domingo, 11 de noviembre de 2012

La extraña pareja



Éste es el título de la divertidísima película que en 1968 popularizaron dos genios de la comedia y el humor, Jack Lemmon y Walter Mattau. La idea original es del hilarante Mel Brooks y recoge sus experiencias al compartir piso con un amigo tras su primer divorcio. La difícil convivencia pasó primero por el teatro de la mano de Neil Simon para luego convertirse en película de referencia obligada, dirigida por Gene Saks y brillantemente protagonizada por el singular dúo.

Estos días ha levantado el telón la nueva temporada de la NBA. En España el regalo es de pago y viene cuidadosamente envuelto por Canal +. Su formato es ameno, atractivo y atrevido. Han lanzado incluso un lema de lo más original que invita a su seguimiento a pesar de los horarios “Dormir es de cobardes”. Su joven equipo de comentaristas y narradores transmiten ilusión, vastos conocimientos y diversión. La cadena del Grupo Prisa encontró un filón en los noventa al juntar a dos periodistas tan dispares como el inclasificable Andrés Montes y el genuino Antoni Daimiel.

De orígenes, generaciones y caracteres absolutamente diferentes, nada hacía presagiar que el producto saliera tan redondo, pero desde el principio las excentricidades de Andrés casaron a la perfección con los profundos y atinados comentarios de Antoni. Se han cumplido tres años del aniversario del fallecimiento de Montes y me ha parecido justo recordar a dos monstruos de la comunicación desde el exceso o la contención de cada uno.








La radio

Como si fuera premonitorio, Andrés llegó al mundo de los medios de comunicación de rebote. Haciendo la mili en Alcalá de Henares, el entonces recluta y periodista Roberto Gómez le presentó a Pedro Pablo Parrado y sin más carrera que la de la calle entró en Radiocadena Española en el 80 gracias a su verbo fácil. De ahí pasó a la Cope donde retransmitió el Mundial de Fútbol del 82 en España.

José María García le echó el ojo y se lo llevó a la recién estrenada Antena 3 Radio para convertirlo junto a Siro López y Javier Ares en las voces del baloncesto, que vivía un auténtico boom gracias a la medalla de plata olímpica de Los Ángeles. Eran los tiempos de los carruseles de basket sabatinos con la locución de los encestes de tres puntos en forma de Supercanastas Colacao o los Triples Cinco Estrellas, según la emisora y marca que patrocinara el tiro. Así Brotons, Chema Forte, Manolo Lama o Valentín Martín popularizaron el deporte de la canasta a través de las ondas. La cobertura se extendía a los partidos entre semana de nuestros representantes europeos. Andrés se recorrió el Viejo Continente de cabo a rabo siguiendo al Madrid o al Estudiantes donde solía acudir como locutor o al Barcelona y Joventut en que ponía la alcachofa cerca de los banquillos. Se llegó a enfrentar a García, en su pretensión de ser el narrador principal de los partidos, pero éste prefirió que Siro siguiera desempeñando ese papel, muy brillantemente por cierto.

En esa época hizo verdaderos amigos en la profesión (los “viejos rockeros” o los supervivientes de la Guerra de Vietnam que lucharon en la Colina de la Hamburguesa, como respondía el contestador de su móvil) y mantuvo una excelente relación con algunos jugadores, como los Llorente Brothers, los Martín, Epi, el “Lagarto” De la Cruz, Itu o José Alexandervich Biriukov Aguirregabiria. Éste último, más conocido por Chechu Biriukov, era hijo de madre vasca exiliada a Rusia en la Guerra Civil y había fichado por el Madrid en la temporada 83/84 y su tiro rasante y su carácter afable enseguida cautivó a la plantilla y a la afición blanca. Recurría a un viejo refrán ruso cuando alguien se refugiaba en excusas “a mal bailarín siempre cojones molestan” y se hizo los cuatro mil doscientos dieciséis kilómetros que separan Madrid de Moscú por carretera en su recién estrenado Porsche rojo para enseñárselo a sus amigos de la capital soviética. Según contaba hace años el periodista Martin Tello, le retuvieron tres horas en la aduana, pues todo el personal de la misma quería retratarse con el personaje y su auto. Un buen tipo y un excelente escolta.

De esos años dorados (al Mundial de Argentina, por ejemplo, acudieron setenta periodistas a cubrir el evento), en que conservaba el pelo rizado con el que le llegaron a confundir con Pablo Milanés, glosan un montón de anécdotas de Montes. En el Europeo de selecciones en Karlsruhe, en un partido relajado Andrés mete el micrófono en un tiempo muerto. Antonio Díaz Miguel está a lo suyo y Romay aprovecha para quitar las gafas del reportero, Iturriaga para tirarle del cable y De la Cruz para agarrarle del cuello, mientras otro intenta sisarle la cartera. La voz del entrenador se entrecorta, el sonido va y viene. Montes muy profesional alude a problemas técnicos.

Quizá la mejor de todas sea la relatada por su amigo y compañero Siro López, que, harto de compartir habitación y no pegar ojo con Andrés, decidió colocarle el marrón en el Eurobasket griego del 87 al técnico de sonido Miguel Ángel Barroso y recoger grabada la liturgia que acompañaba al bueno de “El Negro” antes de irse a la cama. Todas las noches tarareaba compulsivamente hasta aburrirse el famoso “Qué salgan los toreros” que cantaba la Demencia estudiantil al final de los partidos y se cepillaba los dientes en tres ocasiones. A los tres cuartos de hora, cuando su compañero no sabía dónde meterse, se tumbaba y empezaba a roncar como un oso. El documento sonoro lo pudieron escuchar al día siguiente el resto de los enviados especiales ante el despelote general.

Cuando Antena 3 echó el cierre Andrés marchó a retransmitir los partidos del Atleti a Radio Voz. “Algo se está cociendo al sur de la ciudad” pregonaba. Y tanto. Fue el año del doblete en el Manzanares.


La tele les junta

A finales de noviembre de 1995 Canal+ adquiere los derechos televisivos de la NBA (una merienda de negros que pagan los blancos, según Andrés). Un visionario Alfredo Relaño, que había revolucionado junto al realizador Víctor Santamaría el modo de dar el fútbol en la pequeña pantalla, le ficha para narrar los encuentros. Sus primeros comentaristas son Santiago Segurola (probablemente la más insigne pluma del periodismo deportivo español y una fuente permanente de conocimiento en fútbol, baloncesto, atletismo y natación) y Luis Gómez, pero pronto entra en escena un joven Antoni Daimiel para hacerse asiduo en las retransmisiones y cubrir las bajas de sus compañeros.

Antoni, nacido en Ciudad Real, pero afincado desde los cuatro años en Valladolid, se había sentido atrapado por el baloncesto desde que su padre le llevó al polideportivo Huerta del Rey a ver al recién ascendido Miñón. Carmelo Cabrera y Nate Davis se convertirían en sus ídolos perennes. Jugó en un colegio pucelano hasta los 16 años y fue campeón alevín local ante el equipo de Lalo García. Abandonó Derecho y se vino a estudiar periodismo a la Universidad Complutense de Madrid. Vivió el inicio de la cadena privada donde estuvo seis años haciendo fútbol para El Día Después y cubrió las finales de la Liga Universitaria de baloncesto. De ese tiempo conserva compañeros de profesión y amigos; con Nico Abad y Julio Maldonado “Maldini” llegó incluso a compartir piso dos años.

Pronto se comprueba que el torrente cheli de Andrés se complementa con el castellano puro y pausado de Antoni, cohabita el estilo transgresor e innovador del madrileño con los modos ortodoxos y clásicos del pucelano militante, la improvisación con el trabajo minucioso. Nace una manera distinta de abordar un partido de baloncesto a deshoras, de combatir el aburrimiento y ganar al sueño, donde los eslóganes, motes, gritos y coletillas pintorescas de Montes contrastan con la multitud de datos y excelso conocimiento que aporta Daimiel. Atraen a un público nuevo, mayoritariamente joven, al que en muchos casos no había seducido el baloncesto de estos lares.

Desde su primer viaje en febrero del 96 a Estados Unidos a la cita de las Estrellas de San Antonio en el Alamodome, donde Antoni trae un carro de regalos a sus compañeros de redacción, pasando por la histórica retransmisión del sexto partido de la final en Utah el 15 de junio del 98 donde Dios volvió a disfrazarse de jugador de baloncesto (con tres abajo y 41 segundos por jugar Jordan mete una bandeja contra tabla; en la jugada siguiente le roba un balón a Karl Malone y en el ataque posterior encesta un tiro en suspensión que le da su sexto anillo y se convierte en la mejor foto de la historia de la revista Sports Illustrated), el dúo crece, se consolida y retroalimenta. Aprovechan los descansos y tiempos muertos para ilustrar a la audiencia en los temas más variopintos. El cine (a Montes le hechizaban desde Almodóvar hasta Clint Eastwood), la música (Andrés es un melómano, heredero del sonido de la Motown, de Grateful Dead, de Dylan o los Beatles y lo primero que hacía cuando llegaba a los estudios era elegir el tema que cerraba el resumen del encuentro) o la gastronomía pasan a formar parte del espacio. Sus ocurrencias o las preguntas que dejan en el aire y sobre las que pontifican son de lo más disparatado y divertido: ¿a quién se le ocurre casarse el día de un Madrid-Barsa? ¿por qué en la foto de la boda sólo sonríe la novia? ¿sigue existiendo Simago? ¿qué tenemos que hacer para salir del club de las calabazas? ¿por qué Prada falló los tres tiros libres? ¿por qué todos los jugones sonríen igual?... y así mil cada noche para estirar el chicle, como decía Andrés, y entretener al noctámbulo.

Pero no se engañen, se trataba de dos personas, que no personajes, no sé si muy cultos, pero al menos muy curiosos, con inquietud por todo. Lectores empedernidos, a Andrés por ejemplo le encantaba todo lo que venía de Estados Unidos y sentía especial predilección por Nueva York y sus Knicks, y devoraba todo lo que caía en sus manos sobre Martin Luther King, la transición española, el conflicto vasco, el castrismo, la revolución cultural de Mao, el antiguo socialismo de los países del Telón de Acero. Mientras Antoni, enamorado de dos gotitas de agua, de aires atlánticos y simpatía de sus gentes, La Habana y Cádiz, y firme defensor del papel escrito,  se apoya en la guía Thunder and Hollander y rebusca e indaga en Internet para aportar nuevas informaciones que sorprendan cada noche a los espectadores e incluso a sus compañeros (a Antonio Sánchez con el que comparte programa los viernes le trae loco el misterio de la fuente de la noticia). Su aspiración cuando se retire es regentar una casa rural de un frío pueblo de Castilla, donde pueda reunirse a charlar tranquilamente con amigos.

De aquellos tiempos se recuerdan multitud de curiosidades. En Nueva York Andrés descubre una tienda de pajaritas y compra veinte; como a Antoni le gustan al día siguiente se lleva otras veinte. Otra noche Montes se sube antes a dormir y al poco llama horrorizado a Daimiel porque su habitación se ha inundado; cuando llega encuentra a su amigo con un operario del hotel al que constantemente repite: “yo sólo he meao, ¿eh?”. En otra ocasión, Andrés recibió una reprimenda cariñosa de Tinsley, pues se estaba comiendo las patatas fritas del catering de los jugadores. O cuando Montes le preguntaba a Daimiel ¿qué pasó en el verano del 99?, en el que el joven pasó mucho tiempo viajando por Centroamérica y el Caribe.

Paco García Caridad le ofreció a Montes la posibilidad de compatibilizar su trabajo televisivo con un programa en Radio Marca a mediodía. Con el singular título de “No sabes cómo te quiero” amenizaba la hora de comer, junto a Gema Santos “la churri”, Miguel Martín Talavera “Kambala” y David Sánchez en Barcelona. El programa era un desfase. Si quieren estar bien informados cambien de dial, solía decir Andrés. Llamaba asiduamente a Manuel Pablo, el futbolista que era hincha de los Pistons de Detroit, y cuando el canario le preguntaba que tal estaba, Andrés soltaba su coletilla: “como siempre vendiendo el muñeco, tronco”, y se oían las carcajadas del deportivista al otro lado de la línea. Más de una vez, en mitad de un atasco, volviendo del trabajo con la radio encendida, veía cómo se tronchaba de risa el conductor del coche de al lado, pensé: “éste como yo, va oyendo al Montes”. Un oyente llegó a viajar desde La Coruña a Madrid para traerle las patatas y los churros Bonilla que tanto afamó.

A Andrés los directivos de la NBA le idolatraban, le colocaban en sus videos promocionales y le daban la mejor ubicación para ver los partidos. Y en sus visitas al otro lado del Atlántico no paraba de saludarle gente.


La Sexta

Y en éstas que un buen día, después de once años en Canal+, los jefazos de La Sexta se ponen en contacto con Andrés y le ofrecen la narración del partido de liga en abierto los sábados y la cobertura de los mundiales de fútbol y baloncesto. Sogecable no puja por él y se estrena a lo grande en el Mundial de fútbol de Alemania (“a mí mañana me dicen chapas y hago partidos de chapas”) con Julio Salinas de compañero. “Soy un tío que trabaja como un negro para vivir como un blanco”, declaraba. Su estilo excéntrico, disparatado, incontenible e irreverente causa sensación y dispara los share. Hasta las mujeres le dicen por la calle que ahora se sientan con sus maridos para ver el fútbol porque se lo pasan bomba. El fenómeno lo trasciende todo. Su “tiki-taka” traspasa fronteras. Durante tres años y medio firma más autógrafos que los futbolistas, hace un cameo en la película Isi Disi como entrenador de basket, le brindan un papel como sexólogo en la serie Aquí no hay quién viva, que rechaza por cuestiones de agenda, y una editorial le propone sacar un diccionario con sus dichos y apodos (tras su fallecimiento se lanzó La Baraja del Jugón, cuyos beneficios van destinados a Unicef).

Tiene la suerte y el privilegio, después de tantos años siguiendo a la selección de basket, de narrar a la España campeona mundial en Japón, junto a Iturriaga  (qué suerte has tenido Itu de conocerme, le vacilaba siempre) y De La Cruz (que no cabía en la ducha del hotel donde se rodó Lost in traslation), el subcampeonato europeo en Madrid y la medalla de oro en Polonia, tras la que la cadena televisiva decidió no renovarle el contrato. Su delicada salud le falla y a los pocos días sería encontrado muerto en su piso del barrio madrileño de Chamberí y la ACB entregó a título póstumo a sus hijos, Orson y Nelson (en homenaje a Wells y Mandela), la insignia de oro y brillantes, en el Palacio de los Deportes de Madrid, con su canción favorita de Van Morrison (y también la mía), Caravan, como banda sonora de fondo. De los días posteriores a su muerte rescato un artículo de José Manuel Cuellar en ABC, en el que le comparaba con uno de los personajes de Camilo José Cela en su novela La Colmena, el inventor de palabras.

Entre tanto Daimiel continúa en el Plus, pero se siente infravalorado y durante un año deja de dar NBA y se incorpora al equipo de El Informe Robinson donde hace un reportaje sublime de un entonces jovencísimo Ricky Rubio, al que todavía no le estaba permitido hablar con la prensa. Su feliz regreso para los play offs de 2009 coincidió con el primer anillo de Gasol en los Lakers y ahí sigue, en medio de un elenco de profesionales excelentes (Carni, Loncar, Iñaki Cano, Antonio Sánchez, José Ajero, Ramón Fernández, Guillermo Giménez). No sé si fue en la primera retransmisión de esta temporada recién comenzada o en la derrota ante los Clippers, sintetizó el estado de los Lakers de manera absolutamente genial haciendo gala de su fino humor “a esta mujer nunca la había visto tan fea”. Seguidor, como Montes, del Atleti futbolero, y de los Bullets de mediados de los ochenta, se decanta por el Conseco Field House de Indiana cuando le preguntan por su pabellón estadounidense preferido.

Sirva este artículo como homenaje a esta pareja de dos y a todos los profesionales televisivos, que con mayor o menor fortuna, mayor o menor conocimiento, pero desde su dedicación han hecho que el baloncesto nos entre por los ojos. Hasta donde me alcanza la memoria nombraré a Héctor Quiroga, José Félix Pons, Nacho Rodríguez Márquez, María Antonia Martínez, Pedro Barthe, Nacho Calvo, Ramón Trecet, Esteban Gómez, Ernest Rivera, Pere Ferreras, Sixto Miguel Serrano (compañero y amigo de Andrés), Antonio Rodríguez (al que echo de menos en el Plus), Arsenio Cañada, Lalo Alzueta, Sergio García-Ronrás, Izaskun Ruiz, Virtudes Fernández,… a nivel nacional. Y en mi territorio autonómico, la Comunidad de Madrid, a Felipe Galán y Antonio Vaquerizo. Seguro que sin querer omito alguno que ahora no me viene a la mente. Un recuerdo también para todos esos entrenadores y jugadores que nos han ilustrado los partidos con sus comentarios técnicos, en especial para el maestro Monsalve (ánimo hermano que diría él) y para Miguel Ángel Paniagua.

“Malos tiempos para la lírica” cantaba Golpes Bajos en plena Movida y ahora para el baloncesto y el mundo en general, pero como despedía Andrés Montes, no desesperen “que la vida puede ser maravillosa”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario