domingo, 17 de julio de 2016

Papá ¿por qué somos de los Sixers? Por Julius Erving, hijo



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Parece demostrado que Neil Amstrong fue el primer humano que pisó la luna. Cuentan también que no fue el primero que la tocó…

Cierta noche de agosto se cruzó una apuesta en un famoso parque neoyorquino. Nadie osaría posar un billete de 100 $ en la barriga de la estrella creciente. Julius aceptó el reto. Tomó carrerilla, dio dos largos, se suspendió eternamente en la atmósfera y recorrió todo el lomo del astro para dejar suavemente el billete en su canto. Los escépticos subrayan que sólo fue el sueño de una noche de verano de unos pocos locos que permanecían boquiabiertos bajo el eterno sonido del bote de un balón naranja, pero yo así lo creo. 

Ahora cualquier jugador junior te hace una entrada a canasta pasada con triple tirabuzón, ahora cualquiera visiona en Youtube a un tío que salta un coche antes de hundir el balón en el aro, pero hubo un tiempo muy lejano en que un chaval de pelo afro y manos enormes desdijo a Newton y quebró la Ley de la Gravedad sobre una cancha de baloncesto. Los cuerpos caen, decía el axioma, pero el de Julius Erving tardaba mucho, mucho, mucho en llegar al suelo. Es la leyenda del Doctor J. Sólo ganó un anillo en la NBA, pero pocos jugadores han influido tanto y a tantos en la historia del baloncesto. 

Pónganse cómodos, tomen sus pastillas contra el mareo y lean. 


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Cuando nada es fácil

Nacido en mitad del siglo XX, el 22 de febrero de 1950 en Roosevelt, Nueva York. Sus padres se divorciaron cuando Julius tenía 3 años. A los 6 su progenitor murió en un accidente de tráfico, con lo que los tres niños se criaron con su madre en una vivienda de protección social. Desde su habitación Julius veía la cancha de Campbell en la que se tiraba horas enteras jugando. Siempre estaba pendiente de la delicada salud de su hermano pequeño, Marvin. Su primer equipo organizado fue el del ejército de salvación, al que se presentó una mañana con su inseparable amigo Leon Saunders. En último año de instituto medía 1,90 metros y su juego no llegó a impresionar a los scouting universitarios. Sólo Ray Wilson, su entrenador de high school, había reparado en el potencial del muchacho. Descolgó el teléfono y habló con su amigo, Jack Leamon, entrenador de los “minutemen” de la Universidad de Massachussets. Aún no pudiendo realizar su jugada preferida, pues el mate estaba prohibido por entonces en la NCAA, como debutante (sophomore) alcanza los 25 puntos y 20,9 tebotes (1º de la Liga) para irse a los 26,9 puntos y 20,5 rechaces en su segunda temporada. Es uno de los 7 jugadores universitarios que han acabado su carrera colegial con promedios superiores a 20/20. En febrero a Marvin le diagnosticaron lupus, su cuadro médico se deteriora y su madre telefonea a Julius para que vuelva a casa con urgencia porque su hermano se apaga. Viaja en coche con Leon. Un trayecto de 3 horas lo cubren en 2, pero llega a tiempo para ver morir a su hermano de 16 años. “Creo que después de esto no hay nada que ahora me pueda hacer llorar”, declararía sobrecogido (mucho tiempo después tendría que soportar la muerte de su hijo Cory). Al año siguiente abandona la Universidad con destino a la ABA. Cierto día había aparecido por el campus Bill Russell, alertado por las crónicas que ensalzaban en el Boston Globe a un tal Julius Irving. El error en la tipográfico en la transcripción del nombre le llevó a pensar que era un chico polaco (Julius), de origen judío (Irving). Al verlo, se dio cuenta del equívoco y se quedó todo el día con él instruyéndole en la importancia de formarse como atleta y como ejemplo para su comunidad. 

Un año antes de retirarse, con 36, Julius cumplió la promesa que un día lanzó a su madre y obtuvo la licenciatura en Negocios y Administración a través del programa denominado “sin paredes”, el equivalente a la universidad a distancia.


















Rucker Park

Originario de Long Island, en verano Julius frecuentaba los principales parques de Manhattam. De Rucker Park, el más mítico y reconocido se rememoran multitud de historias. “Nunca me sentí mejor que cuando el aliento del vecindario que se agolpaba sobre nosotros y la cancha se hacía pequeña. Eso no me lo proporcionó ni la ABA ni la NBA. Era… ser libre”. 

Una imagen escenifica un verano de principios de los 70, previo a su paso al mundo profesional, cuando la gente se arremolinaba en torno a la angosta pista, se llenaban las cornisas y azoteas de los edificios colindantes y hasta los árboles, testigos mudos y privilegiados, veían colmadas y copadas sus ramas para recibir el mayor espectáculo de baloncesto callejero que se recuerda. 

En la pista se citaban los más reputados jugadores profesionales con lo más granado del asfalto. Antes de pisar las aulas universitarias, antes de vivir del basket, Julius Erving ya era una leyenda en la “Gran Manzana”. Allí le hizo un mate literalmente en la cara al jugador de los Knicks, Tom Hoover, con tal fuerza que el balón salió despedido hacia el rostro de éste, que sólo pudo agacharse para recoger sus dientes del suelo. Allí cuentan que en cuanto Charlie Scott cruzaba el medio campo, lanzaba el balón para que Julius lo recogiera en el aire para remachar el “alley hoop”. 

Hasta la 155 acudió una tarde con sus Westsiders para enfrentarse a los míticos Urban League, el equipo de Joe Lewis, Joe Hammond, Pee Wee Kirkland, Herman Knowrige y. sobre todo, Earl Manigault. Éste, apodado “The Goat” (la cabra), es el más legendario jugador que hayan conocido las calles de NY (y el mejor según Jabbar). Los de Erving tomaron una ventaja de 15, pero en la reanudación Manigault entró en faena. Tras colocar 5 tapones, al tercer mate consecutivo una voz resonó entre el gentío (la del dueño de la tienda de ultramarinos de la esquina): “Si consigues realizar veinte como ése, estos 60 $ son tuyos”. El desafío espoleó a The Goat. Eran muchas dosis de heroína. Cuando llevaba 36 mates, la gente invadió la pista y se suspendió el partido. Erving marchó maravillado reconociendo el triunfo de su oponente, al que cuando era chaval había saludado asombrado: “Dios, es verdad todo lo que había oído sobre ti”. Maniault (1,85 cm de estatura) entre otras proezas realizaba el inverosímil doble mate, suspendiéndose lo suficiente para machacar el balón dos veces con la misma mano. El angelito saltaba en vertical 52 pulgadas (132 cm) por las 42 (104 cm) de Erving.


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El mote

Circulan varias versiones sobre el origen del mismo. La más antigua data de su infancia, cuando con cinco o seis años preguntaban a los niños qué querían ser de mayores. El pequeño Julius decía que doctor (médico) porque eran gente muy respetable que ganaba mucho dinero. Pero la historia que repiten Julius y algunos de sus conocidos va por otro camino. 

Leon Sanders era su mejor amigo, a la vez que compañero de equipo y oponente habitual en los juegos de uno contra uno. Lo normal era que se pasaran el día discutiendo por cualquier falta o infracción en la pachanga. En cierta ocasión, harto de polemizar, le dio la bola y la razón a su amigo (para ti la perra gorda): “Te voy a llamar el profesor porque siempre sueltas discursos sobre todo”. Leon asintió, pero le devolvió el “cumplido”: “Si yo soy el profesor… entonces tú eres el doctor”.

En los playgrounds a todo buen jugador se le bautiza. El speaker de Rucker, Plucky Morris, presentaba a los jugadores como si se tratasen de campeones de los grandes pesos y así rebuscó apelativos “La garra”, “El pequeño halcón”, “El Moisés negro”, “Houdini”, hasta que cierto día, Julius incomodado le arrebató el micrófono: “Sólo llámame El Doctor”. Al momento, el trovador recogió el guante: “El Doctor ha llegado y va a operar, a diseccionar a los hermanos”.

El puzle se completa cuando en 1971 coincide en el inicio de su carrera en los Virginia Squires con Willie Sojourner. Éste para distinguirle del resto de los jugadores sobrenombrados como doc o doctor, le empieza a llamar “Doctor Julius”. Es finalmente el Relaciones Públicas del equipo quien cierra el círculo y acorta definitivamente el apelativo a “Doctor J”.


La ABA

La American Basketball Asocciation fue creada el 17 de enero de 1967 en el hotel Beverly Hilton de Los Ángeles por Mike Storen, teniendo como primer comisionado al mítico y primer gran pivot de la historia, George Mikan. La competición vino mal parida, pues su partido inaugural se disputó el viernes 13 de octubre. Desde el pistoletazo inicial se comprobó que era una alternativa excéntrica, libertaria, ácrata, caótica, hippie a la NBA. Sus pintorescos personajes, sus peculiares mascotas (un oso llegó a entretener el intermedio de un partido), sus insinuantes cheerleaders (destacaban las de Miami Floridians), sus conejitas playboy (tapadas hasta el cuello en la cancha de los Kentucky Colonels), sus cardados afro (el de Darnell Hillman dejaba corto al del Dr J), su línea de 3 puntos, su baloncesto desinhibido y su balón tricolor, del que decía el gran entrenador Alex Hannum que “parecía robado de la nariz de una foca”. 

La bacanal duró 9 años, con 7 comisionados y seis campeones distintos de por medio, y por ella pasaron algunos de los mejores jugadores del momento: Mel Daniels, Spencer Haywood, Rick Barry “el blanco que jugaba como los negros”, Connie Hawkins (que se vio envuelto en un escándalo de apuestas universitarias y se le vetó su acceso inicialmente a la NBA), Dan Issel, Bobby Jones, Moses Malone, Artis Gilmore, George Gervin, David Thompson, Marvin Barnes, George McGinnis y, sobre todo, Julius Erving. Los números nunca llegaron a cuadrar (la temporada de apertura dio unas pérdidas de 3 millones de $). Sin cobertura televisiva, los clubs malvivían entre deudas (sólo dos de las franquicias pudieron concluir alguna campaña en beneficios). En la tercera temporada de existencia un jovencito Lew Alcindor, elegido en el número 1 del draft de las dos Ligas, desechó el ofrecimiento del equipo de su ciudad, New York Nets (al que hubieran apoyado económicamente el resto de los equipos), para unir su suerte a los Bucks de Milwaukee de la NBA. Sí firmaron ese año los Denver Rockets a un chaval que causó sensación tras abandonar la universidad después del segundo curso, Spencer Haywood (novato del año, MVP y máximo anotador y reboteador).

La ABA echó el cierre, en su último partido, el 13 de mayo de 1976. Únicamente dos jugadores de la actual NBA, Tim Duncan (y se jubiló ayer) y André Miller habían nacido por entonces. Cuatro franquicias se adhirieron a la NBA (New York Nets, Indiana Pacers, Denver Nuggets y San Antonio Spurs) previo pago de 3 millones de $. La lejanía en el tiempo y los hechos ponen a cada cual en su sitio. Hubo competencia entre ambas ligas, pero sus relaciones en general fueron cordiales. Sus equipos se enfrentaban continuamente en amistosos: (42-17) para los de la NBA los tres primeros años; (62-34), cambiando la tendencia hacia los ABA en los posteriores. En el primer All Star tras la fusión, 11 de los 24 jugadores provenían de la ABA, lo que da idea de su nivel. La NBA era la organización, la puntualidad; su vecina, el derroche, el libre albedrío que le llevó a la quiebra.



Virginia Squires

Spencer Haywood abrió el melón. En el verano de 1969 se acogió a las hardship causes (dificultades económicas serias) y abandonó la Universidad de Detroit antes terminar su ciclo colegial de 4 años para convertirse en profesional en la ABA, rompiendo la norma acordada entre las grandes ligas, que impedía fichar jugadores no graduados. Dos estíos después, Julius Erving acudía a las oficinas de los Nets para ofrecer sus servicios, pero allí se topó con los valores de Lou Carnesseca (mítico entrenador de St. John´s que por entonces comandaba el banquillo neoyorkino) firme cumplidor de las normas y absoluto defensor de la permanencia íntegra del estudiante en las aulas. Earl Foreman, el propietario de los Virginia Squires no guardaba tantos remilgos, alguien le habló de un chaval portentoso que causaba sensación en los playgrounds y decidió ir a por él. La madre de Julius ganaba entre 6 y 8 mil $ anuales, con lo que el chico adujo situación de indigencia para abandonar Massachussets. La oferta de los Squires parecía irrechazable: medio millón de $ por 4 años. 

Debutó el 15 de octubre de 1971 como profesional en Greensboro, Carolina del Norte, frente a los Carolina Cougars. Causó un impacto súbito, promedió 27,3 puntos, quedó segundo en la elección de rookie del año (por detrás de Artis Gilmore), entró en el segundo quinteto de la Liga y tras concluir segundos del Este (45 victorias, 39 derrotas) fueron derrotados en las finales del Este por los New York Nets de Rick Barry. En los playoffs el novato aumentó sus prestaciones hasta los 33,3 puntos por partido.


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Lío en verano

Como suele ocurrir, lo que parecía una barbaridad ahora era una bagatela. A finales de febrero, su recién estrenado agente, Irwin Wiener, reivindica una revisión de su contrato. “No estoy siendo bien pagado. Estoy dispuesto a esperar a ver qué ocurre en el draft de la NBA”.

11 de abril de 1972. A un paso de celebrarse las finales de conferencia en la ABA, Atlanta Haws menea el árbol y anuncia la contratación de Julius para hacer soñar a sus hinchas que salivan con la posibilidad del dúo con Pete Maravich. Casi en paralelo se celebra el draft NBA, en el que los Bucks de Milwaukee eligen, con el beneplácito de la liga, a Erving en la posición número 12 (los aficionados de la ciudad cervecera se frotan las manos con posibilidad de juntar a la estrella emergente con Lew Alcindor y Óscar Robertson). Tras el anillo del 71, los Bucks habían caído en las finales de conferencia ante los Lakers. Julius tiró por la calle de en medio y firmó por los Haws por unos mareantes 300 mil $ por año, más un préstamo (a fondo perdido) de 250 mil. En Atlanta amparaban su postura al considerar que “ya era un jugador profesional, por lo que no había de resultar elegible en el draft”. Julius presenta una demanda en un tribunal de Brooklyn al entender ilegal su contrato con los Squires por negociarlo Steve Arnold, su antiguo representante que por entonces trabajaba para la ABA. 

Haws, Squires y Bucks están a la gresca en los juzgados, mientras el jugador disfruta y hace disfrutar en Rucker. En otoño, la NBA (que se sitúa al lado de los Bucks) inicia su pretemporada. El 23 de septiembre Julius se viste la camiseta de los Haws y hace 42 puntos y 18 rebotes ante Kentucky Colonels. En Atlanta sueñan despiertos: en el recién estrenado Omni Auditorium, Cottom Fitsimmons elucubra con las posibilidades de un equipo en el que al dúo legendario de marras, une los competentes y experimentados Lou Hudson, Bill Bridges y Walt Bellamy. Julius alucina con Maravich: “Solíamos quedarnos después de entrenar y jugar un uno contra uno. Aprendí mucho de él”. Seis días después, Julius disputaba su segundo y último partido con Atlanta frente a Carolina. El 3 de octubre un juez de Brooklyn dicta sentencia estableciendo que Erving sólo jugará para los Squires. 

Con los Haws con cara de tontos (Julius conduce un Jaguar de 9 mil S pagado por los halcones, su hermana y su sobrina viven en un apartamento en Atlanta sufragado por el club, que además había soltado un cheque al jugador de 250 mil $), Erving se reengancha a la temporada ABA en la quinta jornada, haciendo 26 puntos y 11 rebotes e inaugurando el casillero de victorias de su equipo. Promedia 30 puntos y 12 rebotes para ser elegido entre el quinteto ideal. 


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New York Nets

31 de julio de 1973. Los Squires boquean, la ABA se desangra. Se concreta su traspaso a los New York Nets. Roy Boe se rasca la cartera para indemnizar a Atlanta (425 mil $, de los cuales 250 mil correspondían a lo adelantado a Erving y el resto a los costes judiciales) y pagar a Virginia (750 mil S). El jugador firma un estipendio de 2,8 millones de $ en 7 años. Para la ABA supone su momentánea supervivencia, para los Bucks un “podrido atraco” (la contraprestación posterior que ordenó la NBA -150 mil $ provenientes de los Haws- no supuso el menor alivio).

Con él arribó un antiguo amigo, Willie Sojourner, un poste bajo de gran físico, que echaba una mano saliendo desde el banquillo. Después de 4 victorias iniciales sobre 5 posibles, el equipo entró en barrena. Tras 8 derrotas consecutivas, se conjuraron en San Diego para ganar 19 de los siguientes 22 partidos. Se fichó un stopper a la antigua, Wendell Ladner, para proteger la espalda de Julius. En los playoffs, los Nets se mostraron rotundos (14-2) con una serie final fantástica (4-1) ante los Stars de Utah. Julius, sublime los dos primeros partidos (47 y 32 puntos), para promediar 28,2 puntos y 11,4 rebotes, viajaba a otra velocidad. Primer campeonato y MVP.

El segundo año pintaba bien, sólo superados en el balance (una victoria más) por los Colonels de Artis Gilmore. Julius Erving batió su record histórico de puntos (63 más 23 rebotes) el 14 de febrero de 1975. El rival de primera ronda parecía muy asequible, los Spirits de Missouri, a los que habían vencido repetidamente en temporada regular, pero escondían un grupo variopinto, engreído (gustaban de despampanantes coches), sobrado de talento, con dos jugadores excepcionales Marvin Barnes y Maurice Lucas. 

El primero, “Bad News” Barnes era un jugador excelso, de los que salen pocos, tocado por igual por la varita del talento y del vicio. Dominó en la Universidad de Providence y dominó en su debut profesional (24 puntos y 13 rebotes con la gorra). Era un 4 superior. En St. Louis le ofrecieron galones y un sueldo acorde a su categoría (2,1 millones por 7 millones) que se pulió sin tiempo ni medida. Le importaba un comino: ganaba 50 mil euros semanales como camello del jefe de la mafia local, alquilaba sin tiento limosinas o aviones para llegar a tiempo a los partidos y poseía 13 teléfonos y dos pistolas. Su carrera concluyó años después en Boston cuando Dave Cowens le cazó consumiendo cocaína bajo una toalla en el banquillo. Antes, se la lió parda a los Nets en el 75. 

En el estreno de la eliminatoria victoria apretada local, 111-105, para los Nets con 32 puntos, 12 rebotes y 6 asistencias del Dr. J y 41 puntos de Barnes. La sorpresa salta en la continuación, 97-115 para los de Missouri con 37 puntos y 18 rebotes de un inconmensurable Barnes, bien apoyado por Lucas (14 puntos y 21 rebotes) y un aciago Erving (sólo 6 pírricos puntos). El traslado de la serie al Checkerdome trajo dos sorprendentes victorias locales. Barnes mantuvo la línea en el tercero (35 puntos y 14 rebotes), escoltado por Lucas (14 puntos y 18 rebotes) con Erving recuperando insuficientemente su estela (30 puntos, 11 rebotes y 6 asistencias). La pareja interior devino definitoria en la siguiente victoria (3-1) de los Spirits: Barnes (24/20) y Lucas (20/18). En la vuelta de la serie a NY, los Nets malgastan una ventaja de 16 puntos. Con 107-106 el DR. J (que había anotado 34 puntos y atrapado 12 rebotes) comete campo atrás y en la última posesión, Fred Lewis (campeón con los Pacers) finiquita la serie con una canasta. Sorpresón y fiasco para Erving. Frustrado “estábamos muy enfocados en la recuperación del campeonato” afrontó el nuevo curso.


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La noche de la cenicienta

El año que expiró la ABA conservó una noche crepuscular para la historia. Si en otoño, tres franquicias (Memphis, San Diego y Utah) no eran de la partida, en enero con sólo 8 supervivientes se anunciaba el noveno All Star en Denver bajo el añadido de un singular concurso de mates. En el intermedio del partido entre Denver Nuggets y una selección del resto de los equipos, se convocó a 5 de los jugadores citados al encuentro (Larry Kenon, Artis Gilmore, George Gervin, David Thompson y Julius Erving) para el novedoso certamen con una original botín (1.000 $ y un equipo estéreo para el ganador). Aunque parezca mentira ahora, ninguno había participado en ninguna competición de este género. Pronto quedó claro que aquello sería un mano a mano entre Thompson y Erving. El héroe local, Thompson, había puesto boca abajo el repleto McNichols, con un smash en la rueda de calentamiento tras hundir el balón a mano cambiada de un terrible puñetazo. Para su segundo intento, David dejó un doble rectificado de espaldas que patentaría Dominique Wilkins con giro de 360º. Brutal. 

Julius, con todo fresco -25 años- y un físico descomunal, abrió el certamen con su afamado mate dos balones, el primero entraba de frente y el segundo a canasta pasada. Continuó con su célebre abanico, que Michael Jordan estigmatizó. En el tercer ensayo agarró el aro con su mano izquierda para reventarlo con un brutal molinillo propulsado con su derecha: sólo le faltó colar su pelo afro por el aterrado círculo. Había corrido el rumor de que intentaría un mate desde la línea de tiros libres. Al entrenador Doug Moe le parecía irreal. En la grada se cruzaban apuestas. Cual saltador de longitud se concentró, visionó su objetivo y se fue ensimismado hacia el campo contrario. Se detuvo poco antes de llegar a la línea de 3 puntos. Se giró, tomó aire e inicio su carrera. El tiempo se paró, en el graderío no se oía una mosca. Talonó su segundo apoyo desde la línea de personal. Seis centésimas después había hundido el balón en la cesta. Los casi 18 mil que poblaban el pabellón enloquecieron. Poco importó que después la victoria se quedara en casa (144-138) con David Thompson MVP (29 puntos). La noche tenía un dueño, que entró en el hogar de todos los ojipláticos americanos, que confirmaron lo que se contaba del Dr J, pues la CBS retransmitió por primera vez un encuentro de la ABA. El hermano pobre, pendenciero, derrochador, anárquico había ocupado por una noche el sitio del rico.

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El parque de atracciones echa el cierre

Pese a la onírica velada, la ABA estaba herida de muerte. Virginia Squire chapó por derribo antes de los playoffs. Siete equipos remaron hasta la orilla. El epílogo quedó en manos de los Denver Nuggets (con ventaja de campo y un equipazo con jugadorazos como Dan Issel, David Thompson, Bobby Jones o Marvin Webster) y los New York Nets. Erving abrió la puja sin miramientos, 45 puntos (17 de 25 en tiros de campo) incluída la canasta sobre la bocina para la victoria en cancha contraria 120-118. Pese a los 48 puntos y 14 rebotes de Julius, los Nuggets hicieron tablas en el siguiente encuentro. 31 y 34 puntos del Dr J en los triunfos en casa y 37 en la derrota en el quinto. 

En el descanso del sexto, los de New York parecían muy tocados (45-58). Julius retó a sus compañeros. Negros nubarrones se atisbaban en el Nassau cuando a 5 minutos del final del tercer cuarto la ventaja de Nuggets se amplió hasta los 22 puntos. Primero emergió Erving, que sostuvo a los suyos con 18 de los 31 puntos en ese periodo. Después entró en calor John Williamson que dejó 16 de sus 28 puntos para los 12 minutos finales. Los Nets sellaban (112-106) y rescataban el campeonato. El héroe promedia 37 puntos y 14 rebotes en la serie y recibe su tercer MVP consecutivo “A los 26 años me sentí como si estuviera sentado en la cima del mundo del baloncesto”.

Y así termina la historia crepuscular, caótica, de la liga del balón tricolor. El pez grande se comió al chico y 4 franquicias entraron a formar parte de la NBA.


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Los Sixers

Los Nets fue uno de los equipos del cuarteto que atravesó el puente entre ligas, pero el peaje (3,8 millones de $ como indemnización –territorial indemnity- a los Knicks) le costó a Roy Boe el traspaso de su figura y emblema. En octubre de 1976 le ponían en mercado. Fue ofrecido a sus vecinos para abaratar la tasa, pero fue desechado. Los Bucks se durmieron. Y en los Lakers, Jerry West no logró convencer Cook, el propietario (imaginen un trío posterior con Jabbar y Magic de compañeros). Finalmente Eugene Dixon (un ricachón, heredero del imperio Widener) rompió la hucha para colmar de dinero (3,5 millones de $) y admiración al Dr J y éste recaló en Filadelfia el día antes de darse inicio a la temporada. Su fichaje desató incluso la polémica, pues al gran e insigne Bill Bradley no le parecía bien que un deportista ganase más que un científico o un ingeniero. En adelante, todas las noches de los aficionados de los Sixers serían noches de boda. 

Es una realidad que Julius Erving y unos pocos más sostuvieron una liga que en el segundo lustro de los 70 bandeaba entre escándalos de violencia, merodeada por la droga, que se ahogaba con apreturas financieras desenfocada por la televisión (que daba las finales en diferido) y el gran público. “Jugar ante el Dr J era como estar en Woodstock… Era el embajador de la competición” (Bill Walton).

La franquicia de “la ciudad del amor fraterno” conservaba su historia, aunque los tiempos de gloria quedaban lejos. Su denominación, Philadelphia 76ers, salió de un concurso entre los aficionados y alude a los padres de la patria que en 1776 rubricaron en la ciudad la Declaración de Independencia de EEUU. Herederos directos de los Syracuse Nationals que en 1955 obtuvieron el título y que tres años después anduvieron de gira por España. En 1963 Irv Kosloff compra los Nats y los traslada a Filadelfia, que un año antes había quedado huérfana de equipo profesional al trasladarse los Warriors a San Francisco. Ya como Sixers en el 65 rozaron la hazaña, pero un robo del céltico John Havlicek evitó su pase a la final del campeonato. La venganza se cobró en el 67 con el “best team ever”, como siempre diría Wilt Chamberlain al que acompañaban Hal Greer, Luck Jackson, Chet Walker y Billy Cunningham, en el único título que se le escapó al acaparador Bill Russell (eliminaron a los Celtics en el Este para imponerse, posteriormente, a los San Francisco Warriors). Alex Hannum, un obseso de la defensa y el trabajo en equipo, convenció a Chamberlain para que redujese su volumen de lanzamientos para centrarse en el rebote (1º de la liga) y en encontrar al compañero mejor situado (3º en asistencias). La mutación dio sus frutos. 

Pero los Sixers a los que llegaba Julius en el verano del 76 habían perdido brillo (del último lustro sólo habían pisado las eliminatorias de postemporada en la última primavera). El general manager, Pat Williams, le sorprendió en la casilla de salida: “Vamos a ser un equipo mejor. No necesitamos a alguien que siempre anote 30 puntos, a un jugador que domine cada noche”, pues en el perímetro había otros dos jugadores que podían irse a la ducha con 20 tantos por barba. Julius casi lo tomó a broma: “Es que quieres que libre alguna noche”. Pero se pliega en beneficio del grupo y el dirigente acierta (21,6 Julius, 21,4 McGinnis y 18,3 Collins).

En su estreno se convierte en la estrella (30 puntos, 12 rebotes y 4 robos) del All Star (en sus 11 años de permanencia en la NBA, jamás faltaría a su cita con los mejores). Se plantaron en la final de la Liga para darse de bruces con la Blazermania. Los de Portland habían firmado en el 74 al ídolo de UCLA, Bill Walton que, en la temporada del anillo recibió a Jack Ramsey a su manera: “Señor, no asuma que nosotros sabemos algo”. Los Blazers avanzaron con firmeza, liquidando 4-2 a Denver y 4-0 a los Lakers de Kareem para entrar en las Finales y alcanzar una comunión sin igual con su público. Los Sixers vencieron sus dos primeros encuentros en casa, pero en el segundo Maurice Lucas sacó de sus casillas a “Baby Gorila” Dawkins que hasta ese momento había acampado a sus anchas en las zonas. La trifulca unió a los de Oregón y abrió una brecha en el corazón de los Sixers. El “animalito” Dawkins (que trabajó en el verano que firmaba por un millón con los Sixers a 2,5 dólares la hora en la tienda de neumáticos de su barrio, que había levantado el coche encallado en la nieve de World B. Free y que en su carrera no dio abasto para multas “Yo no puedo controlar mi fuerza”) se cabreó con sus compañeros, al entender que le habían abandonado, y arrancó varias taquillas para cerrarles el paso al vestuario. Tras el incidente dos palizas de los Blazers, que en el quinto arrebatan la ventaja de campo con un Walton autoritario (24 rebotes). En el sexto en Portland resurgió el Dr. J (40 puntos), pero los locales llegaron a los instantes finales con ventaja (109-107). McGinnis desperdició la posibilidad de empatar con un lanzamiento errado desde la prolongación de la personal. Bill “el pelirrojo” se engarzó su primer anillo (20 puntos, 23 rebotes, 7 asistencias y 8 tapones) y contempló admirado cómo su rival atravesada la puerta del vestuario Blazer para felicitarlos por el Campeonato. “The Doctor” siempre fue un caballero de hábiles lecturas: “Ganaron porque jugaron como un comité y nosotros como un grupo de solistas”. Portland eran más “team oriented” que los Sixers, zanjarían los expertos. 


Oportunidades perdidas

En el binomio siguiente el título fue a parar a Seattle (Supersonics) y a Washington (Bullets). Fue en la temporada 79/80 en la que aparecieron dos jovencitos (Bird y Magic) llamados a dimensionar la NBA y el baloncesto mundial. El joven que cuando llamó a Julius para consultarle las posibilidades de convertirse en profesional, recibió la invitación de éste a su casa, tiró el teléfono para salir corriendo y contárselo a sus amigos, ahora le amargaba su segundo asalto al anillo. Sí, porque el novato, con 3-2 a favor de los angelinos, ante la baja de Jabbar, lesionado en una rodilla, se adueñó de la final desde el poste bajo. 42 puntos, 15 asistencias y 7 rebotes que abrían el joyero de los anillos del mago. Los 27 tantos de Julius resultaron baldíos. Antes, en el cuarto partido una jugada (La Jugada) del Dr J para el museo intemporal de la historia. Cuando penetró por línea de fondo e inició el vuelo para evitar a tres lakers (Chones, Jabbar y Landsberger) con un rectificado y anotar a canasta pasada, el mundo se detuvo. “Me quedé embobado mirando aquella maravilla. Luego me acerqué a Coop (Michael Cooper) y le dije: “Podríamos pedirle que lo haga de nuevo”. Es la mejor jugada que jamás vi en una cancha”. Lo dice Magic Johson “comenzó a andar en el aire… tiene que caer, no puede estar tanto tiempo en el aire” de la llamada Baseline Move. 

Su único trofeo MVP de la regular season en la NBA lo tomó en la 80-81, pero esta vez fue Zipi (Larry Bird) el que le sacó de la carretera. Cuando un año más tarde los Sixers se impusieron en la final de Conferencia en Boston, el Garden despidió a los Sixers al grito: “Beat LA”. Pero los de Filadelfia llegaron agotados al encuentro de inauguración en casa. Una zona encubierta ideada por Pat Riley viró el factor cancha tras un parcial abrumador en el tercer cuarto (9-40). Magic se empeñó nuevamente (17,7 puntos, 9.3 asistencias y 11,1 rebotes) en aguar la fiesta de su ídolo. Nuevo desencanto (2-4).

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Por fin. Con él llegó… el título

2 de septiembre de 1982. Los Sixers fichaban a Moses Malone, máximo reboteador de la NBA y estrella de Houston Rockets. “Era el tipo de jugador con el que no había jugado en 12 años de carrera”, resaltaría oportuno “El Doctor”. Arrollan en sus inicios (17 partidos ganados de 20 posibles) y cierran el curso con 9 triunfos más que Boston (3 a 3 en los enfrentamientos directos) y 7 más que LA (y 2-0 cuando se cruzan). Malone MVP y máximo reboteador (15,3) por tercer año consecutivo. Bobby Jones mejor sexto hombre. Moses se aventura en los pronósticos (fo-fo-fo) vaticinando una singladura en las playoffs inmaculada ( traducido tres 4 a 0).

Con el mejor balance, se ahorraron una eliminatoria. A los Knicks de Bernard King y Bill Cartwright les dejaron en blanco. A pesar de lo que pueda mostrar el marcador (4-1) durísima resultó la final en el Este. Don Nelson, mejor entrenador del año, era perro viejo y contaba con jugadores de mucho nivel como Sidney Moncrief y Marques Johnson. Sus Bucks que habían apeado a los Celtics lo pusieron en chino. De entrada los Sixers se vieron contra las cuerdas, teniendo que remontar un 106-109 en los últimos dos minutos. Funcionó el perímetro (Maurice Cheeks 26 puntos, 22 Andrew Toney) ante la pujanza de los cerveceros (30 puntos de Marques Johnson y 15 con 15 rebotes de Bob Lanier). Tras el susto, otro ajustado triunfo (87-81) con Malone (26 puntos y 17 rebotes) como eje. En el traslado de la serie a Milwaukee, con empate a 88, los Sixers apretaron el acelerador hasta el 96-104. Julius (26 puntos) y Malone (25) casi lo finiquitaban, pero los Bucks demostraron orgullo y ganaron el siguiente. En el quinto en casa, los Sixers cerraban los enfrentamientos. Malone, 28 puntos y 16 rebotes, era complementado eficazmente por Cheeks desde el puesto de base con 24 puntos y 7 asistencias.

Esperaban los Lakers sin su número 1 del draft, James Worthy, lesionado y con todo el país volcado sentimentalmente hacia el Dr J y los suyos. En la apertura de la final en el Spectum, Moses Malone deja claras sus intenciones (27 puntos y 27 rebotes) y tocado a Jabbar que con 36 años declara “es como si me hubiera pegado con un martillo en la cabeza durante mucho tiempo”. Julius contribuye con 20 puntos, 10 rebotes y 9 asistencias y Toney agrega otros 25 tantos en la victoria 117-107. El segundo encuentro nos descubre a un protagonista imprevisto. Con 83-79 y 7.58 por jugar, Malone (24 puntos) comete su quinta falta. Un casi anónimo pivot, Earl Cureton -13 centímetros más bajo que Jabbar, que hizo 23 puntos y 4 rebotes-, atrapa 3 rebotes, convierte 2 puntos y sisa 3 balones en 5 minutos y medio. Cuando abandona la pista para entrar en el libro de las finales a falta de 2.24, el electrónico refleja un 95-87 decisivo antes del definitivo 103-93.

En LA los locales salieron al abordaje (40-25), pero tras el descanso la férrea defensa Sixer les nubló la vista y les tuvo siete minutos sin anotar. Los amarillos se agarraron a la línea de tiros libres (16/19) para afrontar igualados a 72 el último cuarto. Ahí los visitantes desataron la tormenta (94-111) con su trío letal: Malone (28 puntos, 19 rebotes, 6 asistencias y 3 balones recuperados), Julius Erving (21 puntos y 12 rebotes) y Andrew Toney (21 puntos y 5 asistencias).

En el cuarto Lakers ganaba holgadamente al descanso (65-51) y mantenían los guarismos (93-82) a falta de 12 minutos. De ahí en adelante, otro huracán Sixer (15-33). Con 6.30 por jugar los californianos mantenían ventaja una débil ventaja (100-95). Cuando restan 5 minutos Bill Cunningham devuelve a Julius a la cancha. Roba un balón para culminar en mate la remontada (empate a 106). En un contraataque Cheeks asiste al Dr. J que saca un 2 + 1 y convierte desde la personal (107-109 a 59 segundos de la conclusión). Falta sobre Kareem (28 puntos) que encesta el segundo tiro libre. Suspensión sencilla del 6 de los Sixers para mudar su suerte. 24 segundos. Cheeks roba un balón y ve por el retrovisor a Malone (24 puntos y 23 rebotes) que aparece como tráiler. 5 arriba a 14 segundos. Magic yerra un triple lejano y Cheeks sale como un cohete para lacrar el campeonato con un mate. El Doctor ya tenía su título a los 33 años. Ninguno de sus compañeros lo había alcanzado nunca jamás tampoco. 

Los Sixers habían cumplido su promesa. “We owe you one” (os debemos una) habían profetizado en el 77. Un millón setecientas mil personas se echaron a la calle para recibirlos. 


Adiós con el corazón

En la temporada 84-85 se esparció el rumor. El Dr J iba a ser traspasado. El jugador, disconforme con la estrategia seguida por la franquicia que había vendido a Moses Malone, había dado su conformidad destino Jazz de Utah. La cosa estaba hecha. Más el propietario no contaba con la reacción de los hinchas que bloquearon la centralita del club. “Si sale el doctor, doy de baja mi abono”. Harold Katz, el magnate que había adquirido la franquicia en el 81, captó el mensaje y mantuvo al mito. 

Dos años después, al inicio de la campaña 86-87, Julius anunció que aquel curso sería su último año como profesional. Recibió el homenaje paulatino de todas las canchas en el llamado Farewell Tour. Miles de aficionados lo recibieron con el gorro y la mascarilla de médico. Otros portaban pancartas “Bye Dr. J, hello Jordan”. La previa de los partidos contó con discursos emocionantes de sus rivales: “Hay que admirar su capacidad atlética y por encima de todo su calidad humana” (Jabbar), “Un rival admirado y respetado cuyo nivel, talento y competitividad han dado grandes noches durante mucho tiempo en la pista de Boston” (Bird), “Él fue la ABA. Él revitalizó la NBA” palabras agradecidas en la retirada de su camiseta con el número 32 de los Nets. 

Se despidió en Milwaukee. Los Bucks apearon a los Sixers en la primera ronda de playoffs. Cuando el choque dormitaba anotó su último enceste (un triple) para un total de 24 puntos. A falta de 50 segundos su entrenador ordenó el cambio. La grada ovacionaba en pie a uno de los más grandes. De camino al banquillo, el base rival John Lucas, marcado por serias adiciones, se acercó para abrazarlo y decirle que su ejemplo le había ayudado para afrontarlas y superarlas. 

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No se peguen

El 9 de noviembre de 1984 Julius Erving y Larry Bird se agarraron por el cuello y se enzarzaron en una brutal pelea en el Garden. El encuentro se había quedado con un solo árbitro, pues Jack Madden se había lesionado en una rodilla. El famoso Dick Bavetta expulsó a ambos, que enfilaron el camino a vestuarios de manera muy diferente: Bird con 42 puntos y Erving con unos pírricos 6. Ganaron los Celtics y la NBA multó a 18 jugadores (Charles Barkley siempre dice que es la única multa injusta que ha recibido, pues sólo entró en la reyerta a separarlos). Bird y Erving se llevaron la palma con 7.500 $ cada uno. El promotor Don King envió un telegrama invitándoles a unirse a su cohorte de púgiles. Julius lo rompió al instante. Interrogado Robert Parish sobre el motivo por el que no había participado en la refriega, fue extrañamente claro: “No me podía permitir los 500 $ de multa”. Los involucrados arreglaron el tema en un santiamén, en el siguiente partido se dieron la mano como si tal cosa, acordaron no firmar fotos de la enganchada, anunciaban las mismas zapatillas (Converse) y coprotagonizaban el famoso videojuego “One on One”. 

Es la única ocasión en que Julius no hizo caso a su antiguo entrenador Ray Wilson que invocaba el juego limpio. Sólo es un pequeño lunar sin importancia en su caballerosa carrera. Pat Riley ahondaba en su bonhomía: “Pudo haber algunas personas mejores que Julius Erving… el Papa y un par de madres”. “Era un tipo de una clase superior, con elegancia y dignidad” (Charles Barkley).














Ni blanco ni negro

Antes de ser un importante hombre de negocios, antes de retirarse ante la alabanza general, antes de ser un profesional ejemplar, antes de disfrutar del juego durante horas en los parques, antes, supo que el mundo no era ni blanco ni negro. Su madre siempre lo educó en la igualdad y el respeto a los demás. Jamás hizo diferencia por cuestión de razas. Con 18 años, recién graduado en el instituto Roosvelt, el día que asesinaron a Martin Luther King unos chicos negros estaban buscando bronca molestando a una chica blanca. Se interpuso a empujones entre ellos para que la dejaran en paz y acompañó a la muchacha a su casa para asegurarse de que no la ocurriese nada. Interrogado sobre el sucedido, respondió: “Sólo lo hice lo que me hubiera gustado que hubieran hecho con mi hija en la circunstancia contraria”.

Julius siempre se mostró cercano, educado, abierto, llegando a ser un reclamo para las grandes marcas. Jamás entendió de colores.


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El legado

Hasta que alunizó en la NBA, la leyenda le precedía allá donde fuese, pues realmente muy pocos habían podido verlo. Julius instauró el juego por encima del aro y lo trasladó de plano, de escenario, del parquet al aire. Sport Illustrated lo rotuló a la perfección: “Transformó un juego horizontal en vertical”.

“Me gustaba coger el balón con una mano y esquivar en el aire a los defensores… Todo era instintivo… Mi juego se adelantó a mi época”.

Sus mates, elegantes o poderosos (revisen el “rock the cradle” sobre Michael Cooper, miren el poster del mate en el que lanzó a Elvin Hayes por los suelos o alucinen con la cara del “Knick” Louie Shelton cuando tiene las rodillas del “Doctor” en la nariz), sus largas suspensiones, se adelantaron en el tiempo.

Sólo Jabbar, Chamberlain, Karl Malone y Jordan han anotado más que él. Nunca dejó de jugar un playoff con sus equipos, ni en la ABA ni en la NBA. En 1993 entró en el Hall of Fame.


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Cuando los grandes hablan

“Fue al primer jugador que ví con frenos en el aire” (Darryl Dawkins). “Fue el primero en tomar la antorcha de la verdad y convertirse en portavoz de la NBA” (Billy Cunningham). “No habría hecho las cosas que he logrado si no hubiera visto al Dr J. Dio mucha creatividad. Jugaba más allá del límite” (Michael Jordan). “De niño, para mí la NBA era Julius Erving” (Grant Hill). “Todo el mundo lo quiere. Un enorme jugador, con una cualidad única: hacía a la gente feliz” (Bill Walton). “Ayudó a los jóvenes jugadores a comprender que había que ser algo más que buenos jugadores… Cuando la grandeza se une con la calidad humana, eso creó Dios con el Doctor J” (Magic Johnson). “Cambió el juego de una forma que no se menciona demasiado. Es tan simple como escuchar las palabras de Jordan, que siempre dice que se fijó e inspiró en el Doctor J” (Lebron James). Alguien le definió como “el hermano mayor de todos los hombres”. Colección inacabable de epítetos e hipérboles de parte de algunos de los mejores.


Con Julius Erving, Dios se esmeró con el barro. Le dio un chasis poderoso y unas manazas enormes (que de chaval le venían de cine para ejercer de repartidor del periódico dominical –paper boy- y sacarse unos dólares) para trascender en la historia del deporte y situarlo en el rincón donde habitan los genios. Le concedió una cabeza privilegiada para conducirse en la vida. 

Ahora con la llegada del Chacho (bendito seas crack) a Filadelfia saldrán Sixers de debajo de las piedras, pero mi compañero Sixto Rodrigo (mil gracias por tu inglés, tu esmerada documentación y tu pasión contagiosa por el personaje), seguirá respondiendo de igual guisa a la pregunta que le formula su hija: Papá ¿por qué somos de los Sixers? Por Julius Erving, hija. Por Julius Erving. 

Como no podía ser de otra manera, claro.

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