La duda ofende.
Que Fernando Martín es uno de los mejores deportistas de nuestra historia no
entra en cábalas. Por lo que fue y significó.
La duda ofende.
Que Fernando Martín es uno de los mejores deportistas de nuestra historia no
entra en cábalas. Por lo que fue y significó.
Con las luces
del alba irrumpieron los gritos: “¡Despertad, despertad, han llegado! Os lo
dije que este año también venían. Que los Reyes son Magos y pueden con la
pandemia y con todo”. Los alaridos del chaval habían despertado a padres y
abuelos. Profanado el sagrado mandato, en cuanto percibió los primeros rayos de
luz había abierto con sigilo la puerta del salón, asomado cauteloso el cogote y
atisbado una pila de regalos alrededor del árbol. A partir de ahí, había salido
en estampida hacia las habitaciones de los mayores recorriendo el largo pasillo
de la casa de los abuelos, que tanto le gustaba.
La noche se le
había hecho larga, en eterno duermevela. Sólo canastas imaginarias, vuelos
imposibles y fantásticas asistencias, habían conseguido doblegar la vigilia a
ratos. Se había acostado como cada noche víspera de Reyes excitado,
sobresaltado, por la anhelada llegada de los Magos.
No llegó a saber si se pasó de listo o pecó de tonto. Quizá se saltó
pasos, quizá le pudo la ambición y pisó terrenos desconocidos y peligrosos. Se
subió a un tren en marcha y descarriló. Ahora volvía al apeadero de salida con
la maleta vacía llena de renovadas ilusiones.
Hace bien poco, su nombre tituló secciones de deportes y su rostro cerró
telediarios. Esta vez no se trataba de un campeonato, de colgarse otra medalla.
No. Desde la normalidad, sin estridencias, “sólo” anunciaba que se hacía a un
lado, abandonaba su vinculación con el deporte. Dejaba de ser director
deportivo de Unicaja Málaga para dedicarse al cuidado de sus hijos. Lo
explicaba sin darse importancia, pensando en plural (nada diferente a lo que en
su trayectoria nos acostumbró): “Somos una familia. Mi mujer lleva 20 años
sacrificándose, dedicada a mi y a mis hijos. Ya la toca. Es hora de que ella se
desarrolle profesionalmente y aproveche su oportunidad”.
No lo dice un cualquiera. Detrás asoma un campeón mundial, un subcampeón
olímpico y europeo. No es poca cosa, pero él no le concede significación
especial al hecho, lo ve de manera natural. Siempre huyó de protagonismos y
orilló egos en su carrera y en su vida diaria. Su apariencia confirma el
talante de buen chico y niega el del tenaz competidor que se convirtió, sin
buscarlo, en el capitán de la mejor selección española que vieron los tiempos.
“No era de hablar mucho. No le hacía falta. Pero cuando tomaba la palabra, todo
el mundo lo escuchaba” (Pepu Hernández).
Hoy toca historia grande, incluso a su pesar. La del Gran Capitán (como
Gonzalo Fernández de Córdoba), la de un tipo extraordinario de apellidos
comunes: Carlos Jiménez Sánchez.