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domingo, 19 de agosto de 2018

El fabuloso Chris Webber


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Con frecuencia, un hecho marca la carrera de un jugador. Una lesión inoportuna, una canasta fundamental, una decisión trascendente, una declaración mediática, un fallo irremediable… Éste es el caso de nuestro personaje. Un adolescente al que perseguían los más reputados proyectos universitarios, una estrella en la NCAA cuyo paso a los profesionales vino precedido por un error garrafal grabado a fuego para siempre en los libros de historia.
Eso no emborrona una trayectoria brillante. Nadie olvida el bienio en Michigan de los Fabolous Five porque trascendieron a los títulos e incluso a la propia competición que mutaron para siempre. Como tampoco ha caído en el baúl de los recuerdos su doctorado profesional, sobresaliendo en Sacramento, al mando de unos luminosos Kings que hicieron soñar despiertos a una generación.
Éste es el perfecto ejemplo de jugador de calado al que los títulos no adornaron su ingente calidad, pero al que la memoria del buen aficionado siempre viene a rescatar. Ése mismo que citará de carrerilla el quintero de novatos que transgredió el encorsetado panorama colegial de principios de los 90 y el que pondrá en el pedestal del entretenimiento a los divertidísimos “Reyes”, que desde una franquicia menor, revolucionaron el universo NBA. Hoy giramos la mirada hacia uno de los talentos más ingentes que ha dado nuestro deporte, Chris Webber.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Bird-Magic, el inicio de la rivalidad


Él no lo recordará, pero yo evoco el momento nítido. Un buen día de finales de los 70 apareció por casa mi primo Pablito. Venía de Nueva York, a dónde había marchado con su amigo Pipe para buscarse la vida. Siempre espléndido y de verbo fácil, mientras nos contaba las bondades y desventuras de la gran ciudad, inició la ceremonia de reparto de regalos. Mi obsequio le pudo parecer nimio, no sé la cara que puse, pero me abrió un nuevo mundo. Enterado de mis primeros encestes en el colegio (Claret, claro), me trajo una revista de baloncesto norteamericana. La portada me cautivó: dos jugadores noveles, uno blanco y otro negro, posaban sonrientes. Mi primo, avezado consumidor de deporte, se explicaba “Dice la prensa que estos dos tíos van a cambiar la historia del baloncesto. A uno le auguran el reinado con los más grandes, los Celtics. El otro juega de base con 2,06 metros de estatura, le llaman Magic por las cosas que hace con el balón y comparte equipo en los Lakers con el gran Kareem Abdul Jabbar”. Con 10 años nunca había oído hablar del trío de marras, ni tampoco de un chico jamaicano con tremendo porvenir como center sobre el que también se detenía la publicación, Pat Ewing. Creí que exageraba: un base con la altura de un pivot…, un blanco que dominaría un mundo copado por los negros…, pero no se equivocó.