más feroces embestidas de las bestias profesionales. Cosas del metabolismo. Más les hubiera valido hacerle caso al jocoso y rollizo Frank Layden “la solución es que se someta a mi dieta, aunque soy yo más bien quien necesita la suya”.

Quiso el destino que uno de los encuentros de la pretemporada en octubre de 1985 enfrentara a los Celtics con los Bullets. En el vestuario céltico se cruzó una apuesta (cada jugador había puesto 50 $): el primero que hiciera un mate en la cara de Manute se llevaba la bolsa, 600 $. El gigante africano dio un aviso a navegantes: colocó 9 tapones (entre ellos uno a Bill Walton y otro a Kevin MacHale) y el envite quedó desierto, sin ganador. 

Su arranque en competición oficial fue luminoso: los Haws le sufrieron con 15 tapones. A la noche siguiente los Cavs recibían 12 chapas en una parte. Cuando en diciembre Jeff Ruland se lesionó, Shue concedió la titularidad a Bol, y éste no le desilusionó con una demostración inmensa en la victoria ante los Bucks: 18 puntos, 9 rebotes y 12 tapones. Batió el record de tapones de un rokkie con 387 y un promedio brutal (4,97 por noche).

Su carrera en la NBA se prolongó durante 10 años, en los que su capacidad de intimidación le acompañaría siempre. Tras un trienio en la Capital (en su tercer año los Bullets resultaban el equipo más singular de la Liga con el añadido del canijo Bogues a la plantilla), pasó dos años excelentes en los Warriors donde Nelson le otorgó grado de hasta insólito triplista. Su primer triple como profesional dio que hablar, pues condujo a la prórroga el encuentro contra los Houston Rockets, cuyo entrenador Don Chaney no lo encajó con mucha deportividad “el tiro es de los que se encestan uno entre un millón”. Más realista fue Hakeem Olajuwon: “Si no lo veo, no lo creo”. De ahí viajó con éxito hasta Filadelfia para vivir tres buenas temporadas en los Sixers (la tarde del 4 de marzo de 1993 le hizo 6 canastas de tres puntos sobre 10 intentos a los Suns del bromista Charles Barkley). 

Hasta que la artritis se reveló como un problema mayúsculo para su castigado cuerpo, ya de por sí deformado (sus pies no habían tenido un calzado en condiciones hasta llegar a Estados Unidos y los dedos de sus manos se combaban hacia dentro por un defecto congénito), Bol desarrolló una carrera sólida a lo largo de 8 campañas, siendo incluido en el segundo quinteto defensivo en dos ocasiones (temporadas 86 y 89 en las que además fue máximo taponador de la Liga). Viral sigue siendo la jugada en la que en 10 segundos coloca 4 gorros a jugadores de Orlando Magic. A partir del otoño del 93 deambuló durante dos años entre diferentes franquicias (Miami y otra etapa en Washington, Filadelfia y Golden State), en el Forli italiano (donde ni siquiera debutó), y cerró su trayectoria en Uganda, ganando la liga con el Sadolin Power. En su singular trayectoria en la NBA llegó a colocar más tapones (2.086) que puntos (1.599). Hoy en día es el noveno máximo taponador de la historia y el segundo en promedio (sus 3,34 sólo son superados por los 3,50 de Mark Eaton). Ostenta el record de chapas en un cuarto (8) y en una mitad (11). Manute podría jactarse de poseer el mejor ratio en una prospección a 48 minutos (un descomunal 8,5).


Y luego… El Manute Bol grande de verdad

Si bien no toda su existencia fue modélica (como la vida de cualquier paisano), pues por ejemplo se recuerda su detención mientras conducía completamente ebrio cuando trataba de echar una carrera a un camión de bomberos y la posterior agresión a los tres policías que pretendían reducirle y que terminó con sus huesos en el calabozo, su etapa tras abandonar el deporte ha pasado a la historia como un ejemplo mayúsculo de humanidad, altruismo y compromiso. Su nombre significaba “bendición especial” y eso es lo que supuso para su pueblo, al que dejó un legado difícilmente calculable. 

En el año 91, todavía estando en activo, viajó al sur de su país para comprobar cómo el gobierno fundamentalista del norte asesinaba a miles de personas (se calculan 2 millones de fallecidos y 4 millones de desplazados, entre los que figuraban millares de niños perdidos). Dos días después de regresar, la ONU lanzó alimentos sobre la zona. ¿Casualidad?

Tras su retirada se dedica en cuerpo y alma a la causa humanitaria que viven sus hermanos. Engañado, acepta una invitación del gobierno sudanés para mediar en el conflicto, pero en Jartum se da cuenta de que la pretensión real es que se convierta al islamismo y, como por ahí no pasa, vive confinado en arresto domiciliario durante 3 años. Finalmente, antes de que se desencadene un altercado internacional, se autoriza su salida hacia Egipto (tiene que vender los muebles de su casa para pagarse los billetes y en el trayecto le pierden el equipaje), donde todavía permanece en condiciones deplorables otros 6 meses hasta que consigue volver a Estados Unidos con visado de refugiado político. En El Cairo le da tiempo a crear una escuela de baloncesto de la que salió Luol Deng. Regresa cansado y enfermo. 

Arruinado (le acusaban de derrochar en lujosos trajes y coches de alta gama), gran parte de sus ingresos profesionales –calculados en unos 4,5 millones de $- los ha destinado a proyectos de reconstrucción de aldeas, levantamiento de hospitales y edificación de escuelas por todo el país (para niños tanto del Norte como del Sur), Manute pone su cuerpo al servicio de la causa y así participa en un peculiar combate de boxeo con el jugador de fútbol americano William “Refrigerator” Perry o se calza unos patines para participar en un partido de hockey sobre hielo con los Indiana Ice o se atavía con la vestimenta de un jockey hípico. Manute se sobrepone a un dato aterrador (en el conflicto perdió a unos 250 familiares asesinados), para mostrarse como una figura primordial y determinante en la pacificación de la zona. 

En junio de 2004 está a punto de morir en un accidente de tráfico en Estados Unidos. Sale del coma hecho un “ecce homo” con un brazo, una pierna y el cuello roto. Sus antiguos compañeros (entre ellos su íntimo Chris Mullin) le organizan un partido benéfico. Se alcanza el final de la guerra y se fija un referéndum. El 9 de enero de 2011, el 99% de la población de Sudán del Sur votó a favor de su independencia. Seis meses después la ONU contaba con un nuevo estado miembro. Manute no pudo ver hacerse realidad su sueño: el 19 de junio de 2010 había muerto en Virginia a la edad de 47 años. Había contraído una extraña enfermedad, el Síndrome de Stevens Johnson, que le afectó a la piel y fundamentalmente a los riñones. A su paso por todo el país, el cortejo fúnebre recibía el reconocimiento y los honores de un jefe de estado. Fue enterrado en su aldea, Tarulei, y su pueblo no lo olvida. En su memoria la organización Sudán Sunrise continúa construyendo escuelas para niños de cualquier religión por todo Sudán. 

Blanco de mil y una bromas (Woody Allen decía que “a su equipo le salía muy rentable porque en lugar de viajar en avión le enviaban por fax”) que soportaba con cariño, Bol fue el primer africano en competir en la NBA, pero sobre todo es un símbolo para un pueblo. Cuando desde muy arriba echaba la vista atrás aludía a la divina providencia “Mi altura es un don de Dios. Tienes que vivir con lo que se te ha concedido. ¿Quién sabe lo que Dios ha soñado para nosotros? Mirad lo que ha soñado para mí”. Las palabras del gran Charles Barkley podrían servir de epitafio en la tumba de su amigo: “Si todos en el mundo fuéramos como Manute Bol, sería un mundo en el que me gustaría vivir”.



De entre toda la bibliografía consultada destaco el gran artículo publicado por Álvaro Paricio en ACB.COM sobre Muggsy Bogues, el maravilloso (como siempre por otra parte) Informe Robinson emitido hace un par de años sobre la figura de Bol, así como el relato escrito sobre Manute por el referente Gonzalo Vázquez en sus 101 Historias de la NBA.

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