viernes, 26 de octubre de 2012

La vuelta de Don Alejandro




Otro a sus años (aunque no lo crean va a cumplir 66 tacos) y con su pasta estaría disfrutando de un cómodo retiro, viendo los toros desde la barrera, pero al señor García Reneses le va la marcha, tiene la droga del basket metida en el cuerpo y ha retornado a las canchas a orilla del Guadalquivir, tras un maquiavélico fichaje, con la salida en verano de Joan Plaza hacia Kaunas y el presumible ascenso de su segundo, el muy válido Diego Ocampo. Al final, o quizá calladamente desde el principio, la junta directiva sevillana decidió que el madrileño ocupara el banquillo cajista este año. Vuelven los caramelos de miel y limón a la ACB.
                                                           
Así  que como estamos de enhorabuena repasaré la trayectoria del que sin duda ha sido el mejor y más innovador entrenador español de baloncesto los últimos treinta años. Sí, antes de que lo diga nadie, ya sé que no ha ganado la Copa de Europa, pero es el más laureado (con el permiso de Lolo Sainz) de los técnicos españoles de la época, a unos cuantos cuerpos del resto.



Cocinero antes que fraile

Probablemente los más jóvenes lo ignoren, pero Aíto (así le apodó su hermano mayor al que Alejandrito le parecía muy largo y con el diminutivo se quedó) fue un notable jugador, de esos que salían a docenas del Ramiro. Desde infantiles, donde ya coincidió con Vicente Ramos y Emilio Segura, fue ascendiendo por todas las categorías del club, hasta proclamarse Campeón de España en la temporada 63/64 y jugar los tres la fase final de la Copa con el primer equipo con paliza al Madrid Campeón de Europa en la final de consolación. Como curiosidad, contar que hizo un cameo como actor, en la conocidísima película de ese tiempo “La familia y uno más” y que vivió el principio del fin del amaterismo  en Estudiantes; esa temporada el club había dado injusto boleto al entrenador que les había hecho campeones de Copa en la precedente, Jaime Bolea, para ofrecerle el cargo de entrenador-jugador a la entonces estrella del equipo, Chus Codina,  poder pagarle y con ello evitar que éste aceptara la oferta del Reus tarraconense.

Al año siguiente, el trío ascendió al senior con el que había sido su técnico en escalafones inferiores, Francisco Hernández, profesor del colegio Estudio y un avanzado en la preparación física en el deporte. Salvaron los muebles ocupando el cuarto puesto liguero.

Para la 65/66 tras la marcha de Chus Codina y José Ramón Ramos al entonces poderoso Picadero de Barcelona, se presagiaba una campaña harto complicada y la directiva estudiantil había decidido confiar el banquillo a Ignacio Pinedo, ex entrenador del Madrid que se encontraba retirado. Pinedo hizo verdaderos trucos de prestidigitación durante los nueve años que permaneció en la entidad colegial. Ante la sangría de bajas que cada año el equipo sufría, él se reinventaba, adaptando nuevos sistemas a los jugadores que tenía a su cargo. En la 66/67 una postrera canasta de Emilio Segura ante el Madrid daba el título de Liga al Juventud y en la en la 67/68 Estudiantes obtuvo el subcampeonato liguero. Ignacio creó escuela y fue maestro de  maestros: Aíto, Tirso Lorente, Miguel Ángel Martín, Ángel Pardo o Ángel Jareño entre otros crecieron como ayudantes a su lado y lo consideran como tal. Transmitió a sus discípulos su concepción de un baloncesto sencillo, imaginativo, rápido e intenso y su dirección tranquila y cabal. Un genio sin estridencias.

En la temporada 68/69, Javier Añua, escarmentado por el traslado del Kas de Vitoria a Bilbao, aceptó la oferta para entrenar al Barsa y fichó al escolta Aito García Reneses con el que había trabajado los últimos veranos en distintas “Operaciones Altura”. Al vitoriano alguien le coló a un tal Albi Grant como americano del equipo. Éste resultó ser un mal profesional y un auténtico fiasco y si no lo llegan a despedir avanzado el campeonato, se van para segunda.

En el siguiente curso, Aíto fue el protagonista involuntario de un desgraciado incidente que se produjo en su visita a Tenerife, cuando tuvo que abandonar la cancha sangrando por la frente al recibir el impacto de una piedra lanzada desde el graderío. El partido continuó y finalizó con la derrota de los azulgranas por dos puntos, que reclamaron, fueron inicialmente atendidos por el Comité de Competición, pero al final la Federación Española dio la razón al Naútico.

Permaneció en el Barsa hasta el final de la temporada 73/74, sin que en los años precedentes la doble nacionalización de Carmichael y Thomas dieran los frutos deseados. Vivió la inauguración del Palau Blaugrana con victoria ante el Madrid y la destitución de Javier Añua y asistió incrédulo a la agresión de Carmichael sobre el entrenador Willi Ernst, sin que el directivo responsable de la sección apartara y sancionara al jugador. Vista la crisis institucional, los modos y maneras que guiaban el club, y que ya le tiraba más el banquillo que el parquet, puso fin en plena juventud a su carrera como jugador.

       
 Badalona y El Coto

Había hecho sus pinitos como entrenador de minibasket (aquel maravilloso invento que parió en los sesenta con la “Operación Cien Mil” Anselmo López) en el Estudiantes, la selección madrileña y la catalana, para luego dirigir equipos de base ya en canastas grandes, pero fue colgar las botas y en verano ya tenía equipo, el Círculo Católico recién ascendido. Badalona podía presumir de tener tres equipos en primera división: Juventud, San José y Círculo Católico.

En su debut tuvo a su cargo a Lorenzo Alocén, célebre por su autocanasta, en su última temporada en activo y a Eduardo Kucharski (hijo). El equipo cumplió manteniéndose en la categoría. El madrileño aprovechó las retiradas de Alocén, Gol y Vila para renovar el plantel, con el ascenso el primer año de un jovencísimo Joaquín Costa, al que entrenaba su padre, y el fichaje de Héctor Perotas, y las cesiones de German y Mendiburu del Barsa después del segundo en que ya pasó a denominarse Cotonificio.

Pronto consolidó al equipo en las posiciones punteras de la Liga. Se convirtió en el azote de los grandes, en el matagigantes y auténtico animador de la competición y el extraño nombre de la entidad algodonera corrió de boca en boca cuando tras ganar el último partido en casa al Madrid hacía campeón a su vecino Juventud. Ese día Aíto le dio el mayor disgusto de su vida al que era uno de sus mejores amigos y su más perfecto compañero en una cancha, Vicente Ramos que no pudo abandonar los campos de juego con el título bajo el brazo en la temporada 77/78.

Su juego era atractivo y veloz y a su defensa agresiva la bautizaron “karate press”. Puso de moda la 1-3-1 y en su pequeña pista se estrellaron todos los equipos. Así el Madrid salió trasquilado en tres de sus vistas.

A un club modesto, Domingo Tallada en los despachos y Aito en el parquet, le dieron una estructura profesional en la que los jugadores apenas cobraban. Tuvieron buen tino en la elección de los refuerzos foráneos (estuvieron en un tris de firmar al brasileño Óscar) y dieron paso a jóvenes de talento y hambre. Las sesiones de entrenamiento programadas eran dobles; las de la mañana, voluntarias, dedicadas a la técnica individual y las de tarde a la táctica colectiva. Aíto fue seleccionador juvenil y ayudante de Pinedo en la junior y acostumbraba a mirar para abajo a los chicos de cantera. Así el Coto fue Campeón de España Junior en el 81 con Pedro Costa (hermano de Joaquín), Andrés Jiménez y Jordi Freixanet como referentes.

En nueve años llegó a liderar la primera vuelta de la competición en la 80/81 temporada, alcanzar la tercera posición en la 81/82, comerle la tostada al Joventud en Badalona, donde el ayuntamiento le dio continuas largas para la construcción de un nuevo pabellón y dejar de jugar en La Plana de prestado, y llegar incluso las semifinales de la Korac. Hasta José Luis Nuñez, presidente del Barsa y declarado por la directiva algodonera como persona non grata dos años antes, se ofreció para su edificación a cambio del fichaje de Andrés Jiménez.

El consistorio quería cobrar 6 millones de pesetas al club por el usufructo del pabellón y Aíto vió que aquello se acababa y decidió dar el paso hacia la Penya, a la que se llevaría a Andrés Jiménez por el que los verdinegros abonaron 17 millones de pesetas de las de entonces. El Circol (Círculo Católico) emigró a Santa Coloma donde pasó a jugar bajo la denominación de Licor 43.

Dos años permaneció en el Joventut para llevar a un bloque joven y de talento, con Villacampa, Montero, Jofresa o Vecina,  a la final de la Liga en su segunda temporada tras eliminar al Barsa con un partidazo del “Matraco” Margall, blanco de las iras del Palau tras su altercado con el díscolo Mike Davis, y un postrero gancho del canadiense Kazanowski. Ganaron al Madrid de paliza en el Pabellón de la Ciudad Deportiva, pero el equipo todavía estaba demasiado bisoño para la afrenta y cayó ante los blancos en los dos siguientes partidos y en la final de Copa.


Consolidar un cambio de rumbo

Salió en dirección al Barsa, donde a mitad de la temporada anterior se había cesado a Antonio Serra, con el que Aíto nunca hizo buenas migas.  A principios de los ochenta, el de Mataró había tornado el color blanco del panorama baloncestístico nacional, con dos Ligas y cuatro Copas como azulgrana y Aíto apuntaló el cambio de tendencia. En catorce temporadas como entrenador del  Barcelona divididas en tres etapas ganó nueve Ligas ACB, cinco Copas del Rey, dos Korac y una Recopa, remozando la sección de arriba abajo. En sus vitrinas echa de menos la tan perseguida Copa de Europa; en tres ocasiones se quedó a las puertas en la final y será siempre recordada la de París con el tapón ilegal de Vrankovic a Montero en la última jugada.

De todas sus Ligas, quizá la más traída sea “la de Petrovic” o “la de Neyro” como señalan los aficionados madridistas. En su día Aíto rechazó el fichaje del croata, que firmó por los blancos para ganar la Copa del Rey y los cinco primeros enfrentamientos contra el Barsa. Tras el  último, el genio de Sibenik señaló en actitud chulesca y la palma de la mano bien abierta hacia García Reneses el  5-0. El madrileño, más listo que el hambre, empezó a hablar de bula arbitral con la estrella de los Balcanes y su campaña propagandística cuajó. Drazen comenzaba a desestabilizarse por las decisiones de los colegiados y la final de la ACB llegaba a su quinto partido en el Palau en medio de un ambiente irrespirable. Fue el día que Epi por una vez pactó con el diablo y dejó de tener un comportamiento Super;  se adueñó de los gestos despectivos del croata que sirvieron para enardecer a la grada y despertar a sus compañeros. Un más sólido y centrado Barcelona se proclamó justo campeón con un lamentable arbitraje de Neyro, que se cobró el escupitajo que le soltó años antes Petrovic en el Torneo de Puerto Real, en los tres partidos que dirigió, dejando a los blancos con sólo cuatro jugadores en cancha en el definitivo.

En el debe de Don Alejandro, como le diría el añorado Montes, queda su difícil relación amor-odio con parte de la afición culé que le señalaba con el dedo acusador las salidas por la puerta de atrás de mitos del barcelonismo como Sibilio, Solozabal, De la Cruz o Ferran. Aíto siempre se escudó en el beneficio colectivo, en el bien general del equipo. ¿Choque de egos? Quien sabe…


El sitio de su recreo

Su vuelta a Badalona le supuso un soplo de aire fresco. Con el apoyo del ahora presidente Villacampa (como en su día lo tuvo de Cairó) le atrajo un proyecto que en un entorno de apreturas económicas le ofrecía una mirada a sus orígenes, un trabajo a medio plazo basado en la recuperación de la identidad de un club histórico, un guiño permanente a una cantera excelsa.

En la temporada  del “casi” como la bautiza Aíto en su Web, así aparecieron Guzmán y, sobre  todo, Rudy Fernández para en su primer año hacerse con el puesto de titular, llegar a la final de Copa ante el Baskonia en Sevilla y convertirse en mejor jugador del torneo. En pretemporada Aíto había arriesgado dando la baja a un escolta consolidado como el argentino Espil para hacerle un hueco al chico y éste a fe que le respondió.

Así asomó, creció y se consolidó un tres moderno como Mumbrú. Y así un adolescente de 14 años y unos meses debutó en ACB. Ricky Rubio rompió todos los records de precocidad. Su presencia nunca fue testimonial y Aíto sabía que el de Masnou llegaba para quedarse.

Aíto aprovechó el cambio de reglas con la reducción de las posesiones a 24 segundos y 8 en campo propio para optimizar el juego del equipo y hacerlo el más atractivo y seguido de toda la Liga. Las tres R (Ricky, Rudy y Ribas) eran “ladrones de guante blanco” en la primera línea de pase. Su agresiva defensa, su dinámica veloz, su tiro exterior y su desparpajo trajeron títulos (dos europeos y una inolvidable Copa del Rey en Vitoria ante Baskonia) y la vuelta a los focos del maestro madrileño que decidió concluir ciclo tras cinco años.

En verano condujo al equipo nacional a la plata olímpica en la mejor final de los Juegos que se recuerda con permiso de la última en Londres. Un combinado repleto de talento, en el que a alguno le costó encontrar su rol dentro de las rotaciones, estuvo a punto de subirse a lo alto del cajón, de no haber sido porque las mayores estrellas de la NBA, Bryant, Wade y Lebron, se emplearon al máximo para evitarlo.


El sur también existe

Y allí fue donde se encaminó ilusionado Don Alejandro tras la aventura de Pekín. A una plaza como Málaga, de amplia tradición en el mundo de la canasta, que no terminó por conquistar y en la que fue de más a menos. De un primer año donde cayó en las prórrogas de las tres competiciones con el subcampeonato de Copa como cénit, a los dos siguientes marcados por las lesiones y las salidas de las principales figuras a lugares de más poderío económico. Jugó a buen nivel tres años la Euroliga, alcanzó tercer y cuarto puesto en el torneo doméstico y no logró clasificarse para las dos últimas copas. Según explica en su página, nunca logró sintonizar con la directiva. Tampoco llegó a ser muy popular entre la afición que nunca le acabó de ver con buenos ojos por sus enfrentamientos con dos entrenadores anteriores en el club, Sergio Scariolo y Boza Maljkovic.

Unos dicen que ya se le ha pasado el arroz. Veremos ahora si consigue que en Heliópolis se hable de otro deporte aparte del fútbol, del Betis y del Sevilla. En sus manos tiene un proyecto muy joven y arriesgado al que se le ha recortado presupuesto… Yo apuesto ficha azul por Don Alejandro.


Siempre en vanguardia

Desde sus albores en el Coto con el  “kárate-press”,  la implantación de la zona 1-3-1 o la puesta en práctica de la defensa “Run and Jump” (saltar y cambiar) que tan brillantemente realizaba la Universidad de North Carolina que dirigía Dean Smith, al uso de un tres alto con Andrés Jiménez en la Penya o la utilización paulatina de una rotación más extensa de jugadores, Aíto siempre ha sido considerado unos de los técnicos más avanzados del Viejo Continente.

Fue de los primeros en viajar asiduamente a Estados Unidos para aprender de los mejores y ponderar la importancia del video y del scouting (análisis) de los sistemas y jugadores propios o contrarios en su trabajo diario y de preparación de partidos. A lo largo de los encuentros pulsa en tres o cuatro ocasiones uno de los botones de su reloj; con ese detalle imperceptible, quiere que el encargado del visionado le prepare esas jugadas puntuales que le han llamado la atención.

Ya hace una pila de años organizó un Campus para “hombres altos” y las primeras Ligas de Verano en Andorra, con Pepe Laso y Manolo Flores, y uno de los primeros campamentos para chavales por el que pasaron algunos que luego llegarían a la élite como Juanan Morales y Pablo Laso y unos cuantos entrenadores que hoy están en primera línea.

Un rato meticuloso, cuentan que desarrolla los detalles hasta el punto de entrenar las faltas de ataque con colchonetas en su segunda etapa en el Joventut. Aprovechaba el cuerpo liviano y el excelente conocimiento del juego de Ricky y Rudy para provocar el contacto y la falta en función de la posición en la que defendían; comenzaban defendiendo de puntillas y cuando iban a recibir el contacto de un bloqueo apoyaban los talones y caían después.

Su filosofía del basket la enmarca dentro de un club y un equipo. Pondera siempre lo colectivo sobre lo individual, huye de proyectos resultadistas marcados por el corto plazo, prima la importancia del crecimiento de los jugadores en la cantera sobre el logro de campeonatos y enfatiza la formación personal del joven (así Pau Gasol entrenaba en sesiones de técnica individual a las siete y media de la mañana para que pudiera continuar con sus estudios en primero de Medicina) y la importancia de la ambición, la educación  y el entorno de los más nobeles. Aíto es un progresista: su decálogo siempre incluye vocablos como progreso, mejora o crecimiento, y además cree que se puede hacer siempre, a cualquier edad y en cualquier equipo.

Nunca ha mirado el DNI de sus jugadores y ha apostado sin remilgos por los jóvenes sobre los que matiza que “él no les ha dado la oportunidad, sino que han sido ellos los que se la han ganado”. Así ha dado paso entre otros a Costa, Jiménez, Freixenet, Rafa Jofresa, José Antonio  Montero, Julián Ortiz, Lisard González, Oliver Fuentes, Esteller, Galilea, Navarro, Gasol, Rudy o Ricky.

Sus equipos pasan malos otoños. Utiliza la pretemporada para hacer ver a sus jugadores cómo quiere que jueguen y aprovecha para dar cabida a los jóvenes. La carga de trabajo principal viene en mitad de la campaña. Su planificación va orientada a llegar bien a la primavera que es cuando se ganan los títulos.

Presume con razón de haber dado alas a muchos de sus colabores que de ayudantes han pasado a ser primeros entrenadores de equipos de ACB. Ahí va la nómina: Jaume Berenguer, Guifré Gol, Juan Jiménez, Joaquín Costa Prat, Manel Comas, Alfred Julbe, Manolo Flores, Joaquín Costa Puig, Joan Montes, Juan Llaneza, Joan Plaza o Sito Alonso. También es cierto que las ha tenido tiesas con algunos otros técnicos como Scariolo o Boza Maljkovic. Gallos en un mismo corral. En la élite cada uno utiliza sus estratagemas para presionar a los árbitros o a los medios en su beneficio. Crear un ambiente a favor que se dice.
Se define como un entrenador “poco político” e independiente. Eso le ha llevado en muchos casos a enfrentamientos con algún sector de los medios de comunicación. Durante una temporada cambió el puesto “oficialmente” a su segundo para no acudir a las ruedas de prensa posteriores a los partidos. Evita que metan micrófonos  en sus tiempos muertos argumentando falta de libertad para esbozar sus criterios a sus jugadores o dar una ventaja a innecesaria a sus contrarios.

Concluyó mi repaso a la trayectoria del maestro García Reneses con una anécdota que me contó hace unos días un amigo y que da idea del carácter irónico del personaje. Tras ganar la “Liga de Gasol” en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, Alan Digbeau entró en los vestuarios y le felicitó, ante lo que Aíto le estrechó la mano y simplemente le respondió: “un fracaso menos…”

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