sábado, 2 de mayo de 2020

Adiós al bicho




A Pedro no le gustaba su pueblo, aunque todo el mundo dijese que era precioso.

Era tan pequeño que no había colegio y todos los días tenía que recorrer unos kilómetros para asistir a clase. Disfrutaba del paseo, pero las mañanas de lluvia su padre le acercaba en coche. Apenas había niños con los que jugar y muchas horas las pasaba sólo, entre chapas, canicas y pelotas. Radiaba sus partidos y carreras a la vez que desgastaba rodilleras. Lo que sí abundaban eran las cuestas. Es más, todo era una subida que parecía no acabar nunca. Jamás se plantearon colocar una portería de fútbol o una canasta. No había un llano en el que ponerlas. Todo miraba hacia arriba.
Los fines de semanas se llenaba de turistas que abarrotaban las estrechas veredas, alababan los techos de pizarra y admiraban la oscura iglesia. Pedro lo entendía menos todavía cuando su abuelo ensalzaba las bondades de las piedras, calles y monumentos. Era Patrimonio de la Humanidad, remataba el viejo, sin que su nieto alcanzara a comprender el alcance de la frase. A él, le parecía un soberano rollo.

martes, 25 de febrero de 2020

Los Sagi-Vela, una saga de Baloncesto







SAGI-VELA. Es pronunciar el apellido y asociar y separar las sílabas: BA LON CES TO. Te imaginas un aro del que cuelgan unas redes desvencijadas, te llega el sonido lejano de un balón botando, huele a linimiento, a sudor, sientes el relente de la Nevera o el Magariños y haces hambre para el aperitivo en la mañana del domingo cerca del Palacio de los Deportes. Cinco Sentidos (como mi restaurante de referencia en “el Foro”) te conducen a una canasta.
Nos trasladaremos al Madrid guapo, en pleno Viso. Partiremos en el histórico colegio Maravillas, rodearemos la “Plaza de los Delfines” (en realidad es la de la República Argentina, pero no la conocen por tal ni los taxistas) y nos abrigaremos para entrar en territorio estudiantil, allá donde “residieron” las musas de Lorca o Dalí. Andando el tiempo, rescataremos un deporte amateur de otra época, de cemento, intemperie y tableros de madera. Abriremos el frigorífico de La Nevera y pisaremos alguna tabla hueca del Magariños. Sí, hoy España es nuevamente Campeona del Mundo y han pasado algunos años desde que el alquimista Pepu Hernández pronunciara las sílabas mágicas. El doble milagro exhorta a los brillantísimos protagonistas actuales, pero al deslumbrante edificio le cimentaron sus primeras piedras, hace más de medio siglo, animosos jugadores de talento que tenían y veían en su deporte más una maravillosa diversión que una profesión.
Para los que ya peinamos canas sólo contextualizamos el rimbombante apellido alrededor de unos aros y una pelota. La estirpe tiene su historia y habrá que contarla. 

domingo, 25 de agosto de 2019

Paco Velasco, mi primer ídolo





Durante años su foto compartió pared de mi habitación en la sierra con algunas de las grandes estrellas del baloncesto mundial, Jordan, Magic, Sabonis, Drazen…
Su carrera profesional no tuvo la relevancia que su prometedor paso por las categorías inferiores auguraba. No me lo llegué a explicar y me fastidió, pero no por ello dejé de seguirle. Porque desde que le vi jugar en mi colegio Claret con el juvenil de San Viator y posteriormente en el Real Madrid siempre fue mi ídolo, mi primer ídolo. Y esto no se olvida.
Compartió cancha y vestuario con lo más granado de su época. Se estrenó en la primera Liga ACB que terminó como el rosario de la aurora, sufrió en sus carnes a los hermanos Petrovic en la histórica final de Atenas y cuando emigró de la Casa Blanca su salud limitó su desbordante talento y menguó su hambre y confianza.  
Sólo quité su foto cuando mi habitación (la nuestra, la de mi hermano David y la mía) pasó a ser la de mis sobrinos en verano y el paisaje cambió y desaparecieron mis héroes de la canasta. Me queda su formidable recuerdo, que hoy escarbo gracias a un cúmulo de casualidades. Así que éste es mi homenaje y ésta es su historia. La de Paco Velasco.


sábado, 6 de julio de 2019

Dirk Nowitzki, El Flautista de Hamelin


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Éste podría ser un cuento moderno de los Hermanos Grimm con final feliz, pero es la aventura casi irreal de un chico largo, muy largo, que cumplió su sueño. Pasó de jugar en su pueblo, Würzburg, en la 2ª División Alemana a competir con los jugadores profesionales de la NBA. La crónica abarca subidas, caídas, loas desmesuradas, críticas feroces, emociones, llantos, intriga, amor… Por encima de todo, es un relato de superación, de constancia, de fe y de talento, de mucho talento. Ésta es la increíble historia de Dirk Nowitzki, uno de los mejores jugadores que ha dado el baloncesto.

lunes, 25 de marzo de 2019

Luis Scola, El último mohicano





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Luis Scola es el triunfo de la simplicidad, el talento y el esfuerzo.
“Me vale cualquier canasta que pase por la red. Los puntos que más me gustan conseguir son los menos complicados”. Dicho así en Gigantes hace muchos años es verdad, pero a medias. Cierto que Luis nunca fue un asiduo de los high lights y siempre rehuyó los alardes pirotécnicos. Si le pones un coche a dos metros de canasta lo arrancaría para conducirlo, jamás pensaría saltarlo y destrozar el aro con un mate. Las volcadas nunca fueron lo suyo, aunque los dos últimos partidos de los célebres Juegos Olímpicos de Atenas se clausuraron con dos capones de la criatura. Pero al hijo de Don Mario siempre se le cayeron los puntos de las manos, Su insultante facilidad para ver cesta venía amparada en un despliegue exuberante de recursos técnicos (su maravilloso juego de pies, su manita para atinar tiros frontales o embocar lanzamientos a tabla o su olfato para el rebote).
Al cóctel habría que añadir una capacidad de trabajo desmedida (el protagonista compraría esa como su mejor virtud), “jamás la vi en nadie” – recalca Sergio “Oveja” Hernández- y una ambición inagotable para completar un jugador legendario.
Conozcamos al pibe que nos mostró que hay vida más allá de los mates y los triples. Luis siempre sobrevivió y se gobernó desde el talento y su eterna mirada a los fundamentos, la concentración puntillosa del maquetista por los detalles, el instinto y el espíritu inasequible al desaliento. Nada sofisticado en su juego, sin un gramo de trivialidad, nunca disparaba de fogueo. Si Manu Ginobili fue el mejor jugador que ha parido Argentina; no lo duden, Luis Scola es el máximo representante de la casaca albiceleste. Cierto día cuando apenas el chaval se afeitaba, el maestro Leon Najnudel ya le aventuró su futuro a Julio Lamas: “Será el mejor cuatro de la historia del baloncesto argentino y jugará en la NBA”. Así que abramos la puerta a su grandiosa historia.